14 de abril de 2012


Empecé este trabajo pensando en el «après-coup», pero poco a poco me fui interesando por el tiempo de la interpretación en el marco de una cura, de ahí el título.

Para empezar, os leo una cita de Lacan del Seminario « El deseo y su interpretación », a propósito de la interpretación del deseo, dice : « Arriesgamos siempre dar alguna forma precipitada, una respuesta prematura, un evitación de eso de lo que se trata, ofrecido al sujeto, a saber, el callejón sin salida en el que lo coloca esta estructura fundamental que hace del objeto de todo deseo, el soporte de una metonimia esencial, y algo donde el objeto del deseo humano como tal se presenta bajo una forma evanescente….» Esta precipitación en la respuesta, yo la escucho como una anticipación del analista con respecto a los enunciados y no a las enunciaciones del analizante, que por ello pondrá al sujeto frente a un callejón sin salida. Y yo creo que es una dificultad que conoce todo analista, en particular cuando empieza. Pero, si se tarda demasiado en la interpretación, ¿no se arriesga también dejar al sujeto atascado en la alienación de su verdad? Lacan en un texto sobre el tiempo lógico, evoca el retraso que genera el error. Freud también habla de esto cuando dice que el león solo ruge una vez. No hay que perder el momento oportuno. Así pues, la interpretación excluye la precipitación y veremos que el retraso o el no actuar (término de Lacan) puede anular los efectos de la interpretación. Así que, entramos de lleno en la problemática del tiempo dentro de la cura que es el tiempo del acto del analista.

Que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje ¿no tiene efectos en el acto de interpretar? Se trata de un acto que se centra en lo que está estructurado dentro del discurso del sujeto y hemos de concentrarnos también en los efectos del discurso. Ya estamos contemplando la interpretación dentro del registro de lo simbólico y no del sentido, ¿cuales son las consecuencias de esto?

En primer lugar, en el enfoque freudiano, dentro de la transferencia, se trata menos de reparar el «shock» del trauma, como un buen mecánico, que de llenar los agujeros de la historia del sujeto, como el buen arqueólogo, tal como en los casos del hombre de los lobos, del hombre de las ratas, etc. Freud construye esta metáfora del arqueólogo en su articulo «Construcciones en psicoanálisis», es decir se trata de reencontrar piedra a piedra todo lo que ha ido traumatizando el recorrido del sujeto, de llenar poco a poco los agujeros. Freud procedía un poco como S. Holmes, él buscaba el acontecimiento traumático, acuérdense del hombre de los lobos, incluso da una fecha al acontecimiento, insisto en esto porque tendrá consecuencias. En su practica, lleva su investigación hacia la reconstrucción de la neurosis infantil que llama organización primaria. ¿No se podría contemplar esta neurosis infantil como una estructura que se despliega dentro del discurso del sujeto y que va a dejar la abertura, la oportunidad de una intervención del analista en el buen momento, en el momento oportuno (término de Freud)?

 

Ahora, hay que saber cual es ese momento oportuno dentro de la transferencia, ahí esta la dificultad,el escollo en el arte de interpretar del que hablaba Freud. Este arte de interpretar, que pone en juego a la vez la posición del sujeto, que pasa del enunciado a la enunciación y el deseo de analista. Este es el hilo conductor de lo que diré esta mañana.

 

En la concepción lacaniana, la cura seria la reducción de la abundancia imaginaria, reduciendo en un trabajo de des-ligamiento, de desarticulación, el numero de significantes para que poco a poco se desprenda, lo que yo llamo, la fórmula elemental del fantasma, para oponerla a la organización elemental de la neurosis infantil. Sabéis que, cuando se hace un análisis se tiene la sensación de que poco a poco van cayendo las barreras, e incluso en algunos momentos el paisaje acaba siendo un poco desértico, como dice Freud con la metáfora de la cebolla, se va quitando capas y capas y finalmente solo queda el corazón. Los sueños que al principio son largos acaban durando una frase o dos.

