Mesa: Experiencias educativas

“Un libro es una mirada por nuestro propio interior”

En primer lugar me gustaría relatar la fascinante aventura que vivo cada semana en el aula cuando los alumnos y yo buceamos entre las páginas de diferentes libros en los que descubrimos qué tipos de historias nos fascinan y cómo influyen en nuestras propias vidas. Cuando comencé a trabajar en Educación Secundaria me encontré con el gueto de que los libros servían para valorar el saber del adolescente y para poner una nota sobre esa lectura, en cambio nadie se preguntaba cómo se había sentido el alumno al leer ese libro, qué importancia había tenido para él, qué sentimientos le habían despertado y si se había identificado o no con algún personaje.

Esta situación se daba cada día en las aulas y fue cuando sentí la necesidad de transmitir la lectura como yo la siento, como un impulso interno para comprender mi inconsciente y descubrir mis propios conflictos. Así me preguntaba ¿se lee con verdadera satisfacción en los centros educativos? Porque cuando se lee con placer es porque las palabras escritas también han sentido el placer de ser creadas, promoviendo, así, un espacio de goce donde aparece la dialéctica del deseo, es decir tanto escritor como lector han manifestado el goce que han sentido uno al crear y el otro al interpretar, como bien dice Lacan “el escritor coge las fantasías pulsionales y las transmite en su obra a través del pensamiento secundario del yo”.
Sabemos que cuando a un adolescente se le obliga a leer un libro, lo primero que pregunta es de cuántas páginas se compone, desea elegir el que menos cantidad tenga aunque su contenido sea más aburrido. Y vuelvo a cuestionarme ¿Por qué y para qué se debe fomentar la lectura en las aulas? ¿Estamos realmente creando lectores críticos?

En primer lugar, la lectura no debe ser una imposición, pienso que debe crearse una sociedad lectora desde la formación de los individuos como lectores, donde la palabra forme parte de su propia vida. Ya antes de nacer cuando la madre en su interior disfruta de ese pliego de papeles, que mantiene en su abultado vientre, transmite al nuevo ser sensaciones y emociones desconocidas para él, pero que posiblemente pueda retomar e interpretar cuando en su niñez tenga a su alcance los primeros textos, los visualice, posteriormente, en su infancia, aprenda a leerlos y en su etapa adolescente pueda descubrir sus aficiones lectoras y transformar su mundo interior a través de las inquietudes de los diferentes personajes que aparecen en sus lecturas. “Los libros son almas cautivas, almas, almas en pena, hasta que alguien, bajándolos de sus estanterías, los lee” escribe el novelista inglés Samuel Butler.

Todos sabemos que la sociedad actual se plantea con aprecio promocionar la lectura, se dice que estamos en una sociedad lectora, pero los medios por los que se transmite no son los adecuados y en la actualidad están en proceso de cambio. Las nuevas tecnologías, la masiva actividad cultural del momento, la visualización de los mensajes y la gran oferta “literaria” provocan que los individuos no busquen un espacio y tiempo para el disfrute de la lectura.

Este barullo de acontecimientos me animó a plantearme un proyecto sobre la búsqueda y el goce de la lectura dentro del aula. De esta forma y con gran ilusión nació un Proyecto, titulado “El placer de descubrir la lectura” en el curso 2008-2009 y que cada día disfruto más escuchando las aventuras que recorren los alumnos por las aulas cuando en su mano mantienen un ejemplar impreso y cuando son capaces de crear en su cuaderno sus propios fantasmas para componer con sus finas manos deliciosas historias.
Desde mi experiencia personal y profesional siempre he considerado que leer textos y libros con el alumnado en el aula es una tarea fundamental para despertar las inquietudes lectoras, para que esos individuos tan inseguros y maleables como son los niños y adolescentes puedan descubrir qué tipo de lectura les motiva, les interesa y les hace pensar como personas.
Cuando trabajé en Educación Infantil “la hora del cuento” era imprescindible en la tarea educativa para que el niño pudiera descubrir otros mundos diferentes al suyo, para aprender sobre los problemas internos de cada uno y la búsqueda de posibles soluciones a sus propias dificultades. Sobre esto el poeta alemán Schiller escribió: “El sentido más profundo reside en los cuentos que me contaron en mi infancia, más que en la realidad que la vida me ha enseñado”.

