Lacanoamericana octubre 2013.

Interpretar es un acto y no hay día en que algún analista no se pregunte si debía decir lo que ha dicho, si era el buen momento o, incluso, si en lo que ha dicho no habría una parte de su subjetividad en juego.
De ahí sin duda la pregunta incisiva que se plantea todo analista: el lugar en el que me he colocado ¿no es acaso un lugar de impostor, un lugar inducido? Y, en el fondo, ¿qué es lo que me autoriza verdaderamente a decir lo que acabo de decir en el momento de la interpretación?

Me parece que es así como se plantea la cuestión del acto en su relación con el deseo y, sobre todo, de ese horror del que hablaba Lacan en la clausura de su Escuela: «El analista tiene horror de su acto». Es un momento en que el analista, a partir del momento en que se autoriza, se encuentra en una soledad absoluta que le hace experimentar esa irreductible singularidad del acto. El estilo con el que la interpretación será dicha y el momento preciso de hacerlo, no pueden decidirse nunca por adelantado y los efectos no serán evaluables sino après-coup, en ese nachträglisch cuyo uso Freud supo transmitirnos muy bien.
Evidentemente, entre acto y pasaje al acto no hay más que un paso y sin duda esto es lo que el analista encuentra sin cesar en la responsabilidad que le incumbe respecto del significante.
Pero después de todo, ¿no nos acostumbra la interpretación analítica a que la verdad del deseo no se revela sino al desplegarse los imposibles en la confrontación con lo real?
Sin duda es en este punto donde tendremos que diferenciar la interpretación con o sin relación con la realidad subjetiva que, según la elección efectuada por el analista, dirigirá la cura hacia ese real fuera de lo simbólico donde dejará al sujeto confrontado con su propia subjetividad.
Curiosamente, la interpretación no figura como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis que Lacan extrajo de Freud; sin embargo no se puede disociar el concepto de inconsciente del de la interpretación puesto que son íntimamente solidarios. Además, Freud calificó la interpretación como herramienta esencial por excelencia del tratamiento psicoanalítico, insistiendo sobre el hecho de que sólo puede llamarse psicoanálisis a una cura en la que la interpretación de la transferencia sea utilizada contra las resistencias.
En efecto, el objeto que divide al sujeto, el punto de capitón, la hiancia del Otro, son otros tantos puntos a los que apunta la interpretación analítica. Henos aquí entonces en el centro de la dificultad de nuestra lengua del inconsciente, dificultad que es inherente a la representabilidad de lo que aún no ha sido representado y que sólo el analista y el analizante pueden poner en práctica como nueva formación del inconsciente. En consecuencia, no hay interpretación fuera de la transferencia.
Al decir esto, en el fondo no hago otra cosa que ilustrar la idea según la cual el analista es una formación del inconsciente y que está capturado en la estructura misma del analizante, es decir, en una cierta forma de real.
Por ello, lo que nos interesa en el acto de interpretar es la manera en que un sujeto, en el curso de un análisis, se las arregla con eso, es decir, consigue superar ese real con el que se encuentra confrontado.
Entonces, la cuestión de la interpretación y de la responsabilidad del analista con respecto a lo real, se encuentra explícitamente planteada y comprometida. Es lo contrario de lo que ocurre con el médico, quien evita lo real ejerciendo su saber. El psicoanalista se distingue de él convirtiéndose, lo quiera o no, en alguien que practica con lo real. Esto implica consecuentemente que su acto recae esencialmente sobre el pasaje desde el cómo saber arreglárselas con el síntoma, a cómo saber arreglárselas con lo real.
Entendamos que se incluye aquí lo real de su acto que, como acabamos de decir, no puede ser anticipativo y no se verifica sino après-coup.
Es pues el acto de interpretar el que compromete la responsabilidad del psicoanalista, momento en que se encuentra solo frente a su acto, comprometido en el autorizarse sin red, y sin un gran Otro en cuyas manos dejar la responsabilidad de su deseo.
Una colega quería saber si una interpretación podía hacer delirar al analizante, pregunta que implicaba otra: si se podía prever esto a la hora de decir o no decir algo.
Si ese fuera el caso, si se pudiera prever las consecuencias de una interpretación anticipadamente, como pueden ustedes comprender, supondría que se podría predecir la conducta que el analista habría de seguir en el acto analítico, su momento y su contenido, preciso y sin borrones. Esto nos pondría por completo del lado del acto médico que, como sabemos, actualmente ha tomado proporciones astronómicas en cuanto a la responsabilidad que compromete. En efecto, en estos últimos años, los seguros médicos se han inmiscuido en el asunto, ayudados por la experiencia norteamericana. De ese modo, algunos profesionales médicos en los Estados Unidos no pueden ya ejercer, dado lo alto del precio del seguro… se entiende que hablamos del precio de la responsabilidad. Por otro lado, el término ‘seguro’ es que literalmente se pide al médico: que ‘asegure’ al cien por cien el éxito de su acto, salvo que se prevea en el contrato firmado por el analizante, cláusulas de fracaso que deben ser enunciadas y revisadas. El acto médico se convierte pues en un acto contractual con una responsabilidad cuyos contornos están previstos por adelantado.
