A Paloma Sánchez de Molina
In Memoriam

Nos preguntábamos por qué a veces para algunos escritores una frase les demanda una palabra, una sola, sin la que todo queda tristón, flojo. La buscan como locos, en su cabeza, en los diccionarios, incluido el ideológico (una maravilla que tenemos los hispanohablantes). Se produce ahí una tensión incluso corporal: taquicardia, sudor y sólo a veces encuentran esa palabra que brilla, lo que viene acompañado de intenso goce. Lo sabe Péguy cuando dice: Vivo en el temblor de escribir. Y Maupassant, le cito: Cualquier cosa que quiera decirse, sólo hay una palabra para expresarla, sólo un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla. Hay entonces que buscar hasta que se los haya descubierto, esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y nunca contentarse con aproximaciones, no recurrir a supercherías, incluso felices, a payasadas de lenguaje para evitar la dificultad 1.

¿De qué se trata en esta palabra brillante? Preguntamos a escritores y sólo a algunos les pasa esto. Alguien nos comentó que en Cataluña existía una palabra que los nombraba: lletraferits, heridos por la letra. Pensamos que entonces no era una palabra lo buscado, sino una letra y decidimos ponerlo a prueba del psicoanálisis.

Lletraferit sólo existe en catalán y es bonita porque tras la herida que hace la letra escuchamos el origen de la palabra escribir que es grabar sobre piedra y que no ha perdido del todo lo onomatopéyico, es decir el sonido de la cosa: escribir, écrire, write. Cuando dice Lacan de la letra que es ese soporte material que el discurso concreto toma del lenguaje2. Pero una cosa es herir con escoplo y otra con una letra; es enigmático. En cualquier caso, los lletraferits como los psicoanalistas no se contentan con la buena forma del párrafo, su sentido, sus metáforas, y ambos intentan tocar con las yemas de los dedos algo que estaría más allá de esas formas del sentido… pero ¿qué?

Un rodeo. Para Freud los sueños se producen a partir de representaciones de cosa, como los jeroglíficos egipcios, de los que podemos tomar el sentido, pero también su materialidad, que la interpretación no hay que hacerla por el lado de la imagen, sino del rebus y que éste hay que tomarlo al pie de la letra, es decir, tomar sus elementos por su valor fonético y no por lo que representan. Por eso dice Freud que es más justo comparar el sueño con un sistema de escritura que con una lengua, y Lacan dirá que la interpretación tiene más que ver con la escritura poética.

Que algo se pueda escuchar del inconsciente del escritor en su escritura, no nos autoriza a interpretarle (como hace la gente que confunde al narrador, o al protagonista de una novela con el autor) si para nosotros la interpretación se hace por el lado del rebus, o de la letra.

Una analizante de lengua francesa duda si divorciarse. Le viene una canción a la cabeza: «Mi lugar está donde tú estás». Le viene un sueño: «Está frente a una casa que era suya, y de pronto por todas las rendijas, empieza a entrar hormigón (en francés béton) y que ella deja (laisse) que ocurra sin hacer nada. Escuchamos hormigón pero imaginamos alquitrán, aunque distinguimos perfectamente las dos palabras. Asociamos con un cuento de Cortázar: «Casa tomada». El analista no puede evitar asociar, ni debe, pero eso va por el lado del sentido y no siempre aparece el juego fonético, por eso hay que callar y esperar. Por suerte la analizante vino en nuestro auxilio diciendo que ella pensaba que había que escuchar el sueño «al verres»: laisse béton, laisse tomber: déjalo caer, abandónalo. Entonces sí, le dijimos lo que nos vino a la cabeza: «Veux-t-on tomber?» (¿Quiere uno caer?), donde cambiamos la b de béton (hormigón) por la v de vouloir (querer)3 y la analizante conectó con un síntoma escrito en su cuerpo que le causa temor a caer (tomber). Lo interesante es que en la frase dicha por nosotros, ella estaría como sujeto de la caída y no como objeto. Posteriormente ese tomber (caer), se convertiría también en una tumba (tombe) para su matrimonio, lo que nos hace reencontrar la canción del principio, sólo que ahora en «Mon lieu c’est là où tu es», escuchamos: «Mi lugar está donde matar». En cualquier caso, no hay que empeñarse en hacer juegos de palabras para creernos más lacanianos y nunca jamás hacerlos con los significantes del analista, sólo con los del analizante y cuando viene a cuento.

