11 de febrero 2012


 

El año pasado, en nuestro Seminario sobre la transferencia, con los colegas de la asociación en París, hicimos la hipótesis de que si bien el paciente psicótico no está en la represión (lo cual no es nuevo), es su analista, en la transferencia y como consecuencia en la interpretación, quien produce en si mismo la represión. Lo cual implica una nueva suposición. Varias veces hemos visto en la clínica (lo plantean sobre todo Françoise Fabre y Carol Watters) que es porque hubo una represión del lado del analista, un olvido de un significante importante que tiene que ver con el analizante, por lo que el analista puede hacer la interpretación. Es decir, a partir de su propia represión de algo del paciente, el analista puede hacer la interpretación, obviamente en transferencia.

Por eso me parece que podemos continuar nuestro trabajo sobre la interpretación en torno al trabajo de Freud «Construcciones en psicoanálisis» que tiene el mérito de permitirnos retomar a la vez la cuestión del delirio con respecto a la interpretación, y también la del delirio como estructura.

 

También hemos de diferenciar la noción de construcción de la de interpretación y con ello encaminarnos hacia la necesidad de definir la estructura de la interpretación en psicoanálisis.

«Construcciones en psicoanálisis» es un texto de finales de la vida de Freud (1937), tiempo en que él intenta transmitir su técnica con la intención de hacer una metodología del acto analítico. Tendríamos que preguntarnos también por la diferencia entre acto analítico e interpretación, ya que dentro del ámbito de la cura de niños se trata más de acto analítico y menos de interpretación, por razones que tienen que ver tanto con la cuestión de la especificidad de la transferencia, como con la especificidad de la represión actual del niño en cuestión. Acto, interpretación y construcción son tres modalidades del trabajo analítico.

 

Este artículo nos permite incluir la cuestión del asentimiento o desacuerdo del paciente a propósito de la verdad de la interpretación del analista. Es decir que Freud en este texto intenta precisar también —a través de la cuestión de la verdad de la interpretación—, el valor «científico» de la interpretación, y su argumentación nos permitirá abrir un capítulo de los más esenciales, a saber: los detractores del psicoanálisis pretenden que la interpretación del analista es siempre justa porque t el analista siempre tiene una salida tanto para el «sí» o el para el «no» del paciente, ya que pretende que tanto el sí como el no, no tienen más importancia uno que otro. Pero también esta pregunta que Freud no evita, merece el intento de contestar a la famosa pregunta de la objetividad de una interpretación y en consecuencia, del eventual abuso de poder del que el paciente podría ser objeto.

 

Piera Aulagnier, en su tiempo, describía este problema diciendo1: «La roca contra la cual se arriesga a chocar el analista y su función, está representada de entrada por la ausencia de cualquier señal que nos permitiera estar seguros de la objetividad, y que podría advertirnos de que estamos abusando de nuestro poder: el analista puede —a menudo con razón— escuchar tal o cual crítica u objeción como manifestaciones transferenciales, pero también puede utilizar la interpretación para velar sus propios abusos. Hay que señalar que nada nos asegura que no abusemos del poder que nos ofrece la transferencia. Que todo nos hace pensar que siempre hay momentos en que abusamos y que con nuestra buena fe lograremos justificar a veces teóricamente, pero après-coup, las consecuencias en el otro de los efectos de nuestros errores».

 

Por mi parte añadiré que esta cuestión es también preocupante en las instituciones en general y en las psicoanalíticas. Y la buena fe que invoca Piera Aulagnier me parece muy sospechosa con respecto a la cura, porque si uno cree en el inconsciente ¿cómo puede creer en la buena fe? No se puede creer en el inconsciente y creer en la buena fe, es una contradicción.

 

El texto «Construcciones en Psicoanálisis» es un pequeño tratado sobre el acto analítico que nos da Freud y él lo propone sin evitar la cuestión de saber qué garantía hay de todo eso, la garantía de que lo que proponemos al paciente tenga un valor. ¿Qué nos garantiza que mientras forjamos nuestras construcciones para transmitírselas al paciente no nos equivocamos comprometiendo nuestras posibilidades de éxito de la cura, transmitiendo una construcción o una interpretación inexacta?

Este texto propone también la idea muy importante de que la construcción y su acto pueden tener el mismo efecto que un delirio, porque ambos revelan una verdad histórica que actúa tanto en el delirio como en el recuerdo reprimido.

 

Este texto introduce el término construcción que Freud ya había utilizado en 1918 (El Hombre de los Lobos). Es un punto interesante, porque en dicho texto la construcción se sitúa del lado del paciente, se trata de escenas infantiles, de recuerdos reconstruidos. Cito a Freud: «Estas escenas infantiles no son, como me enseña la experiencia, reproducidas como recuerdos, sino lo que resulta de una construcción». Así, en este momento, Freud distingue lo que tiene que ver con el recuerdo de la reconstrucción.