Pero volviendo a la responsabilidad del analista en su interpretación y los efectos producidos por ella, nuestra colega tiene razón en preguntarse por su responsabilidad si su analizante se pone de pronto a delirar tras una interpretación, pero se equivocaría si se planteara las cosas en términos de culpabilidad, ya que en ese caso, se podría retomar la famosa frase de un ciclista francés al que pillaron con un exceso de anabolizantes: ‘responsable pero no culpable’.
En efecto, creo que un analista siempre es responsable de su acto, pero no puede sentirse culpable ya que la culpabilidad supone el ejercicio de la moral, mientras que el analista se encuentra del lado de una ética. Una ética particular, ya que sólo se la puede medir en el après-coup de su acto ya que, de lo contrario la ética del bien decir, se convertiría en moral del acto.
Estos prolegómenos no dejan de plantear problemas en una sociedad en la que todo ha de ser mensurable, predecible y anticipativo. La prueba son todas las teorías conductistas del niño precozmente detectado como hiperactivo, y otras que tienden a demostrar las ansias predecibles de un futuro aun más terrible que lo que se supone que ellas establecen en el presente.
Tocamos aquí una dimensión de la responsabilidad que se apoya en los llamados comportamientos actuales para prever una verdad futura cierta, en nombre de un saber llamado científico que, bajo esta forma, se convierte en un saber absoluto, ya que puede al mismo tiempo saltarse a la torera un pasado que permite constatar el presente, para predecir con el presente un porvenir tan funesto…
Para el psicoanalista la cuestión es por completo distinta, ya que la cuestión de la responsabilidad se plantea en términos de repetición y en la manera de poner término a ésta, más que en otra cosa.
Todos nosotros hemos trabajado en dispositivos que se alejaban de las condiciones clásicas del psicoanálisis. Sin embargo, me parece que un analista puede verse llevado a tomar una posición interpretativa que puede ‘cambiar el mundo’ del desarrollo de la vida de un sujeto, y esto para varias generaciones.
Aludo aquí a esos niños ‘acogidos’, que a su vez son a menudo hijos de madres ‘acogidas’ y, frecuentemente, también de abuelas en la misma situación.
Aquí es crucial el papel del analista, en este encuentro con un real que se repite de generación
en generación y que no podrá detenerse sino cuando algo de esa repetición pueda ser interpretada.
Aunque no queremos generalizar, muy a menudo la demanda de una madre de dar a su hijo en acogida, o las circunstancias que llevan al entorno social a pedir dicha acogida, hay que escucharlas a partir de la demanda de ayuda de la madre, no tanto para educar a su hijo, sino para realizar lo que para ella es del orden de la lógica del inconsciente en la sucesión de las generaciones que la precedieron, a saber, ser abandonada y abandonar.
Podemos detenernos ahí y ese niño ¿será de nuevo objeto del significante amo que lleva la batuta? Aquí es donde se plantea la responsabilidad del analista que, según el modo en que escuche esta repetición, se encontrará puesto por la transferencia en el lugar crucial de poder detener la repetición en este síntoma intergeneracional, o no.
Lo que estas madres suelen decir es que no tienen representación de lo que supone ser una madre, como si hubiera un ‘ser madre’ dado de entrada, y no que se adquiriera con cada hijo.
Lo mismo ocurre en el caso de hijos de padres divorciados que, al convertirse en padres, o bien se empeñan en recrear la familia que les faltó, o bien se encarnizan en atacar a la familia que han fundado, de modo tal que puedan repetir el divorcio de sus padres, divorciándose ellos mismos.
En ambos casos, la responsabilidad del analista está comprometida en la interpretación que habrá de enunciar y que recaerá forzosamente, en uno u otro momento, sobre los significantes del deseo que están en juego.
Desde luego esto tendrá consecuencias: en el primer caso, la de desmitificar en el sentido del mito individual del neurótico, creado para reparar el sufrimiento de una infancia, que puede tener como efecto el desalojar a la pareja del analizante del lugar que se la había invitado a ocupar. En el segundo caso, la interpretación recaerá sobre la repetición y permitirá quizá aclarar cierto número de identificaciones que han llevado a la catástrofe.
Entonces se plantea desde ya una pregunta que es eminentemente ética: ¿tiene el psicoanalista una concepción del mundo en la cual la sucesión de las generaciones debería ocurrir de tal modo o de tal otro? ¿Está ahí para que las parejas se lleven bien y no se destrocen?
