15 de marzo de 2014
 

Preparando este Seminario me entro una especie de desánimo, con la impresión de que a mi trabajo como analista le cuesta emanciparse de una relación transferencial con el Psicoanálisis en la cual ésta sigue estando muy idealizada, que puede animarme, ilusionarme,… pero también hundirme en función de los azares de la dialéctica del reconocimiento en mis relaciones transferenciales y asociativas. R. Levy que suele nombrar con precisión lo referente a los límites de lo subjetibable, dice que un análisis solo llega a su término, si se des-idealiza el propio Psicoanálisis. ¿Qué quiere decir esto? Me parece que significa entender el carácter ficticio de todo ideal, incluso el del Psicoanálisis. No consiste en no tener ya un ideal, todo el mundo tiene uno, salvo quizás alguien que haya logrado pulverizar al Gran Otro como tal; es más bien tener una capacidad de desplazamiento, un espacio posible de idas y venidas entre el ideal y el objeto. El ideal no deja de ser un ideal, por no estar constantemente vigilante garantizando una inyección continúa de sus significantes. El objeto como siempre sigue estando ahí sin estarlo, suscita afectos y en particular angustia cuando nos acercamos a él.

Lacan dice con humor en la última clase del Seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis, “Todos se llenan la boca, sin saber que quieren decir, con el término ‘liquidación de la transferencia’ ¿Qué se querrá decir con eso? ¿A qué contabilidad se referirá la palabra liquidación? ¿se tratará acaso de alguna operación de alambique?” Lacan sigue recusando cualquier idea según la cual el sujeto supuesto saber se liquidaría al final de la transferencia. Cito: “Sería de verás muy peculiar que este sujeto al que se supone saber, de quien se supone que sabe algo sobre uno, y que, de hecho nada sabe de eso, pueda considerarse como liquidado en el momento en que, al final del análisis, empieza precisamente a saber algo, al menos sobre uno. El sujeto al que se supone saber debería entonces suponerse vaporizado cuando cobra mayor consistencia. Si el término liquidación, por ende, ha de tener sentido, solo puede tratarse de la liquidación permanente de ese engaño debido al cual la transferencia tiende a ejercerse en el sentido del cierre del inconsciente. Les explique su mecanismo, refiriendólo a la relación narcisista mediante la cual el sujeto se hace objeto amable”. Así es la transferencia la que está en tela de juicio, cito de nuevo a Lacan “a partir de su referencia a aquel que debe amarlo, intenta inducir al Otro a una relación de espejismo en la que le convence de ser amable”. El problema del final de análisis es el problema del amor y de la pérdida del amor. ¿Pero acaso soy capaz de soportar la pérdida del amor? En el análisis lo fui, quizá gracias al amor de transferencia, pero el final del análisis es otra cosa, es una pérdida más radical, puede parecer que no existe ningún significante que venga al lugar de la pérdida del ideal. El sujeto destituido como objeto amable en el Otro, lo que ya ha vivido por supuesto en el análisis, se hace preguntas actualmente por este Otro del que empieza a percibir la estructura de pura ficción.

Lacan prosigue, seguimos en la clase final de Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis, su desarrollo sobre la forma en que se acaba con el engaño de la transferencia, la que se basa en la relación narcisista. Este engaño solo se para ante, cito a Lacan: “se produce un encuentro que es una paradoja, el descubrimiento del analista. El analizante al final de la cura diría a su analista –lo dice Lacan- “…te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a, te mutilo” ¿De que mutila el analizante a su analista? Lacan no lo explica. No me parece que sea parando su análisis. ¿Acaso Lacan está hablando de esa transferencia negativa con la que él mismo calificaba su relación con Freud? ¿De su relación con su propios discípulos y antiguos analizantes? Compara la cura, quedándose en un registro oral, con una actividad en la cual lejos de colmarse, de llenarse la barriga, de satisfacerse, el sujeto se limita a organizar su menú, un menú que además está redactado en chino. Y el analista que se compara con la dueña del restaurante, a quién el sujeto le pide lo que desea del menu, plantea la pregunta: cito, “Llegado el momento en que uno se acoge a un presunto poder adivinatorio de la dueña, cuya importancia ha ido aumentando a ojos vista, ¿no sería más adecuado si el cuerpo lo pide y si el asunto presenta visos favorables, intentar pellizcarle un poquito los senos?” Y añade que es de esto de lo que se trata exactamente en la realidad del análisis: :”No basta con que el analista sirva de soporte a la función de Tiresias, también es preciso, como dice Apollinaire que tenga tetas”. Es con esta condición que más allá de verse amable, el sujeto puede también verse causado como falta por el objeto a. Con esta condición “la experiencia del fantasma fundamental deviene la pulsión” al final del análisis, nos dice Lacan. Ninguna verdad puede decirse sino a medias, y esta frase con tono adivinatorio -”la experiencia del fantasma fundamental deviene la pulsión”- deja en la intuición la sensación de algo que puede aflorar en ese momento, cuando la división del sujeto puede separarse de su completud con el objeto.