Del mismo modo el psicoanalista Bruno Bettelheim nos dice que los cuentos aportan importantes mensajes al consciente y al subconsciente, porque estas historias hablan de su pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo liberando al inconsciente de sus pulsiones. La bondad, la maldad, la vida y la muerte deben estar presentes al igual que en la vida real para que pueda identificar sus luchas internas y externas. Era una gozada observar a un niño de dos o tres años sentado en su cojín y releer varias veces las mismas páginas para descubrir con esas imágenes qué les estaba ocurriendo a cada personaje y a él mismo.

En la adolescencia se producen los momentos de mayor curiosidad por todo lo que le rodea al individuo, es un buen punto de partida para aprovechar el fomento de la lectura y crear lectores críticos. Pero, desafortunadamente se produce el fenómeno contrario. El mundo adolescente provoca tantas contradicciones que, en muy pocos casos, se refugian en los libros como una fórmula que favorezca la búsqueda de su propia identidad, sobre todo, hoy en día, donde los medios audiovisuales y tecnológicos priman la curiosidad de estos jóvenes.
En el aula se debe transmitir el amor por la lectura compartiendo el goce de leer, del mismo modo que los juglares y trovadores de la época medieval transmitían con sus palabras los cantares a un pueblo inculto, sin aprendizaje, pero que sentían curiosidad e interés por escuchar fascinantes relatos. Es importante encauzar la importancia de la lectura a partir de la peregrinación de libros día a día en el aula, fuera de ella, en cualquier espacio utilizado por esos seres deseosos de escuchar en voz alta la musicalidad de las palabras tanto de grandes escritores clásicos como actuales.

A continuación vamos juntos a recorrer las aventuras lectoras de cada semana en el aula. El primer episodio es compartir una encuesta sobre hábitos lectores para que cada alumno conozca si sus intereses personales y familiares tienen o no relación con el mundo de la fantasía. La primera hazaña es la de compartir su propio libro, nos lo presenta, nos transmite qué significado tiene para él y finaliza con la ilustración verbal de un pasaje. En el siguiente capítulo ojean un listado de libros para saborear un exquisito cóctel de palabras impresas para saborearlas y elegir qué ejemplar les gustaría leer, para, así, cada semana transformar el aula en la festiva magia de las palabras. Yo siempre suelo llevar un libro en mi mochila para recitarles algún fragmento.
En mi opinión el profesorado debe ser guía y coordinador de ese aprendizaje lector, debe ayudar a los alumnos a que sean críticos con sus elecciones, por qué eligen un libro y no otro y, sobre todo que puedan disfrutar de esa lectura para que la puedan interpretar y les despierte un mundo lleno de imaginación. Así cuando la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones, cuando la imaginación brote, cuando los nervios se agiten, cuando el corazón se acelere y cuando la adrenalina suba será cuando estemos en el delicioso momento de disfrutar de la lectura tanto colectiva como individual. Estos momentos me recuerdan las palabras del novelista Oliverio Golsmith: “La primera vez que leo un libro me parece como si ganara un amigo nuevo; al releerlo creo volver a oír la conversación de un viejo ami
go”.

Una de las grandes metas que me planteaba con este proyecto era conseguir que el alumnado llevara en la mochila un libro, “su fetiche”, como lleva un estuche o un cuaderno, que sea un objeto imprescindible en su aprendizaje diario y que pueda usar en cualquier momento identificando las frustraciones del autor para descubrir y canalizar las suyas. Se lee para aprender algo nuevo y para profundizar conocimientos ya adquiridos, pero también se lee para entretenimiento y como mero placer y, así, convertirse en una pasión singular. En el extraordinario acto de visualizar las palabras para comprender lo que dicen se produce un mágico encuentro entre el texto escrito y la mente individual del lector que, a su vez, está provisto de determinadas experiencias y de su propia perspectiva.

