El uso de la lógica del inconsciente para escuchar el síntoma y construir el fantasma

Les propongo volver a recorrer los pasos lógicos constituyentes del campo freudiano con el fin de caracterizar la lógica del inconsciente. Partiremos de la premisa siguiente: la lógica de lo inconsciente no es la lógica de lo consciente.
Me interesa hacer énfasis en el tipo de demostración al cual Freud recurre para establecer su tesis del inconsciente. El razonamiento que Freud despliega para delimitar el campo del psicoanálisis como disciplina autónoma, tiene un valor epistemológico. Pero, para Lacan, el invento del psicoanálisis, no solo ha modificado para siempre el conocimiento del hombre sino que ha instalado un nuevo tipo de relación entre los hombres mediante la práctica social del discurso analítico. El discurso analítico ha cambiado las relaciones intersubjetivas y el proceso de subjetivación para las personas que se reconocen en aquel lazo social.
¿Cuales son las consecuencias subjetivas y sociales que este discurso inédito hace emerger al final del siglo diecinueve?

1. La ruptura epistemológica con la neurología.

Comenzaremos por comentar los fundamentos teóricos y clínicos del psicoanálisis. Freud era neurólogo. Pero tuvo el coraje de poner en cuestión su saber médico para provocar una fisura en el conocimiento de la neurología y mediante este acto de corte, abrir un campo clínico nuevo con respecto al tratamiento psíquico. Es más, el mismo no oculto sus errores terapéuticos. Freud no solo aceptaba equivocarse sino hizo públicas en su obra sus equivocaciones. Esta actitud es propia de la posición clínica del analista porque este debe técnicamente ignorar su conocimiento académico. Es lo que llevo a Lacan a proponer el requisito para el analista de operar a partir de una “ignorancia docta”. Vamos a ver de qué se trata.
La primera afirmación freudiana señala que la parálisis histérica, si bien se parece a una parálisis neurológica, no es neurológica. Así lo señala Freud:”…afirmo yo que la lesión de las parálisis histéricas debe ser completamente independiente de la anatomía del sistema nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis y demás manifestaciones como si la anatomía no existiera o como si no tuviese ningún conocimiento de ella…, intentaremos demostrar que puede haber alteración funcional sin lesión orgánica concomitante… “ (1)
El uso de la metáfora neurológica, empleando un verbo condicional, la conjunción condicional de comparación, como si, articulada con la negación establece una proposición de la índole: es aparentemente neurológico pero no es neurológico. Finalmente, la sentencia es irrevocable. Freud señala que “La histeria es una neurosis en el más estricto sentido del término, lo que quiere decir no sólo que esta enfermedad no puede descubrirse ningún cambio perceptible en el sistema nervioso, sino que no debe esperarse de cualquier refinamiento de las técnicas anatómicas la revelación de tales cambios”. La neurología se topa con un saber imposible; es decir un real.
Así, vemos que la primera ruptura epistemológica del psicoanálisis, es la ruptura con la neurología. El gesto freudiano fractura el conocimiento de las enfermedades mentales y del encéfalo indicando que para entender la histeria es imposible que el saber médico pueda explicarlo. La ciencia médica queda amputada de una parte de su conocimiento cuando se trata de la histeria.
Podemos deducir de este razonamiento la conclusión siguiente: la histeria no es una enfermedad. El mismo razonamiento puede ser aplicado a la neurosis obsesiva y a la fobia. Las neurosis no son enfermedades. Y por extensión, la depresión no es una enfermedad, la esquizofrenia no es una enfermedad etc.
Ningún síntoma psicopatológico que responde a la condición de ser un retorno de lo Inconsciente es signo de una enfermedad.
De ahí, la conclusión general se impone: las neurosis, las psicosis y la perversión no son enfermedades.
De modo más amplio, es el discurso médico mismo que está cuestionado a partir de la subjetividad del histérico. En efecto, el discurso médico se caracteriza por un tipo de lazo social que implica una relación de poder de tipo dominación – sumisión. Cuyo método requiere el mando del médico y el silenciamiento de la palabra del paciente. Lo que puede decir el paciente, pensar y opinar sobre su enfermedad no tiene ninguna validez porque la enfermedad descansa sobre un sistema semiológico cerrado constituido de signos encadenados entre sí requerido para hacer el diagnóstico. Es más, metodológicamente la opinión del paciente no debe tener validez incluso en los casos donde el médico podría equivocarse. Ciertamente, el método científico requiere expulsar al sujeto de su procedimiento. Sin embargo por una razón de posición subjetiva, los histéricos subvierten el discurso médico, tomando la palabra como si dijeran al médico:” no puedes saber cuál es mi sufrimiento y por eso no puedo aceptar someterme a tu poder”. Históricamente, al final del siglo diecinueve, las histéricas desenmascararon al amo oculto detrás de la capa blanca del higienista. Bastó el oído de Freud para escuchar el discurso del histérico. Esta escucha en silencio provoco una ruptura en la relación médico – paciente revelando que un nuevo discurso social estaba naciendo. Es el momento de la génesis del discurso analítico. Este postula que el paciente tiene un decir que insiste en ser reconocido. Es como si la voz de sujeto dijera: “yo, en tanto sujeto hablo, te pido dejarme hablar y escúchame, incluso si no me entiendes. Busco un lugar para poder hablar de mí, por fin, porque nadie me escucha. Tú eres el único que me lo permite. Por lo tanto, debes escucharme en silencio.” Le contesta el analista: dime todo lo que viene a tu mente sin seleccionar tus pensamientos o censurarlos por motivos morales o intelectuales porque puedes descubrir un saber que ignoras pero que te conducirá a decir la verdad. Yo como analista, voy a ignorar mis conocimientos académicos para que tu verdad pueda ser dicha desde tu propia palabra aunque sea dicha a media. El paciente que se analiza y se interpreta a sí mismo, Lacan lo llamará: el analizante. Así nace el discurso analítico a partir de la relación analista-analizante.