 

Voy a retomar el trabajo de Laurence Bataille, analista miembro de «L’ëcole Freudienne de Paris», era la hijastra de Lacan, murió joven de un cáncer hace 20 o 30 años. Hablo de ella porque esta mujer, que no fue mi analista, supuso para mi un encuentro importante. Después de su muerte algunos colegas y amigos han agrupado sus artículos en un libro que se llama «L’ombilique du reve ou pratique de la psychanalyse» (el ombligo del sueño o la práctica del psicoanálisis) Ella retoma en sus artículos el análisis del Hombre de las ratas en su comienzo. Nos recuerda que la estructura del fantasma del Hombre de las ratas, Freud la tradujo como : «Si tengo el deseo de ver a una mujer desnuda, mi padre deberá morir». ¿Se trata ahí de la fórmula elemental del fantasma? ¿O de la organización elemental de la neurosis infantil? En todo caso, se puede decir que es una reducción elemental del núcleo de la neurosis infantil.

 

De todos modos, en esta frase se señala la pulsión escópica, el deseo de ver una mujer que ocupa el lugar de la madre reprimido por la prohibición del incesto, el niño que la desea y el rival amenazado de muerte. Un dispositivo edípico clásico. L. Bataille señala que, si para Freud la estructura edípica forma el núcleo de cualquier neurosis, para Lacan, toda posición inconsciente del sujeto se sostiene por el fantasma y esto no deja de tener consecuencias en la interpretación y sus efectos. Entonces, ella toma como punto de partida el análisis del Hombre de las ratas en su tercer o cuarto año, donde él evoca un recuerdo de infancia en el que se desliza bajo la falda de su joven y linda nodriza. Cito a Freud que relata lo que el paciente dice: «Ella consiente con la condición de que yo no lo cuente a nadie, no llevaba casi nada de ropa y yo palpo sus partes genitales y su vientre que me parece curioso y desde entonces no he dejado de estar atormentado por una curiosidad ardiente por mirar el cuerpo de las mujeres» Este recuerdo parece sustentar el deseo del Hombre de las ratas y L. Bataille piensa que podría tener una función de fantasma, yo no estoy totalmente de acuerdo porque pienso que este recuerdo, en el momento en que el Hombre de las ratas habla de él en su cura, está aún enquistado, es decir que aún no ha producido su efecto sobre el sujeto, es un enunciado y todavía no es una enunciación. Es como estos analizantes que en las primeras entrevistas hablan de ellos como si se tratara de otra persona. No están implicados en su discurso como sujetos. En el momento de la escena, eso es un recuerdo que va a quedarse en «stand-by» que solo se convertirá en fantasma en el «après-coup», en otra escena.

 

Para L Bataille, es en el término «curioso», cuando dice que su vientre le pareció curioso, donde el objeto «a» parece alojarse. A mi me parece que también se aloja en el término «nada», cuando dice: con la condición de que yo no diga nada y no llevaba casi nada puesto. Ya que, si los órganos genitales de la joven nodriza le resultan curiosos al niño es porque no hay un pene, así que no hay nada. En esta época, para el niño y la niña, es el falo el que domina, se podría decir que no hay nada ahí donde debería haber algo. Dos meses más tarde en la cura después de este primer recuerdo el paciente trae otro recuerdo posterior en su vida, ahí cito a Freud: «Un recuerdo muy antiguo de su madre tumbada sobre el sofá, incorporándose y sacando de su falda algo amarillo que deposita en el sillón, en el momento quiso tocar pero fue un horror» Se ve un punto común entre las dos escenas, dos mujeres tendidas, la joven y bella nodriza por un lado y la madre con una connotación de terror por
el otro. En ese momento, el niño no es actor sino espectador, ya no toca solo mira y mira algo: el trapo amarillo, quizá el objeto «a». Al tiempo que expresa su horror, es decir seguramente su deseo de tocarlo, como con su nodriza. En esta articulación que L Bataille nos propone, afirma que este segundo recuerdo permitirá extraer su fuerza de provocación al deseo de la escena evocada con la nodriza, que consiste en ver el cuerpo de las mujeres. Ahora vamos a hablar del «après coup», es decir que el segundo recuerdo tendrá efecto de «après-coup» sobre el primero. Para mi, es en ese momento cuando el primer recuerdo puede constituirse en un fantasma, antes no lo era. Para L. Bataille, el primer recuerdo ya es un fantasma.

