(Artículo publicado en el núm. 17 de la Revista «Trama y Fondo: La diferencia sexual». Madrid 2005. www.tramayfondo.com.
Publicado en la Revista digital: http://www.psyche-navegante.com. Buenos Aires, 2004.)

De entrada quería comentarles que a Microsoft no le ha gustado mi trabajo: y es que cada vez que ponía un término sexual me lo subrayaban en rojo; si yo escribía alienación, se empeñaban en corregírmelo por un «alineación» que se ve que a la empresa le conviene más. En fin, ha sido una ardua tarea.

Tanto pudor del servidor de Internet contrasta con la ligereza rozando la obscenidad con la que se habla actualmente en la sociedad española de lo relativo al sexo. Si subimos a un autobús a la salida de un Instituto y escuchamos a los grupos de gente joven, incluso adulta, si leemos revistas para adolescentes, o si miramos algún programa de TV, los de mi generación quedaremos a veces chocados del desenfado con el que se expone la intimidad. En revistas para adultos, artículos de fondo se esmeran en presentarnos técnicas, milenarias o no, para estimular el punto G, la eyaculación femenina, o bien para llegar a ser un hombre multiorgásmico.

Todo esto contrasta enormemente con lo que escuchamos en nuestras consultas, en la que muchas mujeres jóvenes se quejan no ya de frigidez porque aún no tienen el síntoma cristalizado, sino por ejemplo de que cuando empiezan a disfrutar en una relación sexual, entran en un mar de lágrimas que obliga a su compañero a detenerse, o entran en angustia tras un orgasmo que las ha pillado desprevenidas y les ha hecho perder pie. Y en cuanto a ellos, no tengo que contarles acerca del aumento de violaciones en el extrarradio de las grandes ciudades y demás violencia entre sexos, porque ya lo conocen.

Hay entonces un malestar profundo y un entender cada vez menos en el encuentro entre los sexos. Mi generación creía que la desacralización de la autoridad con sus consecuencias de igualdad entre los sexos o, como se dice ahora, la supuesta feminización del mundo, conllevaría por ejemplo mejores encuentros sexuales. Sin embargo, lo que se encuentra en los jóvenes es un profundo malestar y una sexualidad o bien más cruda, o bien totalmente evitada, una prevención excesiva (como por ejemplo, los movimientos de castidad de los USA).

Nuestra hipótesis es que cuanto más intentamos obviar o suprimir la diferencia sexual, más se instala una distancia entre lo erótico y lo carnal, el erotismo encuentra cada vez menos lugar y es sustituido por una sexualidad que se pretende libre pero que no es más que grosera.

Siguiendo este hilo, a mí me chocó mucho escuchar en algunos comentarios acerca de la película de Pedro Almodóvar: «Hable con ella» que era una bonita historia de amor; y me chocó porque a mí me había resultado magnífica y profundamente inquietante, pero no bella —salvo algunas imágenes— y tampoco de amor. Esto me hizo pensar una vez más que la voz imperante en España es cada vez más «progre» y que el «progre» suele quedar encantado cada vez que hay una transgresión de la moral tradicional sin plantearse nada más de fondo, lo que no deja de recordarnos un comentario de Robert Lévy sobre lo fácil que es que un neurótico acepte sin saberlo el contrato que le tiende el perverso.

Basta entonces en la película que Benigno (el enfermero) enuncie su gran amor y su entrega a Alicia (chica en coma) con esa cara que le pone Javier Cámara, para que mucha gente saque los pañuelos de llorar sin más consideraciones. Pensé que quizá el terreno de lo imaginario, de la fantasía, del yo ideal, se superpone demasiado a lo simbólico en la constitución de la realidad cotidiana.

Esto me hizo recordar otro momento-trampa en el que Almodóvar nos hace deslizarnos en lo imaginario en la película «La ley del deseo» cuando le hace decir al travestido (o transexual, no recordamos bien) encarnado por Carmen Maura: «Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó de sí misma», frase que tiene un peligro bárbaro para las personas, ya que supone poner el propio deseo por delante de todo, pero es un reclamo estupendo para los cirujanos estéticos. Autenticidad, pues.