Lacan tranquilizador, dice también: “el lazo debe recorrerse varias veces”. Quizás acabar un análisis significa “mutilar” aquello que ha sido su analista, remitiéndolo en tanto significante a una pura ficción del sujeto analizante y como objeto a en la dialéctica del deseo a la decadencia pura y dura.
“No hay más que un psicoanálisis”, dice Lacan, “el psicoanálisis didáctico, lo cual quiere decir, un psicoanálisis que le ha dado la vuelta a ese lazo hasta el final” es una cita de Lacan. ¿Qué quiere decir esto? ¿Todo análisis que se lleva a su término ha fabricado un analista? ¿Cada vez que no soy analista, lo que tengo que constatar a veces con los pacientes, una falta de análisis me atrapa en discursos que sirven de defensa contra el inconsciente, lo cual es la función habitual de los discursos?
¿Este fantasma fundamental cuya experiencia se convierte en la pulsión se deja abordar si se le dedica el tiempo suficiente o bien se mantiene para mí como algo inabordable? Es decir, ¿permanezco indefinidamente frente a ‘I’, el significante Ideal, que desde lo lejos de su brillo oculta indefinidamente un deterioro demasiado profundo en el inconsciente? El inconsciente no es indestructible, contrariamente a lo que se imagina a veces sobre el deseo, ha podido ser destruido como demuestran a veces los actos de suicidio de sujetos que no son melancólicos de forma continuada, pero cuya capacidad de metáfora ha sido dañada. Esta persistencia o este exceso de ideal, ¿interviene algunas veces cuando tengo la impresión que he estado con un paciente en una forma de captura imaginaria, independientemente que esta captura haya acabado, o no, en una interrupción de la cura? ¿Hasta el punto de haber tenido a veces la impresión que tal sujeto interpreto  mi  desconocimiento de su estructura, en la cual yo persistía, para que aparezca el deseo de analista en la cura?
Un comienzo de práctica analítica solo puede instaurarse una vez que hayan pasado un cierto número de años de análisis, durante los cuales un deseo de analista habrá desempeñado su papel, en un contexto de transferencia, vivido del lado del analizante, como una escena narcisista particularmente investida. La transferencia en su dimensión de escena, es una escena de apariencia (de semblante) El analizante que se autoriza a instalarse como analista, independientemente de las modalidades de formación por las que pase, permanece durante mucho tiempo ligado a la transferencia hacia su
propio analista en lo que se refiere a aprehender la dinámica concreta de las curas de las que es responsable.

La escena transferencial de su propio análisis, sigue siendo durante mucho tiempo un vector indispensable, y durante mucho tiempo el analista se ve impregnado por un “hacer como” su propio analista. En mi caso, la escena transferencial estaba lejos de ser desinvestida, quiero decir que este ‘semblante’ propiciado por el amor de transferencia y por otros sentimientos claro está, estaba aún totalmente asentado sobre el suelo cuando ya me planteaba que no podía dejar de comenzar a recibir pacientes no como psiquiatra, lo cual hacía desde hacía tiempo sino como psicoanalista.

Me creí preparada para hacerlo y se vio que no lo estaba. Los pacientes se me escapaban como la leche al fuego, no quedaba nada en la cacerola que ponía rápidamente sobre el fuego de lo que me inspiraba y que no debía dejar mucho espacio para la función de analista. Todo esto no me impidió de conocer a una serie de personas que llevaron a pacientes sobre el diván, en estos encuentros me paso varias veces que creía firmemente en una estructura determinada (neurosis, psicosis, perversión) y me daba cuenta después de intervalos de tiempo, que podían llegar hasta varios años, que me había equivocado totalmente y que había escuchado durante tiempo en base a un soporte imaginario construido en torno a la idea de una cierta estructura.

Me parece que estas construcciones por mi parte, han servido para protegerme del goce en la transferencia. El acto analítico se produce siempre como reacción a un exceso de goce, y en mi teorización espontánea, resultado de mi propia situación inconsciente en este momento, existe un peligro del goce que me precipita y que me hace reaccionar a ciegas algunas veces. Equivocarme de estructura me ha permitido escuchar las demandas de otra manera, soportar la exigencia pulsional que comportan sin rechazarlas.

La demanda de un paciente, cuando se dirige a un profesional afecta a un síntoma que no es para nada el que se construirá más tarde como síntoma analítico, más tarde si comienza un análisis. Esta demanda inicial es el vector de una subjetividad que también puede parecer una exclusión de la subjetividad. El paciente puede pedir que se le quite un síntoma, que le alivien de un malestar en un modo que fije la relación terapéutica en un esquema de prestación de servicios, sobre todo cuando se es psiquiatra, un poco como la publicidad de un anuncio reciente en los muros del metro de París “Impotencia: Existen soluciones”

¿Quién es actor, quién es autor y quién es paciente o incluso víctima de un intercambio que pretender proponerse bajo el modelo de un libre cambio para dominar, aplastar la naturaleza, es decir el síntoma? El demandante da su dinero (o el seguro paga por él) y el prestatario da un servicio en el cual el medicamento ocupa un sitio privilegiado y simboliza del mejor modo, una eficiencia cuantificable y objetiva. Evidentemente no estoy hablando del acto médico en el que el médico representa una figura de soberanía, decidiendo por ejemplo que se interne o se medique a un paciente en caso de locura…. Estoy hablando del tratamiento del malestar en la cultura, una cultura atrapada en un lenguaje de intercambios económicos cada vez más desenfrenados en donde es cada vez más anormal no comprar el último objeto de consumo que disipa cualquier malestar y cualquier falta, cualquier vacilación para disfrutar y para seguir una carrera sin fin. La medicina se halla en el corazón de este malestar.

Un trabajo analítico puede tener como punto de inicio una demanda para tratar un malestar, un sufrimiento, un fracaso para corresponder a las exigencias que el paciente se plantea a sí mismo o que le plantean otros. La demanda inicial se transforma, cambia de valor y de contenido pero ¿con qué condición se produce tal subversión? Potencialmente cualquier demanda puede ser un punto inicial para un trabajo analítico. “Un psicoanálisis, tipo o no, es la cura que se espera de un psicoanalistai” dice Lacan. Esta definición parafrasea al revés la última réplica de la obra de teatro ‘Ubu Rey’ de Alfred Jarry: “Si no hubiese Polonia no habría polacos”. Hay análisis porque hay un analista. Lacan habla de esta formulación sin salida en “Variantes de la cura tipo”, un artículo de 1955 que figuró durante algunos años en la Enciclopedia Médico-Quirúrgica en Francia antes de que se retirase en 1960. La ironía de esta definición señala al hombre real, el analista, que se descarga de la función de definir este término “psicoanálisis” dejándoselo a las autoridades o bien desconoce el rigor evitando enfrentarse a los límites de su teorización en la experiencia. Cada psicoanalista tiene la responsabilidad del Psicoanálisis. El Psicoanálisis por supuesto tiene una teoría, pero ésta solo tiene consistencia por el hecho de que haya un sujeto que la asuma personalmente. Esto no lleva a ningún discurso cómodo, a ningún esquema sobre la transformación de una demanda inicial en un proceso analítico, en el cual el paciente voluntariamente y sin tener necesidad de un aval exterior está en tratamiento.