Pregunta: ¿Porqué para ti hace falta el «après coup» para que se constituya el fantasma?

C.Delarue: porque en el momento de la escena, para el niño la represión no se ha operado todavía, es casi como lo real y solo puede convertirse en fantasma posteriormente.

En todo caso, quiero volver al momento en el que el recuerdo con la madre recuerda al primero, el de la nodriza, es cuando hace falta interpretar, nos dice LBataille ¿y porqué? Porque el analizante se halla en la vertiente del deseo y dice L.Bataille: «el analista puede detener la sesión después de la evocación de ese segundo recuerdo». Es decir que ella contempla la interpretación como una escansión, un corte. Yo creo que, cada uno con su estilo, como decía Chantal Hagué, se puede imaginar, plantear otras formas de interpretación, retomando algunos significantes sobre el objeto, por ejemplo, ese que no se toca, el que se ve, sin por ello interrumpir la sesión. En todo caso me pareció que L. Bataille hizo un trabajo interesante sobre la identificación del momento de una interpretación en una cura, cuando la vertiente del deseo inconsciente comienza a asomar la nariz.

Y lo que estaba enquistado en lo real, al menos una parte, puede constituirse en fantasma y en torno al objeto. Por ello volviendo a la frase de Freud: «Si tengo el deseo de ver a una mujer desnuda, mi padre deberá morir», para mi ese es el fantasma y no el recuerdo.

¿Puede la interpretación, centrada en la vertiente del deseo, ocurrir en cualquier momento de la cura? la experiencia analítica muestra que para llegar ahí, para llegar al desvelamiento del deseo tomado en las redes significantes del fantasma, hace falta tiempo, el tiempo del inconsciente y también tiempo en el recorrido transferencial, tiempo para llegar al momento oportuno, como lo llama Freud. Encuentro entre el fantasma, que empieza a mostrarse, a insistir en la cura, y que podrá desplegarse gracias a la función del analista y el deseo de analista que está ahí para que todos los objetos puedan desplegarse. De haber una garantía en el análisis, esta sería la única, esa posición del analista que permitirá que pueda surgir una verdad.

En su seminario sobre la interpretación del deseo, Lacan también abordará este tema utilizando un sueño que retoma de la interpretación de los sueños de Freud: este hombre que cuida a su padre que muere y sueña que, lo cito: «estaba muerto pero no lo sabía». ¿Quien es él? Freud añade -y para mi es una interpretación en su texto-: «según su deseo», el deseo del soñador. Se puede imaginar que Freud podría haberle contestado al analizante: «su padre esta muerto según su anhelo». Ya no hay equívoco sobre quien es él. Lacan propone dos niveles de interpretación, cito: «Podemos decir que la interpretación pura y simple del deseo edípico se engancha a una etapa intermedia del sueño» Está diciendo ahí que si nos quedamos al nivel edípico, nos quedamos en una etapa intermedia.

Permitir al sujeto identificarse con el agresor, nos dice Lacan: «Es algo diferente que la interpretación del deseo edípico en esos términos: usted ha querido que su padre muera en tal fecha y por tal razón». Esa es una interpretación que Freud no hace, esta interpretación es en realidad una explicación y eso, según mi experiencia personal, no sirve de nada sino es para reforzar las resistencias. Lacan prosigue, dice que Freud no dice eso. Lo que Freud dice es: «según su anhelo» (el del soñante que, por cierto, no era su paciente) y Lacan señala que con esa frase Freud está en la interpretación plena del sueño, porque ahí está el deseo del sujeto en su enunciación.

La interpretación en sí, y no la explicación, ha de diferenciarse de una intervención. La interpretación solo atañe a la vertiente del deseo, deseo que se filtra a través de la estructura del fantasma cuando el sujeto gira en torno del objeto «a». Las intervenciones serían entonces los vectores que, poco a poco, dirigen al sujeto hacia los significantes atrapados en el fantasma, en donde el sujeto se encuentra cada vez más en la enunciación y no en el enunciado, un tipo de señalización, de desvestimiento significante, de acercamiento a lo real, ¿Cual sería entonces el momento oportuno de la interpretación? Hasta ahora, os he hablado de la interpretación, sobre todo en el registro de lo simbólico, ahora vamos a hablar de la interpretación en el registro de lo real. ¿No sería la interpretación aquella que se centraría en lo real o más exactamente en las manifestaciones de lo real?