En las semanas en que vi «Hable con ella», casualmente apareció en castellano la edición autobiográfica de un texto de André Gide: «Et nunc manet in te»1 que escribe recién fallecida su esposa y prima Madeleine, y me pareció que había un cierto paralelismo en la relación que unía a este autor con su esposa y la «relación» que une a Benigno con Alicia. Supongo que saben que Gide era homosexual pero que en tiempos que eran más difíciles que los actuales para orientaciones sexuales distintas —hablamos de los años 30—, decidió contraer matrimonio con la única mujer a la que amó en su vida… y a la que nunca tocó de manera erótica. Y esto no fue el fruto de un acuerdo con ella, sino que Madeleine pasó mucho tiempo esperando que él hiciera algún acercamiento sexual (o al menos él lo cuenta así) mientras que él lo único que le prodigaba era consejos, el más exquisito cuidado, lo que él llamaba un amor puro al que ella respondía con hastío, con distancia y —al no haber podido salir fuera de los barrotes de su propio fantasma que la dejaban presa de su marido—, fue cayendo en un estado de profundo desinterés hacia el mundo y hacia sí misma que la llevó a la muerte. La lectura de estas páginas me produjo una inquietud parecida a la de la película: cuanto más Gide proclama lo mucho que cuidaba de su mujer y cuánto la amaba, y cuantos más golpes de pecho se da por haberla sacrificado al amor que sentía por ella, más siniestro resulta que no la informara de algo básico: que no deseaba tener con ella ningún tipo de trato carnal (sabemos además que no sólo le gustaban los jovencitos, sino que le hizo un hijo a otra mujer). Les recuerdo algunos párrafos y les ruego que piensen que es un caso real y que intenten ver detrás a Benigno con Alicia.

«…debido a que mi devoción por ella nunca había tenido nada de carnal, no debía dejarse alterar por las degradaciones que producía el tiempo; y más aun, nunca amé tanto como a esa Madeleine envejecida, encorvada, postrada por las llagas varicosas que me permitía curar, casi inválida, abandonada al fin a mis cuidados, dulce y tiernamente agradecida.
¿De qué está hecho nuestro amor entonces, me preguntaba yo, si persiste a pesar del desmoronamiento de todos los elementos que lo componen? ¿Qué se esconde tras la engañosa apariencia, qué (es lo que) reencuentro y reconozco como lo mismo incluso a través de las degradaciones? ¿Algo inmaterial, armonioso, radiante, que debemos llamar alma o clasificar bajo algún otro nombre? (…) Es esta perfecta autenticidad lo que hacía tan difícil, tan imposible, toda explicación entre nosotros».

¿A qué llama Gide perfecta autenticidad?. Lo dice unas líneas más arriba: «lo que encuentro y reconozco como lo mismo» («lo que una soñó de sí misma», dice el transexual de «La ley del deseo»). Se ve en el film que Marcos, el periodista enamorado de Lydia, la mujer torero también en coma, dice que no puede reconocer nada familiar en el cuerpo de Lydia, es decir que se angustia como cualquier neurótico ante su amante en coma, ante la inmovilidad de ésta se encuentra dividido, mientras que Benigno se encuentra a sí mismo como un ser completo delante de Alicia y Gide no ve más que algo de «lo mismo» en el cuerpo degradado de su mujer.

¿De qué amor hablamos en el caso de Gide, de Benigno? El que parece triunfar sobre el silencio, sobre la enfermedad, sobre la muerte, sobre la castración… La perfecta autenticidad del amor es entonces para ellos la que vela la diferencia, la que silencia la voz del otro para no correr el riesgo del vacío que acompaña a la palabra. Es también el amor que se mueve en las arenas movedizas de la demanda, de los complementarios, no del deseo. Entendiendo p
or demanda ese mundo en el que uno encuentra respuesta a casi todo, ese mundo materno-filial de la inmediatez en las soluciones, del no-esfuerzo, de la pereza que, disculpen, pero no es un pecado capital sino algo peor: es falta de deseo.

