Toda vigencia se sostiene en última instancia en una insistencia, en una repetición y por lo tanto en una relación con lo real. Sin embargo, no pocas veces se vuelve actual o inactual no lo que es atingente a esa insistencia, sino lo que es funcional al discurso de un Amo. De esta manera, la vigencia es un tema político, no técnico.

La ciencia física y matemática tuvo un desarrollo sorprendente en la antigüedad griega, egipcia, babilónica e india. Thales de Mileto en el siglo VI a.c. postulaba ya el concepto de ley natural, vale decir la repetición y el paso del mitos al logos, dos siglos antes de que Platón o Aristóteles hablaran de ella y Demócrito con su teoría atómica y siguiendo las huellas de Heráclito, plantea la dialéctica y el cambio ininterrumpido de la realidad, por sobre la supuesta permanencia eterna de la realidad del Amo.

Posteriormente esta ciencia tuvo grandes continuadores en Pitágoras, Eudoxo, Arquímedes, Euclides, Eratóstenes entre otros. No obstante lo anterior, vale decir, no obstante la eficacia de los instrumentos simbólicos creados por esos padres fundadores, en el Medioevo europeo y Medio Oriente y también en el Oriente confusiano, por sólo citar dos referentes, la insistencia de lo real deja de ser escuchada y esa ciencia decae, se estanca, deja de ser funcional al Amo y su deseo.

Era una ciencia, qué duda cabe, pero sin vigencia. No obstante recobra su vitalidad en el Occidente cristiano durante la Contrarreforma luterana a comienzos del siglo XVI. Es el momento de Copérnico. Un siglo después, Galileo funda o refunda el método experimental y Descartes le da su lugar en el ámbito de la filosofía. Comienza así un nuevo período extraordinariamente fructífero en el desarrollo de la ciencia. Su nuevo Amo capitalista despliega el comercio, la navegación y la astronomía.

Keppler descubre que la forma de la órbita de los planetas coincide con la elipse descubierta dos mil años antes por los griegos. ¿Cómo es posible que los teoremas de la matemática, construidos en base a un desarrollo formal y axiomático, en un vuelo aparentemente sin ataduras, se encuentren tarde o temprano con lo real? ¿Cuál es el nexo oculto que desde un principio iba a determinar ese encuentro?

Vemos que la ciencia busca, pero también encuentra a la manera de lo ominoso y por ello también podemos llamar real a su objeto.

Si comprendemos a la ciencia como el campo de una “praxis” y que ésta en Lacan significaría por lo menos, la capacidad de operar lo real mediante lo simbólico, capacidad que también ve en el psicoanálisis1, vemos que la capacidad de éste último no asegura su vigencia ni la garantiza.
Así, la pregunta por la vigencia del psicoanálisis no es una pregunta al psicoanálisis, es una pregunta a la política y poco tiene que ver con su eficacia o no en el ámbito de la clínica, al igual que la hegemonía de la medicina, psiquiatría y psicología, tampoco lo es por su eficacia que sin duda la tienen en diversos ámbitos.
No obstante lo anterior ¿Podemos afirmar que la vigencia del psicoanálisis obedece a los mismos criterios que se dan en la física-matemática? ¿Es posible pensar que la vigencia del psicoanálisis, al igual que la ciencia física, dependa del deseo del Amo, en circunstancias que el psicoanálisis se alimenta de aquello donde el discurso del Amo no logra llegar?
Por lo menos hoy, cuando podemos pensar que el discurso del Amo decae, se da uno de los momentos de mayor florecimiento del psicoanálisis en otros ámbitos. Especialmente su elaboración lacaniana, “ha pasado a ser uno de los recursos más importantes en el marco de la actual reorientación de la teoría política y el análisis crítico contemporáneos….(así), en una reseña publicada en British Journal of Politics and International Relations- una de las revistas de la Asociación de Estudios Políticos del Reino Unido, que lleva por título “La Política de la Falta”, se lee que “en los últimos tiempos se ha popularizado cada vez más entre los teóricos el abordaje de la política desde el psicoanálisis lacaniano… Sólo el liberalismo analítico supera en influencia a este enfoque de la teoría política”2.
Entre los teóricos más importantes de la actualidad, que se han destacado en esta orientación podemos citar a los conocidos Laclau, Mouffe, Zizek y Badiou, que no obstante sus diferencias teóricas, forman el intento en la actualidad, de teorizar la ciencia política desde el psicoanálisis lacaniano, siguiendo la huella que en su momento la Escuela de Frankfurt hizo con la teoría de Freud.
La peste que traía Freud a América, era un virus, el cual no obstante ha mutado. Ha mutado de la clínica a la ciencia política.

