Con esta contundencia se dirigía Freud bajo hipnosis a una paciente, una joven mamá que se sentía imposibilitada para amamantar a su bebé y mostraba todo un rosario de síntomas: inapetencia, decaimiento y dolor al poner a su hijo al pecho. Freud había intentado ya con ella todos los trucos del mago bienintencionado; ya le había dicho, también bajo hipnosis, que iba a ser una estupenda nodriza, que no tenía nada que temer de la situación; le había dicho todo lo necesario para conseguir —como dicen algunos analistas que creen en su poder taumatúrgico — flexibilizar su Superyo. Sin embargo la paciente se resistía y cada vez se culpaba más de no poder hacer eso que para cualquier mujer parecía ser una bendición: alimentar a su bebé.

Fue entonces cuando a Freud le vino la idea de hacer lo siguiente; le cito (1): «Recurriendo, pues, de nuevo a la hipnosis, desarrollé una mayor energía que el día anterior, sugiriéndole que cinco minutos después de mi partida había de encontrarse, un tanto violentamente, con los suyos y preguntarles cómo es que no le daban de cenar, si es que se habían propuesto matarla de hambre, si creían que de este modo iba a poder criar a su hijo, etc. A mi tercera visita no precisaba ya la sujeto de tratamiento alguno. Nada le faltaba ya…» .

No nos cuenta Freud el porqué de este cambio en su táctica, el porqué de esta inversión dialéctica. Pero no podemos pensar que era inocente o azaroso, ni siquiera leyendo esa última frase con la que decidimos concluir la cita: «Nada le faltaba ya…». No puede ser inocente un autor que ha recogido la tradición filosófica previa en torno al concepto de vacío, lo que le permite acuñar el término de objeto perdido, para distinguirlo no sólo de los objetos pulsionales que él destaca del relato de sus analizantes, sino también de aquel objeto ansiado desde los mitos y la literatura como ese objeto total que nos daría la felicidad (el amor eterno, la eterna juventud… ).
Objeto en el que esta joven mamá parecía creer a pies juntillas; una creyente a ciegas en el poder del objeto —objeto oral que ella encarnaría en este caso— para permanecer, para no ser sustituido en el circuito metonímico. Pero claro, si ella cree en la existencia de un objeto oral total y permanente, se entiende el pavor consiguiente a la idea de que todo el sistema quedara repleto, a que «faltara la falta», según expresión de Lacan.

Este obligar a su bebé a no comer gracias a sus síntomas —que viene a ser un modo de dejar al Otro insatisfecho y que es lo contrario de lo que suelen hacer las mamás de las anoréxicas— era su manera particular de generar un vacío de objeto, ante su temor a ser vampirizada por su hijo, como si ella misma pudiera transmutarse en alimento, lo que no la dejaba tranquila, en primer lugar por razones evidentes, pues Drácula nunca fue considerado el mejor amigo de nadie y más te vale dejarlo en ayunas, y por otro lado, porque son muy fuertes los ideales que sostiene la cultura sobre lo que una madre no sólo está obligada a hacer por su hijo, sino que supuestamente está encantada de hacer por él. El hijo es una de las representaciones del falo que tradicionalmente tienen mayor consenso en Occidente en cuanto a su valor para las mujeres —sólo superado hoy día en ocasiones por el ejercicio laboral y el dinero. Sin embargo no era eso lo que Freud escuchaba a sus primeras pacientes y lo que nos contaba, como buen relator de la subjetividad de su tiempo. Es decir, lo que hacía felices a las mujeres a las que él escuchaba no era el falo bajo muchas de sus formas consideradas desde siempre benéficas (hijo, poder, matrimonio, dinero), sino que más bien suponía un accidente en sus vidas, era algo incómodo que las agobiaba: en la maternidad, en las relaciones con los hombres. Monique Schneider (2) nos ayuda a leer atentamente los primeros escritos de Freud sobre la histeria para detectar esto que, en toda la literatura psicoanalítica posterior, se va a dar vuelta por completo, convirtiéndose el hijo en lo que vendrá a reparar la castración materna.