Sabemos a partir de Lacan que el deseo sólo puede venir del espacio engendrado por la función paterna entre un niño y el Otro materno, un vacío que saca al niño de la alienación de tener que cumplir los anhelos de ese Otro materno y le ayuda a madurar. Un espacio que es medio ley-medio romance, y promueve una relación entre los sexos carnal y romántica. Cuando falta ese deseo articulado con la ley, entonces se desarticula el amor que queda por un lado como embobecedor de tan sublimado y por otro queda el horror que a veces puede ser lo carnal sin deseo: eso ocurre en las novelas del Marqués de Sade, pero también en los textos y film que nos ocupan y parecen mucho más amables.

No nos parece casual una coincidencia entre la obra de Gide y la de Almodóvar; en ambas las mujeres aparecen en coma o enfermas y es un hombre quien las lava, viste, cuida en una total consagración amorosa. Es horroroso que alguien que no ha querido tocar el cuerpo sexuado de su pareja, le cure las úlceras varicosas y es horroroso que cuando un cuerpo en coma es como una pantalla en blanco, alguien en nombre del amor pueda suponerle un deseo que es de él y por eso se reencuentra con «lo mismo», como dice Gide, y no con algo Otro, algo diferente: «lo mismo» es el propio fantasma de satisfacción en el que uno incluye al otro —si se deja, o no lo puede evitar— en una célula de virtual completud.

Fantasma de completud que aparece claramente descrito en la película muda que hay dentro del film: «El amante menguante», ese amante tan diminuto que sólo encuentra una manera de tener relaciones sexuales con su novia que es meterse todo entero dentro de ella y quedarse a vivir allí; he aquí «lo mismo», fíjense qué fantasma: que la mamá (no la mujer) quede satisfecha gracias a la intervención de su niño que se vuelve a colar dentro de ella completándola.

No es habitual encontrar unidas estas dos maneras de negar el deseo femenino y por lo tanto la diferencia sexual: idealización y violación; por un lado la idealización del amor cortés que priva a la mujer de su deseo sexual: la Virgen María es el ejemplo clásico, la Madeleine de Gide es otro, las mujeres en coma es la versión Almodóvar y los Manolo Escobar de este país cuando cantan a su madre, su hija y su esposa y dicen que las tres son santas… pues es un frecuente ejemplo de andar por casa. Y por otro lado la violación —porque Benigno viola a Alicia, no lo olvidemos, aunque Almodóvar lo edulcore—, siendo la violación un terreno resbaloso porque a veces sí tiene que ver con el deseo femenino (fantasmas de violación).

Es interesante que a pesar del título de la película, los hombres hablan de ellas y por ellas, no con ellas porque eso sería aceptar la alteridad, la diferencia. Y justamente, una forma habitual en que los hombres pueden aceptar la diferencia sexual y el deseo en las mujeres es acusarlas de algo: brujas, locas, malas, posesivas, demasiado astutas, demasiado estúpidas… poco importa porque de lo que se trata es de poder inscribirlas en algún lugar que no les asuste. Esta es una solución bastante molesta para las mujeres, pero más saludable psíquicamente que la solución que da Benigno a este miedo. Él habla de su «relación» con Alicia como «mejor que la que tienen muchos matrimonios», lo que —más allá de la hilaridad que provoca la frase en el público— consiste en realidad en un control de Lo Otro convirtiéndolo en «lo mismo». Este control o el catalogarlas acusatoriamente, son diversas soluciones masculinas para evitar esa sensación de desposesión de la que me hablaba por ejemplo un hombre cuando decía: «Las relaciones eróticas con una mujer son una lucha desigual. Es como si la mujer pusiera el campo de juego y dijera: ‘Se juega aquí: en mi cuerpo’; entonces exige y eso supone una distancia insoportable».

