Mesa: Los conflictos de la escuela vistos desde las consultas.

Es muy interesante preguntarse cuáles son los derroteros que los conflictos nacidos en las instituciones educativas siguen hasta llegar a la consulta de un psicoanalista, sobre todo porque las cosas han cambiado mucho los últimos tiempos. En la época de Freud, era el medico clínico el que a partir de la presencia in situ, por ende, de la observación y escucha de los síntomas que contaban sus pacientes, el que hacía un diagnóstico general de lo que a este le sucedía y para el cual ideaba una cura posible. Es decir, que podía encontrarse cualquier tipo de problema y estaba preparado para las sorpresas.

Hoy en día, con las “especialidades” se pretende tener clasificado cada nuevo trastorno y contar con una solución para él. La clínica psicoanalítica, en cambio, orientada por la psiquiatría clásica, se caracteriza por no “especializarse” en nada en particular, sino que el psicoanalista como clínico, hace una escucha del sujeto que va más allá de su síntoma o diagnóstico específico. Esto, marca una ética de trabajo, porque la concepción que el psicoanalista tiene de la clínica psicoanalítica con niños o adolescentes no entiende al sujeto en tanto fruto del desarrollo, sino más bien, en función de los puntos de fijación que se resisten a la dialéctica de dicho desarrollo. Son estos puneto de fijación los que toma Lacan de Freud, para decir que lo que diferencia a los distintos sujetos, más allá de su edad, es la ética que hacen de su goce. Por eso es que en definitiva, la gran diferencia entre el tratamiento que se da al malestar de un niño en la escuela y en la consulta del analista, reside fundamentalmente en la concepción antropológica que se tenga del sujeto.

Generalmente, los maestros que como es lógico saben más de metodología didáctica o de lo específico de su materia que de psiquiatría; tiende a derivar al niño o adolescente con problemas al psicólogo del centro, al pediatra o psiquiatra correspondiente. Y hay que decir, que lo que pasa a partir de este momento es que rápidamente, a este chico, en el proceso de derivación al psicólogo o psicoanalista que le toque le cae sobre sí algún diagnostico de trastorno determinado. Diagnósticos que se fundamentan en trastornos del desarrollo u otros basados en el factor biológico, tal y como lo determinan hoy las ciencias psiquiátricas o las neurociencias. Se sitúan entonces, como lo hacían los Presocráticos en la búsqueda de las causas últimas de la naturaleza, a nivel de objetos de la realidad. Un determinado signo por exceso o por defecto en un momento determinado lleva aparejado su trastorno correspondiente. Ahora bien, aún cuando sabemos que lo que los científicos llaman el factor biológico, está presente y no se puede obviar, también sabemos que son los propios neurocientíficos,

quienes reconocen que a la hora de dar respuestas certeras sobre el origen, por ej. de la esquizofrenia o algunas depresiones, la mayoría de los datos que se obtienen desde esta perspectiva, funcionan a manera de pistas, que permiten seguir trabajando en hipótesis con alto nivel de especulación1. El psicoanálisis, está advertido de dicha inespecificidad en cuanto al origen del sufrimiento humano. Por eso, respecto de la búsqueda de las causas, el psicoanálisis está más cerca de entre los presocráticos, de Anaximandro, uno entre ellos, que encontró el origen del cosmos en lo ápeiron (indeterminado). Analogía ésta, que marca la tensión que se da hoy en el tratamiento que de las causas del sufrimiento hace la ciencia y el que hace el psicoanálisis. La escuela como cualquier institución en la actualidad, no puede ser ajena al tratamiento que la ciencia contemporánea hace de los llamados trastornos de los niños y jóvenes de hoy.

El psicoanálisis al no colocar las causas a priori para cada síntoma ni tener un protocolo de actuación para cada trastorno, marca la diferencia. En principio, el psicoanálisis, no generaliza sus explicaciones. Entendiendo, que el consenso producido por una comunidad científica, es un hecho de palabras que tiende al acuerdo sobre las causas de síntomas, sólo en apariencia similares pero que cumplen funciones siempre distintas para cada sujeto. Por eso, trabaja con lo que se denomina el caso por caso. Parafraseando a Freud, se toma cada caso como si fuera el primero. Luego, usa, la interpretación, que, si bien funciona a modo de hipótesis para el psicoanalista, se diferencia, en que las hipótesis son formuladas a priori por el investigador, para luego ser validadas en función de un gran número de casos. Las interpretaciones, son hechas, una vez que el psicoanalista ha escuchado a su paciente, y es el propio paciente el que la valida, en función de sus efectos. Sólo aposteriori, se infiere que gracias a ella, el niño hace la transferencia del saber que tiene sobre su malestar, al analista. De modo que, las causas, quedan ubicadas, para el psicoanálisis, en el lugar de una x, a ser explicada por una verdad que no es objetiva, sino subjetiva. Por eso, Lacan decía que, la verdad tiene estructura de ficción, porque el vínculo causa–efecto, desde esta perspectiva, es un sesgo del investigador.