 

En 1920 se pasa a otra acepción del término construcción en «Pegan a un niño». Aquí la construcción queda situada del lado del analista, ya que el niño no tiene acceso a la segunda etapa del fantasma, de la que no puede acordarse2. En consecuencia, dice Freud que «es la construcción del analista, pero no menos necesaria ya que no hay ningún recuerdo posible».

Es necesario entonces otro recurso para el tratamiento que no sea intentar acceder al recuerdo reprimido. Más bien se trata de una necesidad de construir algo ahí donde nunca habrá un recuerdo posible (quiero ser el niño pegado porque es el amado por mi padre). Ese segundo tiempo es el del goce, olvidado para siempre, lo que no impide gozar después en otra construcción, en un escenario distinto. Pero el goce que el niño sintió en ese momento será olvidado para siempre.

 

Lo que propone Freud es poner algo en el lugar mismo del recuerdo olvidado, o mejor de su inexistencia. Freud postula a partir de entonces que la represión puede ser definitiva y que en consecuencia el recuerdo no vendrá nunca. Se necesita pues otro recurso, si el recuerdo no volverá, hay algo para inventar, otra cosa para que el tratamiento pueda seguir adelante.

Por fin es en el artículo: «Sobre un caso de psicogénesis de homosexualidad femenina», cuando la construcción toma gran importancia, ya que se tratará de la especificidad de la construcción con respecto a la interpretación, ya que Freud va a diferenciar a partir de ahí la interpretación que recae sobre un fragmento de una verdad histórica del sujeto, de la construcción que no recae sobre ningún fragmento de verdad histórica, ni sobre el recuerdo entero.

 

Pregunta: pero la construcción tendrá que versar sobre una parte de la verdad histórica, ¿no?

 

R. Lévy: sobre una parte.

Esto plantea de otro modo la cuestión de qué es una verdad histórica, que surge de esa diferenciación y que encontrará su punto álgido en el texto «Moisés y el monoteísmo», en el que Freud renombra, si puedo hablar así, al Dios de los judíos como el dios de los Egipcios (Akhenatón) y por eso tiene que reconstruir la historia de Moisés como niño egipcio, reconstrucción de la verdad histórica al estilo Freud y con sus efectos. Es importante decir eso para alguien que forma parte del pueblo judío porque las consecuencias son importantes, es decir que Freud reconstruyendo la verdad histórica de Moisés en tanto que niño
egipcio y no judío, dice que por fin, el dios en el que creen los judíos no era ni más ni menos que Akhenatón, dios de los egipcios.

 

Queda un punto importante que es la dimensión de la pérdida de realidad en la psicosis, ya que «Construcciones en psicoanálisis» prolonga los textos «Neurosis y Psicosis» y «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis».

Entonces, para comenzar nuestra lectura de este texto, os indico de nuevo la diferencia que Freud introduce entre construcción e interpretación: «El término interpretación se aplica a alguna cosa que uno hace con algún elemento sencillo del material, como una asociación o una parapraxia. Pero es una construcción cuando uno coloca ante el sujeto analizado un fragmento de su historia anterior, de un modo aproximadamente como este: ‘hasta que tenía usted n años, se consideraba usted como el único e ilimitado dueño de su madre; entonces llegó otro bebé y le trajo una gran desilusión. Su madre le abandonó por algún tiempo y aún cuando reapareció, nunca se hallaba entregada exclusivamente a usted. Sus sentimientos hacia su madre se hicieron ambivalentes, su padre logró una nueva importancia para usted, etc.».

 

Freud propone restituir al paciente algo en el lugar del período olvidado. El paciente no recuerda nada de eso porque está reprimido y por eso Freud lo construye, para decir algo en el lugar de lo no recordado.

 

G. Gaitan: ¿tiene el valor de un mito como el mito individual del neurótico?

 

R. Lévy: el mito es lo que Jung tomó como derivación, pero Freud no estaba de acuerdo. El mito individual del neurótico es el mito que el paciente construye. El paciente no necesita al analista para construir un mito. Yo creo que lo que Freud propone es lo contrario: poner algo donde no hay nada, pero por razones distintas y de modo distinto.

Es decir, que Freud mantiene que la represión puede ser definitiva y por consecuencia el recuerdo no vendrá nunca más, por eso se tiene que recurrir a «algo» en el tratamiento. Ya que el recuerdo no vendrá nunca más y no se puede interpretar, entonces hay que trabajar a través de la construcción.

