Madrid, 25 de mayo de 2013

 

Cuando Eva me pidió el título de mi conferencia de hoy, hace algunas semanas, yo estaba barajando la idea de trabajar varias cosas al mismo tiempo: el tiempo de la cura, el tiempo de la sesión, el texto de Lacan sobre el tiempo lógico en los escritos, que se sustenta en el apólogo de los tres prisioneros, el relato de Melville Billy Budd el Marinero, del que hablaré enseguida y sobre todo algunas preocupaciones muy personales sobre el tiempo… ¡el tiempo que queda! Os hablaré de ello luego…

La palabra que me vino entonces para ajustar este conjunto es 'prisionero', 'prisionero del tiempo': ¿Cómo trata el análisis con este prisionero del tiempo que somos todos, y que a través del analizante viene a cuestionarnos?

 

        

(In) actualidad de la lógica del inconsciente. El descubrimiento y la invención freudiana del inconsciente y de su práctica se basan en esto : las histéricas sufren de reminiscencias, el sufrimiento psíquico no se debe pues a un déficit de memoria, ni a  un agujero en la historia personal que se trataría de llenar, no, el sufrimiento psíquico tal como lo trata el psicoanálisis es el que corresponde a un exceso de memoria: hay, presente en toda formación del inconsciente un recuerdo inolvidable, inolvidable e inconsciente, que se niega a volcarseen los archivos del pasado, y es entonces cuando Freud enuncia: el inconsciente ignora el tiempo. Hay que otorgar toda su fuerza a esta ignorancia que prevalece en el inconsciente freudiano, precisando que 'esta ignorancia', ¡es un saber 'no sabido'!

 

 

Podríamos entonces describir el objetivo de una cura tomando en cuenta esta doble 'ignorancia', ignorancia del tiempo e ignorancia de la presencia total de esos recuerdos olvidados. Yo diría que la cura tiene como objetivo volcar en la cuenta del pasado acontecimientos indebidamente actuales. Marcel Proust sería el Maestro contable más preciso y su más fiel escribano; mi alusión a este escritor, tan célebre por su inmersión en el tiempo, indica así mis preferencias: apelo sobre todo a la escritura, a la literatura para escuchar en el decir de mis analizantes lo que está ahí escrito.

 

Os hablaba de mis preocupaciones personales respecto al tiempo. Preocupaciones bastante comunes después de algunas décadas de práctica del análisis y que hoy revisten para mi una viva actualidad, viva en el sentido en el que implica lo vivo, lo viviente. Podría resumirlo en esta simple pregunta (in)actual: ¿Cuanto tiempo aún seguiré siendo analista?

 

¿Acaso no tengo derecho a algún descanso, no es ya la hora de jubilarme merecidamente después de todos estos años de buenos (y menos buenos) y leales servicios, al servicio precisamente de este Amo intransigente que es el inconsciente?

 

¿Si el inconsciente ignora el tiempo, es una razón para que yo tenga que convertirme en su cómplice? ¿Soy  prisionero del tiempo, del tiempo de la ignorancia, para siempre? Ya que, si el inconsciente ignora el tiempo –y Freud no se echó atrás ante esta consecuencia lógica- ignora también la muerte….

 

En francés, la palabra para decir jubilación: 'retraite', tiene una connotación militar que significa el movimiento de retirada de las tropas durante el ataque enemigo: Como si se dijese: ¡los viejos deben hacerse atrás y dejar sitio a los jóvenes! Este contexto militar me evoca un momento anecdótico de mi práctica que me gustaría compartir con Vds. sucede a menudo que el analizante que comienza se inquieta, recula o se irrita y pregunta ¿pero cuanto tiempo dura un análisis? Entonces, a veces les cuento una historia divertida (en realidad es un sketch de F. Raynaud, un cómico francés que fue muy célebre en los años 60): Lo resumiré. Se trata de un cabo primera que pregunta a los jóvenes reclutas para saber si han aprendido bien su libro de instrucción militar: ¿Después de disparar el cañón, cuanto tiempo tarda el fuste del cañón en enfriarse? Ante cada respuesta, todas un poco aventuradas, anecdóticas, de los jóvenes soldados, el cabo niega obstinadamente con la cabeza.  Al fin, exasperado, lee la buena respuesta en el libro de instrucción: “Después de ser disparado el fuste del cañón, tarda en enfriarse ¡UN CIERTO TIEMPO!”.

         « Un cierto tiempo », ¡es la respuesta correcta y no hay otra! Entiéndanme: no es lo esquivo de la respuesta lo que subrayo aquí, ni siquiera el juego sutil con la palabra 'cierto' que podría dejar imaginar una certeza sobre el tiempo. No, lo que me interesa es que la respuesta apunta a lo cómico.  No es un 'witz', no, es la dimensión cómica de la pregunta y de la respuesta,  es la forma  tajante de hacer escuchar lo que es ignorado, lo trágico: ¿Cuánto tiempo seguiré siendo analista? ¿Cuánto tiempo me queda por vivir? ¡Un cierto tiempo! Como el analizante que, a causa de un afortunado efecto de la transferencia, lo ignora; somos como él prisioneros del tiempo inactual, del «un cierto tiempo», entre la incertidumbre de la muerte (¿cuándo?) y su certeza esencial, aquella del silogismo que hace de Sócrates nuestro hermano en lo tragicómico.

         La respuesta convertida así en cómica (y no en burla, ¡todo lo contrario!) es una invitación a tomarse su tiempo: «tómate tu tiempo» sugiere el analista al analizante en el momento en el que él se lo impone a si mismo; volveremos a ver en acción enseguida esta bella fórmula tranquilizadora acerca de Billy Budd el Marino, fórmula que conlleva todo su terrible peso… como si fuera necesario también escuchar al pie de la letra la “toma del tiempo”; pero entonces, ¿quién “toma” mi tiempo? ¿Haría falta entonces para tomarse realmente su tiempo, desprenderse de él?