Tampoco es que se trate de cumplir una especie de ideal zen de no deseo, pero sí de que escuchemos ese punto de la filosofía oriental que nos recomienda no creer demasiado en los objetos, lo que no es lo mismo que no encontrar en la vida satisfacción en nada (incluyendo al hijo, el dinero, los hombres, etc.).

En cualquier caso, cada vez que un vacío se hace presente, cada vez que se produce un agujero en el sentido, el ser humano se ve conminado a explicar, a interpretar, a intentar reparar, a velar con ideales, a proveerse de objetos, de soluciones y respuestas ‘prêt-à-porter’. Y esas son soluciones religiosas.

Es como si pensara: «no arriesgues tu pensamiento que siempre va a abrir preguntas, no arriesgues tu palabra, porque siempre hay un vacío acompañando a la palabra; no arriesgues tus actos porque puedes equivocarte; ten fe en la solución que ha pensado otro por ti; haz como todo el mundo». Pues no es esa la lección que Freud nos dio. ¿Qué hemos dejado de hacer los analistas para que las cosas tomen este camino?
Claro, que también es uno de los síntomas de algo que está ocurriendo en nuestra pretenciosa civilización de inicios de milenio que cada vez desprecia más no sólo las preguntas, sino también la búsqueda personal de respuestas. Así, nuestra cultura propone objetos como solución universal, cómoda, adormecedora y ciega los caminos singulares en los que el ser humano pueda irse produciendo mientras ahonda en sus cuestionamientos. Hoy día se promete la felicidad gracias a los fármacos que supuestamente curan el sufrimiento disfrazando la angustia, a las psicoterapias que dan soluciones pero sobre todo gracias a la opulencia del Estado del bienestar (cuando existía) que no deja a nadie desamparado, sino que va a buscar a la persona a su cueva, la nombra, la clasifica y le paga un subsidio para que viva adormecida.
En medio de tanta abundancia en las respuestas al dolor de vivir, en una búsqueda estúpida hacia la felicidad completa, no podemos dejar de recordar el papel funcional que tiene la angustia en la economía del sujeto desde los inicios del psicoanálisis. La angustia como tal, o los síntomas como el de la joven analizante de Freud. La angustia, a partir de Freud, es una señal saludable de que algo amenaza al psiquismo, y Lacan lo precisará aún más: si es necesario que algo falte para que el sujeto se ponga en marcha, si el motor de la vida es una falta, la angustia nos avisa de que algo está apareciendo como exceso donde debería perfilarse una carencia. Recordemos el camino hacia el que Freud nos orientó: sólo del vacío puede venir una búsqueda y, en ella, hay alegría, no felicidad.

Los psicoanalistas deberíamos esforzarnos para que el invento de Freud no sea puesto al servicio de esa búsqueda de soluciones, sino que siga sirviendo para encajar lo azaroso, lo no controlable, lo que escapa a la razón. Que siga sin decirnos por qué camino vamos a alcanzar la felicidad porque no cree que haya ningún bien universal que perseguir, ni la maternidad, ni el trabajo, ni siquiera la vida o el amor. Sólo hay caminos singulares. Que nadie nos fragilice, haciéndonos creer que el sufrimiento tiene un sentido del que otro posee las claves, sino que el psicoanálisis siga escuchando la manera singular mediante la que un sujeto va haciéndose con lo que es del orden del vacío y le anime a sostenerse en su camino inédito. Este tratamiento no pasa por, ni es una guía hacia el mundo de los bienes, de la posesión de objetos para velar la falta; pasa por la escucha y esta escucha que es respeto por el camino elegido por cada uno, es comprometida y a quemarropa.

1 S.Freud: «Un caso de curación hipnótica…», O.C., T. I, Biblioteca Nueva. Madrid, 1972.
2 M. Schneider: «Le paradigme féminin». Aubier Psychanalyse. Flamm
arion. Paris 2004.
 

www.psicoanalisiscotidiano.wordpress.com

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