 

R. Lucena: ¿Seria necesario reconstruir esa verdad histórica para avanzar en el tratamiento?

 

R. Lévy: Tampoco es una verdad histórica, en este ejemplo de construcción Freud da al paciente una reconstrucción de la historia de sus sentimientos, lo que es distinto, sentimientos que en aquellos momentos estaban atrapados en el Complejo de Edipo y, por lo tanto, en una historia en que lo sexual tiene un lugar prevalente, y que tiene también relación con el deseo y con el padre al que Freud apunta en el horizonte.

 

M.C. Estada: Para Freud, ¿el hecho de hacer una construcción hace que se reprima por completo?

 

R. Lévy: Precisamente porque hay puntos donde la represión es completa y el recuerdo no se va a levantar nunca, hay que trabajar a través de la construcción. Es la invención más importante de Freud, es decir que porque no habrá nunca recuerdo, hay partes que serán olvidadas para siempre y por eso se necesita inventar otra modalidad para trabajar que no es la interpretación sino la construcción, es la invención de Freud, para responder a la cuestión de como hacer si el recuerdo está olvidado para siempre.

 

V. Fernández: pregunta por la novela familiar del neurótico.

 

R. Lévy: La novela familiar del neurótico es la construcción imaginaria que él hace justamente para evitar saber, para no saber nada de sus sentimientos, del Edipo, de su deseo, del deseo de su madre, etc. Ahí el neurótico inventa algo para no saber nada, la construcción que propone Freud es absolutamente lo contrario, es para que el paciente sepa algo de esos sentimientos de los que nada quiere saber y sobre los que hubo una construcción de un mito neurótico.

 

L. Monleón: Me parece muy interesante el tema de la historia de los sentimientos, afectos podríamos decir, ya que estos no están reprimidos, y siguen ahí pululando, ¿no?

 

R. Lévy: Exactamente. Lo que sabíamos sobre la distinción entre afectos y recuerdo, es decir que el paciente podía sentir de nuevo los afectos reprimidos en otros momentos de su vida sin recordar la verdad del momento original, Freud construye una modalidad para que se anuden los afectos con el recuerdo olvidado, lo que no tiene más interés que hacer saber al paciente que ahí había sentimientos olvidados pero que puede llegar a sentir en otros momentos y que tienen que ver con el momento en que, por ejemplo nació su hermano, etc. Freud inventa algo, pero construyendo la historia y el contexto de deseo, de placer, de goce del paciente.

 

Eva: Pero es una construcción que hace desde la teoría.

 

R. Lévy: Esa es la pregunta que estamos siguiendo ahora para ver cómo Freud va a poder salir de esta contradicción.

 

Estamos impactados por el eco que esta construcción tiene sin duda en los analistas que trabajan con niños, este eco es el tipo de comentarios que se pueden hacer frente a los padres en las consultas psicoanalíticas en presencia de los niños. Utilizamos exactamente las mismas palabras: no te acuerdas, pero cuando nació tu hermanito tal y cual. Y la madre corrobora que el mayor tuvo celos y nosotros le damos la razón. Pero ahí estamos en la actualidad de la vida del niño aunque Freud cuando hace esas construcciones las hace a su paciente adulto y no estuvo presente en la infancia de ese paciente.

 

La interpretación aparece ahí de otro modo; la interpretación recae más sobre ideas inesperadas (Einfalle), lapsus, actos fallidos, sueños, que se trabaja a propósito del inconsciente del paciente, por lo tanto de un significante. «Einfalle» son ideas que vienen en las asociaciones y que no tienen sentido. Cuando uno asocia en el diván, de pronto le viene una idea que no tiene nada que ver con lo que estaba comentando. Es decir, que aparece ahí un significante.

La construcción supone restituir al paciente un periodo olvidado en el cual la represión ha producido que no haya recuerdo. Freud postula que el paciente no puede alcanzar el recuerdo reprimido, pero: «A cambio, un análisis llevado correctamente, le convence firmemente de la verdad de la construcción lo que, desde el punto de vista terapéutico, tiene el mismo efecto que un recuerdo reencontrado». Es increíble: «El mismo efecto que un recuerdo reencontrado». Es decir que ahí se trata de sugestión, o bien de que la verdad de la construcción no importa.

 

M. Apostolidis: también se trata de poner palabras donde nunca hubo, ¿no?

R. Lévy: Vamos a ver si es así.

 

Es un punto fundamental porque se trata de saber si lo terapéutico es efecto de la verdad producida por la justeza de la construcción, o bien si esta verdad no tiene importancia porque lo que cuenta es la sugestión tomada en el amor de transferencia. Tenemos ahí dos concepciones de la transferencia:

Una que no tendría más interés que el amor y la ceguera como efecto producido en el paciente que podría aceptar cualquier cosa. Una sugestión máxima.