 

¿A partir de qué momento hay análisis? La mera transferencia evidentemente no es el análisis. Una promesa de sentirse mejor, promesa en el sentido de cualquier ideal, sin entrar en un análisis, puede hacer que venga y que hable un paciente de él mismo durante un cierto tiempo. Pero llegará el día que el paciente pida obtener resultados por lo que ha pagado, en el que va a pedir que se pongan las cartas sobre la mesa. Si la dinámica transferencial no se ha llevado a cabo de forma suficientemente sólida, si el sujeto no se hace preguntas al nivel de sus significantes y desde el buen lugar, entonces éste será el final ya no habrá análisis. Cuando empecé a hacer mis primeros ensayos como analista, suponía que tenía un deseo de analista y que era capaz de sustentar una función de analista, tenía la experiencia de este deseo de analista como analizante. Es decir, la experiencia como analizante de algo que tiende a revelar en toda demanda un más acá y un más allá. Lacan resumió estas dimensiones hace tiempo como deseo en el primer caso y como demanda de amor en el segundo. Toda demanda en el análisis se sitúa entre esos dos polos y el curso de un análisis revela, con la experiencia, esta estructura, suaviza y forma una dialéctica en donde la falta, la incompletud, el carácter de ficción de cualquier promesa de goce en el horizonte de la demanda no son nada filosóficos pero tienen que ver con la naturaleza de la subjetividad. Sin embargo no hay nada común entre esta experiencia como analizante y la práctica del deseo de analista que la hace posible para otro. Una forma de agotamiento de la demanda en la transferencia o en cualquier caso su esbozo, su inicio, la anticipación de este agotamiento es indispensable para que autorizarse como analista no sea esencialmente una demanda dentro de su transferencia, sino un deseo que permita la escucha de la transferencia de otro sujeto. Pero los presentimientos del agotamiento posible de la demanda no son aún el agotamiento de esta demanda y estoy en este entre-dos desde hace ya varios años, no veo las cosas igual ahora que al principio de mi recorrido como analista. Cuando era joven analista, pienso que funcionaba en términos de comprensión del caso, más allá de lo que creía o admitía, ya que claro está no confiaba teóricamente en la comprensión. Lacan propone en 1960 en ‘Subversión del sujeto y dialéctica del deseo’ “una visión abierta sobre la cuestión del deseo del analista”. Dice esto “como el analista debe preservar para el otro la dimensión imaginaria de su no control, de su no pericia, de su necesaria imperfección, esto es tan importante de solucionar como la consolidación en él voluntaria de su ausencia de conocimiento en lo que se refiere a cada sujeto que viene a
verle en el análisis, de su ignorancia siempre nueva para que nadie sea un caso”. Que ningún paciente sea un caso, tiene que ver con una acción voluntaria y no ocurre naturalmente. Tengo la sensación de que la gran división clínica en neurosis, psicosis, perversión o más bien el uso que he podido hacer de estas distinciones ha tapado los agujeros de mi escucha personal, han instituido un control imaginario ‘natural’ en de mi mente.

La introducción por Lacan de la forclusión del Nombre del Padre, mecanismo que especifica la psicosis, que clarifica al mismo tiempo la neurosis como estructura en donde un significante del Nombre del Padre está en función y por último la perversión en la que asimismo el Nombre del Padre se ve implicado para ser destituido, ha podido satisfacer mi mente pero también ponerla a descansar. Seguí pues con mis diagnósticos, pensando que me permitirían ajustar mi escucha al sujeto, por ejemplo un tal es psicótico, entonces es importante escucharlo de un cierto modo sin jugar con el equívoco significante. Esta indicación de Lacan sobre el equívoco significante que habría que evitar con el sujeto psicótico deja aún al analista la libertad de pensar. Pero otros consejos de otras enseñanzas en la estela lacaniana pueden llegar hasta preconizar el tipo de actitud personal del analista.

No obstante, a pesar del hecho de que estas distinciones cuando están demasiado investidas imaginariamente pueden impedir pensar, la articulación de los registros real, imaginario y simbólico en un anudamiento que cada vez es único, que puede implicar o no el significante del Nombre del Padre, sigue siendo la dimensión fundamental del trabajo analítico. Hay diferencias que exigen modos de intervención distinta por parte del analista. Análisis Freudiano había organizado un año de enseñanzas hacía el 2003 en torno a las diferentes operaciones fundamentales de exclusión, entendiendo por ello operaciones de exclusión fundadoras de una subjetividad, que son la represión, la forclusión y la negación-renegación (repudio) o incluso sospechoso rechazo. No se trataba ya de definir los sujetos como tales, como neuróticos, psicóticos o perversos sino escucharlos respecto a la operación que se producía en su discurso, estar atentos al tratamiento de lo real en la subjetividad en cuestión. Lo real, es decir lo que surge en estos “no hay” lacanianos, cuyo enfoque en el análisis por parte del sujeto se hace con angustia, cuando actúa la represión, cuando los ideales que los ocultan en el narcisismo y en el amor parecen deshacerse y lo dejan frente a lo real en el “no hay relación sexual”, en especial, “no hay el objeto”, propusó R. Levy con una fórmula que podría resumir la confrontación con lo real de un sujeto fundamentalmente instituido en la ficción del objeto. Una sutura imaginaria de la escucha del analista, esto a priori no tendría que comprometer y en cambio es lo que observo siempre en mí hasta un cierto punto en el que eventualmente algo que viene de lo real pueda ser escuchado.

