He querido plantearme si las modalidades actuales de goce han acarreado cambios en la clínica analítica.
Si bien Freud se interesó por el tema del deseo, Lacan nos condujo a explorar la cuestión del goce. Para ello, he estudiado, en especial, el seminario XVI: «D’un Autre à l’autre» (De un Otro al otro), así como los seminarios XVII, XVIII y «Radiophonie» (Radiofonía), con el fin de establecer cuál era mi lectura del plus de goce.
He partido de la lectura de un libro: La jouissance1 (El goce), diálogo entre Adèle Van Reeth y el filósofo Jean-Luc Nancy, publicado a raíz del programa «Les nouveaux chemins de la connaissance» (Las nuevas vías del conocimiento) de la cadena de radio France Culture.

Jean-Luc Nancy, buen lector de Lacan, escribió en 1973, junto con Philippe Lacoue-Labarthe, «Le Titre de la lettre (une lecture de Lacan)» (El título de la letra (una lectura de Lacan); el propio Lacan celebrará la calidad de dicho trabajo de «deconstrucción». Plantea una serie de cuestiones apasionantes, de las que he seleccionado tres, que tienen que ver con el tema de nuestro congreso:
– «El capitalismo va a sumir a los sujetos individuales en el circuito de un nuevo goce: no se trata ya del goce del exceso, sino del goce de la acumulación y la inversión. Es un goce que ya no puede llamarse como tal2»;
– «El exceso pierde sentido: la propiedad ya no se opone al exceso, ya que se convierte en el propio exceso y, por ello, le priva de sentido. (…). El exceso adquiere un sentido numérico: se trata de poseer la mayor cantidad posible3»;
– «El goce del disfrute no interviene: reside en la angustia de la satisfacción, reside en la adicción4».
Surge una pregunta a partir de lo que Nancy califica de goce «que ya no puede llamarse como tal», que define no ya como un goce del exceso, sino como un goce de la acumulación. Se plantea la cuestión de saber si dicha acumulación, que ya no es exceso, no será a fin de cuentas un goce sin fin, un goce del que el sujeto no puede protegerse, si no será más bien un obstáculo al goce que genera malestar.

Estas cuestiones están claramente relacionadas con nuestro tema de trabajo de este año; ¿cómo encajarlas entonces dentro del malestar de la civilización? Se puede abordar esta reflexión pasando por la cuestión de las demandas y, en especial, pasando por los significantes que he podido recabar. Me ha parecido interesante recoger estos significantes por dos razones. En primer lugar, estos significantes dan fe de las modalidades de goce o de no goce de los sujetos y, en segundo lugar, son significantes que se repiten a lo largo de las curas y, en especial, en los finales de cura.