2. La ruptura epistemológica con la psicología.

Instalándose en el campo de la palabra, Freud instituye el inconsciente en el psiquismo. Y señala: “No pedimos para hacerlo más que el permiso de pasar al terreno de la psicología, imposible de eludir cuando de la histeria se trata.” Podríamos pensar entonces que la histeria es un fenómeno psicológico. Pero, resulta ser una extraña psicología porque su causa no es consciente y por lo tanto la ciencia psicológica no alcanza a explicarla. El saber universitario constituido de la psicología se muestra impotente para responder a la pregunta del paciente histérico. Porque, si bien la causa es psíquica no es consciente. Así lo señala Freud: “Considerada psicológicamente, la parálisis del brazo consiste en que la concepción del brazo queda imposibilitado de entrar en asociación con las demás ideas que constituyen el yo. La lesión sería, pues la abolición de la accesibilidad asociativa de la concepción del brazo. El brazo se comporta como si no existiera para el juego de las asociaciones…”
En el pensamiento del paciente hay una falta de representación que impide las asociaciones de ideas y por tanto la motricidad. Freud recurre al lenguaje de la traumatología pero distorsiona su uso conceptual para usarlo como metáfora en el campo psíquico. Es como una lesión de órgano pero es una lesión psíqui
ca, una lesión de la representación. Falta una representación en la conciencia. La conciencia queda agujereada. En la histeria la conciencia pierde su totalidad armónica porque queda recortada por una representación que se desplaza hacia otro lugar, hacia el inconsciente. El Inconsciente es la parte que le falta a la conciencia. Puede formularse el lema del concepto de lo real lacaniano: lo inconsciente es el no todo de lo consciente. Hay un imposible para hacer totalidad en el psiquismo. Su división es un rasgo de la estructura.
Así, la segunda ruptura epistemológica se produce en el seno de la psicología misma. El psicoanálisis se parece a la psicología pero no es psicología de la conciencia. ¿Qué es? Bueno, hasta aquí podríamos decir que el psicoanálisis es una psicología del inconsciente. Pero el inconsciente no se aprehende mediante el conocimiento universal sino a partir del saber particular y singular del sujeto. La teoría del conocimiento no sirve para explicarlo. Por consecuencia, el saber inconsciente está por fuera del discurso de la universidad. La universidad no lo puede ni archivar, ni clasificarlo, ni administrarlo. El saber y la verdad del inconsciente no se encuentran en las unidades académicas de los programas de los cursos universitarios.
La lesión psíquica deja la marca de un trauma en la memoria. Hay un trauma reprimido en la memoria inconsciente. El responsable del trauma es el padre que ha cometido un incesto y dejo para siempre en la memoria de la niña el recuerdo olvidado del abuso sexual. Sin embargo, más adelante, Freud rectifica, en verdad, no es su padre sino una construcción de un padre imaginario violento. Este último es el agente de la castración. Así, este padre primitivo es un padre pero no es su padre. Es el padre muerto que solo dejó su nombre mediante el significante del Nombre del padre. Concluimos que el padre del trauma no es su padre porque el abuso sexual es imaginado. En consecuencia, el trauma no es real sino fantaseado. El trauma es un fantasma. Y cuál es la función del fantasma sexual sino aquella que despierta nuestro deseo sexual.
En síntesis, el traumatismo infantil de la violación es el modo imaginario de la niña de representar fantasmáticamente su castración femenina. Trauma y deseo inconsciente son la dos cara de la falta provocada por la castración. En este lugar, se deposita una fantasía sexual infantil. La sexualidad infantil unisex topa con una imposible integración en la sexualidad fálica de la diferencia de los sexos. Entonces, el inconsciente es sexual pero no hay relación sexual porque no hay congruencia entre la sexualidad infantil pulsional y la sexualidad fálica en el complejo de Edipo.