Voy a hablar de un hombre que en el fondo cuestiona mis valores éticos por contraste. Profesa abiertamente valores humanistas positivos y ligeramente conformistas, a pesar de que dedica precisamente su vida a hacerse reconocer como un ser creativo y original. Este hombre viene a mi consulta tras haber dejado de fumar, tenía miedo de volverse alcohólico y entrar en una decadencia como su padre que murió de un exceso de alcohol y de comida grasa. Su padre muerto es el ejemplo claro de todo lo que a él le horrorizaría sentirse identificado: la renuncia, la sumisión, la humillación. Rápidamente él me dijo que quería arreglar cuentas con su madre, a la que responsabilizaba de una alienación que sentía también con las mujeres, los jefes, cualquier persona que pudiera tener un ascendente sobre él. Se siente entonces el cómplice, complaciente y masoquista de esta alienación. Durante dos años me las arreglé para pensar estar escuchando a un neurótico, un día empecé a oír en su discurso, que cualquier mujer era en el fondo un enemigo irreductible. Que cada mujer que suscitaba su deseo tenía un defecto, que la convertía en un ser truncado incluso repugnante y que era necesario que ella se presentase como una chica-falo que encarnase una perfección especular. Que tenía que vengarse de las mujeres y para ello, iba a utilizar a prostitutas y a casarse con una jovencita que podría ser su hija. Un día le dije, no sé cómo, que no estaba para nada de acuerdo con su proyecto anunciado de ir a ver a putas en un viaje de trabajo en Asía. Fue una intervención torpe por mi parte, la enuncie incluso como un reproche, una decepción. Me sentí anonadada, tuve la impresión de que me deje llevar a partir de una identificación con las mujeres humilladas por la prostitución. La vez siguiente me dijo: “no me gustaría que mi análisis se detuviese por una objeción ética suya”. Y más tarde mi reacción de aquel momento desempeño un papel de protección contra la tentación de ir a ver a putas. Si no decía nada cuando se proyectaba mal-tratando al sujeto, gozando de una prostituta, ¿como podía sostenerlo en su deseo de desalienación? ¿Pensé que era ‘neurótico’ para poder investir su problemática de la cual yo no medía la amplitud de la violencia simbólica? ¿Para que lo que él llamó objeción ética, no surgiese como un rechazo prematuramente, antes de cualquier interpretación posible por su parte (porque fué él quien lo interpreto)? A lo largo de los años que siguieron a esta interpretación, puede hablar de una relación incestuosa con una hermana mayor que lo calentaba y lo humillaba alternativamente, tenía una posición deseante activa, engañaba a su entorno, jugando al niño que no ve nada, mientras se bañaba en la exhibición bien calculada de su hermana y a cambio del goce desconocido experimentado, alimentaba la relación que necesitaba su hermana, una relación de humillación y de descalificación de su palabra y de su deseo. Detrás de la hermana se esboza la sombra materna, mujer niña llorona, que lo metía en su cama cuando su padre no estaba y que renunciaba a priori a cualquier intercambio que hubiera podido simbólicamente identificar al niño en su deseo. Este hombre iba por delante de mí, en el sentido que había percibido muy bien en que contradicción se hallaba ante una mujer deseada, soporte indispensable de su identificación deseante, pero también objeto de una hostilidad irreconciliable. Yo sólo escuchaba inicialmente el apego hacia su madre, que le imponía su exclusividad sentimental desvirilizante. Esto me bastaba para divagar sobre no sé qué dimensión neurótica, obsesiva…. Divagar porque todo esto estaba en mi imaginario. Fue cuando la realidad sexual entro en la transferencia que empecé a escuchar, cuando me vi invitada a asistir como a un espectáculo a sus futuras aventuras con las putas y claro está a repetir con ello la ceguera materna que negaba su sexualidad. ¿Cómo se plantea la responsabilidad del analista, que es siempre responsabilidad como auditor de un discurso que se le dirige, como se plantea en esta transferencia? ¿Cómo cómplice de la venganza del sujeto frente a las mujeres y de la manipulación general que ejerce continuamente, para mostrarse ante sus propios ojos como ese niño bueno que no merece que se le engañe?, así solo puedo reforzar su goce desconocido. Sin embargo, esa sigue siendo su demanda. Y sin embargo me parece que un cierto trayecto continua, en el cual un refugio deseante es asegurado por la función de la represión del lado del analista: Una serie de elementos se ven afectados por un entre-dicho y una prohibición (inter-dit, en francés significa las dos cosas) que sin embargo no es un una negativa a recibir, pero que no acarrea una metaforización en él. La madre sigue siendo esa madre incestuosamente disponible y así todas las mujeres, a continuación como ella, siguen siendo enemigas radicales. Una cierta construcción transferencial le permite sin e
mbargo interrogar el deseo del Otro, a priori alienante y por ello a ser destituido. El analista en la transferencia debe tratar de no verse capturado en la imagen que se le ofrece como cómplice, ni a dejarse destituir de la palabra frente a la transgresión, sin tomarse por la ley, sino apoyarse en su propia castración para introducir una dimensión de incompletud en la cual un sujeto puede encontrar como hacerse representar.

Intervención: Me ha resultado interesante la pregunta que te haces sobre esa dificultad para escuchar y como la relacionas con haber llegado a un fin de análisis o no. Me parece una pregunta fundamental que esa dificultad esté más allá del fin de análisis y que tiene que ver con la responsabilidad de la escucha. Quería señalarle esto y que me ha parecido muy valiente, esta exposición que habla de un recorrido tuyo muy personal.