Otra: la transferencia como experiencia nueva que permitiría retomar la historia del sujeto ahí donde fue detenida y continuar su camino y hacer terapéutica la construcción gracias al efecto de restitución de una historia pasada, a través de la historia actual dentro de la transferencia.

 

P. Sánchez: una de las modalidades taponaría y otra abriría.

 

R. Lévy: Lo raro que nos aporta Freud es que la construcción tendría el mismo efecto que el recuerdo restituido. P. Aulagnier se pregunta qué nos garantiza entonces cuando trabajamos con las construcciones que no cometemos un error y que no comprometemos el éxito de la cura sosteniendo una construcción inexa
cta.

Vemos que Freud no recula frente a las dificultades y no duda en obligarse a plantear las preguntas fundamentales tanto sobre los efectos terapéuticos de un análisis como el del valor científico de su acción y —lo que es más— el de la validez de sus herramientas. Tenemos ahí los ingredientes de lo que se puede calificar de método (planteamiento) científico y, en este sentido, podemos decir que Freud es un investigador como debe serlo cualquier analista.

 

Quedan por especificar las condiciones de este planteamiento y sobre esto Piera Aulagnier también nos dice algo3: «El efecto diferido de la interpretación, nos confronta con el trabajo de reorganización que ésta induce y nos muestra la imposibilidad de predecir con certeza lo que será su destino en el après-coup del análisis. Compararé el doble tiempo de los efectos de la interpretación con las consecuencias del descubrimiento en el campo matemático de un nuevo postulado o de una nueva ley. Para cada investigador que acepte esta nueva aportación, las implicaciones van a depender de su relación con el conjunto de su teoría, una vez que tenga que integrar ese nuevo elemento. Pues en muchos casos, las modificaciones que eso supone, el investigador no podrá verlas sino en el après-coup, es decir cuando pueda y tenga que darse cuenta de que ese nuevo postulado vuelve contradictorio tal otro, lo que a su vez pone en cuestión a un tercero, mientras que cuarto será confirmado».

P. Aulagnier describe ahí el trabajo científico y propone que el trabajo del analista sea igual al del investigador, es decir, tener la capacidad de aceptar la contradicción de sus postulados con la experiencia.

 

Es exactamente lo que hace Freud. Veamos ahora cómo responde a las contradicciones y paradojas aparentes de la hipótesis que él señala, que son también las contradicciones que sostienen los detractores del psicoanálisis. De entrada se ha reprochado al planteamiento freudiano por parte de sus detractores ganar siempre, ya que Freud anuncia de entrada en este artículo que para el analista «Si el paciente está de acuerdo con la interpretación, bien, pero si la contradice, no es sino un signo de su resistencia y por lo tanto nos da la razón».

Y Freud no ignora que este modo de responder es también una manera de alimentar las críticas que se le hacen al psicoanálisis, lo que sigue ocurriendo hoy por las mismas razones que entonces. Y él va a esforzarse en dar cuenta de esta aparente paradoja de la prueba en el marco de un análisis. Para ello va a justificar la respuesta del paciente: «sí, es verdadero» o «no, es falso» a la construcción propuesta por el analista, por la dimensión del asentimiento o de la contradicción. Es decir que pasa del sí o el no, diciendo que lo que nos interesa no es tanto que sea si o que sea no, sino que sea un asentimiento o una contradicción por parte del paciente.

 

Freud restituye a los protagonistas en el encuadre de la transferencia como formación del inconsciente y en consecuencia es precursor de la tesis de Lacan según la cual el analista y el analizante se encuentran en la misma transferencia y participan en la misma formación del inconsciente.

Por eso Freud no sólo no da más valor al «sí» que al «no» del paciente, sino que, además, remite los dos enunciados al campo de la eventualidad de la resistencia, envía también a los dos protagonistas al ámbito de la resistencia, es lo que no se puede entender, se olvida que Freud habla de la resistencia de los dos. Cito a Freud : «Un simple ‘sí’ de un paciente de deja de ser ambiguo. En realidad puede significar que reconoce lo justo de la construcción que le ha sido presentada; pero también puede carecer de significado o incluso merece ser descrito como ‘hipócrita’, puesto que puede ser conveniente para su resistencia hacer uso en sus circunstancias de un asentimiento para prolongar el ocultamiento de la verdad que no ha sido descubierta». Es decir que puede decir que sí para no saber nada y esconder al analista que la construcción es falsa. «Un ‘no’ de una persona en tratamiento analítico es tan ambiguo como un ‘sí’ y aún es de menos valor. En algunos casos raros se ve que es la expresión de un legítimo disentimiento. Mucho más frecuentemente expresa una resistencia que ha podido ser evocada en el sujeto por la construcción presentada, pero que también puede proceder de algún otro factor de la compleja situación analítica».