         En suma, para entrar sin perder demasiado tiempo en lo vivo de esta  “(in)actual lógica del inconsciente”, distinguiré entre dos formas de lo actual: “el tiempo del instante”, del que hablaré en primer lugar y “el tiempo del acto” a continuación.

 

1 –  LO ACTUAL: EL TIEMPO DEL INSTANTE

 

         Es usual representar el tiempo que pasa, viniendo del futuro hacia el pasado, por una flecha continua, infinita, constante cuyo sentido, cuya orientación se corresponde exactamente a lo que vivimos. Y sin embargo, su representación correcta en la prueba del inconsciente freudiano sería más bien la que evoca el filósofo Zenón de Elea en su famosa aporía: ¡la flecha que sale del arco jamás alcanzará su blanco! La liebre nunca alcanzará  a la tortuga. Siempre le quedará
la mitad de la distancia por recorrer. Zenón, con su razonamiento ¡volvía lógica y calculable la imposibilidad de morir!; lo que consagra Zenón, filósofo y físico (in) actual, es el carácter discontinuo de los fenómenos como condición de su propia existencia contra la evidencia de la continuidad.

          Prácticamente al mismo tiempo que el descubrimiento freudiano, en 1895, aparece la novela de H.G. Wells « La máquina de explorar el tiempo » donde se ve el inconsciente freudiano de la mano de un género literario naciente,  la ciencia ficción, a la que sería imprudente negarle el estatuto de científica o peor aún, de actual. La ciencia ficción no tiene nada que ver con la realidad, está en relación directa con lo que Lacan llama lo real. Y el analista está apostado ahí, como un gaviero en lo alto del mástil, vigilando los saltos del tiempo y sus fallos -como decíamos ayer- (es el carácter discontinuo del « discurso corriente ») para señalarlos como el gaviero que grita al viento cuando sopla ballena, estos cambios del tiempo son: los efectos del 'après-coup', los actos fallidos, el juego de la negación, la presencia anacrónica de lo infantil… La cura que se escribe así a lo largo de las sesiones no tiene nada de novela, de cuento (salvo quizás ese tan edificante, de las mil y una noches), de investigación histórica o policíaca, aún menos es una versión autobiográfica, no, ¡la cura es un texto de ciencia ficción! Daros cuenta que es la flecha del tiempo la que asegura la perennidad del sentido en la medida en que éste implica el despliegue en la duración y el respeto del principio aristotélico de no contradicción. De lo que nosotros, los vigías, nos damos cuenta es de las faltas,  las irregularidades, los contra-dichos », los fallos y las faltas de sentido. Este es el privilegio de la atención al instante frente al despliegue de la duración, que niega el sentido, la toma en cuenta del sentido, todo acceso posible a la verdad del inconsciente. Por ejemplo, el analizante que de repente, tras un comentario, llama a su padre 'papá', eso nos despierta, los analistas sabemos lo que ocurre ahí, en ese instante, el 'hic et nunc' del 'papá', es un tartamudeo de la flecha del tiempo (utilizo a propósito esta palabra ' tartamudeo' -que dio la casualidad de que Roque se anticipó hablando del tartamudeo ayer-  por referencia a lo que seguirá con Billy Budd)

         Pero respecto a estos saltos, a estas irregularidades, los científicos no se quedan atrás. En los años 20, cuando Freud le daba a la muerte un estatuto de pulsión, elevándola a la altura de la vida, un sabio un poco loco –Einstein- nos explicaba que el tiempo no era una constante sino una función de la velocidad : « el tiempo”, escribía Heráclito, “es un niño que juega”. Volviendo a Einstein, os recordaré la experiencia de los gemelos de Langevin. Un experimento de pensamiento en el que Langevin imagino a dos gemelos, uno que se quedaba en tierra y otro que partía en cohete a la velocidad de la luz.  Al cabo de 30 años terrestres, el viajero regresaba y según los cálculos de Einstein solo había envejecido dos años. Esta experiencia se vio confirmada objetivamente por el envío en un cohete de un reloj atómico de cesio, mientras otro idéntico regulado exactamente igual quedaba en tierra. El envejecimiento ligado a la velocidad de desplazamiento- ¡es por eso por lo que la moda del jogging engancha ahora a la tercera edad!)

Cito a Pessoa: « Me pregunto si las dos velocidades a las que caen al mar, un hombre que se suicida y otro que ha perdido el equilibrio al borde del muelle, son exactamente iguales… »

 

 