Voy a tratar, un poco, la cuestión de la incidencia del objeto «a» y del momento oportuno de la interpretación analítica. Cuando les hablo del objeto, se trata evidentemente del objeto que funciona en la economía del deseo y que surge la mayoría de las veces en el despliegue del goce ligado a la erotización de una zona corporal, en relación con un orificio o un borde del cuerpo. Me parece, que no se puede evocar el objeto «a» sin tener en cuenta el concepto de la pulsión freudiana, que él define como un concepto límite, se podría decir, entre lo simbólico y lo real. En todo caso el objeto es aquello a través del que la pulsión puede alcanzar su fin. Como sabéis, el objeto no está estrechamente ligado a la pulsión, es solo su representante y solo puede intervenir en función de la posibilidad de permitir una satisfacción de la pulsión, en términos de placer para Freud y de goce para Lacan. Es una perspectiva distinta del objeto, en lo que no me detendré ahora, en todo caso el objeto es necesario para satisfacer la pulsión pero no es suficiente. Para Freud, se trata de un representante psíquico y para Lacan es el significante el que toma el lugar de representante. Creo que esto va a tener una incidencia sobre la interpretación. Otro rasgo del objeto es que está siempre vinculado a la cuestión de la pérdida, tanto para Freud como para Lacan y cuando interviene como significante, el significante automáticamente suscita una pérdida del objeto. El significante no es el objeto ni el objeto es el significante.

Para aquellos que os gusta escribir, sabréis cuan difícil es a veces, tratar de captar algo, no solo describir un objeto sino sus cualidades elementales, es un ejercicio muy difícil. Siempre hay algo que se escapa, eso puede llevar hasta la locura. Es la característica del lenguaje. Este objeto es una maleta que escapa a la vigilancia del aduanero, pero que no redime al sujeto de su deseo inconsciente, es imposible desprenderse de él y es eso lo que hace que las personas vengan a vernos, porque antes han probado muchas cosas. Recibo a una mujer joven que me dice: «No entiendo nada, todo va bien en mi vida, tengo un marido muy majo, dos hermosos niños, un buen trabajo, una casa bonita, pero yo estoy mal» Lo ha intentado todo, así que viene y está muy mal. Así pues, este objeto retorna siempre en la estructura del sujeto, a sus espaldas y cuando no se lo espera en absoluto. Conocen esos momentos de angustia que se sienten de repente y no se sabe porqué. Enumeras todo lo bueno de tu vida, como mi paciente y sin embargo hay momentos en que eso cae. Este objeto corre, corre, va de un lado para otro y hacen falta varias vueltas para que en un análisis se empiece, quizás, a identificar algunos signifi
cantes por parte del analista, algunos equívocos en el lenguaje, lapsus, etc. Cuando este objeto comienza a asomar, surge la angustia en la cura porque la distancia del sujeto con el objeto empieza a disminuir y cuanto más cerca se está, más presente está la angustia, ya que el fantasma, de modo transitorio, puede dejar de actuar como filtro frente a lo real, ya no es pantalla protectora frente a lo real.

Es frecuente, cuando esto sucede, escuchar en una cura: esto no avanza, no funciona, no sirve de nada. Son los significantes del tiempo de la resistencia en el análisis. Efectivamente, tampoco es un error, se trata de dar vueltas en torno a lo mismo, pero ¿en torno a qué? sino a este maldito objeto, bajo diferentes significantes. Así que, la angustia señala la proximidad del objeto, ¿sería ese el momento oportuno para la interpretación? Ya que el deseo y la angustia son, a menudo, concomitantes, ¿se trataría pues del momento oportuno cuando toda la cuestión del goce gira en torno del objeto ? Goce al que, a menudo, el analizante no quiere renunciar y entonces eso da vueltas en redondo, y no sirve de nada privarse de su goce.

