LA CONSULTA PSICOANALITICA

Robert Lévy

 

Fue un ejercicio al que François Dolto se dedicó durante muchos años en el Hospital Trousseau de Paris, mediante un encuadre que asociaba sin embargo al niño, sus padres y algunos psicoanalistas en formación. Incluso si se han podido aproximar sus consultas a las presentaciones de enfermos que Jacques Lacan hacía en el mismo periodo en el entorno del Hospital Ste. Anne, no se puede decir que se trate de un dispositivo idéntico. Sea como sea, quisiera hoy enunciar algunas referencias que permiten continuar esta experiencia mediante un practicable diferente.

En primer lugar hemos de indicar lo que entendemos por consulta psicoanalítica y lo que la distingue de la consulta médica.

Es claro que la primera respuesta concierne a la dimensión del síntoma que se acoge en el marco de la consulta psicoanalítica como un sufrimiento estructurado como un lenguaje, es decir en un : “lo que se escucha detrás de lo que se dice”. Incluso si el síntoma es lo que motiva, a priori la demanda, hay que escucharlo como nudo de significantes.

El segundo punto concierne a la demanda, que siempre es escuchada como dirigida a alguien y al psicoanalista en este caso. Por este hecho la demanda plantea siempre una cuestión sobre el lugar del síntoma en la economía psíquica del niño, lugar que incluye a los que piden ayuda; especialmente son los padres, pero a veces es la escuela, la familia de acogida o cualquier otra instancia con función parental.

Finalmente, el tercer punto concierne al analista que tiene su función en la constelación de la consulta como formación del inconsciente, es decir, como “sujeto supuesto saber” algo sobre este síntoma, y en consecuencia pudiendo responder a la demanda mediante un tratamiento apropiado.

Percibimos pues la demarcación de la consulta psicoanalítica respecto de la posición médica; en efecto la posición medica que, por su parte, supondría a priori una sintomatología constituida en función de la cual algunas cuestiones apropiadas permitirían referir este síntoma a una semiología, de tal suerte que ello conduciría a un diagnóstico y en consecuencia a una indicación terapéutica (cf. los D.S.M).

No diremos sin embargo que la psicopatología del niño es una semiología de la que habría que prescindir; sino más bien, parafraseando a Lacan a propósito del Nombre del Padre, podríamos decir que la psicopatología del niño “ podemos ir más allá, a condición de poder servirnos de ella”. Los tres ejes de la consulta psicoanalítica que acabamos de evocar, a saber, el síntoma, la demanda y el analista, representan los tres elementos constitutivos de una nueva semiología psicoanalítica, que incluye lo que ninguna semiología médica puede hacer; es decir la dimensión de lo real. Este último señalamiento nos conduce a plantear la cuestión del encuadre que, contrariamente a lo que ocurre con los adultos, es para los niños un espacio a construir con cada nueva consulta.

Estos prolegómenos nos conducen pues a considerar una nueva clínica, la clínica psicoanalítica del niño, que, después de Freud y la clínica de la represión, nos introduce con Lacan en la clínica de la metáfora.

Lacan enuncia por primera vez en 1958 que “ el padre es una metáfora[1]; desde entonces el padre no puede considerarse más como la relación de una palabra a una cosa sino como la de un significante a otro.

La clínica de la metáfora interroga especialmente la diferencia entre lo que se ha llamado, por un lado la regresión al estadio infantil, y por otro, “ la constitución del aparato psíquico” que hemos de considerar como siendo algo diferente en cada etapa de la evolución del niño. Estos dos últimos elementos han sido tomados a menudo uno por el otro y han producido cierta confusión en la aproximación que se ha podido hacer al síntoma del niño.

En efecto, una primera simbolización tiene lugar desde las primicias de la organización del lenguaje (infans) en relación con la integración de la metáfora paterna, entre otras, las oposiciones fonemáticas frente a la ausencia de la madre y más tarde bajo la forma de juegos asociados (tales como el fort-da). Esta tentativa de metaforización de la alternancia (presencia-ausencia de la madre) no regla sin embargo por ello definitivamente la cuestión del uso de la metáfora y de su construcción. Serán precisas algunas operaciones suplementarias para que se elabore la estructura metafórica necesaria a los procesos de simbolización.

Así esta clínica nos invita igualmente a revisar la noción de construcción del síntoma puesto que una cosa es considerar un síntoma producido por la represión y el retorno de lo reprimido, sobre el modelo metáforo-metonimico, pues en este caso se tratará de un síntoma construido a partir de un significante sobre el cual Lacan se apoya, el cual encuentra su origen en el “erinnerung symbol – símbolo mnésico” freudiano, del que sabemos hasta que punto se enraíza en la materialidad del cuerpo. Es igualmente esto lo que Freud considera por el hecho de que “ el síntoma proviene de la moción pulsional apartada por la represión” . Por el contrario otra cosa es considerar un síntoma construido a partir de una falta de represión sobre el modelo metonímico, es decir, en la ausencia de construcción de procesos de metaforización.