                   El prisionero del tiempo se interroga sobre la naturaleza del tiempo. ¿Qué es el tiempo? ¿Cómo ligar entre si esas “gotas de tiempo” de las que habla San Agustín?  Magnifico y heroico autor que en sus “Confesiones” da la medida de la desesperación al tropezar con esta pregunta, desesperación que él confía en cuerpo y alma a su Dios Omnisciente, implorando su ayuda para comprender con acentos desgarradores. ¿Qué es el tiempo? “Si nadie me lo pregunta”, escribe, “lo sé de sobra, pero si se me pregunta e intento explicarlo, me doy cuenta que lo ignoro”. Habéis adivinado que esta ignorancia que hace las delicias del analista apostado como vigía arriba de su mástil, es de la que el inconsciente se alimenta sin cesar jamás de cuestionar a los prisioneros del tiempo que somos todos.  ¡Sorprendente doble estatuto del analista-vigía! Prisionero del tiempo como todo ser hablante, escuchamos a aquellos que vienen a hablar de sus sufrimientos. Cómo captar estas « gotas de tiempo », este tiempo del instante, este presente huidizo, que no cesa de escapar, siempre más corto, cada vez más estrecho, siempre divisible como en la aporía de Zenón entre, por un lado lo incognoscible del futuro sobre el que se construye el fantasma, y por el otro lo ilimitado del pasado, fuente de lo que puede- o no decirse. Aristóteles planteaba el presente como «ex-tatico», sin cesar abierto, por un lado a la retención del pasado y por otro a la espera del futuro; el ‘instante’ para él era un tiempo fuera de lugar. Y decía que es este espíritu, el  « Noûs », el que mantenía la continuidad de estos 3 tiempos: presente, pasado, futuro ; Agustín, por su parte, le niega al tiempo presente esta situación de fuera de tiempo, « ex-tatica », y es esto lo que sostiene nuestra posición de analistas, me parece: a la vez fuera del tiempo y presente, la cura se sustenta en ese momento de pura presencia, de pura conciencia (es lo actual del « hic et nunc ») para hacer surgir la falta de este « éxtasis ». Tomaré prestadas las palabras de San Agustín, constatando así la omnipresencia del presente, el analista-vigía planteara la existencia de un presente del futuro, de un presente del presente y de un presente del pasado. Tiempo presente en todos los tiempos, así es el tiempo de la transferencia. Este presente que actualiza lo in-actual del pasado y del futuro, es el ritmo, el tempo de la transferencia. Yo diría que este efecto de ritmo, de danza de las palabras y de las frases, en las variaciones de la voz es lo que materializa el tiempo, lo vuelve presente al cuerpo en la sesión; es la condición del sentido y de la escucha (Duke Ellington « it ain’t mean a thing if it ain’t got that swing » “No significa nada si no tiene ese swing”).

 

         Ahí donde « el presente no tiene ya ninguna extensión” (San Agustín), es el instante de la transferencia, de la flecha helada, fijada al instante de la reminiscencia puesta en acto, puesta en escena. Este tramo de tiempo si
n espesor que resbala desde la inexistencia del porvenir hacia la extinción del pasado, este corte, representa el momento « justo » de la interpretación. No estoy lejos de avanzar que lo que yo llamo “tramo” representa lo Real en tanto que recorre su filo (filo de la navaja), lo imaginario para separarlo – un instante, el tiempo de un relámpago, de un claro – de lo simbólico. El presente « ex-tático »  es lo Real. Me parece importante sostener esta posición, de esta función de lo Real como tramo, como corte en el continuo Imaginario/Simbólico. En efecto, es el corte el que permite la distinción mientras que, -y en el movimiento mismo de su eficacia separadora-, los acerca, los sutura (Imaginario/Simbólico). Así escribiría yo el efecto de lo Real como « presente ex-tático »: ‘corte y confección’, (en francés 'coupure/couture', con una letra de diferencia solamente)

 

         “Ayer”, escribe Samuel Beckett, “no es un jalón que hayamos superado, es un guijarro de los viejos senderos trillados por los años, que se repite, lo que forma parte de nosotros irremediablemente, que llevamos en nosotros, pesado y amenazante”. Beckett, muy joven, era lector de inglés en L'École Normale Supérieure' de la calle Ulm en París, escribe su primer texto realmente literario sobre Marcel Proust, este maestro indiscutible de las reminiscencias. El tiempo proustiano, recobrado, es el de la memoria involuntaria. Insisto en este calificativo de involuntario, en tanto nombra justamente este momento de surgimiento en la sesión de otro tiempo, de un tiempo que se reencuentra porque justamente se ha olvidado. Es la magdalena mojada en el té lo que hace revivir el gusto a tila de su tía Léonie quien le recibía de niño antes de la hora de misa en Combray, es el gesto de atado de la bota lo que hace que de repente se de cuenta, en el presente, de que su abuela está muerta hace años. La memoria involuntaria, como la interpretación, vierte en la cuenta del pasado (ella murió hace años) lo que advenía de forma inadecuada en el presente (el lazo actual entre el gesto, el movimiento, y la conciencia repentina de su muerte). Lo involuntario de la memoria proustiana es el surgimiento del « kairos » en el « Chronos », su tensión, su corte. Proust en su escritura, como los analizantes en la cura, repuebla sus desiertos, reconstruye sus personajes de la infancia, remoza los paisajes de su infancia y  sus amores contrariados. « Yo no pinto el ser”, escribía Montaigne, “pinto el pasaje, el paso”. Tomo prestado a Montaigne su visión del riesgo, riesgo que conlleva este cortar (filo) del instante, este presente como real que corta: “la razón”, escribe Montaigne, “al descubrir el instante lo destruye ipso facto. Corta el tiempo inmediatamente y lo divide entre futuro y pasado». La interpretación como filo « corta » (como dice Montaigne) el tiempo en dos bordes a la vez unidos y separados, esa es una función de lo Real. Sin embargo hay un riesgo al jugar con el filo. En efecto, esta apertura al instante, de la que habla Proust en la delicia de sus miles de páginas, que lo dirigen lentamente al tiempo recobrado (¿cuanto tiempo se tarda en leer a  Proust? ¿Cuanto tiempo para recobrar el tiempo?) Esta apertura produce en S. Beckett un efecto totalmente diferente y le conduce, errante, a espacios helados y desérticos donde la lengua agotada tartamudea y se rompe en trozos sombríos e insignificantes.

         Curiosamente, Proust, inmóvil y al borde de la asfixia, se acerca a Beckett y a sus personajes improbables, siempre un poco partidos, desdoblados: Moran/Molloy, Mercier/Camier, Nagell/Nell, Winnie/Willie, personajes fuera del tiempo, ahí donde la muerte y el nacimiento se confunden, ahí donde imaginario y simbólico ya no tienen peso. Es sorprendente situar a Beckett, lo cito – con sus  « viejas historias  venidas de no sé donde » justo al lado de aquel que ha elegido como su Maestro, M. Proust, que como él practica lo inmóvil, en busca del tiempo congelado.  No olvidemos, en nuestro trabajo, los efectos de Real que produce el corte/costura interpretativo.

