XXIV Jornadas de Clínica Psicoanalítica

Pamplona, 21 de noviembre de 2015

 

Es extraño que una situación clínica haga resonar en mí con tanta fuerza un cuento, el de Collodi : Pinocho. Al recibir por primera vez a una niña de 21 meses, acompañada por sus padres al Centro Medico-psicológico en el que trabajo en la región parisina, creí recibir a la hija de Geppetto y del Hada de los cabellos azules.

Efectivamente ocurría como si fuera problemática para estos padres la expresión “hacer un hijo” ya que su hija había sido concebida con Reproducción Médicamente Asistida. Si, a diferencia de Pinocho cuya búsqueda es convertirse en un verdadero niño, esta niña sabía pertinentemente que estaba hecha de carne y hueso, pero luego había que convencer a sus padres a los ojos de quienes ella no parecía tener una existencia encarnada. Confrontados a la cuestión de su concepción y ante la agitación y el rechazo que ella oponía a la autoridad de sus padres, suministrándoles la prueba de que no era el muñeco dócil que veían en ella, ellos se preguntaban igual que Geppetto ante su marioneta, de qué madera estaba hecha su hija.
Aprovechando el tema de estas Jornadas Clínicas, quisiera testimoniar de los puntos de real que esta cuestión, aparentemente corriente, no deja de hacer surgir y cómo la presencia del cuento en este trabajo, cuyo recurso no es casual por la importancia que ha jugado para mi de niño en la elaboración de mis propias teorías sexuales infantiles, es insuperable a causa de la riqueza de las imágenes que propone para pensar cuestiones que, en definitiva, tropiezan con un real difícil de simbolizar.

La cuestión del origen y concepción de esta niña se impuso muy pronto por la manera en que los padres se dirigieron a mí bajo la forma de una demanda de consejos educativos, como si yo fuera un perito y ellos estuvieran desprovistos de cualquier competencia parental. Sin duda se imaginaban que su demanda de solución técnica ante una niña descrita como “ violenta, desobediente, reacia a cualquier autoridad e hiperactiva” – ¡ con su edad ! – podía dispensarlos de una implicación subjetiva en este trabajo, testimoniando así de un lazo desencarnado y remoto con su hija.
Para ellos su niña – que se expresaba aún imperfectamente – debería comportarse como si fuera mayor. Como Pinocho que, apenas tallado, ya sabía hablar, correr, saltar, sus padres la consideraban fuera del tiempo, en pleno dominio de sus facultades —principalmente juzgar—, apenas salida del vientre materno, eximiéndoles sin duda de tener que educarla. A imagen y semejanza de Pinocho cuya existencia parece anterior a su creación por Geppetto – puesto que ya es famoso en el mundo de los muñecos como lo atestigua el capítulo en el que se va al teatro de Comefuego, esta niña es como si no tuviese ninguna edad. Entonces faltó poco para que me convirtiese en el marionetista que supiese manejar los hilos con mis recetas educativas a fin de que su hija se portase bien. ¿He dicho “apenas salida del vientre materno”? ¿Pero cómo llegó adentro?

Esta relación remota, desencarnada con su hija, como podría evocar metafóricamente la madera de la que está hecho Pinocho, podría tener como origen la Reproducción Médicamente Asistida a la cual los padres habían recurrido, y que pudo hacer efracción en el fantasma de cada uno de los padres, llevándolos a preguntarse por la manera en que había sido dada a luz.