A. Konrad: En el inicio del Psicoanálisis, los analistas no se analizaban y Freud en un texto dice “que empiecen y cuando tengan problemas que vengan a verme”.
Intervención: Pero es cierto que en verdad en la práctica, una puede hacer un análisis, terminarlo y luego al tiempo puede iniciar otro análisis. Esto del fin de análisis no es que haya un final…

Intervención: Pero esto es el propio testamento de Freud “Análisis Terminable e Interminable”

Intervención: Sí, pero como existe esa cuestión que para ser analista hay que haber terminado un análisis, por eso decía uno puede haber acabado un análisis, ese análisis, pero luego puede comenzar otro análisis, en ese sentido lo decía.
Intervención: Es verdad también que hemos podido hacer una operación en que el A quede un poco barrido, uno puede haber pasado por la castración, haber balizado su goce, pero en la vida suceden cosas y eso lo podemos pasar solos o hacerlo en compañía de alguien; por lo tanto vamos a solicitar a alguien a quién al menos le suponemos ya no el saber sobre nosotros, pero sí el saber escuchar y que no ponga su saber por delante.

Intervención: Pero yo creo que está bien como regla, hace unos años me encontré con alguien en una cena que se iba a instalar como analista, porque había hecho un Master de Psicoanálisis en la Universidad Complutense, y yo le dije hay que analizarse. Y dijo “¡sí ya, como las reglas esas de papá”. Y le conté un par de ejemplos de las cosas que pasan en los análisis y le dije a ver arréglatelas con esto.

A. Konrad: Quiero responder un poco a la pregunta de Lola sobre que implica que se haya acabado el propio análisis o no respecto al trabajo como analista. Hay una relación entre el final del análisis y su posición como analista. Tengo la impresión que la gran pregunta del analista es su capacidad de no investir sus propias identificaciones de forma intensa cuando está en la posición de escuchar al paciente. Al mismo tiempo para poder escuchar a alguien es importante que estas identificaciones puedan aflorar. Para lograr que un paciente pueda sentirse escuchado, hay que lograr que esas identificaciones no sean ajenas a su analista. Tengo la sensación que con el final del análisis, son cosas que se convierten en posibles que no lo eran antes. Se puede ser analista para ciertos pacientes, no pude serlo para otros y quizá siga sin poder serlo para algunos, quizás nunca pueda ser analista para ciertos pacientes. Pero creo que es una cuestión de identificaciones. Estoy pensando en un analizante que hace un trabajo conmigo desde hace 7 u 8 años muy importante y creo que hay algo muy similar a su identificación con el padre que ha intervenido y que sin duda es un freno para su elaboración, que podríamos quedarnos en una transferencia un tanto fija que llevaría a un fracaso de su analista, pero al mismo tiempo ha instalado el trabajo analítico a condición que yo trabaje también en esta cuestión de la identificación.

Intervención: Lo que tú has planteado es que al principio de tu trabajo, tenías muy presente las tres estructuras: neurosis, psicosis y perversión. Pero luego en el caso que planteaste de este señor que iba de prostitutas en Asia ¿cambiaste de opinión respecto a las tres estructuras? ¿Tú empezaste a verlo desde una estructura y después te permitió verlo desde otra perspectiva?

A. Konrad: Al principio pensaba que era un neurótico y luego no podía seguir pensando que era un neurótico. Y sin embargo, yo creo que descubrí un poco con él una subjetividad, quizás a esta subjetividad me pudo ayudar que oí, leí, sobre la cuestión del repudio. Pero entonces la cuestión de la subjetividad, y por consiguiente del sujeto y de la falta es forzosamente la cuestión esencial en toda interlocución con un paciente, incluido este paciente. Y creo que por eso algo de la falta tiene que ser sustentado por el analista de forma muy intensa, pero tengo la sensación, que como la transferencia es un vínculo subjetivo no sé si puedo decir que estoy en la perversión con él, trato de sustentar algo que esté del lado de una simbolización que no destituya el falo como tal. Entonces quizás si estemos en la perversión o quizá se construya algo que no tenga que ver con la perversión.

Intervención: Pensaba que justamente en el caso que trabajamos ayer con Pilar tampoco estaba muy claro de que estructura estábamos hablando si de neurosis o de psicosis. Pilar dijo que lo había trabajado desde la neurosis y eso le permitió al sujeto elaborar algo más allá que si hubiera sido desde una escucha más cerrada de una psicosis. Y ahora tú hablas de un caso parecido. No sé si tienes algo que decir, quizá no sea tan importante las primeras sesiones de qué estructura se trata, sino dejar algo más abierto.

A. Konrad: No sé cómo hacéis cuando escucháis a un paciente, pero yo siempre tengo la idea de una estructura que se pasea un poco en mi mente y no puedo deshacerme de esto, pero creo que forma parte también del trabajo psicoanalítico. Me parece que el Psicoanálisis empezó cuando Freud extrajo los mecanismos de defensa de la neurosis de un contexto que antes era una inscripción médica. Y es a partir de esta primera distinción de la neurosis como estructura, porque hablar de mecanismos de defensa ya implica una estructura, que a continuación otras configuraciones que existían de esta distinción inicial, otros mecanismos de defensa como la forclusión….. más tarde para la psicosis, va a desarrollarse y entrar en el trabajo para el análisis y para cada analista. Yo creo que el problema no es tener un planteamiento sobre la estructura, es la relación con este cuestionamiento y cómo uno lo utiliza.

Intervención: Yo creo que es muy interesante cuando alguien llega a la consulta, hacerte una idea si es una psicosis o no, sobre todo si es una psicosis yo creo que es muy importante, porque hay cosas que no hay que tocar. Otra cosa es dejarse atrapar como has contado que te paso al principio de tu trabajo a partir de la percepción de que esto es una neurosis, ir al manual y decir todo lo que ese paciente debería manifestar como síntoma, entonces ya no se va a escuchar al paciente, pero eso ocurre al principio, además para eso están las supervisiones. Creo que es muy importante las supervisiones.