Para nosotros los psicoanalistas, las ficciones, es decir, sistemas significantes sintomáticos, vienen a poner un cierto orden a las cosas, a encontrar una lógica a lo que no se comprende. Es decir, son el «mito individual del neurótico»freudiano, relato por el cual, se explican los acontecimientos determinantes de la existencia de un neurótico, ya sea niño, adolescente o adulto. En el caso de las psicosis, en cambio, falta ese relato. Justamente, nuestro trabajo, es el de construir algo que lo supla. Este relato, al niño neurótico le sirve, por una parte, como defensa frente a la angustia, y, por otra, para hacer, a partir de esa verdad ficcional, un trabajo que le permita explicar el síntoma. Síntoma, que irá tomando diversas significaciones, en los distintos momentos del tratamiento, hasta llegar a convertirse en algo, de lo que el niño pueda servirse. De este modo, la causa que en un comienzo fue indeterminada, se puede decir que se torna efectiva, únicamente cuando toma sentido en la dimensión subjetiva del niño2.
Ilustraré los efectos terapéuticos de dichas invenciones infantiles, a partir de dos viñetas clínicas.
El padre de Paula la ha bloqueado en el WhatsApp. Su madre cree que esto afecta a su hija, y tiene relación con sus mentiras. Ella siempre se encargó de facilitar las relaciones entre ambos, aunque en su discurso, se vislumbra el lugar que la niña ocupa en su economía psíquica. Cuando Paula llega a verme, tiene un saber constituido sobre la causa de su malestar, dice, yo quiero un padre. El primer tiempo del tratamiento, mis actos se dirigieron a sacarla del silencio y la inhibición en los que estaba instalada, haciendo notar su presencia a partir de mis interpretaciones. El hecho de que ocupara las sesiones ordenando, me llevó a formular la siguiente hipótesis: poner orden, es, entre otras, la función de un padre, es decir, la demanda inicial de la niña. De modo, que, me alegré de que pusiera en orden la consulta e hice semblante de ello. A partir del día en que pide que la ayude con sus tareas de matemáticas, se produce un viraje. Dudé si responder a esa demanda, pero Paula me sorprendió diciendo, mi padre nunca me enseñó nada. Frase que me advirtió, que, no responder, era quedar del lado de este padre que no sirve a su función de transmisión del saber. Rápidamente accedí a ayudarla con sus divisiones de dos cifras. Ahora, Paula, está más alegre, llega al despacho y sabe lo que quiere hacer, busca los juguetes y me invita a jugar con ella. Últimamente construye con maderitas la escena de una obra de teatro. La escena está compuesta por un perro llamado Mozart, su dueña Nannerl, una mesa y una silla, donde Nannerl escrib
irá sus partituras, y un buque con un capitán que quiere la paz. Acuerda conmigo, en que ha costado construirla dueña del perro, pues hemos debido pasar sesiones enteras, para que las maderitas encontraran el buen lugar que las mantuviera en pie. Estos rodeos ficcionales, han permitido a Paula, salir a de su posición de partida: estar bloqueada, e introducirla en la búsqueda de un lugar distinto en relación a sus vínculos familiares, y, de un sentido nuevo a su malestar.
La dirección de la cura de niños psicóticos, por su particular relación al lenguaje, es distinta. Entre otras cosas, no se interpreta a la manera de la neurosis. Pero, ya sea, a partir de la construcción de una metáfora delirante o explicativa, una suplencia, o una subjetivación del vacío, se trata siempre de una invención particular de un sujeto. Lo que es altamente terapéutico y tiene efectos de estabilización.
En el caso de Juanjo, a sus padres, les preocupan las constantes ideas de muerte que perturban al niño. Tanto el entorno familiar, como los vínculos con los pares, y el aprendizaje se ven afectados. Juanjo no puede decir mucho a cerca del por qué le sucede esto, pero ha accedido al tratamiento analítico. Esto, nos ha permitido aislar dos significantes que, por ahora, ordenan una explicación posible sobre lo que le sucede. Las ideas no han desaparecido totalmente, pero, ahora, entiende cómo funcionan. Vienen cuando se cabrea, lo que le sucede muy fácilmente, y, tal vez, tenga relación, con que a veces, no soporta a su madre. Esta mínima construcción de sentido, aunque bastante pobre, ha tenido efectos pacificadores. Ahora Juanjo, puede estudiar y obtener buenos resultados en los exámenes, ha acotado la elaboración de sus ideas a las sesiones analíticas, y no inunda con ellas el ambiente familiar, además, sabe que cabrearse, sólo lo lleva a pelear, perder amigos y cabrearse todavía más..
En conclusión, los niños, que llegan a la consulta del analista, con un síntoma, susceptible de encontrar un lugar dentro de los llamados trastornos, generalmente son derivados por maestros que ya no saben qué hacer con estos síntomas, aunque sepan de qué trastorno se trata y más allá de la medicalización del mismo, pero lo que estos niños no han encontrado, es un lugar dónde poder descifrar, la función que cumple ese síntoma en sus vidas. El analista, se cuida de que las categorías diagnósticas no vengan a velar las particularidades del caso, a condición, de no saber a priori, sobre sus causas. Finalmente, los casos clínicos, a nivel de la teoría psicoanalítica, hacen de sostén explicativo de un modo de trabajo, no de un síntoma determinado.

Bibliografía:
1. Lacan, J. Seminario IV. «La relación de objeto» (1956-1957). Ed. Paidós. Buenos Aires. 2008. Pág. 258.
2. Focchi, M. «La causa es la causa no necesaria». www.congresamp2014.com

 

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