Para esa labor, me he planteado cómo se formularon las demandas. Para ello, me he releído unos 110 expedientes que conforman mi lista de pacientes habituales. He revisado las notas que tomo en las primeras sesiones, momento en que se formula la demanda. Esto solo concierne a los sujetos con los que se ha establecido un trabajo y una transferencia. No se trata en ningún caso de elaborar estadísticas, confío totalmente en mi subjetividad.
Retomé pues todas mis notas de las curas en curso (limitándome a la primera consulta), ya sean curas analíticas clásicas con dos o tres sesiones por semana, con el analizante tumbado en el diván; desde aquellos que acuden dentro de un proceso inicialmente médico (daba hasta hace poco consulta como psiquiatra) sancionado por un parte médico, en otras palabras de enfermedad, lo que conlleva un reembolso parcial o total de las sesiones; hasta aquellas personas que acuden de cuando en cuando.
Me sorprendió constatar el número, mucho más alto de lo que esperaba, de verdaderas demandas de análisis. De entrada, se enuncian los significantes, de forma más o menos articulada, significantes que sigo viendo en el trabajo de hoy en día. Entre esos sujetos, y eso también me llamó la atención, muchos ya habían acudido a uno, dos o incluso tres psiquiatras o psico-algo y a menudo habían avanzado ya un poquito o nada. Al ser Metz una ciudad pequeña, conozco a la mayoría de mis colegas psiquiatras y a algunos de los psico-algo. Muy a menudo, son buenos psiquiatras que prestan toda la atención posible (sí, trabajamos en el marco de la atención) a sus pacientes sin acallarlos forzosamente con drogas psicotrópicas y que, a veces, acuden a trabajar en nuestra asociación psicoanalítica de Metz (A Propos). Lo que dicen estos pacientes puede resumirse en que no se les entendió, o en que se vieron, antes o después, confrontados a limitaciones en el trabajo, a los límites del psiquiatra al que acudieron. Esto me permitió volver a descubrir algo evidente: una demanda de análisis solo puede dirigirse a un psicoanalista. La naturaleza de la demanda es aquella que puede ser acogida por el que la recibe. Un comportamentalista la entenderá como una demanda de erradicación de la fobia detectada, un sinaptólogo (aquellos que yo llamo psiquiatras veterinarios) verán una patología, insostenible, por curar, por ahogar o acallar. El psicoanalista es quien crea la demanda de análisis como tal. Lacan lo dice al enunciar que la resistencia procede del psicoanalista. Así pues, existen demandas de análisis, que ya no son como las de hace veinte o treinta años, demandas formalizadas como tales. No recuerdo haber recibido estos últimos años (salvo hace quince días) a un sujeto que demandase explícitamente un análisis, salvo un paranoico que me había remitido un analista para una receta, sin avisarme de ello. Dos formularon una demanda para saber; los demás acudieron, me parece, con una demanda acerca de su goce. Voy a dar unos ejemplos de lo que recabé:
-«Tengo estados de ánimo molestos;
-Molesto a mi entorno que dice que hablo demasiado;
-Tengo problemas de peso y mi madre es violenta conmigo;
-Tengo nauseas, las cosas no van bien con mi novia, me obligo a tener relaciones sexuales, ¿acaso no seré homosexual?;
-Estoy sumido en mil preguntas;
-Estoy enganchada a un hombre, ¿cómo desengancharme?;
-No tengo hijos, hago de madre de mi pareja, ¿no será que llevándose menos acaba llevándose más?;
-No logro sentirme realizado; quería ser guardia;
-Hay una fuerza en mí que me obliga a inquietarme;
-¿Vengo para avan-zar? (en el texto en francés: «avant c’est», en donde «avant» significa «antes» y «c’est», «es»);
-Estoy cambiando de sexo para no parecerme a mi padre (se trata de una mujer que pasa a ser hombre);
-No estoy bien, hay que encontrar algo que no va;
-Me he sumido en la larga enfermedad;
-Ya no quiero ver a psiquiatras del hospital».
Se percibe claramente en estos extractos los excesos de goce y las demandas que se derivan de ello. Se ofrecen los significantes, ¿a buen entendedor…? Entonces, si se entienden y se canalizan debidamente, estamos hablando de verdaderas demandas de análisis.

Así pues, los significantes de la demanda están presentes a lo largo de toda la cura y como tales transmiten significados que van cambiando al hilo del trabajo. En los extractos que acabo de leer, se repiten significantes, relacionados con las modalidades de goce que ofrece la sociedad actual: «enganchada, demasiado, llevarse más o llevarse menos, sumirse». Son significantes contables y se puede captar fácilmente la adecuación de estos significantes, que todos entendemos, a la ideología dominante que consiste en aplicar la contabilidad a casi todos los campos de la vida actual. Ya sea, por ejemplo, en lo tocante al mundo de la salud: se nos pide actualmente que pensemos en términos contables. En este sentido, asistí hace poco a una defensa de tesis de farmacia en la cual la farmacéutica del centro de oncología hablaba del coste de los tratamientos quimioterapéuticos contra el cáncer diciendo: «¿hasta dónde llegaremos?»; ¡esto equivale no solo a decir que la vida tiene
un valor contable, sino que, sobre todo, un número, un valor contable, es lo que decidirá si se detiene una vida o si se le permite continuar! Ya no se trata de una decisión tomada por uno o varios sujetos, sino de una cifra, un número que se encargará de ello. Tomo dos ejemplos más: el primero es el de las redes sociales: el valor de un discurso, de un comentario o incluso de un sujeto depende de un número, de una contabilidad: de los seguidores o amigos, de las lecturas o visualizaciones, de los «me gusta», de los retweets, etc. El segundo ejemplo es el siguiente: un profesor de artes plásticas contaba, en el seminario de Metz, que sus alumnos, estudiantes de primaria, decían en clase cualquier cosa, lo primero que se les pasaba por la cabeza. No se trata de una experiencia de libre asociación, se trata de hacerse los interesantes diciendo chorradas, siguiendo el modelo de los programas televisivos de tipo reality show, en una demostración cuyo único objetivo es ser popular, acumular signos contables para valorarse, en detrimento de su inteligencia, haciendo gala de un conformismo ante un valor contable que se alza actualmente como una instancia superyoica. Lo que se dice o no se dice se juzga sobre la base de la popularidad. Lo que ha cambiado en esto es que «¿el qué dirán?» ha pasado a ser «¿cuánto les gustará?». Más adelante, volveré a este tema de la cuestión contable. Ayer, cuando oí decir a una paciente: «mi pareja no soporta que cuente», pensé: «ah, por fin se cuenta como sujeto, hay algo del uno»; ¡ni hablar! Ella cuenta todo lo que le da, llevando un balance contable de su amor.
¿Cuáles son entonces las incidencias en las curas?