Antes de abordar la cuestión del retraso y del error en la interpretación y también un poco del «après-coup», quiero decir algo sobre la cuestión de la construcción. Freud habla de ello en su artículo «Construcciones en psicoanálisis», os leo una cita: «El término construcción conviene más que el de interpretación para caracterizar la técnica psicoanalítica, ya que la interpretación concierne solo a los elementos aislados» Él se refiere a esta metáfora del arqueólogo que citaba antes, que hace surgir piedra a piedra, elementos aislados para finalmente hacer surgir un templo griego. Esta concepción que tiene Freud de la interpretación, me parece lógica dentro de una perspectiva de la reconstrucción de la neurosis infantil, pero pienso que en la interpretación sobre la vertiente del deseo, ¿no sería acaso a la inversa? Ya que, en un análisis y en la perspectiva de lo simbólico y de lo real, se propone un especie de labor de deshacer los significantes hacia el equívoco, la paradoja, lo imposible de lo real, es en esos momentos cuando surgiría la cuestión de la posible interpretación, en esa desmalladura que es precisamente lo contrario de la construcción. Evidentemente, esto está jalonado dentro del recorrido de la transferencia, por no decir de la dirección de la cura, como lo propone Lacan.

Lo que pienso pues, es que se trata en esta perspectiva (de dirección de la cura que apunta al equívoco), de la construcción de la deconstrucción. Es eso lo que conduce a la interpretación y no las interpretaciones las que conducirían a una construcción. Al acercarse a una punta de real, se trata de desliar todos los elementos que están ligados en lo imaginario, más que una construcción les propongo una deconstrucción, construir poco a poco una deconstrucción, las cosas se deshacen. Lo que constituiría el tiempo de corte, de interpretación y no la interpretación de elementos aislados con el objetivo de una construcción.

Ahora, abordaré el temor al error y el retraso en el tiempo de la interpretación. Cuando hice este trabajo me pregunté ¿Qué es la interpretación? Y pensé en una metáfora. Hay algo que me gusta mucho hacer en mi tiempo libre que es la pintura, los museos, las exposiciones. Saben que en un lienzo, a veces con una simple pincelada se modifica totalmente un cuadro, es impresionante. Hay un cuadro de un gran maestro español: Goya, que me apasiona desde que era pequeña. Mi abuela me llevaba a los museos siendo muy pequeña, a menudo me aburría y sin embargo un día me quedé fascinada ante un retrato de una joven aristócrata española pintada por Goya, muy bella, delgada, con un abanico y un bonito vestido, salvo que en su mirada, producido por un toque muy ligero, se traslucía la vejez y la muerte. Esa fue mi introducción a la pintura y desde entonces nunca olvido este cuadro y voy a verlo frecuentemente. Así pues, con una pequeña pincelada, detrás de esta bella mujer está el horror. La interpretación, igual no es terrible, pero ese toque es lo que puede modificar la posición subjetiva del paciente. De ahí la dificultad, ya que no se trata de embadurnar el lienzo con grandes explicaciones, sino de una pizca, de un pequeño toque.

Evidentemente, en ese momento de intervenir, el analista puede ser presa de la duda, tener miedo al error tanto del contenido como de la forma y eso lo puede bloquear. Cuando el analista está bloqueado, creo que el tiempo de análisis se detiene. Eso no significa que haya de decir cualquier cosa. Cito a Lucien Israel, en un libro reciente que se llama «Cojear no es pecar»: «La irrupción de una ligera verdad dentro del discurso del paciente no debería constituir la ilusión de nuestro arbitrario, de nuestros fantasmas, de nuestras proyecciones y de nuestras teorías» Me dan ganas de decir ¿qué es lo que hace falta hacer, si eso es lo que no hay que hacer? Así pues, el analista cuando hace una intervención, para mi toda intervención es una interpretación, el analista se arriesga a equivocarse, pero Israel nos dice: «esto no nos debe paralizar, como si fuese un superyó totalitario que se identificase, a través de la teoría, con ‘la estatua del comendador’, como en D. Juan ( la imagen paterna terrorífica que vuelve) Lacan en su texto «Resonancias de la interpretación y el tiempo del sujeto en la técnica analítica» aporta una contribución importante a esta cuestión. Para él, la interpretación trata de implicar al sujeto en su mensaje. Nos dice que, Freud se sirvió principalmente de la resistencia y cuando ésta es demasiado fuerte, ¿qué dice Freud? que soltará bruscamente a los perros. Soltar a los perros quiere decir que el analista interviene con una interpretación, en ese momento, que hace que el inconsciente pueda entonces sobrevenir. Cuando la resistencia mantiene el discurso del analizante en un nivel de conversación, donde mantiene la seducción hacia su analista, lo que asegura la escapatoria de la verdad, es ahí donde habría que soltar a los perros. Aunque, me parece necesario no interrumpir demasiado al sujeto en esa posición si no se quiere reforzar sus resistencias.

