Madrid 2011-R. Lévy: No hay síntoma contemporáneo sino miedo de la sociedad hacia sus excesos

Jornadas de Madrid – 12,13 y 14 de enero de 2011

Robert Lévy

NO HAY SÍNTOMA CONTEMPORÁNEO, SINO MIEDO
DE LA SOCIEDAD HACIA SUS EXCESOS

 

Traducción: M.Cruz Estada

 

Por definición, los síntomas en medicina no tienen sentido. Esto es un elemento muy importante y su construcción es el fruto de un cierto número de elementos que, si remontamos hacia su origen, está siempre ligado a un mal funcionamiento del cuerpo, del soma.

Por otro lado, es interesante aclarar la cuestión de si el síntoma tiene o no sentido, ya que esto nos permite delimitar de entrada el campo de la medicina, de aquel que nos concierne en relación con el síntoma en los niños. En efecto, decir que el síntoma tiene sentido o que no lo tiene, nos lleva muy rápidamente a una primera delimitación.

Esta noción es muy importante, ya que se trata ahí del pasaje a una concepción del síntoma como algo que concierne literalmente al sujeto, ya que para el niño, el síntoma no sólo tiene un sentido, sino que también se lo dirige a alguien y, a partir de ahí, no puede ya plantearse sólo como algo que habría que suprimir, sino como función de algo.

El síntoma en el niño es, pues, una función en el sentido matemático del término. Es una función para el sujeto: f(x). De este modo, la construcción del síntoma y el sujeto se encuentran en una especie de coalescencia, de sincronía que implica que suprimir al uno, produciría la supresión del otro y viceversa. Añadamos a esto que su fundamento y su construcción están ligados a la dimensión del deseo. Volveré más adelante sobre esto pero, mientras tanto, abordemos la cuestión de si existirían nuevos síntomas, ya que es algo que nos falta por determinar.

En efecto, nuestra post modernidad ha hecho que nos hayamos acostumbrado a considerar ya no tanto el síntoma del niño, sino al niño como síntoma de lo social. Esto es la gran novedad en el síntoma: que es más una invención de lo social que un verdadero nuevo síntoma en el sentido psicopatológico del término.

No entraré en detalles, ya que les ruego que para ello acudan al libro de Sylviane Giampino1. Pienso que no hay nuevos síntomas en la infancia, sino una sociedad que tiene miedo de sus niños. Henos, entonces, en el área del “peligro joven”. Esto es, entonces, la gran novedad.

El seguimiento que podemos hacer del tema es el siguiente: hemos pasado de un área “pre-Dolto” en la que el niño no existía —por lo que no daba ni miedo ni no miedo, sino que no tomaba la palabra antes de una cierta edad ya avanzada. Después, gracias a Françoise Dolto y de otros, como Maud Mannoni y el Psicoanálisis, hay que reconocer que pasamos a un área moderna en el curso de la cual se desarrolló la idea de que el niño era un sujeto dotado de palabra y que incluso podía ser sujeto de su propia palabra. Y, por fin, desde hace diez o quince años, hemos pasado a un área que podemos llamar posmoderna, en la que el niño se ha convertido en objeto de miedo.

En otros términos, la sociedad desde hace algún tiempo está enferma de sus niños y, en consecuencia, intenta cuidarse de ellos, incluso curarse. Como si el niño hubiera pasado de sujeto hablante a objeto peligroso. Me parece que no nos damos bien cuenta de cómo esta transformación de la mirada social sobre el niño cambia el enfoque que tenemos acerca del síntoma, y cómo esto tendrá consecuencias sobre la noción misma de infancia y de infantil, es decir, más allá de la cuestión de los síntomas en el niño.

En efecto, es como si hubiéramos asistido poco a poco a un deslizamiento en el enfoque del síntoma hacia una nueva noción que es la de la apreciación del riesgo que corre lo social con respecto a los síntomas. Esto es ya un primer deslizamiento, una primera transformación.