Antes de abordar este punto, me parece oportuno volver brevemente a la teoría que nos propuso Lacan. Introdujo el concepto del plus de goce en 1968/69 en el seminario: «D’un Autre à l’autre». Y a partir de ahí, desarrolló los cuatro discursos, al año siguiente en el seminario: «L’envers de la psychanalyse» (El reverso del psicoanálisis). De lo que se trata aquí consiste en lo que denomina el objeto a: el plus de goce. El plus de goce es, según dice: «algo distinto al goce. El plus de goce es lo que responde, no ya al goce, sino a la pérdida de goce5». El plus de goce constituye aquello mediante lo cual una parte del goce se refleja en el discurso del analizante. Cabe señalar que Lacan retoma, en ese momento, la dialéctica de la frustración a partir de esta cuestión. Añade: «Lo que es nuevo, es que tenga un discurso que la articule, esta renuncia (al goce), y que hace que aparezca en él lo que yo llamaría la función del plus de goce. He ahí la esencia del discurso analítico»6. Y prosigue: «El plus de goce va en función de la renuncia al goce bajo el efecto del discurso. Es lo que le da cabida al objeto a. (…) Así pues, el plus de goce es lo que permite aislar la función del objeto a.»7

Ahora que ya hemos definido el contexto, pasemos a mi lectura del plus de goce. Partamos entonces de la cuestión de la división del sujeto. El significante divide al sujeto, lo cual se lleva a cabo mediante el discurso, con una pérdida, una caída que es la del objeto a, del plus de goce como resto de la renuncia al goce. Para gozar, el sujeto recuperará ese objeto a en el plano imaginario, mediante el fantasma: $<>a, que da consistencia a la relación entre el sujeto $ y el objeto a. Esto le permite al sujeto unificarse como sujeto de cualquier discurso: dice Yo. La coherencia del sujeto en su calidad de yo se obtiene a costa de la pérdida del plus de goce, al ser producto del discurso, y se identifica en el marco de la transferencia. Vemos cómo este asunto del plus de goce tiene que ver con la cuestión de la identidad. Ese precio pagado es el objeto perdido; de este modo, frente a la falta de goce, el sujeto no recupera goce, sino objeto a, en forma de plus de goce. Se trata de una operación metonímica; dicho aspecto metonímico significa que «ese plus de goce es esencialmente un objeto que se va deslizando y es imposible detener ese deslizamiento en ningún punto de la frase»8.
Este goce que se quiere recuperar es, en este caso, un equivalente del valor, es decir de esa parte de significado que se mantiene intacto a medida que se desliza bajo los diferentes significantes9. Así pues, el goce perdido no se recupera; este valor se ve sustituido metonímicamente por un objeto a, una nimiedad, un objeto que hace marca para el sujeto, función de rasgo unario.
Lacan desarrolla la equivalencia entre la plusvalía y el plus de goce. El goce del sujeto en su calidad de sujeto, que no es, en este caso, el goce sexual, solo es posible mediante esta sustitución metonímica de la pérdida de goce por el objeto a. Dicha sustitución permite la consistencia imaginaria del yo, soslayando la división del sujeto. Sabemos todos lo que Lacan designó como objetos a, lo que va del seno a la deyección y de la voz a la mirada. El discurso capitalista ha vendido otra sustitución metonímica del objeto a, por el dinero y, por consiguiente, la plusvalía; y más tarde, dentro de la lógica del capitalismo y el desarrollo de los medios de producción, por los objetos de consumo. A fin de cuentas, ¿qué representa el dinero, más allá de lo que se necesita para la subsistencia (lo que constituye la definición de Marx de la plusvalía)? ¡Es el precio de la renuncia al goce! Pero en este caso se trata de una ficción, una apariencia.
La acumulación capitalista muestra sus límites. Efectivamente, la producción de bienes no es ya lo que genera la plusvalía, ni siquiera la acumulación; es, en mi opinión, como lo afirmó, Robert Lévy, el flujo. El mundo del marketing es un pozo de información sobre este tema. Lo que se presenta como objeto causa del deseo, como objeto a, es el caudal, todo tiene que fluir más y más. Si cogemos todos esos argumentos publicitarios sobre la capacidad de flujos de Internet; se paga por el tamaño, por la capacidad de Internet. El caudal, el flujo, se presenta como una metonimia del objeto causa del deseo y, por ende, del plus de goce. El caudal, o más concretamente su cuantificación, es lo que va a tratar de representar la marca de la pérdida de goce, que no marca nada; no hay una pérdida de goce, no se produce plus de goce. Esta es mi hipótesis: el plus de goce, en el marco del goce sin fin, no es ya un plus de goce como tal. Volveré a hablar de ello más adelante.
¿Se llega entonces a instaurar una identidad numérica? Esta broma es una referencia a ese término que Lacan utiliza en el seminario «D’un Autre à l’autre», para distinguir «el sujeto absoluto del goce», del sujeto que se engendra de ese 1, unario, que lo marca, como punto-origen de la identificación. Voy a tratar de dar una serie de elementos para avanzar en el tema del flujo. Más concretamente para saber si esta nueva modalidad de goce acaba llevando a un goce sin fin, a una acentuación actual del malestar.