Los padres formaban una pareja desde hacía cinco años y desde hacía dos años no lograban tener un hijo. Sin embargo los exámenes periciales médicos no habían concluido en la esterilidad de uno u otro. La ginecóloga que trataba a la madre le propuso la Reproducción Médicamente Asistida porque, al estar rondando la cuarentena, temía el riesgo de la trisomía si ella esperaba más. En el curso de las sesiones, la madre acabó por decirme que nunca se había enamorado de su cónyuge, sino que ellos vivían en armonía. “Casi nunca hacían el amor” – decía ella – sin que este comentario fuera relacionado con el hecho de no tener un hijo. Formar una pareja y tener un hijo parecía, en la madre, una manera de plegarse al ideal de su familia, muy conservadora, tradicional (los padres eran de origen española y el padre, descrito como machista y tiránico, era ultra católico y tenía un pasado franquista). A propósito de un abuso sexual que la madre de mi paciente habría sufrido durante su infancia, fue muy difícil para mí captar el papel que tenía en las dificultades actuales de la pareja, porque ella habló muy poco sobre esto. La decisión tener un hijo parece haber sido unilateral y como un pasaje al acto de la madre que, de repente un buen día, informó a su cónyuge, sin otra razón que este deseo de conformidad. El padre contestó que él “no veía ningún inconveniente”. Entonces ningún deseo palpable parece haber presidido a la decisión tener un hijo, como si fuera un acto externalizado y desexualizado por el recurso a la Reproducción Médicamente Asistida.

No sabré muchas cosas sobre el padre exceptuando que fue hijo de un mecánico y que le consideraba como “un amigo”, porque estuvo muy poco presente en este trabajo, a imagen y semejanza de la manera con la cual fue implicado en el deseo de la madre. Pensaba que, al crecer, las dificultades de su hija acabaría por desaparecer y demandaba sobre todo recetas educativas. Era docente y consideraba a su hija como una alumna de quien temía que se volviera incontrolable cuando fuese adolescente. A propósito de su lugar en la familia, él contestaba que no veía ninguna diferencia entre un padre y una madre, arguyendo la igualdad entre los sexos, y un día en que ella no había podido venir a una cita que yo le había dado, se le ocurrió venir a él para “sustituirla”, como si fuesen intercambiables los papeles.
La madre era más accesible a este trabajo porque reconocía abiertamente que se sentía herida narcisisticamente por su hija. La maternidad era para ella un enigma. Despreciada por su propia madre que era una “pastora analfabeta” quien le reprochaba no saber cuidarse a su hija (la madre de mi pequeña paciente era docente…de español), se sentía juzgada por las otras madres cuando su hija, públicamente, daba el espectáculo de una niña desobediente. Entonces se preguntaba : “¿Cómo hacen las otras madres?” — siendo el verbo hacer el que también se usa en francés para hablar de hacer un niño. Delante de su hija que parecía no hacer nada como los demás, decía : “odio todo lo que se sale del molde”, condensando en este término “molde” a la vez su deseo de normalidad y su conflicto con la maternidad. Cuando estaban en la mesa, alimentar a su hija se parecía a un verdadero pulso : la madre la forzaba embutiendole la comida en la boca, mientras que su hija la rechazaba, escena que condensaba toda la problemática.
La madre, de niña, había conocido episodios anoréxicos hasta el punto que su propia madre le dio de comer hasta los once años. Su madre (la abuela de mi paciente) le decía : “ la alimentación, es la vida”. Al rechazar de comer, lo que la madre interpretaba como un deseo de morir por parte de su hija, echaba por tierra todas sus esperanzas de sentirse una madre. Algo de su maternidad, a falta de haber podido simbolizarla como algo procedente del encuentro con el deseo de un hombre, buscaba encarnarse, pero en la realidad y bajo la forma de una suplencia, intentado darle carne a su bebé.

En la transferencia, tras haber sido puesto a ratos en el papel de marionetista, del médico de la Reproducción Médicamente Asistida, de la madre, fui puesto en la posición de quien puede alimentar dando entonces cuerpo a la hija y a sus padres. La dificultad para concebir se veía en la escasa implicación del padre en la cura lo que mostraba hasta qué punto la madre concibió a la niña sin implicar a este hombre
en su fantasma, lo que no deja de resonar con las teorías sexuales infantiles : ¿cuál es el papel del padre en la procreación?, trabajé entonces casi siempre con la madre y la hija.

