UN NUEVO SÍNTOMA EN LA SOCIEDAD: LA INFANCIA

 

Robert Levy

Psychoanalista, coordinador de Analysis Freudiano

 

Traducción : Lola Monleón

 

 

Este título indica cual va a ser mi propósito: qué no hay nuevos síntomas en la infancia sino una sociedad que tiene miedo de sus niños. En otras palabras la sociedad está enferma de sus niños desde hace un tiempo e intenta cuidarse, incluso curarse de ello: como si el niño se hubiese convertido en su peligro principal.

 

En efecto, es como si poco a poco hubiésemos asistido a un deslizamiento del enfoque del síntoma hacía la consideración del riesgo que los síntomas suponen para lo social. Este riesgo está estrechamente vinculado a la negativa de asumir la incertidumbre en la educación de los niños. La generalización de las observaciones tempranas de la relación del Bebé con su madre, con el pretexto de detectar los trastornos de las interacciones precoces, ha generado el establecimiento de tablas de factores de riesgo. Por tanto la prevención de las patologías se recupera desde la primera infancia por los enfoques naturalistas y tranquilizadores del niño.

 

Las investigaciones sobre el cerebro y la genética son las que sirven poco a poco como argumento para luchar contra la delincuencia y la violencia dentro de una lógica que solo es útil para la detección, no ya de los síntomas, sino de los trastornos de la conducta en niños cada vez más pequeños, intentando al mismo tiempo localizar lo que se van a llamar “poblaciones de riesgo” Ahora, se trata por tanto, de localizar clases sociales verdaderamente peligrosas, asociadas a la idea de que existe ciertamente una herencia, una predisposición hereditaria a la violencia de las conductas.

 

Como siempre, el infierno está lleno de buenas intenciones, y los esfuerzos epidemiológicos son el resultado de esta idea, según la cual, cuanto más pronto se detectan los trastornos en los niños más eficazmente se les puede ayudar. Por tanto, si no hay nuevos síntomas en cambio hay nuevas “conductas de riesgo”; nuevos trastornos que son principalmente tres:

1 El trastorno de la conducta

2 El trastorno por déficit de atención

3 El trastorno de oposición desafiante

 

Evidentemente, no se debe a la casualidad que estos tres nuevos trastornos aparezcan en la clasificación americana del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de las perturbaciones mentales), que hoy en día sirve de base para la clasificación internacional de la OMS.

 

Lo más importante no es tanto la elaboración de una nueva nomenclatura sino el hecho de esta sirva cada vez más como herramienta de verdad para “seguir” y ahora “perseguir”, desde los primeros meses de vida del niño, los signos predictivos de una conducta que evolucionaría más tarde y naturalmente hacia la violencia y la delincuencia si no se la tratara muy tempranamente.

 

Deslizamiento por tanto evidente y amalgama entre la prevención psicológica, la salud pública y el orden público, por un lado y entre la prevención de la violencia y la prevención del sufrimiento, por otro.

 

Pero todo esto podría no ser tan grave si este llamado “trastorno de la conducta” no estuviera asociado a la nueva moda: la hiperactividad, que a veces incluye el trastorno de oposición desafiante y otras veces no, y se encuentra en todo caso, a menudo superpuesto a los trastornos por déficit de atención o a los estados depresivos o ansiosos.

 

Constatamos pues que al considerar los nuevos trastornos no hacemos más que describir conductas y por tanto nos encontramos en la situación de no solo eludir las estructuras psicopatológicas sino que por añadidura volvemos hacia una evaluación que si no moral, es en cualquier caso moralizante del comportamiento de los niños. Está claro que estas ideas se apoyan en el supuesto de que habría unos entornos más patógenos que otros. No se trata pues solo de la detección, sino de la selección basada en criterios normativos muy precisos, con elementos entre otros, como: “la peligrosidad de robar el peluche[1] del vecino” o incluso de mostrar crueldad física hacia los animales y de la ausencia de culpabilidad, de timidez o de cansancio. Recientemente en Francia se ha visto sancionar a niños muy pequeños por agresión sexual, que es uno de los criterios que definen “el trastorno de conducta”, porque en el parvulario o en primaria habían intentado levantar la falda de las niñas o incluso besarles en la boca……

 

Igualmente, se constata una inquietud que se despliega bajo criterios tan banales como tener dificultad para separarse de un objeto familiar.