Intervención: A mí también me resulta muy difícil desembarazarme, cuando llega un paciente de una cierta percepción diagnóstica dentro de la neurosis o de la psicosis, aunque a veces el psicótico lo disimula muy bien. El año pasado me paso con una mujer que a mí me parecía que era muy protestona, cuestionadora, pero a raíz de una intervención que yo hice apareció una paranoia de libro. Entonces ahí me doy cuenta que al principio no me había dado cuenta del nivel de paranoia que esa mujer podía tener, sobre todo porque los estados paranoides a veces aparecen muy defendidos con un discurso aparentemente neurótico.

Intervención: Me ha interesado mucho, pero tendría que poder leerlo tranquilamente para poder articular el camino por el que nos conduces, porque pien
so que planteas el final del análisis desde dos focos: el lugar del analista, el lugar del paciente y en el último bucle el analista como paciente. En fin, ahí estás trabajando lo que ya Lacan nos dice sobre el asunto del ideal y el objeto. Pero vas andando y te planteas como seguir, por eso me gustaría leerlo. Desde ayer tú nos planteas el diagnóstico como resistencia del analista, pero por otro lado como tú bien planteas el analista debe resistir al goce, es decir, es una necesidad teórica, es una necesidad estratégica saber que no se puede intervenir de la misma manera e ir a buscar cuales son los mecanismos de exclusión del sujeto, de lo real del sujeto, de cómo organiza sus mecanismos y esto no es fácil escucharlo porque puede llegar con un mecanismo que no se espera, un repudio,… Entonces por un lado hace falta el diagnóstico, pero a veces es también una resistencia para poder escuchar ciertas cosas, pero por otro lado como tú dices, es preciso la identificación, es preciso el ideal porque no sé puede quitar uno los ideales y no sé puede escuchar desde la desidentificación absoluta, no se puede escuchar al otro, pero hay que estar continuamente trabajando para no adaptar nuestras intervenciones desde esas identificaciones. En ese terreno entiendo, que como dice Lola me parece un planteamiento valiente, porque es justamente hablar de esas dificultades de las que no nos podemos desembarazar nunca, aunque hayamos pasado por análisis, tramos de análisis… Yo creo que lo importante es que el Psicoanálisis propone una disciplina de trabajo que nos ayuda a estar a la altura.

A. Konrad: Me da la impresión que el problema que tengo al principio de la cura es que cada vez que escucho el sujeto constituido por el discurso del paciente, cuando escucho lo que dice sobre él mismo, lo que pasa en realidad es que me encuentro en la transferencia en el lugar de un A del paciente sin darme cuenta, y muchas veces y sin poder darle una respuesta desde un punto de vista analítico de algo sobre este lugar, este sitio que me permitiría hacer una diferencia entre ese A de su historia y de su analista que forzosamente está investido en este lugar. Es muy difícil porque el discurso constituido es también el discurso de la demanda, entonces creo que la cuestión no es no responder a la demanda, el analista no puede responder a la demanda.

Intervención: No es una cuestión de impedimento, es una cuestión real. Más bien es demostrar que la demanda no se puede responder.
A. Konrad: La posición no es no contesto a su demanda por principio como analista, esto no es. Es tratar de oír a qué gran Otro me remite con su demanda, en cierto modo o al menos autorizarme la posibilidad de hacerme esta pregunta, para poder darle una respuesta en un momento dado sobre su demanda y es una respuesta a su demanda finalmente, el poderle decir algo, una forma de responder a su demanda.

Intervención: Se trata entonces de una manera de responder a la demanda o se trataría de una manera de hacer semblante de manera a mostrarle que su demanda no tiene respuesta, no porque el analista no quiera, es correrse un poco de lugar.

A. Konrad. Pero en los primeros momentos de una cura, a veces, decide sobre el fin o la prolongación de esta cura.
Intervención: Pensaba que en la alusión por parte de Lacan en distintos lugares de no comprender al paciente, al hecho de hablar de una ignorancia docta del analista, a la cuestión finalmente que la teoría no es sino una ficción. Una ficción que viene a recubrir un vacío, viene a recubrir: no hay el objeto. Todas estas cuestiones, la alusión a la atención flotante y la asociación libre como los únicos referentes básicos tanto del paciente como del analista vienen al lugar de lo que estabais planteando que hay que dar un espacio y un tiempo a la cuestión del diagnóstico. Evidentemente el analista puede sentir, puede pensar, puede encontrarse con identificaciones comunes, con significantes comunes, pero la cuestión del analista es qué puede hacer con eso de tal modo que ponerlo al servicio de la cura y no al tropiezo, al fracaso. Me acordaba de la visita que nos hizo Claude Dumezil en Alicante en el año 2004 y justo ahí el llevaba el trabajo de un esquizofrénico que él no pensaba como un esquizofrénico y que además le había traído la confrontación psiquiátrica por tratar a este chico como histérico. Estas cuestiones aparecen hoy, a mí me han venido chicos como esquizofrénicos y actualmente están trabajando como histéricos, me he encontrado con pacientes que han hecho una melancolía y han salido de la melancolía. Me parece que el analista no puede hacer otra cosa que poner el saber constantemente en cuestión con el paciente y eso hasta el punto de lo que hace Freud, de los casos que viene a revisar constantemente todo el trabajo realizado a partir de ciertos punto de trabajo de la cura y no hay otra. Y que no sé si tiene un punto de vínculo con la otra cuestión que has planteado y que no entiendo o no estoy del todo de acuerdo, que es esta dimensión de la identificación, me ha parecido escuchar que había que encontrar un punto de identificación para trabajar con determinados pacientes y yo pienso que no, pienso que si el psicoanálisis no implica en sus fundamentos la identificación como caída al final del análisis porque plantea un trabajo de aproximación a lo real y lo real es aquello con lo cual uno no puede identificarse en absoluto. ¿Hasta qué punto hay que encontrar una aproximación a la identificación al paciente y de esta forma caemos del lado de comprender al paciente de nuevo?