 

Freud no cree en el ‘si’ ni en el ‘no’, porque no es esa la cuestión, son los dos equívocos y tienen que ver con la resistencia de la que el analista puede formar parte al creer en el sí o en el no. Dice Freud: «Como todas estas construcciones son incompletas y cubren solamente pequeños fragmentos de los sucesos olvidados, podemos suponer que el paciente no niega en realidad lo que se le ha dicho, sino que basa su contradicción en la parte que todavía no ha sido descubierta». Es decir que el paciente puede decir no, no porque la construcción no sea justa, sino porque sólo lo es en parte. En consecuencia, una construcción no se tiene que escuchar como verdadera o falsa sino con relación a los efectos producidos en cuanto a las modalidades indirectas de confirmación que pasan por: «Una asociación que contiene algo similar o análogo al contenido de la construcción «, es decir lo que viene después de la construcción, la producción de un material.

 

Así, dice Freud, «No pretendemos que una construcción sea más que una conjetura que espera examen, confirmación o rechazo». De ese modo: «no se produce un perjuicio porque alguna vez nos equivoquemos y demos al paciente una construcción errónea de la probable verdad histórica». Podemos subrayar la humildad que Freud piensa que ha de tener el analista, quien puede fallar y no tener ninguna verdad para imponer.

Pero creo que Freud va más allá de la verdad de la construcción porque añade que si se comprobara que ésta es falsa, no tendría importancia, pero sin embargo si se comprueba justa, tendría consecuencias: «….una inequívoca agravación de sus síntomas y de su estado general». Esto es importante. Si es justa, tendremos una agravación evidente de los síntomas del paciente. Vemos que Freud no evita las paradojas, lo que es formidable.

 

Me parece que ahí tocamos un punto fundamental de la diferencia entre psicoanálisis y psicoterapias. En efecto, aparte del hecho de que muchas psicoterapias no se ocupan de la transferencia, Freud condiciona claramente su técnica y su acto a los efectos producidos por la construcción la cual, como él subraya, si es justa aumenta los síntomas. Es decir que no es buscar la verdad del recuerdo olvidado lo que cura, sino todo lo contrario, ya que buscar la verdad del recuerdo olvidado no tiene otra consecuencia que aumentar los síntomas. Vemos que Freud dice todo lo contrario de lo que se suele decir que él dice.

Así, la verdad no cura, no es así como un análisis produce sus efectos terapéuticos sobre el síntoma. Sería acaso todo lo contrario. Citamos un ejemplo de una paciente que se da cuenta de un rasgo común de su madre y de su marido; recuerda la angustia que sentía a propósito de la relación con su madre y la que ahora siente con su marido, y eso tiene como consecuencia, en un primer tiempo, poner en duda la construcción que ella misma hizo del parecido entre su marido y su madre. En un segundo tiempo pone en duda a su propio analista al querer separarla de su marido porque él seguramente sabe lo que será la salida fatal de su análisis. Y finalmente pone en duda que el psicoanálisis mismo pueda curarla de la angustia que sentía, porque ahora siente una angustia mucho mayor que la de antes, que fue su razón de venir al análisis. Y termina interrumpiendo su análisis.

 

Entonces, ¿cual es el trabajo del análisis, cuál es su intención? si no es recoger el recuerdo olvidado, si no es la verdad, etc. Freud dice que una de la
s intenciones del psicoanálisis sería levantar la represión del inicio del desarrollo del paciente, y dentro de esta óptica, recordar algunas experiencias y emociones suscitadas por ellas, sabiendo que los síntomas e inhibiciones actuales son lo que viene después y, en consecuencia, son los sustitutos de lo que fue olvidado.

Tenemos entonces otra paradoja: si lo olvidado no se recuerda, ¿cómo es que se trata de levantar la represión? Podemos preguntarnos entonces cuál es la materia prima y los materiales de que disponemos. Son los fragmentos de recuerdos, las ideas que surgen (Einfalle), las alusiones con respecto a experiencias reprimidas, las emociones reprimidas, las reacciones en contra de éstas, y los indicios de la repetición de los afectos que pertenecen a lo reprimido y que aparecen en ciertas acciones más o menos importantes dentro o fuera de la situación analítica.

¿Y qué deseamos obtener con todo eso? Freud dice: «Lo que buscamos es una imagen del paciente de los años olvidados que sea verdadera y completa en todos los aspectos esenciales». Dice una imagen, no un recuerdo olvidado. Y en este punto Freud plantea una nueva pregunta esencial que concierne al analista: todo eso, es decir, lo que el analizante ha vivido y sentido, el analista no lo ha vivido, ni sentido ni tampoco lo ha reprimido.