Habría que ir entonces más allá de la lengua, más allá del sentido, allí donde en una letra tenemos un sonido asociado a un trazo; trazo que es una herida en el papel, en la pantalla, o en el cuerpo. Sonido y trazo unidos de manera arbitraria, al menos en el caso de las letras consonantes, pero que en el caso de la pronunciación de las vocales, aún no han perdido del todo su ligazón con el cuerpo y por eso en algunas lenguas está prohibido escribir las vocales aunque se pronuncien, porque las vocales son unas desvergonzadas que no ponen límite en su pronunciación. Una mujer lletraferit recuerda que de niña aprendió a escribir muy deprisa; su profesora le decía: «la b tiene la barriguita hacia la derecha y la d hacia la izquierda», o bien: «la v son piernas abiertas» (como la wespe del Hombre de los Lobos). Y ahí se fabricó una futura lletraferit, porque su madre estaba siempre embarazada, con lo que se ve muy bien esa relación originaria entre el cuerpo y la letra, entre el enigma del sexo y la letra. También se ve la relación entre cuerpo y letra cuando enseñamos a escribir a un niño y le decimos: ooooo, ojooo.

Dice Gérard Pommier: (…) el ser humano fue primero hablado, objetivado por sus padres en la lengua antes de hablar él a su vez, (…). Y en este viraje (…) el que habla despide a su propia imagen, que fue primero portada y deseada por Otra palabra. Sólo se apropia de la lengua perdiéndose como cuerpo4.

Y dice también: Si la representación del cuerpo atraviesa el espacio de la represión para resurgir en forma de letras, ¿no serán estas últimas la única prueba de ese atravesamiento y, más aun, un testimonio de la existencia de este cuerpo?5

El mismo Lacan dirá en Lituraterre: «… lo reprimido mismo acierta a alojarse en la referencia a la letra»6, no dice la letra sino la referencia a la letra, pero a mí me parece que es como decir en la letra.

Algunos escritores quieren aportar sentido a la vida, como Gustavo Martín Garzo, interesado en su literatura por la lucha contra el mal y la espera salvadora de la gracia. Es su Weltanschauung, respetable, pero el lletraferit, como el psicoanalista, no intenta aportar sentido al mundo. Preferimos a Byron cuando dice que para ser poeta tiene uno que entregarse al demonio.

Para otros, la escritura cumple una función de Sinthome (aquí no hablaremos de ellos). Otros buscan dar testimonio de un gran mal personal o social como testigos. Entre ellos están los escritores de después de la Shoah con lo que llaman «la escritura de sí» que les permite recoser un poco la metáfora dañada. Pero escritores como Primo Levi, Elie Wiesel, o Jean Améry hacen el camino inverso al del lletraferit, porque o buscan un sentido, o ven cómo hacen para vivir sin ninguno. Un lletraferit no escribe para otro, quizá lo suyo sea tan sólo autoerotismo.

Dice el rey de los lletraferits, Cesare Pavese: Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado que aún se sacude y humea, haberte vaciado por entero de ti mismo (…), haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado y advertir que todo ello es como si no existiera, si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y un morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto7. Fíjense que distingue entre la palabra y algo que debe de ser acogido por la palabra para existir, luego ¿ese algo no es del todo del orden de la palabra? Recordemos ese soporte
«material» de Lacan.

Bataille habla de lo heterogéneo y dice que el tiempo de la letra es un instante, para Pavese sería el instante del disparo. «Instancia» de la letra en el inconsciente, decía Lacan. Todo el mundo toma «instancia» como orden jerárquico a pesar de que Lacan advierte que la letra no hay que ponerla por delante del significante. Pero en español y en francés uno de los sentidos de instancia es «en un momento, de golpe», «instante de ver», no como el discurso que necesita de duración para su encadenamiento.

