Mesa: experiencias educativas

Me llamo Elia, trabajo como maestra de educación infantil en el CEIP Virgen de la Salud de Elda. Mi primer contacto con la teoría psicoanalítica fue en el año 83 a raíz un curso de formación que impartió la pedagoga Carmen Franco que ya se ha presentado. A raíz de este curso constituimos un grupo estable de formación que duró varios años. Allí trabajamos el desarrollo psicoafectivo sexual siguiendo a Freud, aprendimos sobre la teoría de grupos y reflexionamos sobre el rol del educador utilizando técnicas como es la dramatización. Allí descubrí también a E. Pichon Riviere y su teoría del vínculo que he tenido siempre presente en mi vida profesional. Paralelamente, por motivos personales, empecé mi proceso de terapia psicoanalítica. En este período que duró también varios años fueron muchas situaciones relacionadas con la escuela y los conflictos con determinados niños, los que analicé junto a mi terapeuta.

Volviendo a Pichon Riviere y su teoría del vínculo considero que el vínculo afectivo que la maestra establece con el niño o la niña es fundamental para el aprendizaje, sin vínculo no hay aprendizaje. Cuando hablamos de vínculo hablamos de relación afectiva que da seguridad y afecto al niño pero también hablamos de límites. Por tanto en esta relación vincular van a haber conflictos. Desde esta sensibilización con el psicoanálisis el vínculo que establezco con cada uno es objeto de reflexión, va más allá de lo que le pasa al niño o de “cómo es”, implica preguntarme cómo es nuestro vínculo en cada momento, qué proyecta en mi, qué es lo que me mueve de lo mío, de lo más personal y cómo reacciono yo. En este sentido voy a citar literalmente un párrafo de un libro que leí este verano el autor es Stephen Gras y habla de algunas situaciones a las que se enfrenta como terapeuta con los niños, situaciones que también vivimos las maestras, dice así “Ellos siempre encuentran la cosa que nos desquicia y la repiten una y otra vez. Debemos reflexionar cuando llegamos a un callejón sin salida. Llegamos a un callejón sin salida cuando repetimos, es algo que le sirve tanto al niño como a nosotros. Pensemos en ese callejón sin salida como un obstáculo que ambos creamos. Yo soy una persona normal claro que me enfado pero espero acabar descubriendo la razón por la que el niño necesita enfadarme mi papel es escuchar y reflexionar sobre mis reacciones emocionales”. Me parece muy interesante el término “callejón sin salida” cuantas veces cuando el adulto toma conciencia y cambia, cambia la relación con el niño.

Siguiendo con el concepto de vínculo en la etapa de Educación Infantil desarrollamos fuertes sentimientos positivos hacia los niños y niñas pero me gustaría reflexionar sobre el peligro de ligarnos demasiado a algunos de forma individual. No debemos olvidar que estamos ante un grupo y que hay que favorecer los procesos grupales sobre los individuales, tenemos que ayudarles a elaborar el conflicto que supone encontrarse con los otros, favorecer la cohesión grupal y despertar el sentimiento de pertenencia a un grupo. Por otra parte me gustaría reflexionar sobre la elaboración de la ruptura del vínculo cuando pasan de infantil a primaria. En infantil entran con 3 años y salen con 6 años convivimos con ellos tres años, es un vínculo muy fuerte el que establecemos, pero tenemos que aceptar la necesidad de que nos abandonen. Este es el duelo que a mi me toca hacer este curso, un duelo que tengo que hacer y que es difícil.

Hay algo sobre lo que también quiero hacer hincapié y es el hecho de que cada edad no es más que un estadio de transición dentro del proceso de crecimiento. Yo he tenido la suerte de trabajar en la etapa 0-3. Se de dónde vienen. Cada fase de la niñez se sostiene en la etapa anterior, lleva también lo no resuelto y es la semilla de lo que vendrá después. Esto me hace pensar en el “crecimiento en espiral” un concepto sobre el que trabajamos desde el primer grupo de formación que he citado anteriormente y que expresa como el niño y la niña cuando dan un paso de crecimiento, a veces, necesitan volver sobre lo conocido, lo que le daba seguridad, porque crecer siempre implica renunciar a algo.

Desde esta mirada psicoanalítica, y quiero decir que yo no tengo una gran formación teórica, la maestra se sitúa en otro lugar en el aula, un lugar en el que la escucha hacia el niño y la reflexión sobre nuestro rol está siempre presente. Es cierto que la maestra no puede curar a niños sometidos a relaciones familiares enfermas o llenas de carencias. Nuestro papel no es terapéutico pero si tenemos que ser conscientes del poder reparador que puede tener, en muchos casos, la vida en grupo y la relación con un adulto que ofrece un modelo diferente al de sus modelos de referencia, su padre y su madre. Yo trabajo en una escuela donde la mayoría de los niños y niñas que asisten a ella son de etnia gitana, viven en un entorno de pobreza estructural con pocos recursos materiales, pero sobre todo con muchas carencias afectivas. Son observadores pasivos de la violencia hacia sus madres y algunas veces, hacia ellos mismos, muchos viven lo que supone la experiencia de la cárcel en alguno de sus progenitores y la socialización la realizan desde la imposición del más fuerte. La escuela sobre todo en la etapa de infantil, es para ellos un lugar de alegría y de refugio donde pueden calmar sus tensiones familiares, donde encuentran confianza en sí mismos, y un medio social acogedor en el que realizar tareas atractivas.