L. Israel, en el libro citado antes, precisa esta cuestión diciendo lo que las enseñanzas de Freud le han aportado: «Él me ha enseñado a prestar oídos a lo que rompe la monotonía», nos dice: «si no osamos interrumpir una sesión en el momento en que se escucha un canto de pájaro en el discurso del sujeto, si está vacilación es reforzada por el miedo, se acabó con el psicoanálisis». Así pues, cojear no es pecar y es preferible cojear.

Sobre la cuestión del error, Lacan me ha aportado un enfoque esclarecedor en su artículo sobre los tiempos lógicos, no entraré en el tema porque me parece muy confuso, pero he retenido una cosa, cuando dice: «es el retraso, el que engendra el error donde parece aflorar la forma ontológica de la angustia». Eso concierne a los tres prisioneros, pero me parece que eso podría concernir también al analista: el retraso que engendra el error, esta forma ontológica de la angustia podría también paralizar al analista invalidando cualquier enunciación por su parte. Está cuestión de cuando interpretar, cuando intervenir, es algo que surge inmediatamente en las supervisiones con colegas que empiezan y que siguen surgiendo tras años de práctica.

Por consiguiente, la intervención del analista es decisiva para no dejar al analizante macerando en un goce al cual no quiere renunciar. Hace falta que intervenga de vez en cuando. Y yo no suscribo la posición analítica de mantenerse en silencio porque así se convierte en una técnica que no tiene nada que ver con el deseo de analista. Hay momentos en los que es preciso callar, hay silencios que constituyen una interpretación, pero callarse todo el tiempo ya no es una interpretación.

Sobre la cuestión de la verdad, cito de nuevo a Lacan: «La verdad se manif
iesta en esta forma como adelantándose al error y avanzando sola en el acto que engendra su certidumbre, inversamente el error, como confirmándose en su inercia y enderezándose difícilmente para seguir la iniciativa conquistadora de la verdad»1 Así pues, la verdad surge en el acto solitario de la enunciación del analista y este acto, que garantiza la certeza y se adelanta al error, es el momento de autorizarse por si mismo, los algunos otros no están ahí, han estado pero no están en el momento del acto y quizás ese sería el momento oportuno. Lacan nos dice: «Es la inercia la que conlleva el error», la verdad se adelanta al error independientemente de que la interpretación sea buena o no. Y a veces, hay interpretaciones que son verdaderas y no tienen ningún efecto y a la inversa. También pasa con el «après-coup» del lado del analista, los efectos se ven después.

El error, en todo caso, sería el de un analista que dejara marinar a su analizante en implicaciones imaginarias o en discursos culturales, intelectuales, etc. y ese es el error del analista: no intervenir.

Esta noción del error, evidentemente invalida completamente la noción de neutralidad benévola, lo que se señala aquí es el deseo de analista, que debe implicarse, efectuar un acto, su acto, arriesgarse, puede ser el riesgo del error y Lacan concluye: «en esta carrera hacía la verdad estamos solos», estamos solos en la oportunidad del buen momento y esto escapa a todo trabajo de supervisión o de control. La soledad del analista es ese momento preciso.

Para finalizar, la cuestión del «après-coup» de la interpretación del analista. Me planteo que entre hablar demasiado pronto y dejar hablar quedándose en silencio, para el analista el camino es estrecho, se comprende que únicamente puede pasar por la rendija. Es decir, ha de hacer «surf» sobre la cresta de la ola todo el tiempo, ya que el tiempo del inconsciente es totalmente imprevisible. ¿Se podría calcular la interpretación? No se puede sostener esa posición, ya que supondría un saber del analista que se anticipa al del analizante. La interpretación no tiene que ver con una estrategia temporal.