A. Konrad: Estoy de acuerdo, es ambiguo decirlo así. Lacan dice “el esfuerzo del analista debe ser poder escuchar e impregnarse de la subjetividad de un paciente, incluso si está extremadamente lejos de lo que puede imaginarse, conocer” y creo que remite a la idea de escuchar temas a sujetos que funcionan en operaciones psíquicas diferentes de las nuestras, especialmente estoy de acuerdo contigo que si sigo con mis identificaciones no me voy a enterar de nada. Pero me gusta esta idea de una identificación que puede rozarse, porque en cierta manera es porque se van a rozar en mí, por lo que puedo entrar en un trabajo de desidentificación para poder escuchar las del paciente y para poder investir un mundo que no se parece en nada a lo que yo vivo y como ser humano también tengo una concepción del mundo. No me puedo representar lo que pasa en el mundo del paciente y sin embargo el análisis supone que trato de ir hacia eso, de trato de investir lo que le ocurre a él y buscar articulaciones simbólicas en su discurso y acompañarle dentro de una escucha, es quizá eso lo que sea muy difícil cuando estás todavía muy implicado en tu propio análisis.

Intervención: Pero en ese sentido es imposible no trabajar con la identificación del analista, en ese sentido cuando Lacan plantea en el Seminario de La transferencia que no existe la contratransferencia que se va a buscar en el analista que no (inaudible) Yo creo que no es tanto una cuestión del a priori, que el analista no busca la identificación como fin del trabajo del análisis y su escucha de identificación con el otro como se hace en otras técnicas terapéuticas, porque hay otras técnicas que trabajan precisamente con eso, con la empatía, … Por eso me resultaba interesante el trabajo que hacemos en la Marca del Caso donde se va a hacer ese tipo de trabajo, de detectar, cuando el trabajo se detiene y poner en juego ciertas identificaciones en el trabajo del paciente, pero que el objetivo no sea ese no significa que no sea un trabajo que no se tenga que estar continuamente haciendo. Y yo entiendo que como cualquier trabajo que siempre se está haciendo, el objetivo no es a través de la identificación sino sabiendo que esas identificaciones funcionan, porque no tenemos otro psiquismo que el que tenemos, no tenemos otra manera, me parece interesante lo que yo planteaba cómo estar continuamente trabajando para poner eso al servicio de poder es
cuchar y no de taparnos las orejas en la línea de la intervención que tú hablas de este paciente cuando le dices que te parece muy mal que vaya de prostitutas a Asía, pero es muy valiente, porque muestra muy bien ese momento en que se cuela la identificación y no sé puede escuchar, afortunadamente; realmente tu paciente tenía una relación muy buena contigo de transferencia de trabajo y no sé largo, otro hubiera dicho no me escuchan en esto que a mí me pasa, ya sabemos que la moral no permite seguir hablando. Me parece que no se trata tanto de no decir que el camino del análisis no es llegar a conclusiones, comprensiones, síntesis porque ya el aparato psíquico solo organiza y sintetiza, nosotros tenemos que hacer todo lo contrario trabajar por las desidentificaciones, la deconstrucción de eso que el sujeto se queda pegado al objeto del otro, pero el paciente trabaja con sus identificaciones y el analista también.

Intervención: ¿Podrías hablarnos un poco más de este vaivén entre identificación y objeto, entre ideal- objeto? Porque es algo que aparece en todos los lados, pero me gustaría saber cómo lo conceptúas tú.

A. Konrad: Tengo la sensación que en el trabajo como analista los dos son muy inconscientes, el ideal que Lacan sitúa del lado de lo materno en el grafo, que es una primera identificación con el A que no cede y no se convierte en relativo salvo al final del análisis. Este ideal en el fondo muy materno, sigue ahí sumamente consistente hasta el final del análisis y a veces más allá del final de análisis o puede reidentificarse, pero es profundamente inconsciente y dado que el objeto es lo real y en el análisis tiene que ver con la capacidad de sustentar la emergencia de lo real en la cura, puede suscitar también angustia, puede exigir como relación con la diferencia en el significante para poder responderle a nuestro paciente en el registro del significante sin rellenar el abismo, podría seguir pensando si lo real invade un poco la cura, incluso si la demanda se convierte en algo muy pulsional, muy violento, incluso a veces los pacientes se ponen en peligro y la relación puede amenazar con romperse muy rápido y donde la tentación del analista sería tratar de tranquilizar al paciente sobre su lugar como objeto. Así que me parece que cuando escucho el objeto constituido en el discurso del paciente, me hallo en un plano inconsciente en lugar de un ideal de un A con el paciente y la cuestión es poder separar el objeto, que el paciente pueda frecuentar algo de su real, particular, estando un poco menos alienado en ese A que no ha respondido a su amor, engañado,.. que ha hecho todo lo que un paciente en su análisis tiene que solucionar con el A, entonces no puedo responder solo en el plano de la erudición lacaniana, porque creo que son cosas que salen así, por ejemplo en la última lección de Los cuatro conceptos del Psicoanálisis Lacan lo destaca así, ¿qué pasa con el deseo del analista? Y dice un poco como fórmula para impactar al pensamiento que se trata de mantener la distancia máxima posible entre la identificación y el objeto, de la asociación del ideal con la identificación. Creo que el ideal tiene mucho que ver con la dimensión imaginaria porque sustenta la dimensión de la apariencia y que en un primer tiempo se nota cuando estás en una dimensión imaginaria y estás en la comprensión, hay que desconfiar.

Intervención: Me hizo acordar un trabajo que presento Paz el año pasado en el seminario del Hospital Clínico donde se planteaba el punto importante entre la identificación y el objeto.

Intervención: Me parece que jugando un poco con esa frase, tratar el objeto de esa frase, hacer una distinción entre el objeto imaginario y el objeto a. Me parece que justamente un analista intenta hacer caer los objetos imaginarios sin que caigan del todo, sino seríamos faquires, pero sí ir más allá hacía el objeto a como causa de deseo y no como aparece en el fantasma, evidentemente eso va a estar siempre aunque transformemos nuestra relación con el objeto, a través de esos atravesamientos sucesivos del fantasma, pero efectivamente se trata de abrir esta dimensión del objeto como causa.