 

         « El presente grita alto »; sublime expresión de San Agustín que deja escuchar lo que no se formula, la increíble aparición del significante en el corazón del « discurso corriente ». Y este grito, si no se escucha quedará como grito  « silencioso», como el pintado por Munch o el que sale de la boca convulsa del Papa Inocencio X pintado por F. Bacon. Bacon, también, pintaba el pasaje, el paso y no el ser. Buscaba, decía él, “tocar la realidad en el corazón de lo que es”; ¡qué definición tan poderosa de lo Real! (lo que me interesa en el hombre es « el meollo » decía Céline). Bacon sabe que este corazón es inalcanzable ya que éste se produce en cada instante, instante inasible, entonces, pensaba que podría pintar el paso, el movimiento hacia la nada.

         La metáfora del grito, en el caso de Bacon, se hunde en una metonimia brutal: ¿cómo pintar el grito? ¿Cómo no ser ya este prisionero del tiempo? « ¡Siempre esperé poder pintar una boca como Monet pintaba una puesta de sol!”, escribe. Y sobre su versión del papa Inocencio X de Velázquez, « la boca parece como si cortase toda la cabeza, aunque se parece todavía a una boca ». Para iniciarse en la forma del grito en la boca, Bacon, antes de pintar al papa gritando, consultó un bonito libro en color sobre las enfermedades que deforman la boca.

         Esta anécdota nos sirve para subrayar que lo que está en juego en la cura y en el corte de la interpretación es el cuerpo, y puede ser incluso un trozo de cuerpo lo que está siempre en juego (Lacan lo llamaba objeto a). San Agustín cuenta en sus memorias que un día, mientras leía en voz alta a su comunidad los versículos de la Biblia, tuvo violentos y súbitos dolores de dientes que le dejaron sin palabras. Por la noche, pensó pedir a sus amigos que rezaran por su curación. Tan pronto como escribió este deseo en su tableta, el dolor desapareció. Anunció entonces en voz alta que renunciaba inmediatamente a su función de abogado, de orador, para entrar al servicio del Señor, al servicio de la Verdad. Os pregunto a mi vez, no sin malicia, queridos/as colegas: ¿estáis también al servicio de la Verdad y su medio decir, y qué parte de cuerpo le consagráis?

 

2 – LO ACTUAL: EL TIEMPO DEL ACTO

 

                   El prisionero del tiempo se libera por un acto y ese acto es el del instante presente. En ese sentido ese acto es lo Real. En francés la etimología de la palabra « actual » nos dirige hacia otro borde distinto del referi
do al tiempo: « es actual lo que se traduce por actos/ lo que empuja al acto ». El origen de la palabra dataría de fines del S. XIV: “cauteres auctuaus”: “cautere” que actúa inmediatamente (desde luego nos viene a la cabeza la expresión “cauterizar en pierna de madera”) en español es equivalente a: « hacer una raya en el agua ». Entonces lo actual es también el tiempo del acto.

         Hace un momento hablaba del presente como lo que no se puede atrapar. Los griegos tenían sin embargo una palabra para hablar de la ocasión, del buen momento para el acto, el instante justo que no hay que fallar (como el tempo de la interpretación): “kairós”. Una palabra y una representación: a 'Kairós' se lo figuraba como un bello efebo que corría hacia delante (hacia el porvenir, pues), y peinado sólo con un modesto mechón de cabello sobre la parte delantera del cráneo gracias al cual se lo podía agarrar por ahí antes de que desapareciera en las añoranzas del pasado. En el vocabulario que tenemos de Lacan, este presente inalcanzable, imposible, ese fragmento tan fino, es lo Real. El presente es lo Real en acto.

         Eso actual, “que actúa inmediatamente”, como la cauterización, es decir, que surge en el fragmento infinitamente reducido del tiempo presente, es “un corte/costura” entre el futuro, lugar de lo imaginario, y el pasado (por el que se establece el campo simbólico). El presente como Real es lo que autoriza la distinción y el anudamiento entre pasado y futuro; sin Real, no hay distinción entre Imaginario y Simbólico. Hago un señalamiento clínico de pasada: esta definición de lo Real como fragmento de presente entre futuro y pasado, entre acto y temporalidad, me parece que se pone en escena –en una dimensión teatral tragicómica- en el momento existencial de la adolescencia. Tomar en cuenta este elemento para el trabajo analítico con los adolescentes modifica ciertamente las coordenadas (el encuadre, por ejemplo, no puede ser el mismo que con los niños o con los adultos)

 

                   Les ruego ahora un pequeño esfuerzo de imaginación: imaginen a Kairós, nuestro bello efebo griego, vestido de marinero con una bonita camiseta rayada en azul y blanco tipo marinero de Almodóvar. Bien, voy a plantear el marco que viene a continuación…

 

                   Algunos meses antes de morir, en Septiembre, Herman Melville acaba la redacción de « Billy Budd, marinero » con estas palabras: « Fin del libro, 19 de abril de 1891 » que escribe tras el último verso de la balada que cierra el relato: “Tengo sueño, y las algas viscosas me enredan”. Fin del libro, fin de la vida. Curiosamente habrá que esperar más de treinta años para que el texto que cuenta la trágica historia del bello efebo Billy Budd aparezca en Nueva York.

         « Billy Budd, marinero » es el relato de un acto que dio en la diana ahí – exactamente – donde falló la palabra.  Es un magnífico texto, escondido como una joya olvidada en el fondo de un cofre, que hace abrirse los cajones del espíritu como una memoria involuntaria. Tiendo a pensar que la homosexualidad del autor, H. Melville, hace con este texto una figura sintomática del retorno de lo reprimido.