Dicho riesgo está estrechamente ligado al rechazo que tiene lo social a asumir una incertidumbre en lo que respecta a la educación de los niños, ya que suponen que ahora uno debería estar seguro. Se ve bien en los colegios cómo esta cuestión de la incertidumbre está sujeta a una especie de intolerancia. Podemos notar también cuánto ha permitido a los padres el acceso a los nuevos medios de comunicación, forjarse una especie de principio de “normativación” ideal de la evolución que debe tener el niño a una edad determinada.

Yo he conocido —y seguro que no soy el único aquí—, una época en el curso de la cual, los niños que se apartaban de la norma, niños muy enfermos, no eran sistemáticamente orientados, rechazados, catalogados como ahora, sino que quienes nos ocupábamos de los problemas de la infancia podíamos confiárselos a las maestras, a las escuelas, con tolerancia y aceptación. He aquí algo que se ha transformado en nuestra sociedad.

Entonces, hoy día, y en nombre de generalizar la observación, el niño no tiene ya derecho a la incertidumbre. En efecto, ahora se ha generalizado esta observación que hemos visto aparecer poco a poco. Acuérdense de la llegada a Francia de aquella escuela inglesa y sus observaciones precoces de la relación de los bebés con sus madres que, bajo pretexto de detectar trastornos de las interacciones, engendró la puesta en marcha del encasillamiento de los llamados “factores de riesgo”.

La observación precoz encontró de inmediato su eficacia: la detección precoz. Pero ¿para detectar qué? No se limitaba a observar la relación padres-bebé, sino que se trataba de hacer una lista de los factores precoces que podían convertirse en factores de riesgo. Así es como poco a poco nos apartamos de la idea misma de psicopatología. El paso siguiente era lógico: la prevención de las patologías se podía hacer desde la primera infancia por los enfoques de seguridad y naturalistas del niño.

Entonces, evidentemente, lo uno lleva a lo otro, ya que la genética y, paralelamente, las neurociencias y la neurobiología, hacen investigaciones sobre el cerebro que sirven poco a poco como argumento para luchar contra la delincuencia y la violencia, lo que es más asombroso aún. No se trata de luchar contra enfermedades genéticas, sino de identificar ciertas localizaciones cerebrales en una lógica que no es útil salvo para la detección, no de los síntomas, sino de los trastornos del comportamiento en los niños cada vez más pequeños, intentando al mismo tiempo identificar lo que se llamará “poblaciones de riesgo”.

Como saben, el infierno está pavimentado de buenas intenciones y los esfuerzos epidemiológicos son el resultado de esta idea según la cual, cuanto antes se detecta a los niños, más eficazmente se los ayuda. Así, si no hay nuevos síntomas, a cambio hay nuevos “comportamientos de riesgo” que serían tres:

1- El trastorno de conducta
2- El trastorno de déficit de atención
3- El trastorno de oposición desafiante.

Vuelvo a remitirles al libro de S. Giampino (Ver nota 1).

Lo más importante no es tanto la elaboración de una nueva nomenclatura, sino el hecho de que ésta sea además una herramienta de verdad, para “hacer el seguimiento” y ahora para “perseguir” desde los primeros meses de vida del niño, los signos capaces de predecir un comportamiento que evolucionaría ulterior y naturalmente hacia la violencia y la delincuencia, si no se los tratara tempranamente.

Deslizamiento que es entonces evidente, y amalgama entre por un lado la prevención psicológica, la salud pública y el orden público, y por el otro, entre la prevención de la violencia y la prevención del sufrimiento. Hace un tiempo nos encontrábamos más bien en una perspectiva de prevención del sufrimiento psíquico. Ahora se previenen los riesgos de violencia, lo que no es en absoluto lo mismo.

Constatamos entonces que al querer considerar nuevos trastornos, no se hace más que describir comportamientos y, en consecuencia, no sólo dejamos fuera cualquier cosa que tenga que ver con las estructuras psicopatológica
s, sino que además volvemos a una evaluación, si no moral, al menos moralizante del comportamiento de los niños. Evidentemente, estas ideas se adosan no sólo a las diferentes evoluciones de los DSM, sino además se basan en la suposición de que habría medios más patógenos que otros. A partir de ahí ya no se trata de detección, sino de selección basada en criterios normativos.