Conclusión: la histeria no es neurológica, no es psicológica, su causa no es consciente. Su etiología se explica por una represión de un trauma sexual infantil que no ha sido real. Es más, el padre incestuoso no es su padre. La sexualidad pulsional no es la sexualidad fálica. Es la pulsión que excita la sexualidad infantil, en cambio, es el deseo que sostiene la sexualidad Edípica. Por este motivo no hay relación sexual. Es más, el deseo es imposible porque no encuentra el objeto adecuado para satisfacerse.

El uso argumentativo sistemático de la negación en la práctica teórica freudiana aplicado al discurso médico y al discurso de la universidad hace emerger un nuevo discurso donde es el sujeto que se coloca en la posición dominante. Nace el discurso del histérico en la modernidad positivista. A partir de su escucha el inconsciente es reconocido como lugar de las identificaciones del sujeto y puede ser interpretado. Esta es la génesis del discurso analítico.

3. Viñeta clínica.

Veamos cómo funciona el recurso a la negación en la escucha del analista. La paciente es una joven de veinticinco años. Es derivada a mi consulta por el psiquiatra tratante del hospital psiquiátrico de la región donde fue internalizada con una indicación de psicoterapia para complementar su tratamiento farmacológico.
La paciente trae un diagnóstico psiquiátrico que identificó sucesivos trastornos mentales: trastorno de personalidad, trastorno bipolar mixto, esquizofrenia con alucinaciones, anorexia, intento de suicidio. Primero, yo pienso que lo que indica el diagnóstico psiquiátrico no es eso. Es mi manera de pensar su cura a partir de la negación: su síntoma no es un trastorno mental. Claro que no, porque para el psicoanálisis el síntoma es una metáfora del sujeto del inconsciente. En la primera entrevista preliminar, la paciente refiere espontáneamente diferentes síntomas como bruxismo, contracturas, desmayo y muchas somatizaciones, entre otras: colon irritable y contracción de la garganta. Pienso ¡Ah! Reconozco los síntomas conversivos típicos de la histeria. Me viene esta reflexión: ¡Cómo es posible, que el psiquiatra pudo equivocarse tanto de diagnóstico. Seguro, está sesgado por el uso generalizado del DSM IV que ha empobrecimiento la clínica médica. El psiquiatra confundió la histeria con la esquizofrenia, porque hoy, no escucha el inconsciente. No es trivial equivocarse de diagnóstico. Tiene consecuencias concretas para el paciente. De hecho, esta joven tuvo que tomar neurolépticos y litio durante un año. Vivía encerrada en su casa sin poder hacer nada. Harta de haber vegetado en un estado de sopor y de haber perdido su tiempo, acude a mi consulta. Quiere despertarse.
Además, ella refiere labilidad emocional y gran inestabilidad de su estado de ánimo: presenta repentinamente rabia, pena, crisis de llantos, angustia, indiferencia, euforia. Opino, que algo anda mal en la función del sujeto del inconsciente. Entonces, pienso que no es una histeria per sé, debe ser una depresión histérica. Persisto en afinar el diagnóstico.
Bueno, como en psicoanálisis hay que ubicar al analizante en relación con su subjetividad le pregunto lo que ella considera lo más molestoso en su sufrimiento y lo que le interesaría trabajar en análisis. Me contesta que lo que más la afecta es un temor permanente y cotidiano a estar en relación con gente. Por ejemplo, en el bus, en la disco o en los conciertos. Realizo, entonces, que refiere una fobia a la multitud. Debe ser una fobia social. El diagnóstico se complejiza. No es exactamente una depresión histérica sino una depresión fobo-histérica. Pero además, ella precisa que también en familia no soporta el contacto físico como los abrazos e incluso los besos. Se agrega entonces una fobia al contacto físico. Trato de hacerle precisar su temor. Ella lo describe así “es cuando la gente y en especial los hombres al acercarse a ella hacen un gesto de tocarla o de agarrarla por la cintura”. Esta fobia es un impedimento para desarrollar sus relaciones sociales y sobretodo relaciones íntimas. Por cierto, ya no va a la disco, ni al concierto y tiene un brote de angustia cada vez que toma el