A. Konrad: R. Levy dice algo muy interesante sobre este estado de colusión entre la identificación y el objeto, dice “cuanto más cerca esté el objeto y la identificación, más el sujeto recurre a la creencia, cuanto más distanciado está menos necesita creer dentro de su discurso” Y también se puede aplicar al analista.

Intervención: Es decir que las asociaciones psicoanalíticas que funcionan como iglesias nos podemos preguntar si tienen suficiente distancia entre el ideal y el objeto
Intervención: Se ha hablado de la liquidación de la transferencia y de los caminos que puede seguir y a mí me surge la duda en la transferencia de trabajo, ¿qué lugar ocupa en la institución psicoanalítica cómo se puede pensar todo esto?

A. Konrad: Efectivamente con la transferencia de trabajo, la cuestión de la transferencia nos sirve para cerrar la relación con el inconsciente, sera aún más importante, porque en la transferencia de trabajo el sujeto supuesto saber es la teoría, es la asociación, son los colegas, es su transferencia por el trabajo analítico en el sentido institucional. Si la transferencia tiene tendencia a cerrar el inconsciente, por eso Freud ha inventado el análisis de la transferencia para que supuestamente pueda reabrir el inconsciente, porque la transferencia espontáneamente tiende a cerrarlo. Así que hay una contradicción entre la transferencia de trabajo y mantenerla abierta la dimensión del inconsciente.

Intervención: Por eso en A.F. está la Marca del Caso que es lo que permite tener siempre una apertura al inconsciente.

A. Konrad: Es lo querríamos.

Intervención: Es lo que sucede. Hablo por mí. No puedo hablar por la universalidad.

Intervención: Pero ahí está la especificidad con el trabajo analítico, en la Marca del Caso se trabaja sobre la marca de cada uno.

Intervención: Por consiguiente, lo que se consigue es abrir ese inconsciente que se va cerrando.

Intervención: Pero ella preguntaba por la transferencia de trabajo que yo lo entiendo más con los colegas.

Intervención: Pero justamente por la respuesta que le ha dado Ana a Sofia que la transferencia de trabajo como cualquier otra transferencia tiende a cerrar el inconsciente, yo le digo que justamente para no tener cerrado el inconsciente, A.F. tiene estos dispositivos como la Marca del Caso.

Intervención: Yo lo que quería decir es que una cosa es la transferencia puesta en juego en un análisis y otra cosa es la transferencia de trabajo puesta en juego con algunos otros.

Intervención: Pero en ese sentido, yo creo que ciertos movimientos institucionales, ciertos colegas que pasan de una institución a otra…es decir que hay cierta movilidad de ciertos colegas entre las instituciones. Si A.F. invita a otros colegas de otras instituciones donde se pueda cotejar este tipo de movimientos, sino una institución que se queda endogámica aparece el ideal.

Intervención: Y luego hay otra cosa que me parece muy importante que es ser una categoría única de miembros. Yo creo que eso se desmarca de la estructura piramidal. Esto creo que es una clave para que se pueda dar otra transferencia de trabajo.

Intervención: Pero yo creo que porque el Psicoanálisis en general ,Freud, inaugura algo. Aquí de lo que se trata es de una transmisión, pero se da la paradoja que lo que realmente se transmite es lo intransmisible, es decir no los contenidos de escuela, es decir cada uno transmite la causa, y eso es para mí lo importante. Eso no es fácil porque cada uno tiene su imaginario que está dispuesto a reactivarse individualmente y en grupo. Para mí estos dispositivos tienden a minimizar el imaginario aunque no lo eliminan.

Intervención: O atravesarlo. En la Marca del Caso no se evita que no se imaginarice sino ir
un poquito más allá.

A. Konrad: Debemos objetar a la Marca del Caso, desde la teoría, que no es un dispositivo analítico. Es un dispositivo institucional que trata de no excluir lo analítico. Es un dispositivo en el que el sujeto se ve confrontado con su resistencia al trabajo analítico.

Intervención: A mí me gustaría poder escucharte hablar de esto cuando hayas empezado y hayas pasado por la experiencia porque creo que hay momentos en la Marca del Caso, no es “La marca del caso”, sino que hay momentos que son profundamente analíticos aunque no estemos en el dispositivo del diván o de la curas. Y además el que no haya solo un analista escuchando que pueda estar identificado con tus cosas sino que haya muchos.

A. Konrad: ¿Hay un analista con mamas en la Marca del Caso?
Intervención: Ese es uno de los peligros y para eso está el pilot para evitarlo. Yo creo que justamente el pilot evita que los demás se conviertan en analistas con mamas.

A. Konrad: Respecto a la pregunta de Sofia, hay colegas que están más cerca de esta historia, pero creo que A.F. se instituyo partir de la constatación de esta contradicción entre lo analítico y lo institucional. Y que los dispositivos sobre la práctica, el protocolo institucional, designación del analista y el pase se pensaron para poder trabajar la institución y los analistas que participan conduciéndolos pueden introducir lo analítico llevándolos a estar más en relación con el discurso analítico en detrimento del discurso institucional. Lo instituyente siendo psicoanalítico y lo instituido como un discurso acordado sobre el análisis.

Intervención: El único que se podría pensar como analítico es el diván. Ese es el problema que hay en los centros de formación y otra gente que conozco que han hecho cursos, pero yo creo que confunden precisamente el discurso teórico, la formación teórica, con pasar por la castración de cada uno.

A. Konrad. Acabo de reprimir el hecho de que la primera frase del programa del texto original de A.F. es “la institución analítica si existe no es otra que la cura misma”

Transcripción: Angeles Palacio y Lola Monleón

 

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