 

Creo que Freud lleva hasta el paroxismo la cuestión del saber del analista, tras haber avanzado el máximo en la cuestión de la verdad olvidada. Nos indica entonces que el analista tiene ahí una tarea, incluso si él no ha vivido nada idéntico a lo que vivió su paciente. Y su tarea (lo precisa tres veces en el texto) consiste en adivinar, construir, y al final dice reconstruir lo que fue olvidado tal como hace el arqueólogo quien desentierra: «…una casa o un antiguo edificio que han sido destruidos y enterrados».

Pero eso tampoco responde a la pregunta que él hacía al inicio: ¿cómo hacer, si el analista no estuvo presente en la experiencia olvidada del paciente? Freud elige responder de este modo: «El tiempo y modo en que transmite sus construcciones a la persona que está siendo psicoanalizada, así como las explicaciones con las que las acompaña, constituyen el nexo entre las dos partes del trabajo analítico, entre su propia parte y la del paciente». Es decir que Freud señala que lo importante, más que la construcción en sí misma, es la forma y las condiciones de comunicación de la construcción, y esto incluso si el analista no estuvo presente. El analista puede recoger de las repeticiones en transferencia, las reacciones que se remontan a los primeros momentos de la infancia. Entonces el analista no se autoriza para hacer sus construcciones por un saber que no tiene, sino por la experiencia dentro de la transferencia.

Transferencia que Piera Aulagnier subraya a su manera, situándola a propósito del lado del analista: «Pienso que una interpretación que no se acompaña y no apunta a una modificación afectiva en el analista, tiene menos posibilidades de ser eficaz». «El analizante sabe o siente que la interpretación instrumenta una intención del analista que concierne a los dos sujetos presentes y su relación, que se acompaña de una suspensión momentánea de la posición de distancia en que se mantiene el analista (o de esta posición de indiferencia que el paciente nos imputa o nos reprocha)».

 

Al intentar Piera Aulagnier poner de nuevo al analista en el circuito deseante, ¿no efectúa un pequeño deslizamiento hacia la famosa contratransferencia del analista? Esto es lo que podemos criticarle, por ser una contradicción con la idea que ya desarrollamos de que el analista y el paciente están en la misma transferencia. Por su parte Piera Aulagnier no duda en introducir la noción de placer en los dos lados (analista y analizante), incluso de promesa de placer necesariamente en cuestión dentro del proyecto analítico y que, como ella dice, «forma parte de lo posible: el deseo de crear pensamientos nuevos y la posibilidad de sentir placer» (un placer común del analista y del paciente).

Freud limita el placer, va a poner como límite a la metáfora del arqueólogo, el hecho de que para éste la reconstrucción es un fin en sí mismo, mientras que para el analista es sólo un trabajo preliminar. Pero un trabajo preliminar que no respeta forzosamente una evolución cronológica ni en el tiempo de la cura ni en el modo habitual de la lógica que tendría que seguir la construcción: primero los cimientos, luego las paredes, para terminar con el tejado. El análisis funciona desde el punto de vista del tiempo lógico y no cronológico, ya que el tiempo lógico puede empezar por el tejado, seguir por los cimientos y terminar por el muro.

 

Pero me doy cuenta de que hemos dejado de lado la cuestión crucial de saber qué nos garantiza que la construcción no aflore totalmente de la subjetividad del analista, incluso si nos apoyamos en el hecho de que lo que el analista construye viene de los indicios de los que él dispone gracias a y en la transferencia. Y ahí me parece que Freud introduce otra maravilla para ayudarnos: «Los delirios de los pacientes se aparecen como equivalentes a las construcciones que edificamos en el curso de un tratamiento psicoanalítico: intentos de explicación y de curación, aunque es verdad que en las condiciones de una psicosis no puedan hacer más que sustituir el fragmento de realidad que está siendo negado en el presente por otro fragmento que ya fue rechazado en el remoto pasado». Es decir que denegar el presente es la equivalencia de la denegación que también estuvo en el momento del pasado remoto.

No sólo el analista es comparado con el psicótico —es decir, su construcción con un equivalente del delirio—, sino que además Freud se permite el lujo de aclarar la cuestión de la realidad psíquica en la psicosis como el reemplazo de un fragmento de realidad denegada en el presente por otro trozo denegado también en la infancia del paciente psicótico. Una doble denegación. Lo que nos lleva a precisar que la alucinación tiene algo idéntico en su estructura a la hipótesis de la vuelta, no de lo reprimido, sino de un acontecimiento olvidado de los primeros años del paciente, algo que el niño ha visto o escuchado en una época en la que él podía apenas hablar ni reprimir. ¿Cómo no pensar la trasposición de lo que Lacan dice de la psicosis: lo que fue rechazado de lo simbólico reaparece en lo real? Y en consecuencia hacer la hipótesis de que lo que Freud interroga de la garantía de la verdad de la construcción del analista, le lleva de hecho a contestar con una respuesta dentro del ámbito de lo real. Lo que hace, entre otras cosas, que él no tenga que haber compartido una misma experiencia pasada con el paciente.