¿Y si leyéramos diferencia en lugar de distancia? Porque la mujer con su deseo les asusta en su apuntar a un más allá de goce. Y el goce femenino les asusta porque no pertenece al territorio de lo mismo, de lo conocido, de lo trillado, sino que remite a su propio héteros, a esa zona de «no man’s land» que late en el interior de cada uno de nosotros: lo que nos es más ajeno. Una zona inclasificable, ininterpretable, de la que tan sólo los místicos, Freud y Lacan han intentado dar cuenta: los unos de manera fruitiva y haciendo trazos que atrapen algo de esa fruición, Freud de manera algo poética hablando de continente negro, y Lacan en forma teórica.

Almodóvar no acusa a las mujeres puesto que en el film no hay nada de deseo por ellas, sólo fascinación que conduce a una prisión que es aun peor: la de su anonadamiento, o incluso aniquilación. Podríamos pensar que hace suya la frase que pronuncia en la película la profesora de danza que interpreta Geraldine Chaplin cuando dice: «De lo masculino emerge lo femenino, de lo terreno lo etéreo, lo impalpable»2. Una frase que no deja de evocar la historia de la costilla de Adán, pero que es tramposa porque la mujer no pertenece por completo al mundo compartido con los hombres. Una mujer puede moverse muy bien en ese mundo –y ojalá sepa autorizarse a hacerlo- pero «no toda» porque algo escapa de ese mundo descompletándolo, mostrando su inconsistencia y es a eso a lo que Lacan llamará «héteros», no etéreo.

No es un mundo etéreo el de lo femenino, en primer lugar porque no es un mundo, no es un universo; y pregunten a las mujeres si es etéreo. Tampoco es el mundo de lo natural ni de las verdades milenarias y telúricas de las mujeres que corren con los lobos3. Todo eso pertenece al mundo (ahí sí) de los bienes; mundo que compartimos hombres y mujeres, aunque venga disfrazado de femenino, porque es el mundo del embeleso materno-filial: apunta a la consecución de esa virtual célula de completud intimista y bondadosa que en realidad está cargada de pulsión de muerte.

Tampoco la feminidad se sienta a la mesa con las reivindicaciones, aunque todos tenemos una deuda con esas feministas que han luchado tanto por la igualdad de derechos de las mujeres. El problema es que la reivindicación es una defensa típicamente femenina —histérica en concreto— frente a la feminidad (porque la mujer también se asusta cuando el héteros aletea cerca). Y es que esa posibilidad de un espacio Otro, las mujeres sabemos que a veces se presenta como muy próximo a un no-lugar, o un exceso, así de paradójica es la cosa (y de ahí esas llantinas de muchas jóvenes ante la estupefacción de sus compañeros).

El espacio de lo héteros —eso a lo que apunta el deseo femenino más allá— no tiene entonces nada que ver ni con la reivindicación, ni con la queja, ni con el intimismo de un «mundo» femenino natural y solidario, porque eso se comparte con los hombres; sólo apunta a la inconsistencia de ese mundo descompletándolo sin enfadarse y sin tener que restañarle las heridas narcisistas. La feminidad mantiene espacios de sinsentido; no los cierra con simulacros de objeto, es decir, de sentido. Tanto Benigno, como Gide, como el amante menguante –cada uno a su manera- pretenden ser el objeto que asegura el goce de su compañera, para no tener que preguntarse por ese pedacito de sinsentido que anida en lo más profundo de cada uno y que nos abre una ventana a la alteridad, así… como desde un costado de cada relación de deseo… de cada relación carnal.

 

Notas al píe:

1-André Gide: Et nunc manet in te – Corydon, Odisea Editorial, Madrid 2002.

2-Pedro Almodóvar: Hable con ella – El Guión. Madrid 2002.

3-Me refiero al libro de Carlota Pínkola Estés: «Mujeres que corren con los lobos». Esta psicoanalista junguiana preconiza la idea de una mujer salvaje que estaría en el fondo d
e cada mujer, lo que una vez más es un intento fallido de encontrar un significante común que hiciera conjunto de las mujeres.

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