Diríamos que es bastante fácil responder a esta pregunta ya que si, como nos recuerda Freud, el analista no tiene ninguna Weltanshauung, ninguna concepción del mundo, sí que tiene una concepción del deseo, cuya definición es la que nos aportó Lacan: que el sujeto está barrado en su deseo por el objeto. Dicho de otro modo, el deseo sólo se acerca de la mano del fantasma.
Es decir que como mínimo, no podemos anhelar nada más que ser sujetos barrados para poder desear y, como máximo, no tendremos objeto para poner entre los dientes, ya que cualquier objeto sólo puede entenderse como construcción imaginaria que permite aplazar el real ineludible del hecho de que no haya objeto.
Así, el analista es llevado a la fuerza a aclarar a través de sus interpretaciones el deseo inconsciente de sus analizantes.
En consecuencia, si a veces se siente impostor, es porque su deseo está comprometido en una transferencia en la cual su relación con los objetos, sus identificaciones, pasan por una dura prueba.
Se trata de la prueba de un amor que, en efecto, es indebido, o de un odio también indebido, con los cuales deberá interpretar, es decir, cometer un acto que le compromete sin cesar en esta frontera mantenida entre saber y supuesto saber…
Para concluir
¿Puede el psicoanalista descartarse del lugar al que le invita el proceso analítico como tal?
Esta cuestión la encontramos mucho más en el análisis con niños, ya que, en ese caso, tenemos que escuchar el deseo implicado en un síntoma que, aunque portado por el niño, pertenece mucho más a menudo a los padres. Desde ese punto de vista, se plantea de nuevo y de modo más radical, la necesidad de saber si debemos o no interpretar algo de ese deseo que concierne al niño y que, sin embargo, no le interesa sino a medias, a no ser que sea para permitirle construir un síntoma.
En efecto, el interpretar es muy especialmente a los padres; la interpretación se dirige a ellos y ellos son quienes se encuentran en situación de conocer sus efectos. El niño encontrará beneficios por añadidura, al ser liberado de ese fantasma parental en el cual estaba cautivo.
De ahí la necesidad que encontramos a veces de plantearnos la pregunta de si tomamos en tratamiento a la madre o al niño. Con ello quiero decir que los deseos inconscientes tienen consecuencias y, si son interpretados, aclaran el fantasma de uno, del otro, o bien de los dos padres, lo que tiene como consecuencia una completa remodelación de ese fantasma y, por lo tanto, lleva a los padres a no estar en el mismo lugar que en el que se encontraban en la construcción sintomática anterior al análisis de su hijo.
Éstas no son preguntas que se planteen en el transcurso de los jurados de pase, sino curiosamente antes, en las supervisiones. Digo curiosamente, pues se podría esperar que quien está en el proceso de convertirse en analista, transmitiera a sus pasadores algo en torno a los problemas que ha encontrado en el pasaje de analizante a analista, por ejemplo estas dudas de a quién tomar en tratamiento, pero eso no ocurre, lo que confirma efectivamente que el pase no es una herramienta que aclare ese momento de las dificultades encontradas en el pasaje o, en todo caso, no lo privilegia.
El pase sigue siendo, sin duda, el momento de testimoniar un recorrido en la estructura que aclara más bien a contrapelo las interpretaciones del analista del pasante y, por eso, este dispositivo aclara sin duda algo de la interpretación, desde luego, pero no de la interpretación del analizante que se está convirtiendo en analista.
Al decir esto, en el fondo no hacemos otra cosa que ilustrar esta idea según la cual el analista es una formación del inconsciente y que está captado en la estructura misma del analizante. El pase, a pesar de todo, nos aclara algo sobre el síntoma y sobre la manera en que un sujeto, en el curso de un análisis, se las arregla con él, es decir, de cómo llega a poder superar ese real con el que se encuentra confrontado.
Entonces, la interpretación y la responsabilidad del analista respecto de lo real se encuentran planteadas explícitamente y comprometidas. Sobre este punto es sobre el que, al contrario que el médico que evita lo real ejerciendo su saber, el psicoanalista se convierte en un trabajador de lo real, lo que implica que su acto recae esencialmente sobre el pasaje desde el cómo saber arreglárselas con el síntoma, a cómo saber arreglárselas con lo real.
Queda aquí incluido lo real de su acto que, como acabamos de decirlo, no puede ser anticipativo y no se verifica sino après-coup.
Es el acto de interpretar lo que compromete la responsabilidad del analista, momento en que se encuentra solo frente a su acto, y comprometido en su autorización, sin red y sin gran Otro en cuyas manos dejar la responsabilidad de su deseo.

 

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