¿Cuál es el efecto del número? Por ejemplo, el número de «me gusta» en un blog o el número de seguidores. Partamos del 1, mencionado anteriormente. El 1 del rasgo unario es el que instituye el sujeto en la marca. Solo la caída del plus de goce, del a, es lo que amarra al sujeto y hace mella en el Yo de puro goce. Contemos: ¿1+1=? Propongo aquí la escritura 1+1= 1-a. El ser hablante cuenta 2, como amo de sí mismo. El flujo consiste, a fin de cuentas, en sumar unos y el deslizamiento metonímico permite hacerlo al infinito, un goce sin fin, sin que se suprima por ello la división del sujeto; sin pérdida de goce, de modo que 1+1+1+1+… =1-a. El devenir del flujo, del número, consiste, a fin de cuentas, en unificar un gran número, en ocultar ese número tras la figura de un uno nuevo, que como decía Coluche: «¿si el nuevo Omo lava más blanco, entonces el antiguo lava menos blanco?». El cambio se sitúa, como nos indica Lacan, en el discurso del amo: «Algo ha cambiado en el discurso del amo a partir de un punto dado de la Historia. (…) a partir de
un día dado, el plus de goce se cuenta, se contabiliza, se totaliza. Es ahí donde empieza lo que llamamos la acumulación de capital».10 Hoy por hoy, lo que ha cambiado en el discurso del amo, que se ha convertido en el discurso de los financieros, es que el plus de goce ya no se cuenta, se ha convertido en el movimiento de las cuentas. La plusvalía la producen los flujos de capitales.
Lo único que todo esto sale cada vez más caro y nutre el malestar en la civilización. Actualmente, el plus de goce ya no se cuenta, se ha convertido en el número como tal. La acumulación de capital permite acceder al goce, pero el plus de goce que determina el lugar en el que se puede identificar dicho goce se halla en otro sitio. Por ejemplo, la especulación: la plusvalía se obtiene corriendo un riesgo. Ya no se efectúa mediante el expolio de los proletarios, mediante una pérdida de goce relacionada con el cuerpo como lugar del Otro, sino relacionada con un Otro que solo es numérico. El Otro se ve reducido a una identidad numérica, que podríamos calificar como pura. No hay un cuerpo, no hay confrontación entre los cuerpos ni goce del cuerpo del Otro.
¿Cuáles son las consecuencias para el sujeto? Sabemos que: «El goce es la relación del ser hablante con el cuerpo».11 Así pues, el cuerpo hablante no es el cuerpo natural, biológico, sino el cuerpo marcado por el lenguaje, el significante, el rasgo unario. En otras palabras, el lugar del Otro es el cuerpo ya que en él es donde se inscribe la marca como significante.
Esto acarrea una dificultad adicional para el sujeto a la hora de sostener el campo del Otro, porque ahí, de alguna manera, el Otro numérico es otro. ¿De este modo, cómo puede el sujeto identificar su deseo como deseo del Otro? Se producen, por consiguiente, efectos de desubjetivación. Lo que observo es que la carrera hacia el número más alto nunca acaba; es problemático obtener una satisfacción, un goce que introduzca un término, un límite a esa carrera del rendimiento (¿no es acaso lo que ocurre con las adicciones?). El sujeto tendrá que hallar una articulación significante, una metáfora que pueda hacer marca en el cuerpo, y que, como tal, pueda limitar ese deslizamiento sin fin, permitiéndole una subjetivación. Al sujeto le cuesta aún más introducir falta, objeto a, plus de goce, en tanto en cuanto es lo que separa el cuerpo del goce. Lo vemos claramente en la película de Martin Scorsese: El lobo de Wall Street, en la que nada hace mella en su representación imaginaria del cuerpo de Jordan Belfort encarnado por Leonardo Di Caprio. Queda patente en esa escena en la que se imagina volviendo a casa sin problemas, cuando en realidad, rompe todo a su paso. Una solución que he tenido ocasión de oír en mi clínica es la del goce masoquista. El sujeto se toma a sí mismo por objeto a. Es lo que quiero introducir con la viñeta clínica de la que les hablaré más adelante. Lacan nos lo indica: «Nosotros, analistas, lo conocemos y lo vemos aquí. Es lo que se denomina goce masoquista y es la forma más caracterizada, más sutil, que hayamos dado de la función causa del deseo.
El goce masoquista es un goce analógico. El sujeto adopta en él de forma analógica la posición de la pérdida, del desecho, representada por a en el plano del plus de goce «12. Esto me permite responder una pregunta de Anna, sobre la relación entre el goce, por un lado, y el placer y el dolor, por otro. Para Freud, el goce es masoquista en el fondo. El goce rebaja el umbral necesario para seguir vivo; pero se puede caer por debajo de ese umbral y es entonces cuando comienza el dolor. Existe pues una práctica del goce, masoquista en el fondo, que no tiene nada que ver con la regla del placer13.

