París 15 de marzo de 2015

Desde que nacemos, incluso hay quien dice que antes, hacemos una inmersión en la lengua de cada uno de nuestros padres, que a veces no es la misma, y en la lengua del país en el que hemos nacido, que puede ser diferente de la de nuestra familia. Esa inmersión lenguajera, más allá de la inmersión lingüística que sostiene el ámbito educativo, académico, es portadora o no de algunas palabras o marcas, significantes decimos en psicoanálisis, portadora de identificaciones, de fantasmas, que desde las generaciones que nos preceden, determinan para nosotros algunos caminos, abren o cierran otros, es decir, nos alienan, nos dan o no un lugar siempre necesario para nuestra construcción subjetiva, para la construcción de nuestro cuerpo y de nuestra imagen.

Desde el psicoanálisis podríamos decir, no solo que no dominamos la lengua que nos viene del Otro cuando nacemos, sino que tampoco lo hacemos con las lenguas que podemos adoptar con posterioridad en la escuela o el país donde vivimos. Es más bien la lengua la que domina al sujeto e incluso lo coloniza, pues no solo existe la conciencia y la razón, sino también lo inconsciente; las palabras nos afectan, se nos escapan, decimos más o menos, a veces incluso, lo contrario de lo que pretendemos. El lenguaje, el cuerpo y lo inconsciente están imbricados alrededor de la hiancia de lo real. Esto que digo, no es incompatible con los criterios que desde el ámbito educativo se establecen para decidir cuándo un alumno domina académicamente determinada lengua, ni con los planes de formación para su adquisición.

Es decir, no es lo mismo habitar la lengua, que la lengua nos habite, no es lo mismo reproducir una lengua, traducirla, que hacerse autor de la misma, autorizarse en una o varias lenguas.
Todo habla a nuestro alrededor pero ¿en qué lengua o en qué lenguas lo hace?.

Siendo la misma lengua de referencia para una comunidad lingúistica, el habla nos diferencia por el tono, el acento, las formas idiomáticas, los sentidos diferentes, etc; el malentendido es constante “entre” dos hablantes que hablan la misma lengua y también “entre lenguas” diferentes debido a la enunciación singular de cada uno, más allá del vocabulario y de los enunciados compartidos. Por otro lado, la lengua de los padres no es la lengua de los hijos. Tampoco la lengua de los maestros es la misma que la de los alumnos. Hay confusión de lenguas decía Ferenczi. Los adolescentes en esta sociedad multicultural en la que vivimos dan cuenta de este hecho, pues por un lado están desde niños tratando de habitar la lengua en la que viven y piensan, la lengua recibida de sus padres y de su comunidad, pero por otro, necesitan separarse de lo que en ella hay de alienante, al mismo tiempo que se separan de lo infantil de su cuerpo y de su imagen, y para ello se dejan impregnar y adoptan expresiones de otras lenguas, expresiones mestizas con las que inscriben su cuerpo, construyen códigos y “practicables” que permiten pasar a otro lado, verdaderas invenciones que sustituyen a los llamados ritos de pasaje al mundo de los adultos. En este proceso, de nuevo, no solo cuenta lo racional, lo consciente y lo serio; el juego no solo no se contrapone a la realidad sino que permite recrearla, cuestión esta muchas veces olvidada por el proceso educativo impregnado de prejuicios; la realidad no es sino la manera singular en la que cada uno reinventa el territorio cultural en el que vive, autorizándose y recreando la propia lengua, ensanchándola. En este sentido se trata de mantener la tensión entre el juego tomado en su sentido amplio, potencialmente transformador de realidades, y la realidad misma siempre cambiante y viva que nos marca los límites, los posibles y los imposibles que balizan nuestro camino.

Las psicosis son un buen ejemplo de cómo un sujeto puede quedar encerrado en una lengua, parasitado por ella como un huésped extraño, enfermar en ella como si fuera un no-lugar, es decir, un espacio sin contornos, sin cartas de navegación, en cuya realidad irreal el sujeto se pierde paradójicamente pegado a la literalidad de la lengua misma, sin la distancia suficiente para poder usarla.

Al mismo tiempo el sujeto puede servirse de la lengua. Más allá de que esta no se deje dominar, la puede transformar recuperando esa disponibilidad y plasticidad inicial del niño para sumergirse en las lenguas, esa capacidad de jugar con ellas, de torsionarlas, de perderles el respeto, como finalmente hacen los poetas y los alumnos de la experiencia contada por Mª Ángeles, para hacerles decir lo que no dicen, para hacerles decir lo indecible. En este caso la lengua y las posibilidades que permite de trascender las cosas a las que se refiere, de trascender el referente, puede ser un lugar, parafraseando a Octave Mannoni, por el que desplazarse, comparable al terreno del juego, a la escena teatral, o a la superficie de la obra literaria que, sirviéndose del marco de la lengua, puede ir más allá de ella, esto es, recrear realidades nuevas sin perderse, es decir, sin delirar, pero sin renunciar a ciertas derivas.