Voy a referirme ahora a la frase que es objeto de este encuentro ”Sin deseo no hay educación” Los niños y niñas llegan al colegio con deseo, deseo de jugar y es partiendo de este deseo del que la escuela tiene que proporcionar situaciones de vida y aprendizaje. Entonces yo me pregunto muy a menudo ¿qué pasa con los niños que pierden tan pronto el interés en las tareas escolares?, ¿en qué medida la escuela alimenta o aplasta este deseo? La etapa de educación infantil es un momento maravilloso para ofrecer situaciones en las que puedan sublimar, es decir puedan sustituir placeres de satisfacción inmediata, por actividades que también gratificantes les conduzcan a la creatividad, al encuentro con los otros y a la simbolización. La escuela en esta etapa ofrece situaciones en las que pueden desarrollar un pensamiento creativo, espacios que les permiten realizar juego de roles en los que jugar al “como si” es una liberación, momentos para enfrentar el propio deseo al del otro. El aprendizaje de la lectura y la escritura no debería obsesionar a las maestras en esta etapa lo que no quiere decir que no esté presente. Tiene que estar presente como un necesidad de acceder al universo simbólico, como es el lenguaje oral, el juego o el dibujo.

Centrándome en el desarrollo afectivo-sexual en esta etapa, niños y niñas están en pleno complejo de Edipo. Es un momento de gran curiosidad sexual, en el que sienten deseos instintivos muy fuertes hacia sus padres. La aceptación de la ley de prohibición del incesto y el control de buena parte de la actividad pulsional es el trabajo interno que tienen que realizar. La resolución de este conflicto abre camino hacia la escolarización en primaria, empieza la etapa de latencia en la que la curiosidad sexual se va a transformar en curiosidad por aprender, por saber cómo funciona y cómo es el mundo en que vivimos. En esta nueva etapa aumentará el interés en la vida de los niños de su edad y aparecerán los primeros amigos “verdaderos” ¿Cuál es entonces el papel como maestras de educación infantil? Nuestra función es guiarles de forma progresiva hacia el reemplazo del juego por el trabajo, realizando actividades que no proporcionan una satisfacción inmediata a sus deseos primitivos sino que les conducen a experiencias placenteras por caminos indirectos, más difíciles. En la escuela vemos como algunos niños o niñas no lleg
an a superar con el crecimiento la necesidad inmediata de satisfacer las pulsiones, no logran dedicarse a las ocupaciones de la escuela, sino que se hallan permanentemente buscando satisfacciones inmediatas. No pueden esperar lo que les produce placer ni trabajar para conseguirlo.

Para terminar quiero leer un párrafo del prefacio que escribió Francoise Doltó a Maud Mannoni en su libro “La primera entrevista con el psicoanalista” editado en 1964. En él hace un crítica incisiva al modelo educativo francés, crítica que bien se podría aplicar al actual sistema educativo en nuestro país. Dice así :“ El drama de los niños se origina en un estilo de instrucción pasiva, con horarios y programas obsesivos, que no les permite en absoluto un margen de acceso a la cultura. Se olvida demasiado a menudo que las lecciones y los deberes representan medios y no fines en si”. “¡Cuántas son las energías ahogadas o desperdiciadas sin ningún beneficio y las que se podría dejar en libertad con un sistema escolar que confirmara, en lugar de impedir, el libre acceso a las iniciativas y a las curiosidades inteligentes de los futuros ciudadanos!. Una formación para el dominio de sí mismos y de sus capacidades, cargada de sentido en todo momento. Conocimientos y técnicas adquiridos en función de un deseo y no por obligación o por sumisión perversa al miedo a las sanciones y a los imperativos impersonales”.“Con o sin padres perturbados a partir de los 7 años el lugar del niño no está ya en la familia, sino en la sociedad, en la escuela, y ese lugar que ocupa no es de privilegio pero sí es respetado por el solo hecho de que él es un ciudadano. Si se pretende que el niño desee luego asumir con libertad, en el momento adecuado, un justo lugar creador en la sociedad, de acuerdo con sus capacidades, cada uno de lo trabajadores de la escuela deberá estar al servicio de cada niño, y cada niño percibirlo así.¿Qué vemos en la realidad? No niños acogidos por la escuela sino niños sometidos a los engranajes anónimos de la maquinaria administrativa.”
 

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