Ya en plena acción argumental comienza la aventura subversiva de leer en silencio como si se llevara a cabo en la clandestinidad como cuando los adolescentes se saltan la norma y descubren libros prohibidos para calmar sus inquietudes y sienten como un mundo idealizado les transforma la satisfacción de sus necesidades vitales. Pero también es importante como dice Roland Barthes que “El placer del texto se consigue a través de las vibraciones del cuerpo tanto al escuchar las melodías de la voz como al interpretar el significado del anónimo enunciador que transmite el mensaje escrito”. La palabra transmite emociones a través de la voz, del tono y de la melodía de singulares significantes que penetran en la mente del adolescente para que los oyentes interpreten la musicalidad de una suave sinfonía de sonidos.

Pero construir lectores es también construir escritores, para ello navegamos por un encrucijado “Diario de lectura” en el que cada día que leen, los alumnos escriben qué emociones les provocan sus vivencias lectoras, que relatos les cuenta el imaginario narrador y en qué momento se sienten reflejados en los diferentes personajes. Es el momento de descubrir la magia de la palabra escrita. Son los alumnos quienes crean a partir de sus vivencias y de su saber, narrando fascinantes historias individuales y grupales.
Una vez finalizado el libro reflejan en su cuaderno una valoración crítica y su opinión personal. Ya que la escritura es estímulo de la lectura y de esta forma aprenden a ser capaces de sintetizar los mensajes que han recibido, identificarlos con sus propias inquietudes y con espíritu crítico valorar lo que han leído. De esta forma los alumnos consolidan la escritura y se forman como “auténticos escritores” a través de diferentes “Talleres de escritura” que realizamos en el aula, para que de forma individual o grupal y a partir de los elementos del relato que están leyendo puedan transformar y crear emocionantes historias que luego escucharemos en clase.
Ya en el desenlace de nuestra aventura preparamos una “Tertulia literaria” al final de cada trimestre para que cada alumno en el grupo pueda revelar cómo se ha sentido al leer ese libro, qué cuestiones se le han planteado, si se ha sentido identificado o no con algún personaje o situación de la obra y qué emociones ha descubierto en su lectura, valorando de forma crítica si le ha gustado o no el libro y por qué.
En definitiva pretendo que en este espacio se puedan compartir diferentes experiencias lectoras y aprender todos de todos para enriquecernos del saber de cada uno, donde todas las personas estén incluidas y que con sus diferentes ritmos de aprendizaje se sientan integrados en el centro educativo al que pertenecen.
Mi experiencia psicoanalítica, que se remonta a la década de los ochenta, me ha ayudado a poder abrir diferentes caminos hacia la creación de espacios de lectura individual y compartida para que cada alumno descubra sus mágicas aficiones y que a través de ellas pueda interpretar sus angustias y poder enfrentarse a sus propios temores. Al igual que Don Quijote se enfrentaba a personajes imaginarios para jugar con la realidad y la fantasía de su propio mundo interior.

Para poder ilustrar este proyecto voy a contar una situación que me emocionó y me motivo a seguir buscando nuevos caminos.
“Un alumno de 1º ESO con una situación familiar muy complicada no había leído ningún libro en su corta existencia y en este espacio de lectura cayó en sus manos el libro de Elvira Lindo, Pobre Manolito, pronto se enganchó y comenzó su aventura lectora. No solo era su primer libro, sino que cuando tenía momentos, que eran muchos, en los que no sabía qué hacer cogía el libro y gozaba de las aventuras de Manolito porque a él también le pasaban en su propia realidad. Cuando en clase contaba su primera experiencia con los libros nos enriquecía a los dos, a él como persona y a mí como profesional de la educación.
¿Sería posible, entonces, construir espacios en las aulas para que el alumnado se sintiera escuchado y pudiera compartir sus experiencias lectoras?
Me gustaría acabar con una cita de Marcel Proust que dice que“…la lectura es para nosotros la iniciadora, cuyas mágicas llaves nos abren en el fondo de nosotros mismos la puerta de las moradas, donde no habríamos sabido penetrar, y su papel en nuestra vida es saludable”.

 

ROSA FRANCÉS REQUENA.
Profesora de Secundaria de Lengua y Literatura Castellana.
 

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