El psicoanálisis, en esta verdadera lucha de posiciones ha ganado su espacio en el plano de la política. ¿Ha sido el deseo de los psicoanalistas lograr algún tipo de dominio? Ni Freud ni Lacan concebían al psicoanálisis como una visión de mundo, pero algo inevitable está ocurriendo. La ética del psicoanálisis, en su nombre o no, ha permeado a instituciones de distinta índole.

La falta constitutiva
El tema central que las distintas variantes de las ciencias sociales han rescatado del psicoanálisis lacaniano, ha sido sin lugar a dudas el de la falta, que marca de manera irreductible el hiato entre lo simbólico-imaginario y lo real. Así, la alienación del sujeto (en lo simbólico) que impide el acceso inmediato a una necesidad real obliga a los seres humanos a ir en pos de la satisfacción de su deseo en el marco de ese Otro, que es la realidad socialmente construida. Se trataría así de tapar esa falta constitutiva, o el intento de satisfacer el deseo que la acompaña, mediante permanentes actos de identificación con objetos construidos socialmente, entramados de significantes investidos de una coherencia y unidad imaginaria-fantasmática, como las ideologías, valores simbólicos, patrones de consumo, roles sociales, líderes, etc.

Por otra parte, en tanto lo real es irreductible al campo de la construcción social, se expresa entonces a través de las irrupciones e inconsistencias, como alteraciones de lo simbólico/imaginario, como quiebres en el proceso de significación y subversiones del sentido3.

No obstante, como dice Zizek “Lacan está muy lejos de convertir lo real en un tabú, de elevarlo a entidad intocable exenta de análisis histórico”, por el contrario, “para él, la única posición ética verdadera es asumir plenamente la tarea imposible de simbolizar lo real, incluyendo su fracaso necesario”4.

Jorge Alemán caracteriza así este momento. “…Freud construyó un borde, una bisagra, un “gozne”, entre el campo del sentido y el campo de la pulsión”5.

Así, el real de Lacan no es la cosa en sí kantiana, se puede tocar, lo tocó Descartes al llegar al punto álgido de su duda cuando su yo (moi) desaparece, lo toca la ciencia física y otras en no pocas ocasiones, lo toca la clínica psicoanalítica cuando cumple su rol. Se puede tocar porque es un borde con lo simbólico-imaginario, en que la topología pudo darle un lugar en la teoría. No obstante el límite es la “bisagra” de Alemán. Lo real es irreductible, no deconstruible, tiene la materialidad de lo sustancial, eso que tanto espanta a la filosofía idealista. Lo real es el afecto en Freud y el goce en Lacan, es el cuerpo y la pulsión.

La categoría de goce explica la fuerza que pueden adquirir las identificaciones en el registro de la realidad social y que pudieron originarse en algunas de las tres formas de identificación que descubrió Freud. Así, la autoridad y el poder simbólico encuentran su soporte, no sólo en una construcción fantasmática, en el saber, sino sobre todo, en el investimento libidinal (incluyendo las pulsiones sexuales de meta inhibida que describe Freud)6 y en el goce parcial que le es co-sustancial. De esta maner
a, el goce parcial producido por la adquisición del objeto técnico en la sociedad de consumo sería, junto al goce obtenido ante el sometimiento al Amo, uno de los principales sostenes de su hegemonía.

Esta argumentación explica bien el mecanismo de las identificaciones con que el sujeto intenta tapar su hiancia constitutiva y la fugacidad del objeto de deseo. Explica el porqué se puede considerar a la política como el conjunto de intentos de llenar esa falta en el Otro. También explica la diferencia de los discursos y entramados simbólicos que se producen por la diferencia de monto y lugar en que la carga libidinal inviste a diferentes objetos. No obstante no explica lo más importante que ocurre a nivel social.

Los intereses
Lo que queda sin explicación es, por qué esos investimentos libidinales se producen de tal manera que las identificaciones crean discursos antagónicos en lo político. Lacan plantea que la dialéctica de la lucha de clases “no ocurre en absoluto en el plano de la verdadera dialéctica del discurso del Amo- se sitúa en el plano de la identificación”7. Para Lacan entonces, ese antagonismo se ubicaría sólo en el registro simbólico-imaginario, pero eso no explica el porqué existiría, por ejemplo, algo como la lucha de clases basado sólo en los diferentes contenidos de las identificaciones. Eso sólo explicaría el porqué existen discursos distintos, pero no explica el porqué esos discursos serían antagónicos y persistentes, en el ámbito de la política. Un Hitler pudo surgir, no sólo porque convocó mediante mecanismos de identificación o de investimento libidinal a las multitudes, sino sobre todo porque su discurso fue funcional a una cierta estructura de intereses en lo real. O sea para ser un Amo se debe tener los medios materiales para serlo y estos medios reales deben estar disponibles en la estructura. En otro caso pasará lo que Freud describe así, “…Si (la masa) apetece las cosas con pasión, nunca es por mucho tiempo; es incapaz de una voluntad perseverante”8.