bus. Es molestoso. Pero además dice que no puede tener intimidad con un hombre, ni intercambiar besos. Estos dos últimos motivos entrañan una consecuencia dramática: ella no puede pololear. A partir de este momento no pienso más en el diagnóstico estructural porque no es eso. La joven me está hablando de sus dificultades de amor y de su sexualidad. Entonces, recuerdo la frase de Lacan, en el seminario XIX, que dice: “yo te pido rechazar lo que te ofrezco porque no es eso”. (2) Ella me habla del amor imposible por su pololo, amor que pasa a ser dicho en transferencia. Como lo señala Lacan, el discurso del analizante es justamente eso: la demanda que hace el paciente al analista. Pero, se trata de reconocer que lo que se pide no es eso. Lacan explica que la frase “No es eso” es el objeto a, es este objeto perdido desde el origen. Desde esta falta surge el deseo. Así, el objeto a no es el objeto de la demanda porque toda demanda traduce un deseo de vacío. Este vacío es la causa del deseo que tiene su punto de origen en los objetos de las pulsiones. El sujeto hace la demanda de estos objetos. Pe
ro justamente el objeto a es lo que viene en el lugar de la radical diferencia sexual que Lacan formula como que “no hay relación sexual”. Porque no es eso, lo que yo deseo. La demanda no puede saber cuál es el objeto del deseo. Lo que te ofrezco no es lo que tú deseas, te pido rechazarlo. ¿A caso no es lo que la joven intenta decir? Confundió el objeto del deseo con el objeto de la demanda de amor. Y en el campo de su sexualidad, estaría preguntándose ¿Qué es ser una mujer en el acto sexual? ¿Puede haber relación sexual entre una mujer y un hombre? ¿Hay relación entre el sujeto y el Otro sexo? Su síntoma sería un mensaje que intentaría a su modo, modo neurótico por cierto, de rechazar a su pololo como objeto que colma su deseo. Como el amor y la sexualidad son cuestiones de discurso, el sujeto requiere ser oído. Decido escucharla sin más conjeturas.
Muy amada en su familia. Todo el mundo, le da un cariño especial. Sin embargo le apesta tanto cariño. Porque tanto amor la ahoga. Se siente invadida física y mentalmente. El Otro la asfixia por el exceso de goce que circula en sus relaciones familiares. Se siente identificada a ser objeto de la demanda de amor de su madre, de su padre, de su abuela.
La relación con su cuerpo es, sin duda, peculiar. Es una joven muy linda, alta y delgada, tiene el semblante de una modelo. Pero le gusta tener un cuerpo de niña. No le gustan las curvas de mujer. No le gusta el desarrollo sexual de las mujeres. Le gusta tener un cuerpo musculoso, con el abdomen tonificado como las atletas. O sea para resumir, me dice que quiere tener un cuerpo de mujer con abdominales de hombre en el cuerpo de una niña. Busca tener un físico perfecto. Las paradojas de los significantes de su imagen del cuerpo dibujan una lógica paraconsistente elástica como la lógica del psicoanálisis. Hace de su cuerpo una imagen fálica sin defecto. La represión de la castración femenina sostenida por su narcisismo imaginario retorna en una erotización de las pulsiones. A esta altura me resigno a no entender la coherencia de su palabra.. Sigo escuchando sin más.|
En la sesión siguiente me relata una pesadilla. Vio la sombra de un hombre grande y alto que viene encima de ella; ella estaba durmiendo acostada en la cama, y ese hombre la zamarrea. Me cuenta que todas las noches tiene temor que alguien entre a su habitación para tocarla. En el estado hipnagógico siente que la aprietan fuerte el brazo; es una sensación real. De chica tiene el temor que una mano, un brazo salga por debajo de la cama, de alguien que estaría escondido debajo, la asalte, la ahorque e incluso podría violarla (fantasma de violación).¿Ah!, Sí? Contesto. Entonces le pregunto si su temor al contacto físico con la gente podría provenir de esta angustia de ser atacada o violada por un hombre. La paciente me contesta: puede ser. Este es el momento de la interpretación. La analizante reconoce que su fobia es la metáfora sintomática del fantasma de violación es decir una metáfora de la castración femenina. El síntoma es la metáfora de la castración. La interpretación al revés deconstruye el significante del síntoma (tocada, agarrada) y lo sustituye por el significante del fantasma (violada).