 

En nuestra sociedad se detectan pues, no tanto los problemas, como los “criterios de riesgo” para determinar el problema de la delincuencia estableciendo una lista de las poblaciones de riesgo (medio desfavorecido, inmigrantes, madres jóvenes, padres aislados) con la elaboración de factores susceptibles de indicarnos hoy la probabilidad de su aparición en el futuro. Se amalgaman factores hereditarios, biológicos, sociales, culturales y educativos y se definen así nuevas enfermedades mentales.

 

Sin embargo, no nos acercamos verdaderamente a esta colusión sino con el desarrollo sin precedentes, en los anales de la psicopatología, de lo que se llama hoy la hiperactividad.

 

Destacar que para los clínicos de mi generación esta constatación obliga a reflexionar.

 

En efecto hay que decir que este trastorno no existía hace treinta años, ¿qué no lo hayamos visto o qué se trate verdaderamente de un nuevo síntoma? La verdad es que lo que entonces se llamaba “inestabilidad psicomotriz” está ahora asociado -desde la invención del DSM IV- a los trastornos de la conducta en el niño y en el adolescente, en los que el niño es: “perturbador”, “viola las reglas establecidas” o presenta un “trastorno de oposición desafiante” Tantas nuevas definiciones que suponen, tal como lo escucháis, “desviaciones de la conducta” como la hiperactividad, la impulsividad y la falta de atención, todas ellas reagrupadas bajo la denominación de “Trastornos por déficit de atención con hiperactividad” o TDAH.

 

Eso es tanto como decir que, según los criterios de comportamiento que acabo de citar, serí
a toda la generación de 1968 la que debería ser tratada con ritalina. En todo caso, con esta nueva entidad del TDAH se roza la mayor proximidad entre los así llamados nuevos síntomas y la inquietud social que tiende en este caso a querer prevenirse no ya contra los síntomas sino contra sus niños. En efecto, ciertas investigaciones hacen pensar, que un niño no tratado corre el peligro, en la adolescencia, de sumirse en la delincuencia y la criminalidad; así pues estamos en el umbral de lo que se llamaba en otras épocas “los desviados”(o “marginales”), para los cuales afortunadamente disponemos de un medicamento: la ritalina.

 

La ritalina manda pues callar y niega por consiguiente el lenguaje que subyace en este síntoma; síntoma que esta borrado por la noción de trastorno, trastornos que tienen de particular hacer sufrir a los otros; lo que precisamente caracteriza y constituye la particularidad de estos niños hiperactivos que presentan patologías de la acción.

 

Así pues, los niños molestos, turbulentos y agitados pagan caras sus patologías y se trata hoy más de hacer callar sus síntomas gracias a la medicación o a la re-educación del comportamiento, que de escuchar su sufrimiento, permitiendo así, a los padres, educadores, enseñantes, no estar ya muy ocupados ni siquiera interpelados y de este modo dar rienda suelta a los pequeños arreglos neuróticos o perversos de los adultos y de sus instituciones.

 

Circulen, ya que nadie es culpable y ritalina para todos.

 

Esto es tanto más asombroso (en efecto la ritalina es una molécula anfetamínica como la cocaína y el éxtasis), cuanto que cualquiera de los estudios serios realizados hasta ahora no permiten probar que el TDAH sea debido a una falta de dopamina, de origen genético, debido a un defecto de ADN, a una localización del tipo receptor D4, a una particularidad anatómica del cerebro, ni a un problema ligado a la maduración del cerebro o incluso a una anomalía del mismo en el sentido de su funcionamiento.

Finalmente es necesario anunciarlo alto y fuerte: un niño que no responde a las expectativas escolares no tiene por ello problemas de atención y de concentración.

 

La única novedad en materia de síntoma es que el gran público sea ahora informado de la existencia de medicamentos que se supone reducen los trastornos de la atención, lo que conlleva una especie de vulgarización de las patologías mentales que banaliza y cambia las fronteras entre lo normal y lo patológico. Los padres y los educadores disponen ahora de tablas que pueden rellenar y hacer ellos mismos el diagnóstico de un trastorno que conviene quitar, de una anomalía de la cual es por supuesto el cerebro el responsable.