Freud y Lacan han insistido cómo la deriva significante no es casual ni libre y siempre está orientada por una estructura9. De esta manera los discursos investidos libidinalmente pueden ser antagónicos pues reflejan la estructura de intereses, y la “acumulación” de esa energía pulsional no es ajena a esa estructura. Si esa estructura de intereses en lo real no existiera podrían, por mecanismos de identificación e investimentos, surgir líderes y símbolos mediáticos ocasionales, pero al no ser sostenidos por una estructura a la cual estos fueran funcionales, nunca alcanzarían el rango de lo político.

De esta manera los objetos disponibles socialmente a la identificación no son aleatorios, casuales, encuentran su sostén en una estructura que no es deconstruible por un discurso, sino sólo por una intervención en lo real. El que esta estructura sea de índole económica u otra, no es indispensable dilucidarlo acá.

Para Lacan la obligada renuncia a un goce total mítico, es ajustada por un goce parcial, el plus-goce, obtenida en el capitalismo desde los interminables objetos disponibles en el mercado. Lacan encuentra una relación entre ese plus-goce y la plusvalía descubierta por Marx y se dispone a desentrañar aquello que en la plusvalía implica el plus-goce como causa del deseo y plantea que “La plusvalía es la causa del deseo de la cual una economía hace su principio”10. Alemán deduce de esto que “El plus-goce, que Lacan ha deducido tanto de la pulsión freudiana como de la economía marxista, permite formular una nueva conexión material, entre el objeto producido técnicamente y la satisfacción de la pulsión, que ninguna toma de conciencia ni ningún ejercicio con el sentido puede transformar. Sólo una praxis que permita- y este es el desafío del psicoanálisis- desplegarse por fuera de las significaciones socialmente administradas, puede incidir sobre ese modo de satisfacción que fija al sujeto en una inercia opuesta a cualquier proyecto que altere el orden establecido”11.

Comparto en general este planteamiento, sin embargo adolece a mi juicio de un par de problemas. Efectivamente hay una causa material operando allí (Alemán la llama relación material), pero esa causa, material, no está en la relación entre la producción del objeto técnico y la satisfacción de la pulsión. El objeto técnico no se produce para satisfacer la pulsión y tapar la falta en general. El objeto técnico, la mercancía en palabras de Marx, se produce para generar la plusvalía, para generar la ganancia del capitalista y para la satisfacción del deseo o la pulsión, en todo caso del dueño del capital, no para satisfacer el deseo o la pulsión de todo el mundo. Si no hubiese ganancia capitalista, la gran mayoría de esos objetos no se habría producido y la satisfacción de la pulsión se habría tenido que contentar con otros objetos disponibles socialmente.

Por otra parte, el texto de Alemán plantea un desafío para el psicoanálisis, la de cambiar ese modo de satisfacción, por medio de una praxis que se despliegue por fuera de las significaciones socialmente administradas. Creo que ese objetivo excede con creces a lo que pueda hacer el psicoanálisis. Este con su particular clínica, puede operar lo real y producir quiebres y dislocaciones, pero para cambiar una estructura se requiere además la praxis en la política.

¿Qué es a mi juicio una estructura?
En el momento en que el trabajador comenzó a vender en lugar del producto de su trabajo, su fuerza de trabajo, entonces se instituye en lo real una estructura de conflicto, es una estructura que produce plusvalía para alguien que no es precisamente el trabajador. No es necesario que los sujetos que intervienen en esta operación sean conscientes de ese proceso, las más de las veces no lo son y de hecho, la teoría de la plusvalía se teorizó tres siglos después de haberse estado produciendo en lo real. No obstante esa estructura de conflicto, tarde o temprano se expresa en el conflicto social, en insurrecciones, revoluciones y guerras.

No cabe duda que esos discursos antagónicos son del registro simbólico-imaginario, como lo son todos los discursos sin excepción, pero el antagonismo que comportan no es contingente sino estructural.