¿No se convertiría la interpretación del analista en un efecto de «après-coup», tanto para el analizante como para el analista? Se habla mucho del «après-coup» para el analizante (los efectos que produce), pero se habla menos del «après-coup» para el analista, ¿acaso el analista no se da cuenta «après-coup» de haber realizado un acto en el presente de un pasado anterior? ¿acaso lo calculó? La practica nos dice más bien que no.

Un ejemplo clínico de Radjou Soundaramourty, con cuya autorización cuento. Trabajamos los dos en un dispositivo sobre la práctica que se llama «Equinoxe». Radjou tenía que hablarme de un tiempo de cura del que yo debía testimoniar después. Me habla de un paciente de quien me dice que, después de un sueño y a raíz de una interpretación que Radjou le hizo, pasó de una serie de enunciados a enunciaciones. El padre del paciente era un gran financiero y un gran bebedor. Un día quiso entrar en casa pero no tenía la llave, en estado algo ebrio, decide entrar por la ventana, se resbala, cae y se mata. El paciente tenía 6-7 años. Sueña que con una cinta automática para andar (como las del aeropuerto), un hacha pasa por delante del rostro de alguien que camina por la cinta. El paciente dice: «Un accidente puede esconder un asesinato», el analista interviene diciendo: «Si, pero un accidente puede esconder un suicidio» La interpretación es justa, pero está el tema del asesinato en esta historia. Y Radjou me explica como a partir de este sueño el paciente evoluciona. Con respecto a esta cuestión del asesinato, le hago algunas preguntas y él me dice que hay algo que recuerda: este paciente le había sigo derivado por uno de sus profesores, psicoterapeuta que había sido muy importante para Radjou en el principio de su formación. Este Sr X tenía en terapia a la mujer del paciente de Radjou. Ella había interrumpido su terapia y quería volver con el Sr. X. El paciente le dijo a Radjou, ya saliendo de la sesión: «Mi mujer tiene un problema, su psicoterapeuta está enfermo y no se cura del todo», eso lo dice varias veces, Radjou sabía que el Sr.X había muerto. Un día, en el umbral de la puerta Radjou piensa que se lo ha de decir y le dice: «El Sr. X está muerto». El sueño se produjo justo después. Pensamos que la interpretación era: «El Sr. X está muerto » Radjou no sabía en ese momento que era una interpretación.

M.C. Estada: Creo que para ti la interpretación no es únicamente la escansión, ¿no? sino que también es la intervención del analista en ciertos momentos.

C. Delarue: Si, ciertamente. Esto se discute, cuando lo digo dudo, pero una cosa es segura, para mi la interpretación no se reduce a la escansión. Entiendo por escansión la parada de la sesión. Cuando leo textos de Leclaire, Perrier, Israel, Chemama, todos establecen la equivalencia escansión y parada de la sesión. Pero la escansión también es la puntuación, puede ser un significante que surge y que se repite o que se repite de una forma que hace escuchar el equivoco.

M.C. Estada: Por ejemplo, una paciente relataba un sueño y decía: Yo iba con la banda que tenía de adolescente, luego me encontraba con la banda que…, ella habla francés y decía «la bande» que en español se dice «pandilla». Repetía esta expresión y yo sin saber lo que decía, repetí a mi vez: la bande, la bande…..y ella dijo: «Ah l’abandon» (el abandono) ¿Eso es interpretación a tu modo de ver?

C. Delarue: Evidentemente si, para mi es una interpretación porque hay algo que bascula, que oscila que saca al paciente de una vía y lo mete en otra. Me hace pensar en un caso, de un paciente que hablaba de su madre, quien cogió a sus tres hijos (vivía en Marruecos) y se los llevo con ella a Francia, él insistía en esta historia que se contaba a si mismo, hasta un día en que le digo: «no, ella no les llevó a ustedes a Francia sino que se los quito a su padre», castraba al padre y eso cambio toda su historia. Hay un cambio de registro.