 

La tarea del analista tiene entonces más que ver con lo real que con la realidad olvidada o la experiencia común, y me parece que eso es lo que podemos escuchar en lo que Freud califica como verdad histórica. Verdad histórica que se encuentra en ambos casos: el de la construcción del analista y el del delirio, aunque de modo distinto.

Por eso Freud saca la consecuencia de un trabajo posible con el psicótico, en el que no se trata de oponerse a la contradicción con la realidad que plantea el psicótico» Debería abandonarse el vano esfuerzo de convencer al paciente del error de sus delirios y de su contradicción con la realidad, y, por el contrario el reconocimiento de su núcleo de verdad proporcionaría una base común sobre la cual podría desarrollarse el trabajo terapéutico. Este trabajo consistiría en liberar el fragmento de verdad histórica de sus distorsiones y sus relaciones con el presente y hacerlo remontar al momento del pasado al cual pertenece». En esta cita de Freud se necesita sólo reemplazar la palabra verdad por la palabra «real» para seguirle en su demostración de que el delirio es lo que resulta de dos denegaciones sucesivas: reemplazar el fragmento de realidad denegada e
n el presente, por otro trozo que igualmente fue denegado en el período de la infancia remota.

Esto nos da una indicación no ya de cómo plantear la interpretación, sino del lugar del analista con respecto al delirio. Parece pues que si hay una verdad histórica en el delirio, se necesita acogerla como un real que no se trata de denegar de nuevo.

 

M.C. Estada: ¿Se trata de denegación o de forclusión?

 

R. Lévy: De denegación para Freud y de forclusión para Lacan.

 

M.C. Estada: Y acoger lo forcluido como un real ¿Sería escucharlo?

 

R. Lévy: Acoger sería escucharlo como un real y no como una denegación. Quizá lo aclaremos con una viñeta clínica.

Una paciente tiene un brote a los 16 años diciendo que cuando tenía 2 o 3 años, el marido de la mujer que la cuidaba había abusado de ella, en este delirio desarrolla elementos que nadie cree. Los psiquiatras piensan que es un delirio, su analista tiene dos posibilidades, bien escucharlo como un delirio o bien pensar que no hay que saber si es verdad o no, porque no es su lugar, sino escucharlo como un real y además pensar que lo que fue rechazado de lo simbólico reaparece en el delirio, y ahí el analista tiene el sentimiento de que ella no puede decir lo que pasó sino retomándolo fuera de su realidad psíquica, es decir en el contenido de su delirio. Y no lo va a denegar, porque si dice que es un delirio es una nueva denegación, solo puede sostener algo que cree escuchar de un real que reaparece en el delirio y ponerse en este lugar de acoger algo que no le parece ni verdadero ni falso sino un real impensable que no fue pensable en el momento del abuso y que vuelve en el delirio.

Es la única manera de poder trabajar en la psicosis que supone que, el elemento de su vida a los 3 años no fue reprimido, ahí se plantea también otro tema: ¿no fue posible porque ya había una forclusión en marcha o bien porque no disponía en ese momento de una represión ya hecha para poder reprimir el suceso?

 

M.C. Estada: En el caso de que fuera una falta de herramientas simbólicas, ¿podemos pensar que acogerlo por parte del psicoanalista puede permitir una represión?

 

R. Lévy: Si, a ver que construcción podría añadir lo real, lo simbólico y lo imaginario para ella, esa es la cuestión. Que construcción podría añadir estos nudos que no se anudan.

 

M.C Estada: ¿por ejemplo un mito?

 

R. Lévy: Si, en este caso un mito podría anudar. Freud nos introduce en cuestiones de la práctica con las psicosis.

No estoy definitivamente seguro de la estructura de esta paciente. Dudo de la estructura psicótica. No hay que olvidar un punto indispensable: el que la cuestión de lo real nos introduce en el hecho de lo impensable, es decir, ¿cómo poder reprimir algo que no se puede pensar?, lo que es distinto de la definición de la represión que no se puede pensar porque está reprimida. Se podría pensar a partir del recuerdo de lo reprimido. Otra cosa distinta es decir que hay algo no pensable que no puede entrar ni en la represión ni en otra modalidad, por lo que trabajar con la dimensión de lo real es imprescindible.

