¿Por qué se hace necesaria la pregunta en torno a la vigencia del psicoanálisis si, como sabemos, el psicoanálisis ha sido cuestionado desde sus orígenes?
El descubrimiento Freudiano pone en tela de juicio el saber establecido ya sea científico, religioso o político. Propone un saber nuevo, un conocimiento de la subjetividad humana, un descubrimiento del que, paradójicamente, nadie quiere saber nada.
No ha sido muy diferente a lo largo de los años, pero es cierto que en cada momento, en cada época el rechazo se ha manifestado de diferentes modos. También las sintomatologías se presentan bajo diferentes aspectos respondiendo al malestar en la cultura preponderante. Podemos preguntarnos si los llamados “nuevos síntomas” responden al descubrimiento de nuevas patologías, de nuevas estructuras o simplemente son actualizaciones sintomáticas acordes a los tiempos.

Si algo podemos decir del momento actual, es que la perversión del discurso imperante produce una proliferación de sintomatología en los límites haciendo que, los antiguamente denominados pacientes borderline, sean hoy trastornos limites de la personalidad, o trastornos narcisistas, etc.

Creo que podemos interpretar estas modalidades como una puesta a prueba de la ley, como un llamado al restablecimiento de la Función Paterna o como una demanda de límite al goce.
Volviendo a la pregunta sobre la vigencia del psicoanálisis, hemos de decir que se trata de una pregunta muy pertinente. Porque es responsabilidad del psicoanalista —ya que concierne a su formación permanente— preguntarse sobre los efectos de su práctica frente a las nuevas formas en las que se manifiesta el malestar y cómo abordarlo.
El psicoanálisis tampoco aparece muy reconocido en el discurso social actual, incluso por aquellos que nos consultan, puesto que nos dicen muchas veces: “No quiero hacer un psicoanálisis. Es muy largo, es antiguo, yo no pienso acostarme allí (refiriéndose al diván), vengo por una cosa concreta quiero efectos rápidos, no quiero hablar de la infancia, de mi madre, de mi padre, tengo un problema y es eso lo que quiero resolver”.
Sin embargo, son estas mismas personas quienes, cuando se les invita a hablar, comienzan hablando de su historia, de sus teorías sobre lo que les ocurre, dando sentido a sus síntomas e interpretándolos. Esta paradoja entre lo que dice que quiere y aquello de lo que habla es la esencia misma del psicoanálisis al que supuestamente rechazan.
Nos encontramos así con que esta supuesta especie en extinción que es el psicoanálisis sigue vigente en la medida en que un sujeto se pregunta por la causa de su sufrimiento. Quizás vayan cambiando las formas frente a las nuevas demandas, tan paradójicas como “voy a ver a un psicoanalista a decirle que no quiero hacer psicoanálisis”. Quizás el psicoanalista se vea llevado a cambiar las formas debido a la proliferación de ciertas patologías que lo requieren, pero esto no significa cambiar la escucha, no se trata de hacer otra cosa que no sea psicoanálisis.
¿Cómo hacer saber de nuestra práctica sin dejarse aplastar por la perversión de un discurso social, que propone cantidades de cortocircuitos alternativos y explicaciones científicas para todo?
¿Cómo escuchar al sujeto del inconsciente en quienes han sido desmembrados por el diagnóstico del DSM que los diluye en múltiples trastornos que los desestructuran?
¿Cómo abordar la complejidad de las psicosis y hacer saber qué es lo que puede hacer el psicoanálisis en estos casos?
¿Cómo competir con los delfines en el tratamiento del autismo y con las nuevas aportaciones diagnósticas del DSMV?