En mi despacho, salvo una oposición violenta a la madre cuando había que despedirse, podía jugar sola, aprovechando sin duda que yo encarnaba un tercero entre ella y su madre, lo que introducía una alteridad sexual (alguien a quien la madre se dirigía), lo que le permitió poco a poco ir elaborando algo de la escena originaria (jugaba a menudo con una casa de muñecas que reacondicionaba, particularmente la habitación de los padres). Estos momentos de calma hicieron que la madre se diera cuenta de que la oposición de su niña era un intento desesperado de ser reconocida no como objeto, como marioneta, ni como un ser necesario, sino como sujeto de deseo.

Poco a poco la mirada de la madre sobre su hija cambió y algo se calmó en su relación a medida que la niña estaba más encarnada, subjetivada : se daba cuenta de que su hija no estaba hecha de madera. Creo que, en la transferencia, fui puesto en el papel de aquel con el que concebir, en el sentido de hacerse hacer un hijo, volviendo a poner en circulación algo del significante fálico, permitiendo inscribir a su hija de otra manera en el fantasma de su madre y simbolizar algo de su falta, mostrando así a su hija que no era omnipotente.

En este contexto de Reproducción Médicamente Asistida he jugado, si puedo decirlo así, el papel de “inseminador” simbólico e imaginario, pero solo tras haber desplazado algo de la demanda de asistencia.

La particularidad con la cual abordo esta cuestión “¿de dónde vienen los niños?” es en relación con los padres confrontados a la cuestión de “tener un hijo”. Es decir que se trata de la cuestión de la falta para cada uno, constitutivo del enigma de su deseo, dicho de otro modo de un real difícil de elaborar. ¿Sabe uno alguna vez por qué desea o no tener un hijo?

La forma con la cual esta niña ha sido concebida, cuya elaboración prosigue, me remite a la imagen de la marioneta que no se sabe qué hilo accionar para que obedezca. Precisamente, como en Pinocho estos hilos no existen. Pero a mi me parece que este cuento está atravesado por estas mismas preguntas y constituye una elaboración de esta búsqueda para ser reconocido como un ser de deseo y de palabra a través del enigma de su nacimiento. Podría parecerse a una teoría sexual infantil en el sentido de que un “componente del instinto sexual”, en este caso la tumescencia o la detumescencia de la nariz orienta el relato y pone a Pinocho en la vía de descubrir las funciones maternas y paternas, el enigma de la falta y el deseo para ambos sexos.

Por desgracia no he tenido tiempo de entrar en el arcano del cuento, ni argumentar más firmemente lo que ofrezco. En él se formulan estas cuestiones según el mecanismo de la condensación. La cuestión del coito en el origen de Pinocho es tanto más cuestionable cuanto que está ausente en beneficio de la representación de un hombre y de una mujer (Geppetto y la Hada) que no tienen una relación entre ellos (a diferencia de la versión de Walt Disney). Si, – seguramente por esa nariz que pone a Pinocho en la vía de la penetración fálica -, él adivina que ha tenido que ser llevado en el vientre de una madre, como lo atestigua por ejemplo el vientre del pez en el que acaba. La dificultad para representarse el papel de la mujer y su anatomía lo conduce a concebir su origen según el modelo conocido del objeto fabricado. Efectivamente es de una madre de quien espera Pinocho vivir en carne y hueso, por contigüidad con el vientre materno, mientras que del padre recibe sólo una forma, la despejada por la talla de la materia (según el modelo aristotélico). Pero entonces el enigma se desplaza yendo de la materia inerte a la viviente del “verdadero niño” cuya clave parece residir en la localización del falo como significante de la falta que permite a un sujeto tomar cuerpo.
Además ¿no es el falo, como Pinocho, un vagabundo que, en el transcurso de las metonimias de sus aventuras, corre y corre sin cesar bajo la cadena significante sin jamás dejarse agarrar por la punta de la nariz? En todo caso, tanto Pinocho como esta niña deben su existencia de sujeto a la madera con la que están hechos, ya que es lo bastante resistente para no temer los golpes, e insumergible para no dejarse ahogar por la adversidad.

Laurent Ballery
Análisis Freudiano
 

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