M. Apostolidis: Si pensamos que la construcción es un trabajo preliminar es porque tiene que ver con el tiempo de la transferencia, de la alienación, si tiene efecto placentero es porque hay algo placentero en el hecho de estar en la misma ? (es inaudible) y logra anudar algo que está suelto. Lo que puede ser tóxico, peligroso, es si en el momento de transferencia que tiene que pasar a un momento de separación el analista vuelve con una construcción que pega al analizante a su palabra. Otra cosa es el orden de la construcción si cuando hace falta ese anudamiento para tejer la tela, para tener donde cortar, pero en otro momento se tiene que transmitir que no todo puede ser dicho. Si la construcción transmite que todo puede ser dicho, eso va tapando la imposibilidad y el efecto es psicotizante, estanca al analizante cuando se tiene que enfrentar con lo imposible. Otra cosa: estamos de acuerdo en que tenemos que dejar margen de error y no enunciar algo creyendo que es verdad, pero lo cierto es que a veces lo hacemos y es aplastante.

 

R. Lévy: Si, por eso en cualquier momento de la cura tenemos que preguntarnos si no estamos equivocándonos en las hipótesis, tal como dice Freud que haría un investigador. Igualmente, no es porque el contrato sea decir todo lo que pasa por la cabeza que todo se pueda decir, que se pueda decir todo.

 

R. Lucena: y con respecto a la hipótesis del principio, de que sería el analista el que produce en si mismo la represión, ¿esto tiene que ver con la cuestión de lo impensable no porque esté reprimido sino porque no está simbolizado? En el trabajo con pacientes límites muchas veces la sensación es que te están desorganizando el pensamiento simbólico y hay que estar todo el tiempo haciendo un trabajo para volver a organizarlo.

 

R. Lévy: si, eso es.

 

E. Van Morlegan:: dices que en el trabajo con niños se trata más de acto analítico que de interpretación.

 

R. Lévy: Plantear la transferencia del niño con el analista, supone que el niño pueda entrar en el amor con el analista, pero la experiencia nos muestra que el amor no es nunca con el analista sino con sus padres, es decir que la transferencia que tiene el niño es hacia sus padres pero con un límite importante: que este niño hasta muy tarde en su vida no puede cuestionar la certeza del amor que sus padres le tienen. No poder hacerlo es decir que en cierto modo no hay transferencia con el analista. Más bien pasa por la transferencia de los padres hacia el analista, y si no, no hay análisis posible con el niño.

En las curas de adultos vemos muy bien el problema de poner en cuestión el amor de los padres; incluso para los adultos que han tenido padres locos, es difícil poner en duda el amor de los padres. Es difícil pensar que sus padres estaban locos, ya que hay algo en la certeza del amor del otro (punto de creencia) al que no se puede renunciar. Además, para amar se necesita poder metaforizar, si no, no hay amor posible ya que el amor es una metáfora en sí mismo. Y podríamos decir que cuando un niño puede entrar en el amor con su analista, introduce al analista en su propio Edipo, lo que sería un momento de decir que la cura de un niño está terminada.

Por qué digo que en las curas de niños se trata más de acto analítico que de interpretación, porque tiene que ver con la transferencia de los padres y con la necesidad muchas veces de intervenir con los padres (acto e intervención tienen que ver), intervenciones en el límite con la pedagogía. El analista tiene que intervenir cuando el niño duerme con los padres, cuando le bañan de mayor, etc. Son actos analíticos que pueden tener como consecuencia algo educacional que no es la primera intención, pero se producen efectos de ese orden.

Para que sea analítico y no pedagógico tienen que ser actos no desde el lado superyoíco es decir que el analista cuando actúa analíticamente con el niño, lo tiene que hacer con un tercero, por ejemplo, si digo a una madre que no me parece conveniente que siga durmiendo con su niño, si lo digo yo como tal, será tomado como superyoico, pero si yo digo al padre que por favor ayude a su mujer que no puede todavía impedir al niño dormir con ella, eso introduce a un tercero que asegura a la vez el lugar padre que puede decir no y también el Nombre del Padre. Yo no introduzco el no, sino al padre que dice no.

También me parece posible ayudar en ciertas condiciones a mujeres que están solas con sus niños y utilizan el nombre del analista: «el doctor ha dicho…», me da igual porque de lo que se trata es de poder introducir a un tercero.

Freud pensaba que la educación, la pedagogía era importante justamente para pasar al pa
ciente del lado del principio del placer al lado del principio de realidad.

El analista es alguien que se coloca en un lugar de impedimento del goce. No sólo puede hacerlo, sino que es su tarea.

Cuando el goce está presente, ¿cuál es el problema? No es el goce el problema sino que éste impide entrar en la represión. Y si el niño no entra en la represión no entra en lo simbólico. Por eso cuando hacemos un acto analítico, lo que hacemos es impedir el goce y permitir la entrada del niño en la represión.

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