Son interesantes algunas apreciaciones del poeta y traductor Paul Celan, cuando nos dice de la poesía que es lo fatalmente único del lenguaje y que, como la verdad, se ve llevada al fracaso con demasiada frecuencia; Celan no cree en el bilingüismo en la poesía, a pesar de haber traducido a multitud de poetas. Para él se trata de ser una suerte de “pasador”. Dice que, aunque las lenguas parecen corresponderse unas con otras, son sin embargo diferentes, separadas por abismos; el poema traducido, si quiere existir en una segunda lengua, ha de conservar el recuerdo de esta alteridad, de esta diferencia, de esta separación.

Esta aproximación que hago, nos permite estar atentos para no quedar atrapados solo en la realidad material de la lengua, en su mecánica a la que muchas veces se la reduce cuando se trata de enseñar y aprender varias lenguas, cuando se trata de ser políglota, reduciéndola a un medio de comunicación, descuidando así el hecho de que la lengua, más allá de ser un vehículo de comunicación, es un medio de transporte más complejo, pues lo que transporta, lo que transfiere o transmite, parafraseando a Lacan, es la subjetividad del sujeto, sus deseos, su relación con los otros, con su medio y con la vida misma, siendo el único remedio para bordear lo real: hablamos así del desamparo, de lo traumático, de lo innombrable con la vitalidad propia de la palabra y el lenguaje en cada sujeto en singular, sea cual sea la lengua que hable. Se trata finalmente de reconocer que no solo está la realidad material de la lengua por un lado y la realidad psíquica de cada sujeto por otro, como si fueran el caballo y su jinete, sino que además está la manera singular inconsciente de montar “lalengua”, la tex-tura singular que podrá dar lugar al montaje de realidades nuevas. Es por esta vía que podemos pensar desde el psicoanálisis esta intersección, este espacio vacío entre bilingüismo e inconsciente, espacio que no será sin los equívocos que le dan su dinamismo y también podremos pensar la intersección entre las lenguas diferentes de las que un sujeto podrá servirse, intersecciones “entre lenguas” donde las palabras fluctúan en la vacuidad de la causa del deseo, sin atrapar el objeto, pero facilitando diferentes maneras de pensar la realidad y de transformarla.

                               

 

Intersection entre langues

Parletre 1 Parletre 2

El inconsciente del sujeto, una vez perdido e
l goce solitario del balbuceo, del laleo, se sirve de la textura de cualquier lengua, involucra su cuerpo sexuado y su habla que se dirige al Otro para el que no sabe lo que él representa, lo que él es. Es por ello que, de alguna manera, entre dos seres hablantes, se abre siempre cierto abismo, del mismo modo que se abre dicho abismo entre el sujeto y el saber de su inconsciente y confrontarse a ese abismo, a ese vacío, requiere de un salto en lo real. Entre la alteridad y la realidad está lo real. (alter-real-idad).
Por otro lado hay una dimensión política de la lengua, una dimensión política del bilingüismo en una comunidad de seres hablantes y no cabe duda de que el vacío que una comunidad comparte, se recubre con identidades, ideas e ideales que conforman un tejido histórico que sirve de soporte y también de defensa frente al conflicto que reabre lo diferente, lo heterogéneo, lo éxtimo, revelado por otras lenguas, otros tejidos históricos que provienen de la misma comunidad o de otros países, otras culturas, como sucede con el llamado fenómeno de la emigración. En este sentido habría que poder ir más allá de lo bilingüe, de lo binario, hacia lo plurilingüe, lo multilingue, territorio mestizo donde no se imponga necesariamente una lengua sobre otra, sino donde se puedan conectar lenguas diversas, culturas diversas, alrededor de lo real del vacío que convoca siempre a los sujetos a ensancharlo, a elaborar y recrear una realidad siempre cambiante.
La lengua, sea la que sea, es no-toda; ninguna lengua alcanza para decirlo todo, para dar cuenta del objeto en cuestión, por eso necesitamos ensanchar la lengua, desplazarnos de una lengua a otra a través de puertas significantes. Si bien es cierto que a veces desplazarse en una lengua es un modo de defenderse, de no querer saber de experiencias traumáticas, también es cierto que, en otras, lo que aparece bloqueado en una lengua puede desbloquearse en otra. Escribir en una lengua distinta de la materna, como hacen muchos escritores, es una manera de ensanchar el campo de las representaciones. Lo que le lleva a cada uno a hacerlo, constituye sin embargo un enigma, un interrogante singular. Se puede hablar muchas lenguas para no decir nada y se puede hacer una inmersión en varias lenguas concernido por una fuerte necesidad de decir lo indecible. De ahí la importancia de que en la escuela se atienda a lo vivo de las lenguas y al hecho, de que más allá de ser un medio de comunicación, para los humanos, para los seres hablantes, hablar, en cualquier lengua, es una cuestión de vida o muerte.
 

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