Parece entonces que lo acogido por la letra tiene que ver con el cuerpo. ¿Pero qué cuerpo? No el cuerpo pasado por el Edipo, con sus emblemas sexuales, ni el que fastidia con sus síntomas que son el efecto de la vuelta de lo reprimido escrito sobre el cuerpo, sino el cuerpo significado como falo; ese cuerpo que, paradójicamente, tuvo que arrancarse a la falta materna y ahí se generó un mito (fíjense qué palabra: arrrrrancar, tan pegada aún a la cosa, arracher, to draw, que en inglés significa arrancar y también dibujar, trazar).

Interpretar, para un psicoanalista, es escuchar el sonido y disposición de las letras que esconden lo pulsional, no dejarse llevar por lo icónico del sentido y mucho menos por sus opiniones. Pero si para los analistas el momento de la interpretación es un acto, no una explicación que necesita de un desarrollo discursivo, nos preguntamos si en el caso de los lletraferits que buscan febrilmente la letra exacta, y quizá también en el de los analistas que interpretan fuera de tiempo, no se trataría acaso de un pasaje al acto. Pensemos que en el tiempo de un instante, en cierto modo se suprime el tiempo del sujeto.

Suponemos una diferencia entre intentar a tocar con la yema de los dedos cuando se escribe una punta del goce perdido, y el ir al encuentro de ese goce de forma masiva como hicieron en su pasaje al acto tanto Virginia Woolf como Yukio Mishima, por seguir en la Literatura (suprimo aquí la argumentación que ya publicaré).

¿Y qué tipo de pasaje al acto sería el de ir el escritor hacia la letra? Pues uno que a diferencia del de Woolf y Mishima contiene en sí mismo su fracaso, porque si bien un lletraferit llega muy lejos en la búsqueda de ese goce pulsional cifrado, hasta el punto de poder gozar con ello, se contenta en realidad con poco (no olvidemos que la palabra mata a la cosa y la letra sería ese fusil recién disparado haciendo borde entre ambas). Porque en ese casi tocar el UNO fálico, no se obtiene salvo una letra articulada en un significante. En la interpretación analítica lo que se produce es una separación entre significante y goce que hará escapar muy lejos a éste último. En el encuentro de la letra el escritor goza «en la escala invertida de la Ley del deseo»8. Y es que lo que fue reprimido originariamente, ese cuerpo fálico ofrecido a la falta de la madre, no cesa de no escribirse, nunca vuelve, salvo en la represión secundaria; por eso el escritor sigue escribiendo. Lacan dice haber saludado a uno que fue noble víctima del error de buscar en la letra9. Y en Lituraterre dirá:
Para mí, si propongo en el psicoanálisis la letra como en suspenso es porque ella muestra allí su fracaso. Y lo aclaro: cuando invoco así las luces, es para demostrar donde ella hace agujero. Y más adelante: La letra (…) dibuja el borde del agujero en el saber10.

Tras esta trabajo que les he presentado, y por la ciudad en que estamos, sólo puedo terminar con una frase de Proust: La obra debe ser considerada tan sólo como un amor desgraciado que presagia fatalmente otros.
 

Notas:

1- Citado por Ernesto Sábato en Ibidem, p. 87.

2- J. Lacan, «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud», en Escritos I, Siglo XXI, Barcelona 1978, p. 181.

3- La pregunta que el gato de Alicia en el país de las maravillas le hace a ésta: Did you say pig, or fig?, es decir que le da a elegir entre la oclusiva y la fricativa, citado en algún momento de su obra por Lacan.

4- G. Pommier: Nacimiento y renacimiento de la escritura. Nueva Visión. Buenos Aires 1996, p. 102-103.

5-Idem, p.103

6- Jacques Lacan: Lituraterre, inédito.

7- Citado por Ernesto Sábato en Ibídem, p.116-117.

8-Jacques Lacan: «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano». En Escritos I, Ed. Siglo XXI, Barcelona 1975, pág. 338.

9-Jacques Lacan: «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud», en Escritos I, Siglo XXI, Barcelona 1978, p. 194.

10-Jacques Lacan: Lituraterre, inédito.

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