En la sesión siguiente, la joven continúa su relato angustioso. Me cuenta que tiene demonios internos. Ellos le tocaron repentinamente el pubis o sino el cuello durante el sueño. Ser abusada por un ser sobrenatural no es lo mismo que ser violada por un hombre. Lo siniestro que asoma en este sueño es el retorno de lo real. Es un goce terrorífico que da cuenta que la pulsión se ha desprendido de lo simbólico y ha contaminado lo imaginario. La paciente cuenta detalles con respeto a su angustia sexual. Cuando inicio un pololeo ella pensaba demasiado en el hombre. Se sentía dependiente de él, y él se metía en sus cosas. Entonces somatizaba. Cuando le gusta alguien, ese alguien se mete en su mente, a posee, se siente presionada, exigida o se auto presiona. Entonces salen los demonios y ella se angustia. Pasa lo mismo con sus padres cuando ellos le hacen muchas preguntas. Le produce asco los besos y la promiscuidad. Ella huye de los jotes porque son gentes muy usadas por otras personas (escucho un fantasma de prostitución). Hay gente pendiente de saltar encima de ella (fantasma de violación).
Finalmente, la dirección de la cura consistió en que me hable de todos estos temores y síntomas de conversión. De este modo deconstruye sus síntomas y construye progresivamente el fantasma de castración que la angustia. El primer movimiento subjetivo que note es que al hablar ella se está dando cuenta que sus temores no provienen de la realidad exterior sino de miedos internos subjetivos. Son imaginarios. Que su pregunta sobre lo femenino es simbólica. Y que el retorno de los demonios es lo Real. La analizante analizo su estructura: Imaginario, Simbólico y Real. En síntesis, hizo un recorrido subjetivo a partir de una posición inicial, ser objeto de la demanda del Otro. Lo segundo consiste en avanzar progresivamente hacia el desvelamiento de su fantasma de violación reprimido. El levantamiento de la represión se realiza mediante la simbolización de la castración. En las sesiones que siguen constato, junto con ella, que la angustia disminuye. También, los síntomas de conversión tienden a desaparecer. El efecto terapéutico se explica porqué su relato ha tomado un valor simbólico producido por la escucha del analista que ha permitido al sujeto modificar su posición frente a la castración.
Para sostener el deseo de analista tuve que suspender mi conocimiento de la psicopatología e incluso del diagnóstico estructural. Escuchar el inconsciente hoy es posible a partir de la negación de todo significante amo que fijaría el sujeto en un tiempo inamovible y eterno. A mi modo de ver, en cuanto a la función lógica de la negación, habría que considerar tanto la negación empleada por el paciente por su función de defensa contra el reconocimiento de su inconsciente como la negación usada por el analista como método de interpretación. Del lado del analista, el manejo de la negación en la escucha analítica prepara y posibilita la interpretación. Del lado del analizante, el uso de la negación puede servir como recurso en la búsqueda de la verdad. Así, es posible analizar la producción discursiva del analizante en términos de negación sucesiva, diacrónica, sistemática y distorsionante, que, en resumen, tiene por resultado producir una serie infinita de proposiciones que se contradicen entre sí permanentemente. Al final de un análisis, tiene como el resultado la palabra del analizante que se presenta como el desplazamiento permanente de un proceso de negación, lo que al final, permite obtener el relato completo de una cura psicoanalítica. De ser así, la práctica analítica revelaría que el uso de la negación en la palabra del analizante es, sorprendentemente, análogo al método de la asociación libre y de modo aún más inesperado, del lado del analista, es análogo a la interpretación.

(1) Freud S. Estudio comparativo entre las parálisis motrices orgánicas e histéricas (1893)
(2) Lacan J. El seminario XIX, “O peor…” (1971-1972)

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