                   La historia es simple: Billy Budd es un bello marinero. Su juventud, su fervor educado, su generosidad inocente, se reflejan sin sombra en la belleza casi milagrosa de su cuerpo de hombre. Enrolado a la fuerza en la Marina Real Inglesa, ocupa el puesto de gaviero de mesana. Aunque los seduce a todos a bordo del navío de guerra, el Maestro de Armas, Claggart, pronto exasperado por tanta sensualidad silenciosa, le tiende una trampa mortal denunciándole ante el Capitán Vere por un complot de amotinamiento. Éste convoca entonces a las dos partes y les hace que se expliquen. Cuando llega su turno, Billy queda afectado por un « mutismo convulso, mientras que su cabeza y su silueta tendían por completo hacia delante en un esfuerzo atroz e ineficaz por obedecer a la orden de hablar (p. 85)». El Capitán Vere intenta tranquilizarle: «no hay prisa, chaval, tómate tu tiempo» (volvemos a encontrar aquí la idea paradójica de “tomarse su tiempo”, del tiempo “tomado”, tomado “prisionero”, cautivo)  Billy redobla el esfuerzo por hablar y tras ello, de pronto agotado, dando «a su cara una expresión que era como una crucifixión (p. 86)», su brazo derecho surgió « tan rápido como la llama de un cañonazo en la noche” (¡acordaos del fuste del cañón que debe de enfriarse!). Claggart, el impostor enamorado, cae fulminado sobre el puente. Tras un delicado y largo debate de conciencia, el consejo de guerra da su veredicto: acusado de asesinato, se condenará legalmente a Billy Budd el marino a ser colgado al amanecer.

                   Sin embargo, desde las primeras páginas del relato, la línea del drama corría ya como el hilo rojo de los cordajes de esa misma Marina Real. En efecto, en un embarque anterior, Billy había respondido a un vulgar provocador con ese silencio suyo obstaculizante y una agresión violenta sin consecuencias legales. Por otro lado, aunque tuviera “tanta belleza masculina como puede esperarse ver por el mundo”, Billy Budd tenía también un defecto: “un fallo ocasional de la voz… bajo el efecto repentino de un fuerte y violento sentimiento, su voz… tenía tendencia a acusar una vacilación orgánica, de hecho una especie de tartamudez o algo aun peor(34)”.  Y Melville explica con aguda clarividencia del inconsciente que hay, en cada uno de nosotros, “un gran impostor, un envidioso saboteador… que nunca deja de deslizar su tarjeta de visita como para recordarnos: yo también estoy aquí por algo” (34/35). Este «envidioso saboteador” viene en el instante en que la palabra es llamada, en el momento en que surge lo que es verdaderamente importante, el momento trágico de la vida o de la muerte.

         El relato de Melville aporta sin duda un importante esclarecimiento acerca de la diferencia entre el acto y la acción, el actuar. Es sorprendente leer en el texto cómo, una vez reducido el acto a un actuar, Billy recobra la palabra: (93) « Si hubiera podido servirme de mi lengua, no le habría golpeado. Pero mintió… era necesario que yo dijera algo y no pude decirlo sino con un golpe». « Decir con un golpe ». No se puede describir mejor lo imposible que caracteriza al acto. La relación (in)actual entre acto y acción es siempre compleja y no puede desenredarse más que en el “après-coup”, fuera de la evidencia del ver. El célebre apólogo de los tres prisione
ros, en el capítulo sobre el tiempo lógico de los Escritos de Lacan, puede servirnos de guía. La conclusión del apólogo, el acto que puntúa el momento de concluir y conduce a los prisioneros hacia la salida, no pertenece propiamente al prisionero A más que a B o que a C ; los tres son idénticos, parecidos como “hablaseres” que son, por la gracia de la lógica significante. Y sin embargo, en el mismo movimiento, por la solución lógica -es decir el hecho de salir de la prisión- cada uno de ellos se convierte en sujeto singular: A diferente de B y diferente de C. Esto es el acto como ‘corte y costura’ que entraña la certeza (la de ser sujeto). Insisto: el orden lógico es tan inhabitual como importante; el acto PRODUCE la certeza que lo legitima. Al contrario, en el momento de pasar al acto, del actuar en el sentido de la acción, es la certeza la que funda la acción, como le ocurre aquí a Billy Budd, sin que el sujeto lo sepa. La certeza es la del lector. A sus ojos y a los del lector, Billy es inocente. Es inocente por su tartamudez y Claggart es un mentiroso en una aserción sin equívoco posible. No se puede decir nada más de esto. Esta evidencia en el relato es sin apelación, es la de la apariencia, la del ver, la del instante de ver.

 

Intervención: para no escaparnos del apólogo de los tres prisioneros, ¿no crees que esa certeza que les hace salir viene después de una vacilación? Lo que es contrario de la certeza psicótica…

 

S. Sabinus: estoy de acuerdo porque los dos tiempos de la vacilación en el tiempo lógico solo pueden pararse con la decisión del acto, sin certeza. Una vez acaba la vacilación es cuando llega la certeza de que el razonamiento lógico era el correcto. En el pasaje al acto es lo contrario, hay una evidencia, por ejemplo en Billy Budd se ve, él es inocente, es guapo, todo el mundo lo ama y del mismo modo todos sabemos que Claggart es culpable, es evidente que Billy Budd tartamudea, lo que lo convierte en inocente, no dice nada y le da un golpe. Esta evidencia que está en el relato, es el instante de ver. Me parece que en el pasaje al acto, en este actuar particular, el momento de concluir se estrella, se aplasta contra el instante de ver, mientras que en el acto, un acto que se plantea, el actuar, la acción se desarrolla según los tres tiempos lógicos.

 

Me parece muy importante señalar la importancia de la mirada en el necesario establecimiento de la diferencia entre el actuar (el del pasaje al acto, por ejemplo) y el acto (siendo su modelo el acto analítico).