 

Volvamos pues a nuestros buenos viejos síntomas e intentemos salvaguardar lo que todavía se pueda con las herramientas psicoanalíticas de las que disponemos.

 

El modo en que cada uno se agarra a su síntoma es ya evidente en Freud quien tropieza con esto muy temprano ya que destaca que incluso bajo hipnosis, la sugestión no se alcanza. Si esta resolución del síntoma es tan compleja es porque en el síntoma reside la particularidad de cada uno y por tanto se puede decir que en el síntoma se juega, está presente y garantizada, una especie de singularidad irreductible.

 

Por ello, pasar del síntoma sería casi equivalente a pasar del sujeto. El síntoma forma pues parte íntima de la economía psíquica del niño y tiene un sentido que es necesario poder descifrar e incluso en ciertos casos salvaguardar, incluso su modo de construcción está ahí. Una palabra está en espera, una palabra esta ahí para ser escuchada. Pero haría falta definir dos categorías de síntomas en el niño. Primero la que se encuentra en la definición freudiana más general: es el síntoma en el sentido de la represión y producido como resultado del retorno de lo reprimido; y el síntoma más específico en la infancia temprana que es el síntoma construido por falta de represión.

 

Así pues, en Freud, la noción de represión puede entenderse en sus dos vertientes. Es importante poder concebir esta dimensión en sus dos vertientes ya que la más habitual es esta de[2]El fracaso de la represión es la condición previa de la formación del síntoma” Anotemos que el síntoma hace más que repetir el recuerdo reprimido; retorna para significar el deseo y cambia el sentido del recuerdo penoso.

 

Hasta ahí se trata sobre todo del caso más conocido de la represión. La otra vertiente un poco menos conocida es la que concierne a los síntomas neuróticos y a los actos fallidos de los que Freud nos dice esto[3] : « se refieren a materiales psíquicos incompletamente reprimidos, y que aunque reprimidos por el consciente, no han perdido toda posibilidad de manifestarse y de expresarse»

Veis que me detengo en el: «incompletamente reprimido», punto que muy a menudo no se tiene en cuenta.

 

Evidentemente, sobre este último punto que concierne a los materiales no completamente reprimidos, necesitamos añadir la idea, que está en el fundamento mismo del síntoma para Freud, de la sexualidad infantil que “Es la fuerza motriz principal de la formación del síntoma”[4] Es interesante precisamente porque esta fuerza motriz principal no es la que concierne al síntoma en el sentido habitual del término, causado por la represión, sino a la parte de la represión que tiene que ver con lo incompletamente reprimido. Es precisamente la que se encuentra en los síntomas de la infancia antes de los cinco años.

 

Es la razón por la que propongo reservar el término síntoma en el niño a aquellos que son construidos a partir del retorno de lo reprimido mientras que se les podría llamar construcciones sintomáticas a aquellos síntomas construidos a partir de la falta de represión en los que los padres tienen una parte importante. Esa es también la razón por la cual todos los síntomas de lo infantil son muy lábiles, transformables, y sobre todo transitorios. Por esto no se puede hacer en absoluto prospección del porvenir a partir de su existencia en un momento dado en lo infantil. Los síntomas en el niño son transitorios en esencia y se hacen y se deshacen en función de un cierto número de elementos, entre ellos el que
concierne especialmente al lugar de los padres en la economía psíquica del niño.

En efecto los padres tienen una función que se puede considerar simbolígena, es decir que disponen de esta función que permite al niño construir su relación con lo simbólico en del deseo de sus padres. Se encuentra en este ámbito toda la sintomatología de lo que hoy se llaman los trastornos “de la acción y de la concentración” sobre los que evidentemente la capacidad o incapacidad de los padres para decir “no” tiene sus consecuencias.