He aquí un ejemplo clínico del plus de goce, del intento de recuperación del goce mediante una situación perversa que resulta ser masoquista. Un hombre -al que llamaré Ernie-, en el transcurso de un trabajo con una demanda formulada a raíz de un despido, va a elaborar un escenario de recuperación de un goce. Una noche de Año Nuevo, se duerme pronto después de haber bebido demasiado. Al día siguiente por la mañana, su mujer le cuenta que ha tenido una relación sexual con otro hombre. Decide entonces, cosa que percibí entonces como tal, recuperar un goce perdido, tratando de controlar el deseo de su mujer. A partir de entonces, tras obtener el beneplácito de su mujer, escogerá él al hombre que le hará los honores a esta, presenciará la escena de una forma ligeramente activa, pensando que así controlará la situación. Lo que busca obtener es el goce del amo, imaginándose que manda en todos los goces. El cazador será cazado, según dos modalidades. La primera: el acto le sale bien, salvo que a posteriori pilla a Madame metiendo al invitado en la ducha, teniendo así una relación «ilícita» que se repetirá, de hecho, al menos una vez más. Ese otro hombre volverá numerosas veces. Esto lleva al paciente a una práctica de intercambio de parejas, durante la cual se obstina en querer recuperar su goce, creyéndose que controla el deseo de su mujer. La segunda modalidad se instaura gradualmente; en esta modalidad, inicialmente, solo puede desear a su mujer imaginándosela con otro hombre que no sea él, luego, mediante angustias, acudiendo a lugares de intercambio. Acaba renunciando a estas prácticas. Deja de hablar de ellas y acaba el trabajo que había venido a realizar. Regresa años más tarde, animado por su urólogo. Ha sufrido un accidente vascular cerebral y su mujer lo ha dejado. La cuestión para él es de nuevo, o diría más bien sigue siendo, recuperar el goce. No logra ya tener erecciones con una mujer. Repudiando sus erecciones matutinas, busca una causa orgánica -digámoslo entre nosotros- para esa impotencia, evoca el accidente vascular y acude a un urólogo para obtener una confirmación.
Este ejemplo ilustra claramente que el sujeto no recupera su goce, sino su pérdida. Esta pérdida de goce es una auténtica plusvalía, en el sentido del plus de goce; se podría decir que capitaliza su plus de goce, que capitaliza su pérdida. Existe claramente un goce masoquista en este sujeto, que lo conduce a su pérdida; persigue un objeto a que se le escapa, huidizo e irremediablemente perdido para él.
La cura no consiste en sustentar su fantasma, sino más bien en mantener una distancia entre su cuerpo y su goce, en mantener, producir objeto a, causa perdida, en este caso.
Recibo a otro paciente que también ha perdido un goce, para darle cabida a un goce masoquista. Ha llevado a su mujer a clubs de intercambio, según dice él, para dejar de ver a su mujer como la madre de sus hijos. Ha sido todo un éxito. Ella se ha marchado con un hombre que conoció en uno de esos clubs, llevándose a sus hijos. Desde entonces, le proporciona grandes sufrimientos impidiéndole ver a sus hijos y renegando de él como padre.