No es posible comprender los quiebres y dislocaciones sociales, como tampoco la construcción de hegemonías políticas, sin considerar que los intereses subyacentes son reales y como tales se dan en la repetición y en la insistencia. La estructura de intereses no es de lo discursivo, ordena y domina a los cuerpos reales a través del alimento, la salud, la vivienda, el desplazamiento y el medio ambiente. Sólo se transforman por medio de la lucha entre los cuerpos, por una praxis extra discursiva y no sólo por una praxis que se despliegue “por fuera de las significaciones socialmente administradas”. Por ello es que los intereses no son simbolizables sino de manera parcial, contingente y muchas veces de manera esquiva y las más de las veces imaginarizados de manera antojadiza.

La política no es el arte de gobernar, o el arte de los consensos, ni menos el arte de construir el bien común. La política no es un verbo, por el contrario la política es un lugar, es el ámbito donde se dirimen, en lo real, los intereses antagónicos.

Vimos que la vigencia de la ciencia física-matemática, y podemos incluir aquí al resto de las ciencias llamadas naturales, depende del deseo del Amo y no de su eficacia para operar con lo real. En el caso del psicoanálisis, aunque su vigencia probablemente no depende del deseo del Amo, si depende de la estructura de intereses en lo real, del lugar desde donde un sujeto (de goce) puede surgir y que determina el carácter de los investimentos libidinales.

Hoy, la ética del psicoanálisis está en una época de secularización, está en armonía con diferentes discursos de distintos orígenes. El sujeto humano está siendo cada vez más
considerado en cuanto a la emergencia de su deseo: derechos humanos, derechos de los pacientes, derechos de la mujer, derecho de las minorías, derecho a la diversidad. El sujeto se ha revelado y las explosiones democratizadoras en todo el mundo han tenido un punto álgido durante estos últimos tres o cuatro años con una sincronía que sorprende.

Esto no ha sido casual, la estructura de intereses ha llegado a una tensión extrema variando el carácter de los investimentos libidinales. Me he explayado en el carácter que comportan los intereses, pues el sujeto que allí puede surgir implica un destrabamiento de estos en lo real. Cuando los hombres están dispuestos a morir por una causa, en el éxtasis del goce absoluto, lo que allí pasa no es efecto de un discurso, es el afecto que desborda la estructura de conflicto en lo real y que emerge incontenible.

Significantes como democracia, diversidad, medio ambiente, minorías sexuales, pueblos originarios, como también el de falta constitutiva, están cargados de un investimento libidinal dirigidos a debilitar el discurso del Amo. La desestructuración de ese discurso, su desanclaje de los puntos de capitón, hacen emerger esos nuevos significantes. Lacan decía que los revolucionarios también deseaban un Amo, puede ser. Pero es innegable que la emergencia del sujeto actual comporta un perfil diferente que el de 50 años atrás. La transversalidad de las redes sociales y el poder que comportan hacen cada vez más difícil un modelo de Amo, si pudiéramos decir, a la antigua, dueño del fundo. Si bien la falta no sólo afectaba al sujeto humano, sino que también escindía al gran Otro, a la realidad socio-simbólica, igualmente ese gran Otro social servía para algo, era un remanso ocasional, pero ahora, por así decir, se “ha echado a perder”. Hasta hace poco, la falta se sustituía, aunque fuese sólo provisionalmente, con los objetos de los escaparates, el consumo era el salvavidas que le arrojaba el gran Otro al sujeto. No diré que hoy no se consume, en realidad se consume más que antes, pero el consumo ha caído bajo sospecha. Se apreció claramente en la emergencia de los movimientos sociales en el año 2011 y el panfleto de Hessel se convirtió ese año en la Marsellesa mundial.

Si pudiéramos poner en una frase esa reacción social podría sonar así: “antes consumíamos y eso nos valoraba y de alguna manera nos ayudaba a sostenernos como personas digna de respeto en la sociedad”. Hoy decimos, “seguiremos consumiendo y si es más que antes mejor, pero ya sé que eso no resolverá mi problema, no suturará mi hiancia constitutiva”. El debilitamiento de los mandatos del Superyó subsidiario de ese gran Otro debilitado, quizás ha disminuido la culpa y con ello el malestar que planteaba Freud, y se abre la posibilidad de una sociedad más sana. No obstante, mientras exista un real, cualquiera sea este, esa ex-istencia otra no dejará de insistir y no dejará de articular un sujeto de goce.

Podríamos decir entonces que si bien la vigencia de la ciencia natural depende del deseo del Amo y no de su eficacia en operar lo real mediante lo simbólico, la vigencia del psicoanálisis depende del deseo del esclavo y de su eficacia en operar lo real por medio de lo simbólico, para destronar el saber del Amo.

 

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