Es con Lacan con quien se clarifica este último punto porque añade un elemento esencial desarrollando el hilo de la construcción del síntoma en lo infantil [5] : «Sabemos muy bien en el análisis la importancia que ha tenido para un sujeto, quiero decir, este que en ese entonces no era absolutamente nada, la manera en la que fue deseado. Hay gente que vive bajo el efecto, que durará mucho tiempo en sus vidas, bajo el efecto del hecho de que uno de los dos padres -no preciso cual de ellos- no les ha deseado. Este es verdaderamente el texto de nuestra experiencia cotidiana. Los padres modelan al sujeto en esta función que titulé simbolismo. Lo que estrictamente quiere decir, no que el niño sea el principio de un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual le aceptaron sus padres. Sé bien que esto presenta todo tipo de variaciones y de aventuras. Incluso un niño no deseado puede, en nombre de un no sé qué, que surge de sus primeros bullicios, ser mejor acogido más tarde. Esto no impide que algo conserve la marca del hecho de que el deseo no existía antes de cierta fecha. »

Me parece que Lacan introduce aquí un nuevo tipo de construcción del síntoma, a saber, que ya no se trata solo del síntoma en tanto este se construiría a partir de la represión del deseo; sino el síntoma en tanto construido en el sujeto a partir de la falta de deseo del Otro lo que introduce una dimensión totalmente nueva en esta cuestión de la construcción del síntoma. O incluso más, los síntomas, y por consiguiente sus construcciones, serán diferentes en función de como el niño fue deseado; y sobre todo no hay que olvidar la posición esencial del deseo de los padres como simbolígena para el sujeto.

 

Él afirma pues claramente que el deseo de los padres contribuye a la construcción de lo simbólico en el sujeto lo que es, desde luego, algo totalmente nuevo. Os recuerdo que no es este el modo en que Freud nos lo aportó. Esta idea, nos remite pues, a muchos modos de construcción diferentes, en función de cómo los padres habrían deseado a su niño bajo una forma u otra o no le habrían deseado. Así pues, la continuación sintomática tendrá evidentemente consecuencias muy diferentes en las construcciones mismas del síntoma.


Eso es tanto como decir que Lacan nos invita aquí a un trabajo con los padres, tanto si se trata del cuadro de las neurosis, como del de las psicosis, y yo diría incluso más en este último ámbito. Ya que el síntoma psicótico es un síntoma igualmente estructurado. La psicosis revela algo del deseo del Otro en relación al síntoma y el psicótico, en este sentido, es hablado por su síntoma en una lengua que él mismo ignora. Esto sitúa la cuestión del síntoma de manera diferente, el síntoma en la lengua, fuera de la castración.

 

No podría terminar esta introducción de nuestro coloquio sobre la actualidad de los síntomas del niño sin insistir en el hecho de que no hay nuevos síntomas ya que si los padres tienen una tal importancia es porque el niño hasta los cinco o seis años presenta un modo de pensamiento sobre todo metonímico y esta construcción es el efecto producido por la falta de represión, normal a esta edad pero que igualmente comporta una falta de maduración de los procesos metafóricos Cuanto más avanza el niño hacia la realización de su represión, tanto más contribuye a poner en marcha la maduración de sus procesos de metaforización. Tanto es así que se puede constatar que la construcción de los síntomas a esta edad es el resultado de esta falta de represión; inversamente, un síntoma que desaparece es el resultado de una producción de represión que por consiguiente permite el desarrollo de la metáfora.

 

Por último, la construcción del síntoma después de los 6 años es muy diferente, al poder utilizar ya el niño una forma de pensamiento metáforo-metonímica. Teniendo como consecuencia que la construcción del síntoma sea el efecto producido por el retorno de lo reprimido, y por tanto ya no se tratará de producir represión; sino de lo contrario, de poder levantar esta represión. Sé que estos puntos serán tratados a lo largo de esta jornada de trabajo, así pues cedo la palabra a mis colegas.

 


[1] N.T. En francés: doudou, no tiene traducción exacta en español. Muñeco u objeto preferido por el niño para ir a dormir, objeto transicional según Winnicot

[2] Obras completas vol X PUF 1993 P.181 El trastorno de la visión psicógena en la concepción psicoanalítica.

[3] Psicopatología de la vida cotidiana Trad. Payot 1990 P.317

[4] Pegan a un niño. Neurosis Psicosis y Perversión. PUF París 1974 P 243

[5] LACAN conferencia de Ginebra sobre el síntoma

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