En todo esto ya no se plantea la cuestión de los padres, no se plantea más la dimensión de la angustia, no se plantea ya, pues, la pregunta misma que plantea todo síntoma en el niño.

En lo que concierne a los padres, hay que decir que sin duda nos hemos equivocado en algo. Tendríamos que oír lo fuertes que han sido las reacciones de rechazo de los padres hacia profesionales que, so pretexto de pensar —justamente, por cierto— que los padres eran parte activa del síntoma de su hijo, han contribuido ampliamente en nombre del psicoanálisis a culpabilizar a los padres atacando directamente su síntoma.

Como sabemos todos, no se puede atacar el síntoma de frente sin suscitar una reacción terapéutica negativa, y tampoco basta con recordar a los padres que juegan un importante papel junto a su hijo, que yo calificaría de simbolígeno, para que la cosa marche. Al contrario, cuanto más se echa mano de ellos, más culpables se sienten, pues es un modo de defensa contra un punto fundamental para ellos: salvaguardar el lugar que su hijo tiene en su propio fantasma, lo que asegura una parte de su equilibrio psíquico, en el sentido de su economía psíquica. Pero para comprender esto, hay que poder concebir antes que nada el síntoma del niño.

Volvamos pues a nuestros viejos y queridos síntomas e intentemos salvaguardar lo que aún podamos del ser, con las herramientas psicoanalíticas de las que hemos dispuesto siempre.

La manera en que cada uno se engancha a su síntoma es evidente ya en Freud, quien se topa con ello puesto que señala que incluso bajo hipnosis, no se termina de acabar con la sugestión. Si solucionar el síntoma es tan complejo, es porque en el síntoma reside la particularidad de cada uno y entonces puede decirse que en el síntoma se juega, se asegura y se presenta, una especie de irreductible singularidad del sujeto. Por eso, creer que podríamos pasar del síntoma, sería casi equivalente a pasar del sujeto, tal como lo evoqué al principio.

El síntoma, entonces, forma parte íntimamente de la economía psíquica del niño y tiene un sentido que es necesario poder descifrar, incluso en algunos casos mantener. Ahí reside su modo de construcción. Me parece que esta idea de salvaguardar el síntoma está particularmente presente en la clínica de los niños. Verdaderamente, si algo hay que hacer valer es esta idea de que no porque se nos traiga un niño con un síntoma es que tengamos que encargarnos de suprimirlo —aparte de que nos costaría bastante hacerlo, de todos modos. Es más, me parece importante que con los padres —que son los que tienen problemas con su hijo— podamos introducir esta idea del valor del síntoma.

El síntoma es algo que tiene una función, necesaria para una cierta economía psíquica que, por otro lado, en los niños no se reduce a una economía psíquica del niño por sí mismo. A menudo se trata de una economía más amplia, ya que asocia a los padres mismos, incluso a otras personas o instituciones.

Se trata entonces de escuchar que esta palabra está en suspenso, pero es necesario que definamos dos categorías de síntomas en el niño.

Me parece importante señalar esta idea de que hay dos modos de construcción del síntoma en el niño, ya que no se trata del mismo síntoma en cada caso.

Veamos primero el que se encuentra en la definición freudiana más general: es el síntoma en el sentido de la represión, el que se produce como resultado de la vuelta de lo reprimido que es el que se retiene más fácilmente. Mientras que el síntoma más específico en la infancia temprana, en el tiempo de lo infantil, es el síntoma construido por la falta de represión.

Volviendo a Freud, la noción de represión se puede tomar en sus dos vertientes. Es importante que mantengamos esta idea cuando trabajamos con niños, ya que lo más habitual de estos síntomas o de su modo de construcción, es “El fracaso de la represión como condición previa a la formación del síntoma”2. Notemos cómo el síntoma hace algo más que repetir el recuerdo reprimido, ya que retorna para significar el deseo pero también, y en mi opinión esto es lo más importante, cambia el sentido del recuerdo penoso.

Esto hace que a menudo nos sintamos perdidos frente a esas vueltas de lo reprimido, ya que una vez construido el síntoma, es el recuerdo penoso mismo lo que no tiene ya el mismo sentido, y es lo que se encuentra muy a menudo en los casos de abusos sexuales infantiles. Sin embargo no se trata sólo de la cuestión del recuerdo olvidado, reprimido, sino de lo que la represión del recuerdo penoso ha producido con la vuelta de lo reprimido en el síntoma como cambio de sentido.