En efecto los niños se encuentran hasta cierta edad en una construcción del pensamiento referida al modelo metonímico: es por ello que hasta cierta edad, el niño no se puede separar de la historia que se le cuenta por el hecho de que para él: a un significante le corresponde un significado y solo uno. Por ejemplo, si juego al cocodrilo cuando le cuento una historia de cocodrilos, tendrá miedo de mí como si yo fuera el cocodrilo, mientras que con el modelo metáforo-metonímico esta misma historia no supondrá ninguna dificultad para que el niño comprendenda lo que hago: “como si yo fuera el cocodrilo“ ya que tiene la certeza de que soy el narrador de la historia en realidad.

Este ejemplo atestigua la diferente capacidad de pensar antes y después de lo que llamo la adquisición de los procesos de metaforización, en otros términos, antes y después de la adquisición de la represión completa.

Del mismo modo, los padres no tendrán el mismo lugar en la construcción del síntoma de su hijo; este síntoma como acabamos de ver, se construirá y se expresará de manera distinta si se le considera a partir del modelo metáforo-metonímico o solo metonímico. Así pues la presencia de los padres se comprende, se analiza forzosamente de otro modo si el niño no tiene aún adquirida la represión. Podemos situarnos respecto de esta idea pues:

“ en la concepción que elabora Jacques Lacan, el síntoma del niño se encuentra en el lugar de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”. En este articulo de octubre de 1969 [2] , algunas líneas después, precisa lo siguiente: “ el síntoma puede representar la verdad de la pareja familiar”

Con esta concepción y con ocasión del seminario de Lacan sobre Joyce podemos todavía aportar algunos complementos a esta primera concepción y dar sin duda un paso más.

Propondremos la definición siguiente: el niño no es, como se ha enunciado a menudo, el síntoma de los padres sino su sinthome (reparación) o, más exactamente: el síntoma del niño hace sinthome (tiene una función reparadora) para los padres.

No podríamos explicitar mejor este punto que tomando el seminario de Lacan “ el sinthome”, en la sesión del 17 de febrero de 1976: [3]

“…, lo que he llamado este año el “ sinthome”, es lo que permite reparar la cadena borromea, si ya no hacemos más una cadena, es decir si en dos puntos hemos hecho lo que llamo un error. Al mismo tiempo si lo simbólico se libera, como lo he señalado en otra ocasión, tenemos un medio de reparar eso. Es hacer lo que por primera vez he definido como el “ sinthome”. Es algo que permite a lo simbólico, a lo imaginario y a lo real continuar juntos, mientras que allí, en razón de los dos errores, ninguno se sostiene más con el otro (…..) pienso que allí estaba la llave de lo que le ocurrió a Joyce. Joyce tiene un síntoma que parte del hecho que su padre era carente, radicalmente carente, él no habla más que de ello. He centrado la cosa alrededor del nombre propio y he pensado – hagan con esto lo que quieran,- que es por querer hacerse un nombre,, como Joyce compensó la carencia paterna”

Nos parece que podemos extender lo que Lacan dice del padre de Joyce a otros tipos de carencia y ello, particularmente en la época infantil, es decir en este momento en que los procesos de metaforización no están aún adquiridos, igualmente en lo que concierne al lugar que ocupan los padre en lo infantil.

En efecto, en esta época el niño por su síntoma puede hacer suplencia para los padres y su síntoma hace sinthome.

Hay una relación de circularidad entre el síntoma y lo simbólico en lo inconsciente; es por ello que en cierto modo, el síntoma y el sinthome tienen una función de suplencia, es decir de reparación allí donde lo simbólico encuentra una dificultad para construirse. Se puede decir, desde entonces que el síntoma y lo inconsciente constituyen lo que se llama una nueva suerte de simbólico que induce el síntoma.

El síntoma es pues el cuarto nudo entre Real, Simbólico e Imaginario, suerte de adición forzada, como lo indica Lacan, un eslabón suplementario cuya función es la reparación de una falla en uno u otro o los dos padres. Este sinthome es un eslabón necesario en el caso en que un acontecimiento, por ejemplo la eficacia del significante del nombre del padre, ha fracasado, es decir allí donde hay carencia de la función metafórica. Los padres están implicados en la operación metafórica necesaria para la construcción psíquica del niño.

Es por ello que tendrá consecuencias en el niño en función del modo en que, para cada uno de los padres, de manera separada, esta cuestión de la ley representada por el significante del nombre del padre haya sido o no integrada.

Al niño lo encontramos pues en la consulta psicoanalítica, llevado , si podemos decir, por las fallas, desfallecimientos y mellas de esta cuestión significante de los padres. Es por otro lado lo que se puede considerar como el nudo de significantes del síntoma. Así toda consulta con un niño supone de entrada cierta confrontación con las apuestas de la constitución de los procesos de metaforización y en particular el de la metáfora paterna para la pareja que le lleva. En este sentido, el niño en la construcción de sus síntomas se revela como el sinthome de sus padres. Por otro lado es frecuente que, cuando la pareja va mal, se imagine que el nacimiento de un niño vendrá a “ reparar” algo, lo que se convierte la mayoría de veces en una catástrofe.