Es el acto lo que pone término a los tres tiempos lógicos articulados, desplegados, según el sofisma de los tres prisioneros que Lacan dice haber inventado, a saber: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Es fácil captar que estos tres tiempos que describen la duración necesaria para el anudamiento de las instancias psíquicas (nombradas por Lacan: Simbólico/Imaginario/Real) quedan puntuadas al final por un acto; hay que señalar también que ese tercer tiempo del actuar del acto no debe faltar. Es un actuar urgido (y no urgente) por concluir que, repito, CONSTRUYE la certeza en la que descansa (lo que Lacan llama certidumbre anticipada).

En el lado opuesto está el actuar del pasaje al acto o del acto fallido, el del actuar que yo llamaría sintomático. Este actuar tiene que ver con un tiempo único, primero, reducido a la evidencia de lo instantáneo: el momento de concluir se aplasta bruscamente en el instante de ver. Está formado por un juego de miradas intemporal, un juego primero, por ejemplo un tiempo como el de la fascinación.  Melville hace de ello una descripción magistral: tras haber lanzado su acusación en presencia del Capitán Vere, Claggart, el odioso Maestro de Armas, da un paso adelante hacia la pálida cara de Billy: “(85)… los ojos del acusador que no abandonaban a los ojos azules dilatados, sufrían una transformación extraordinaria… Esas luces de la inteligencia humana perdían su humanidad y volvían a aparecer glacialmente como los ojos extraños de ciertas criaturas aún no clasificadas de las profundidades. La primera mirada magnética fue aquella fascinante de la serpiente; la última fue como el coletazo paralizante del pez torpedo”. Esla fascinación de la transferencia amorosa.

         Recordemos que fue la intuición de Freud en torno a la cuestión de la mirada lo que le hizo inventar el dispositivo del diván en la sesión…de forma más neurótica, Freud decía que estaba harto de que lo mirasen sus pacientes.

         Desde luego, y cada lector está violentamente sometido a ello, esta lógica de la apariencia tiene la fuerza del repudio, soberbiamente puesta en escena en la escritura del relato, del repudio de lo sexual. Melville, en efecto, no teme escribir a propósito del bello marinero: “No os podéis haber perdido su preciosa carita.  Quizá esconda una trampa humana (cepo)”. Y después, sobre el puente de mando, cuando Claggart, con « la varita como atada a su mano », furioso, salva pasando por encima de la sopa que desgraciadamente había derramado Billy, Melville escribe: « Deteniéndose, estuvo a punto de soltarle una fresca al marinero (p. 55) »; leamos el original ingles: « he was about to ejaculate something hasty… ». Doble sentido del verbo « to ejaculate « que se pierde en la mayoría de las lenguas: « eyacular y gritar » (Como jaculación en español) que nos devuelve a la función del grito en el lugar de las palabras. La metáfora no tiene lugar, les dije a propósito de Bacon: « la boca parece hendir la cabeza por completo »; y así es justamente como murió el Maestro de Armas, Claggart, con la cabeza hundida de un puñetazo ahí donde la boca calló. La ley restablecerá más adelante el tiempo de la palabra, restituyendo a lo simbólico su lugar, separándolo de un torturante imaginario (la imagen imperiosa del Hermoso Marino)

 

         Entre acto y acción está el momento de concluir y el instante de ver, el tiempo de la palabra fundante de lo simbólico y la ley en su distancia con la omnipotencia de la imagen, una palabra con estatuto de originaria, una palabra bíblica que enuncia: “y el verbo se hizo carne”.

         Me parece juicioso acercar aquí a Melville y Pasolini. Billy Budd fracasa ahí donde parece tener éxito el Visitante de Teorema, quizá del mismo modo en que Melville y Pasolini se sitúan de manera radicalmente distinta con respecto a la homosexualidad.

 

Un paréntesis sobre el apólogo de los 3 prisioneros: Lacan dice que inventó este apólogo justo después de la guerra y creo que es suficientemente fino para que se pueda vincular con lo que quiere decir. ¿Qué quiere decir tener una marca de color en una prenda, y más cuando es cuestión de vida o muerte? En el apólogo, el instante de ver ser&ia
cute;a aquel en el que un prisionero vería los dos discos negros y saldría. El tiempo para comprender consiste en hacer el razonamiento lógico, pensar lo que pasa en la mente del otro prisionero. El primer tiempo de vacilación es que los tres van a razonar del mismo modo, los tres se levantan al mismo tiempo y cada uno se dice: me he equivocado y se vuelven a sentar y vuelven a empezar el razonamiento. Lo que muestra Lacan es que tras dos vacilaciones, la única forma de llegar a la certeza es decir: ‘Me equivoque o no, se acabó, diré que tengo un disco blanco y saldré’. Tras el acto, el Director confirmará que tiene detrás un disco blanco. La confirmación vendrá luego en el après-coup. Lo que me interesaba es la diferencia entre las dos formas de actuar. La que corresponde al acto toma un tiempo, tiempo para que se desplieguen el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Un ejemplo, el acto de decidir hacer un análisis, nunca nadie comienza un análisis inmediatamente, hace falta tiempo para hablar, un cierto número de veces y después viene un tiempo de concluir muy importante, que no se puede calcular, no se sabe cual es el momento preciso, que solo se puede determinar a posteriori. Es un momento decisivo, eso es el acto analítico.