Entonces, hasta ahí estamos en lo más conocido de la teoría de la represión en Freud.

Me gustaría insistir, aunque es el modo más habitual de construcción del síntoma en lo infantil, en la otra vertiente algo menos conocida: la que concierne a los síntomas neuróticos de los que Freud3 nos dice lo siguiente:

“Se reducen a materiales psíquicos incompletamente reprimidos y que, aunque reprimidos por la conciencia, no han perdido toda posibilidad de manifestarse y de expresarse”

Pueden ver que lo que ahí me hace detenerme es ese “incompletamente reprimidos”, punto que muy a menudo no se toma en cuenta ya que forzosamente, como estamos bien educados “freudianamente hablando”, lo que hemos retenido es que el síntoma es fabricado por la represión y su retorno.

Evidentemente, sobre este último punto que concierne a los materiales no del todo reprimidos, tenemos que añadir lo que es la idea que se encuentra en el fundamento mismo del síntoma para Freud la sexualidad infantil que es la “fuerza motriz principal de la formación del síntoma”4.

Esto es interesante porque esta fuerza motriz principal no es la que concierne al síntoma causado por el retorno de lo reprimido, sino la parte de la represión que concierne a lo “incompletamente reprimido”, es decir, lo que no puede ser reprimido o, más aún, lo que aún no ha sido reprimido. Y es esta parte precisamente la que encontramos más ampliamente, me parece, en los síntomas construidos por el niño antes de los cinco años. Por eso propongo que reservemos el término de síntoma en el niño para los que se encuentran construidos a partir del retorno de lo reprimido, tal y como ocurre en el sentido clásico freudiano; mientras que podríamos llamar “construcciones sintomáticas” a los síntomas construidos a partir de la falta de represión y en los cuales —y esto me parece lo más importante—, los padres juegan una parte importante.

Esto es evidente ya que si hay falta de represión, los padres tienen algo que ver en ello y que, forzosamente, para que se pueda entender ahí algo, hay que escucharles también a ellos.

Esta es también la razón por la que todos los síntomas de lo infantil son extremadamente lábiles, transformables y, sobre todo, transitorios. Es decir que si somos un poco clínicos con los niños, todo lo que concierne a prospectivas, cualesquiera que sean, en cuanto a un devenir que sería evaluado a partir de un síntoma o incluso de un comportamiento a una edad determinada, es completamente ridículo.

La especificidad misma de la construcción del síntoma en el niño es no sólo que es construido a partir de la falta de represión sino, sobre todo, que son síntomas transitorios.

Así los síntomas se hacen y deshacen en función de un cierto número de elementos, entre los que está muy especialmente el lugar de los padres en la economía psíquica del niño. En efecto, los padres tienen una función que
puede considerarse, como ya he dicho, simbolígena; es decir que disponen de esta función muy particular que permite al niño construir su propia relación con lo simbólico en el deseo de sus padres.

Se encuentra en este marco, toda la sintomatología de lo que se llaman ahora: trastornos del actuar y de la concentración, en los que muy evidentemente, las capacidades o incapacidades de los padres para poder decir que “no”, tienen sus consecuencias en la hiperactividad, desde luego.

Evidentemente, no se trata del “no” en el sentido habitual de todos los días, sino de un “no” que suponga que, aquel que lo dice, pueda decirlo a partir de su propia castración. Es decir, a partir del hecho de que quien lo dice corre el riesgo de perder el amor de aquel a quien se dirige ese no, lo que incluye también a la mamá del niño o de la niña. Ese es el riesgo que hay que correr para que ese “no” sea simbolígeno. Por otro lado vemos a menudo a padres que vienen diciendo: “pero si yo le digo que no”. Poco a poco dejamos hablar a los padres y al escucharles nos damos cuenta de que no dicen no, sino: “quiéreme a pesar de todo”, o “¿No me vas a coger manía si te digo que no, verdad?”, lo que no es lo mismo.