 

M.C. Estada: tu planteas estos dos tiempos del H de las ratas, el primero antes de la represión en el que toquetea el cuerpo de la nodriza y el segundo en el que se produce ya la represión, lo vemos por el horror que aparece, y estoy de acuerdo con Guillermo en que ese objeto que aparece ahí más que un objeto «a», un objeto de deseo es la aparición de lo siniestro, tu dices que ahí es donde se constituye «après-coup» el fantasma. El fantasma sería pues la contemplación del cuerpo de las mujeres y dices también estar de acuerdo con Freud en que la frase: «Si veo a las mujeres (mi madre) desnudas mi padre muere», es la frase del fantasma. Pero hay algo que me gustaría poder pensar y es que para mi el fantasma, si perseguimos la cuestión del horror y llegamos a la escena de las ratas, para mi la escena del fantasma tiene más que ver con un goce sexual claro. En la contemplación del cuerpo de las mujeres hay un placer más que un goce, después viene la parte: mi padre muere, habría que ver que quiere decir, en un fantasma no hay nada que prohíba la escena sino solo un goce. Creo que estas dos escenas las podemos trasponer al momento del capitán cruel cuando-dice Freud- el H de las ratas pone cara de horror pero también de un goce ignorado. Por mi experiencia con los obsesivos, el fantasma nos lleva a una identificación con una mujer, la nodriza o a la madre, y como éstas son completadas, penetradas a través del ano, negación de los genitales de la castración, etc. Creo que estas dos escenas si tienen que ver con el fantasma pero para que este se constituya hasta el capitán cruel hay la identificación con una mujer, que es el fantasma del obsesivo.

C. Delarue: Si, estoy de acuerdo, no quise desarrollar todo el análisis del H de las ratas y reconozco que lo he leído por encima, pero creo que tienes razón. Lo que me intereso del texto de L. Bataille es la ma
nera en que ella articula este tiempo de la interpretación, en relación a dos recuerdos y como un recuerdo tiene efecto de «après-coup» sobre otro. Para ella, ese es el momento de intervenir. Pero es evidente que la cuestión del fantasma del H de las ratas debe desplegarse más adelante en su análisis.

G. Kozameh: En la interpretación en los niños, en el sentido de que el fantasma está en un estado previo y que después de la represión se podría hablar de fantasma constituido. Al leer el libro de Bataille, noté que ella hacía una intervención de tipo kleiniano, en el sentido de entender el fantasma como algo arcaico y que por tanto no era tan importante la represión edípica.

C. Delarue: Leyendo este artículo no pensé en M. Klein. L. Bataille dice que ella habría interrumpido la sesión en el momento de la evocación del segundo recuerdo, lo que es totalmente diferente de una intervención Kleiniana.

M. Lora: Sobre el tema de la maceración en el goce con respecto al error, ¿no es esto una cuestión única y exclusivamente del analizante? ¿Te parece que ahí también hay una participación del analista?

C. Delarue: Creo que si el analista ha de tener una cualidad es la de tener buena escucha, a nivel del significante y de las manifestaciones de lo real. Para mi es esencial, no puedo trabajar sin estos conceptos. Y si, creo que he escuchado a colegas decir que no intervenían en la dimensión del goce repetitivo del analizante. Pero no es tan fácil barrar en ese momento, son momentos delicados en la cura. Es ahí donde hace falta una pincelada liviana, cuando se habla del hallazgo del analista (no es mi vocabulario) yo diría que es un hallazgo que procede de los enunciados deviniendo enunciación del sujeto y del deseo de analista, lo que es fundamental.

Guillermo: cuando en supervisión, por ejemplo, el supervisor comenta algo que se repetía y tu no te habías dado cuenta.

Delarue: Claro, hay repeticiones que no se escuchan

J. Camón: Una pincelada suave sería un trazo y justamente en esa progresiva derivación hacía el trazo unario, la interpretación estaría implicada en ese trabajo.

C. Delarue: Tienes razón. Por mi parte no he asistido directamente a la enseñanza de Lacan, lo que hace que el vocabulario lacaniano no me haya impregnado y tengo dificultad en utilizarlo ya que cuando lo hago tengo la impresión que utilizo las palabras de otro y no las mías. Trato siempre de pensar mi práctica con significantes que son los mios. Lo hago pero me cuesta. Estoy más familiarizada con los significantes de Freud ya que a Lacan lo conocí muy tarde en mi recorrido.

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