 

Volvemos a Pasolini y a Melville. Esta distancia entre los dos autores se despliega en torno al mismo tema, el de la ausencia radical de relación que pueda escribirse entre los sexos. El Visitante de Pasolini –que es el acto sexual en tanto actuar- repite en todos los sentidos del término la soledad del ser humano, la del “hablaser”, precisamente dividido en cuanto que es sexuado. En cuanto a Billy Budd, todo el relato está movido por el repudio radical y violento de lo sexual. En el relato de Melville no hay sexualidad, Billy Budd es hermoso, seduce a todos pero por su amabilidad, el texto respira la sexualización de las relaciones de la gente del barco cuyo culmen es Claggart. Mientras en Pasolini, está el pasaje al acto, no hay amor en el sentido de lo que se despliega en palabras, hay pasaje al acto que se repite. En Melville no hay pasaje al acto sexual, hay pasaje al acto pero en otro registro. El uno y el otro, entre el acto « fallido » de Billy Budd (es decir, un actuar efectivo) y el actuar multiplicado del Visitante, dejan leer entre líneas lo Real sexual que está en el corazón de esta realidad de la que querían apropiarse F. Bacon y Céline («el meollo»). Con Billy Budd no es tanto la homosexualidad lo repudiado, lo retirado en vivo del escrito, como el hecho de la sexualidad en tanto Real en lo vivo de la realidad. Desconocerlo, hace bascular el acto en un actuar sin palabra, fuera de lo simbólico, fuera de la ley. Con el Visitante de Pasolini, su paso desvela la soledad de cada uno, luchando con los movimientos solipsistas del deseo.

Es el mismo efecto de la belleza en los dos. Una especie de ángel/demonio, como es la belleza en el Visitante de Pasolini. Lo que es inquietante en Billy Budd y da fuerza a la narración, es la increíble injusticia. Se tiende a pensar que en el consejo de guerra van a darse cuenta que es inocente y sin embargo lo condenan a ser colgado.

 

         En 1971, en su seminario « Ou pire » Lacan se ocupa de Aristóteles y de su principio fundamental de no contradicción. La palabra humana, sostiene el filósofo, es una palabra dirigida a otro para hacerse escuchar, para hacerse comprender; la palabra es antes que nada comunicación de sentido. Aristóteles enuncia entonces su principio de estricta equivalencia entre decir y significar, para Aristoteles es imposible que dos palabras tenga dos sentidos diferentes:« Imposible pues que lo mismo pertenezca a la vez a dos campos diferentes, es necesario que eso sea lo mismo para uno mismo y para otro, es el sentido del principio de no contradicción». Y bueno, lacan dice que eso es “francamente idiota”. En efecto, sostener la existencia (o ex-sistencia si se quiere) de lo inconsciente implica esto: que hay lo Real en el fondo de esta realidad que impregna nuestras palabras de buen sentido; hay lo real en el fondo de todo lo que se intenta comunicar. Lo Real que impide su buen funcionamiento unívoco («un gran impostor, un envidioso saboteador» escribía Melville, genial intuición), en tanto que este Real – lo sexual – está siempre presente y siempre en acto en cada enunciación. Freud calificó a lo sexual de traumático, y ello para insistir en la lengua traumatizada por no poder evitar el “sentido sexual” que esta siempre ahí. El principio de discurso de nuestro lazo social –enuncia Lacan entonces-, no es la « estupidez » aristotélica sino esto: «que no hay relación sexual». Es decir, no hay real en tanto sexual que pueda escribirse. Es un « hay (de lo Real como sexual) » que no puede enunciarse sino bajo su forma negativa, en tanto que lo Real/sexual no puede escucharse sino bajo la forma de su repudio, su rechazo, su olvido, sólo se puede ver, como en el caso del Visitante, por su proliferación. Y Lacan prosigue:«La función esencial del lenguaje es llenar todo lo que deja abierto el hecho de que no hay relación sexual, lo que es como decir que ningún escrito puede dar cuenta de ello».

Lo sexual, descubre Billy Budd, no se escribe, es un acto. Para Billy, lo que no se “exclama/grita” (del verbo « s’écrier »/s’écrire, en inglés « to ejaculate », en francés se escucha tras ese exclamar homofónicamente “escribirse”) golpea con un puñetazo. Como el Visitante de Pasolini, él es la encarnación, la puesta en escena trágica de « el verbo se hizo carne ».

 

                   A través de esta palabra mágica, bíblica, henos aquí conducidos para terminar al campo de la cura analítica. Lacan nos previno: “desconocer lo que es el acto analítico” –dice en su Seminario ' el Acto analítico'-, “conduce a la negación de la posición analítica”. Lacan nos invita  a preguntarnos sobre el acto analítico y sobre su diferencia con la acción. En la cura la acción esta suspendida en beneficio de la palabra, único acto permitido. Hay analistas que desaconsejan a sus analizantes tomar decisiones importantes para su vida. Y eso para permitir a todos los elementos pulsionales en juego, en lugar de evacuarse en la vida, concentrarse en el campo de la cura. Lo pulsional en juego debe quedarse en el campo de la transferencia. Una certeza, clínica esta vez: el acto no puede ser llamado analítico sino en el marco de la transferencia, es decir, en tanto que la palabra dirigida al analista lleva en el presente las huellas no sabidas del tiempo. El analista, al leer estas huellas, las restituye en su dimensión de ciencia ficción, su dimensión intemporal, siempre en el presente. El acto analítico se describe pues por lo que hemos señalado hoy: la dimensión del presente en tanto Real, su función de ’corte y costura’ que autoriza la diferenciación entre el futuro de lo imaginario y lo simbólico en el pasado como siempre ya presente.

  &nb
sp;      A esta lógica actual/inactual del inconsciente, responde la lógica de lo (in)actual en la sesión (y por lo tanto en la cura). En efecto, se trata de plantear el acto analítico como ese acto que señala en la palabra que circula ese juego de actual/inactual tanto en el campo de la temporalidad (y se ha visto cómo la memoria involuntaria solicitada en la cura por la asociación libre permitía el volcado sobre la cuenta del pasado lo que tomaba indebidamente el tiempo de la transferencia), como en el campo del acto (pienso aquí en la localización de la repetición por parte del analista) –  lo que Melville notaba ya con precisión en su relato: “¡el acto actual es ese real siempre ya sexual, siempre ya realizado!”).