No se trata de cuestionar una por una todas las posibles terapias con las que no estamos de acuerdo, incluyendo algunos tratamientos que se dicen psicoanalíticos. Se trata a mi entender de profundizar, investigar y de encontrar el modo de hacer llegar el discurso psicoanalítico a diferentes ámbitos, aceptando la castración que significa “no ser bien visto”, “no ser amado” o “ no ser creído” por los otros. Este es un punto importante puesto que no se trata de caer bien, ni de amor, ni de fe, sino de un trabajo que puede, junto con otros, aliviar el sufrimiento humano.
Mi pregunta sobre la vigencia del psicoanálisis en el tratamiento de las psicosis me ha sido respondida por una mujer a la que atendí durante bastante tiempo en dos tramos de tratamiento.
Un primer tramo en el que se presentaba desde el punto fenomenológico como una histeria con conflictos de pareja, de trabajo, familiares, que fue resolviendo de un modo aceptable para ella. Puedo decir ahora que se trataba de una psicosis no desencadenada.
Un segundo tramo en el que viene a hablarme de sus relaciones de pareja, de sus problemas con los hombres. Dice que al cerrar la empresa que regentaba decidió acercarse a un grupo al que había sido invitada desde hacía tiempo pero en el que nunca se había decidido a participar. Se trataba de un grupo de autoconocimiento, en el que el reiki , las constelaciones, las energías y algunas sustancias formaban parte de la experiencia. Allí lo conoció a él y es de esa relación de la que viene a hablarme.
En una de las sesiones en la que comienza a hablar de él, a decir que cuando salió de la sesión anterior discutieron, yo le pregunto ¿El vino con usted a Barcelona? (pues ella vivía en otro país), me dice: “Sí, él está aquí”. “¡Ah! en Barcelona” le digo. Y ella responde: “No, aquí conmigo —señalándose el abdomen—. Ya te hablé de él…nunca te lo había dicho por miedo a que no me creyeras, a que te asustaras, nadie lo sabe. Si mi familia se entera, me encierran, pero ahora, nos llevamos mal, él me maltrata psicológicamente…” Para mi sorpresa comenzamos a ser tres en las sesiones.
abitada en sus entrañas por el hombre que amaba, cuya voz le decía que no hablase conmigo, que le escuchara sólo a él puesto que yo estaba loca,que él era el único que podía guiarla… que le hacía comprar compulsivamente, endeudarse, discutir, agredir a otros, ignorarme… Con todo, esta mujer me ha dejado una enseñanza, me enseñó no retroceder, a escucharla, a escucharlos. A no recurrir a la medicación para acallar esa voz, a sostener el lugar de analista más allá de la sorpresa y el temor que pudiera producir la situación.
Ella había comprendido que eso l hacía sufrir. Decía que quería estar tranquila tener amigos, ser constructiva. Había que escuchar su demanda por más loca que esta fuera: resolver su relación de pareja. ¿Qué hacer con un delirio si sabemos que a su vez estabiliza?, ¿cómo pasar de ese momento a otro de producción en el que el sujeto se sostenga?
Hubo momentos de la cura en los que éramos tres, ella , yo y él (la voz) que le dictaba lo que había de decir. Hablaban ella y él, excluyéndome. Ella conmigo, excluyéndolo a él, cosa que lo enfadaba muchísimo.
Sin embargo ella no cede, sigue viniendo a sesión y, para que yo entienda, me trae sus escritos, escribe: “él me sigue hostigando, intenta deformarme mentalmente, cambia partes de mi cuerpo de forma artificial, quiere que lo siga , es él y a veces son más, me producen dolor”. Ella lo va aplacando ayudada por otras voces que la protegen. Es así como logra mantenerlo a raya y puede volver a su vida más o menos “normal”.
Al cabo de un largo tiempo en el que ya no acude a la consulta, me escribe:
“Gracias por su firmeza y convicción, me trasmitió el saber estar en su lugar que es lo que me va bien y donde agarrarme. El ser que hablaba a veces, no era yo, era perturbador. Aún entra, NO PUEDO DEJAR NADA ABIERTO. Es lo que he aprendido.”

 

 

 

 

 

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