Para concluir, cuando nos preguntamos si el discurso capitalista y, ante todo, su equivalente actual, el discurso financiero contribuyen a acentuar el malestar, los significantes propuestos sugieren a los sujetos una serie de recorridos que los llevan a goces sin fin, que no permiten obtener una satisfacción. En mi opinión, este fenómeno es causa de malestar y desubjetivante.
Es causa de malestar en el sentido en que conduce a goces que no proporcionan ninguna satisfacción, llevan a carreras en pos de una acumulación de goce en las que el exceso llena al sujeto sin que su hambre se vea saciada. Ya no es hambre, la apetencia se ha deslizado hacia lo que se percibe como una necesidad, como algo, por ende, que parece haberse convertido en vital. No hay en ello frustración, en tanto en cuanto la frustración introduce el deseo; sino privación, de tal forma que la falta no reside en el sujeto sino en lo real. Quizás todo esto tenga que ver con lo que indicó Robert Lévy y que llamó desubjectivación, que yo entendí como fenómeno radical de deshumanización; en la cura, tenemos que trabajar con sujetos desubj
etivados.
Lo que resulta desubjetivante para el sujeto, se sitúa, a mi entender, en la producción del plus de goce que no hace marca para el sujeto. Es esta marca del plus de goce lo que separa mediante la pérdida que produce, el cuerpo hablante que dice «yo» del cuerpo del goce. Lo cual constituye el efecto del significante, tal y como funda al sujeto (el sujeto es lo que un significante representa para otro significante).
Para retomar mi hipótesis, lo que ha cambiado en un cierto ámbito, es que existe un malestar que no está ligado a una pérdida de goce, sino, diría, a un exceso de exceso de goce que obtura el goce. El sujeto se queda con hambre. Este goce sin fin/hambre hace que fracase la función del plus de goce que consiste, una vez más, en que la renuncia al goce se articule mediante un discurso. Pero el discurso capitalista y, en especial, el de los financieros actualmente es un discurso que gira en torno a sí mismo, sin fin, como nos lo mostró Radjou, y que ofrece modalidades de goce que he descrito aquí. Estas modalidades de goce llevan a goces que no proporcionan satisfacción y que, por consiguiente, nutren la falta de goce, no marcan nada, no hay mella significante en esos goces, lo Real es lo que viene a subrayar algo de todo esto con la muerte, la justicia, como en la película de Scorsese, la decadencia del cuerpo, etc.

¿Hay algún cambio en mi clínica en lo que se refiere al paradigma relacionado con esta cuestión de los flujos, la acumulación? Creo que no. Constato más bien una acentuación de estas problemáticas. Me parece que recibo cada vez más sujetos sumidos en sistemas cerrados de goce desubjetivantes: como adicciones, pasiones, situaciones perversas, odios racistas que tienden a erradicar al Otro. Algunos sujetos se dejan arrollar por los significantes propuestos y se sumen en un goce que no se verá jalonado por un plus de goce, en donde cabe una pérdida, un objeto a. Ahí, el discurso analítico tiene su cabida.

Y concluyo sobre la cuestión del plus de goce, el cual, cuando se produce, afecta a la identidad, citando a Lacan, con estas palabras premonitorias: «Pero lo que hay que decir sencillamente es que no se necesita esta ideología para que se constituya un racismo, basta con un plus de goce que se reconozca como tal. Cualquiera que se interese mínimamente por lo que pueda ocurrir hará bien en pensar que todas las formas de racismo, en tanto en cuanto un plus de goce basta de sobra para sustentarlo, son lo que está hoy al orden del día, son lo que tenemos delante de las narices de cara a los próximos años.»14

 

Philippe Woloszko
Paris, a 5 de octubre de 2014.

 

 

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