         El acto analítico es siempre pues interpretación. Participa de un decir a partir de que el analista interviene, ya sea cuando determina el principio de la cura en su precisión cronológica, o el final de la sesión en lo incierto de la interrupción, o el señalamiento de un significante, o el despliegue falsamente explicativo de una construcción… Es un decir que corta y que yo llamo de ‘corte y costura’. En la sesión del 20 de diciembre de 1977 (en el seminario que lleva el nombre de mi intención… “El momento de concluir”, Lacan enuncia lo siguiente: « El analista corta. Lo que dice es un corte, es decir que participa de la escritura». En efecto, es la necesaria y contractual suspensión del actuar lo que autoriza a la puesta en evidencia de la palabra como acto, acto Real en su (in)actualidad.

 

Intervenciones: Se comenta la densidad del texto y los efectos de metáfora del mismo lo que requiere un tiempo de elaboración.

 

Intervenciones: sobre la cuestión de cuando se jubila el analista y sobre el libro 'Vieillir' (envejecer) que versa sobre la retiradade los psicoanalistas.

 

S. Sabinus: ese libro no tiene nada que ver con envejecer, es sobre todo psicología que por otro lado se vende bien. La pregunta es importante, primero trabajo en ello y segundo no se puede evitar. Es también el equivalente de la pregunta del paciente por cuanto va a durar este análisis. Tomemos el tiempo que necesitemos. Para mi puede ser que yo pueda tomarme el tiempo para decidir cuando dejar de ser analista, como decía el capitán de Billy Budd: “tomate tu tiempo”, no hay urgencia.

 

Intervención: una vieja analista respondió a la pregunta de porque no dejaba de trabajar con la pregunta: ¿pero quien va a venir a verme sino?

 

S. Sabinus: ¿no es el mismo tipo de respuesta cómico trágico de F. Raynaud: “un cierto tiempo”? A veces estamos en lo cómico y a veces en lo trágico.

 

Intervención: pregunta sobre el tema del 'corte/costura', ¿Esa costura supone que se anuda de otra forma?

 

S.Sabinus: Hubo una demostración en el trabajo de Roque de ayer, como este corte…este corte en el síntoma entre la identificación por un lado y el goce por otro, por la interpretación de la letra permitía otra costura, ya no estamos en el corte estamos en otra costura, por eso el comentario de Philippe me pareció muy interesante, el analista no es un psicólogo ni un psiquiatra, es mucho más, es un artista, hay algo de la creación, también por el lado del analizante, quien puede y debe crear.

 

Vuelvo a algo que me paso por la mente después del comentario sobre la vieja analista…..Una anécdota sobre envejecer y el tiempo y los viejos analistas, y los efectos de transferencia, es sorprendente cómo una mujer bella y joven puede enamorarse de un analista viejo. Lo que me vino a la mente es la extrañeza  de una mujer con más de 70 años que me dice que no va a hacer un análisis, dice: “todo esto se acabó hace tiempo para mi”, ¿qué es lo que se acabó? Es ese cierto tiempo. Su tiempo de estar viva, es verdad que no es calculable, pero tampoco estamos en el pasaje al acto.

 

Intervención: está también la fantasía de que se muera el analista, tengo que terminar rápido que se me muere el analista.

 

S. Sabinus: Si, es el acto de concluir, tenemos tiempo pero vamos a darnos prisa…

 

Intervención: ese momento en el que el prisionero se dice: ya está bien de vacilar voy a concluir. Hay algo del pasaje al acto ahí. ¿Cual es el matiz?

 

S. Sabinus: el acto se define un poco como el actuar a ciegas, pero el momento de concluir es ya un acto de conclusión, viene después de unos tiempos lógicos. El pasaje al acto tiene la fuerza de la evidencia, que no se puede equivocar porque se ve, es evidente. En el momento de concluir hay algo lógico, las vacilaciones, ambas hacen que haya algo que el prisionero comprende y en segundo lugar hay que salir. La incertidumbre del ‘hay que salir’ viene de la lógica del si no haces nada esto seguirá al infinito. Eso me recuerda cómo se hacen los finales de análisis con los analizantes, a menudo dura mucho, desde que empiezan a hablar, hay vacilaciones: “…las próximas vacaciones ya no voy…no se…¿me desenvolveré solo?” Pero hace falta concluir, es un momento que pertenece totalmente al analizante, pero es incalculable.

 

En el ejemplo de Freud  del Hombre  de los lobos, Freud  quiere que él recupere el recuerdo de la escena primitiva y éste no quiere, y Freud  toma una solución radical…le da un año….se ve en el desarrollo de la cura, hace falta un desarrollo del tiempo. Hay una inquietud particular de Freud, es grave y es que no se preocupaba de su paciente sino de su teoría. Al mismo tiempo Freud confrontado a la pregunta de cuanto va a durar el análisis tenía una respuesta genial: “Cómo quiere que yo sepa lo que va a durar si no se a que velocidad avanza usted”, eso contrasta con el año que le da al Hombre de los lobos para que encuentre el recuerdo.

 

Intervención: Sobre como los otros pueden hacer que se precipite el acto. Por ejemplo la que se queda embarazada porque las amigas o las hermanas lo hacen.

 

S. Sabinus: Eso es pasaje al acto, es el instante de ver. Si la otra está embarazada yo también e incluso tener el hijo antes.

 

Intervención: En el tema de los prisioneros y en el tema de dejar de trabajar como analista hay implicado el tema de la muerte..de la muerte del deseo.

 

S. Sabinus: Esta el deseo de vida y de muerte, la cuestión para mi no es entre deseo y muerte sino entre deseo de vivir y deseo de morir.

 

 

SERGE SABINUS

Analyse Freudienne

Paris/ Madrid  mayo 2013 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SHARE IT:

Related Posts

Leave a Reply

You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>