Con Lacan es con quien se aclara este último punto, ya que él, al desarrollar el hilo de la construcción del síntoma en lo infantil, añade un elemento esencial en Freud que me parece del todo central para nuestro trabajo con los niños5: “Sabemos bien en el análisis, la importancia que ha tenido para un sujeto, quiero decir para quien en ese momento no estaba aún ahí en absoluto, la manera en que ha sido deseado. Hay personas que viven bajo el peso —cosa que durará mucho tiempo en su vida— bajo el peso del hecho de que uno de sus padres —no preciso cuál de ellos—, no los ha deseado. Desde luego, ése es el texto de nuestra experiencia cotidiana. Los padres modelan al sujeto en esta función que yo llamo del simbolismo. Lo que quiere decir estrictamente, no que el niño sea de algún modo el principio de un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar no puede sino llevar la marca del modo en que sus padres le han aceptado. Sé bien que hay en esto toda clase de variaciones y de aventuras. Incluso un niño no deseado puede, en nombre de no sé qué que viene de sus primeras agitaciones, ser mejor acogido más adelante. Lo que no impide que algo guarde la marca de que el deseo no existió antes de cierto momento”.

Me parece que Lacan introduce aquí un nuevo tipo de construcción del síntoma. A saber, que no se trata sólo del síntoma en tanto construido a partir de la represión del deseo, sino el síntoma en tanto que se construye en el sujeto a partir de la falta de deseo del Otro, lo que introduce una nueva dimensión de la construcción misma del síntoma.

Los síntomas, y en consecuencia sus construcciones, serán pues diferentes en función de cómo el niño haya sido deseado, lo que nos convoca una vez más a no olvidar la posición esencial del deseo de los padres como simbolígena para el sujeto.

Lacan afirma pues claramente que el deseo de los padres contribuye a la construcción de lo simbólico por parte del sujeto, lo que es algo absolutamente nuevo. Les recuerdo que el aporte de Freud era diferente.

Esta idea nos remite pues a modos de construcción diferentes, en función de la manera en que los padres habrán deseado, bajo una forma u otra, o de ninguna manera, a su hijo. Entonces, la serie sintomática tendrá consecuencias evidentemente muy diferentes en las construcciones mismas del síntoma. Esto abre un nuevo campo que es lo que se llama la construcción del síntoma…

Lo que es como decir que Lacan nos invita aquí a hacer un trabajo con los padres, tanto si se trata del marco de las neurosis como el de las psicosis. Yo diría incluso que en ese último marco más aun, ya que el síntoma psicótico es un síntoma igualmente estructurado. La psicosis desvela algo del deseo del Otro en su relación con el síntoma, y el psicótico en ese sentido es hablado a través de su síntoma en una lengua que él mismo ignora. Esto plantea la cuestión del síntoma de modo diferente, el síntoma en la lengua, fuera de la castración en lo que concierne el campo de las psicosis.

No podría terminar estas palabras de introducción sobre la idea de los síntomas del niño, o sobre la inmadurez de lo simbólico en el niño, sin concluir sobre el hecho de que no hay nuevo síntoma. Y es que si los padres tienen tanta importancia, es porque el niño hasta los cinco o seis años presenta un modo de pensamiento más bien metonímico, y que esta construcción es el efecto producido por la falta de represión, normal a esta edad, pero que conlleva igualmente una falta de madurez de los procesos metafóricos.

También, cuanto más avanza el niño hacia la realización de su represión, más contribuye a poner en marcha la maduración de sus procesos de metaforización, de modo tal que se puede constatar que la construcción de los síntomas a esta edad es el resultado de esa falta de represión. Inversamente, un síntoma que desaparece, es el resultado de una producción de represión y, en consecuencia, permite a la metáfora desarrollarse.

Por fin, muy diferente es el modo de construcción del síntoma más tarde, después de los seis años, ya que el niño puede ahora mantener y utilizar un modo de pensamiento metáforo-metonímico, lo que tiene como consecuencia que la construcción del síntoma después, es el efecto producido por el retorno de lo reprimido y, por lo tanto, ya no se tratará más de producir represión, sino al contrario, de poder levantar dicha represión.

 

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