Podemos dar un pequeño ejemplo de un niño que vino a consulta derivado por el pediatra porque no hablaba todavía con 4 años. Este niño no presentaba ningún signo de psicosis, estaba inscrito en la relación con el otro y buscaba su contacto, sin ninguna manifestación de ruptura con la realidad. Sin embargo presentaba una gran agitación y una forma de dirigirse al otro provocando de manera constante sus prohibiciones. Su madre se quejaba de que su padre no era apto para asegurar a su hijo autoridad, y el padre reconocía él mismo su dificultad a este nivel. En el curso de la consulta escuché hasta qué punto este padre no podía proporcionar una autoridad tal como la que él mismo, siendo niño, había recibido de su padre militar que había confundido violencia autoritaria y transmisión de limites hacia su hijo. Así pues el padre de este niño quedaba incapaz de transmitir a su hijo limites que confundía simplemente con el superyo cruel y violento en el que había sido criado él mismo. Del lado de la madre, ella no se quejaba de no poder ejercer autoridad para su hijo, que respetaba sus consignas, sino que se quejaba de que su marido no pudiera hacer lo mismo. Me di cuenta muy pronto de que el propio padre de la madre murió cuando su hijo tenía un año y ella no se había recuperado de esta perdida, no tanto de un abuelo para su hijo, sino de la perdida de lo que decía del modo siguiente: “ mi hijo no tendrá más esta mirada de padre” confundiendo así mirada de su propio padre y mirada del padre de su hijo que ella denegaba así con este mismo enunciado. Este niño se encontraba pues tomado como rehén entre dos imposibles de paternidad lado padre y lado madre así, no decir nada, no hablar, se convertía en el sinthome necesario para la reparación de cierta carencia paterna respecto de sus padres; en la medida en que no decir nada ponía a todo el mundo de acuerdo. Así, como acabamos de evocar, el niño construye síntomas, enuresis, encopresis, problemas de sueño, de alimentación o hiperactividad, retrasos de todo tipo que tienen valor de sinthome , de reparación para los padres, y eso es a menudo lo que constituye la resistencia del síntoma del niño para resolverse. Pero de manera reciproca es lo que da el carácter “ mágico” a la capacidad de desaparición rápida de estos mismos síntomas cuando se trabaja en la escucha del sinthome de los padres. A veces incluso el síntoma del niño desaparece aun no trabajando sino con uno o ambos padres. En consecuencia es toda la cuestión de la represión que se encuentra de nuevo planteada pues, hasta cierta época de lo infantil, no hay todavía represión, o hay represión parcial. Es justamente porque no hay aún represión completa por lo que se producen cierto número de síntomas en el niño que no son el efecto de la represión sino al contrario el producto de una falta de represión. Es en razón de esta falta de represión, que el analista tendrá por tarea conducir a que la represión sea finalmente posible. Nos encontramos pues en el nudo de lo que se llama lo Real es decir lo que, por la falta de represión y la falta de procesos de metaforización como acabamos de ver, constituye este impensable, este “sin palabras para decirlo” al que el niño se encuentra confrontado durante un tiempo prolongado.

En resumen, este lugar del analista a la escucha del sinthome tiene por efecto permitir a lo infantil de acceder a la represión, lo cual constituye un trabajo muy diferente de aquel que se hace cuando la represión completa ha hecho ya su trabajo.

Finalmente, estas diversas modalidades de la función de los padres entrañan una modificación del dispositivo de consulta y/o de psicoterapia del niño en el estadio infantil. Más exactamente se trata de considerar un dispositivo transferencial en el que los padres están incluidos para que los significantes pasen de nuevo de un sujeto al otro pues “ es por razones, propi
amente hablando, metafóricas, por lo que el pequeño a es el niño metafórico de Uno o del Otro en tanto que ha nacido del resto de la repetición inaugural, la cual, para ser repetición, exige esta relación de Uno al Otro, repetición de donde nace el sujeto” [4]

Precisaremos que este tipo de trabajo no tiene nada que ver con las terapias familiares incluso si es indudable que es de esta misma intuición de partida que surgen. En efecto, en el contexto de la falta de represión, el lugar del sinthome del niño para los padres es prevalente y, en este caso, se tratará mediante el trabajo de consulta psicoanalítica con los padres, de favorecer una represión completa. Mientras que en una época ya “edípica”, la adquisición de la metaforización permite escuchar al niño en ausencia de sus padres, es decir, en presencia del modo en que se ha convertido en autor de una historia original: la suya, de la que sus padres pueden finalmente devenir el objeto.

 

 

Traducción: Roque Hernández

 

Nota: je ne trouve dans le texte de R. Lévy la note nº 2 dans leur article

 


[1] Lacan.: las formaciones del inconsciente. Le seuil. 1998. p. 174

[2] J. Lacan. Autres Ecrits: Le seuil p. 373

[3] J. Lacan., “ el sinthome”, seminario de 1975-1976. Le seuil. p. 93 y 94.

[4] Lacan: La lógica del fantasma. Le seuil. p. 265

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