París Octubre 2015

Hace varios años, en un cuarto de hospital, una voz implorante e imperativa me exigía:

¿Escribirá algún día algo acerca de nuestro secreto?

¿Nuestro secreto?

Sí, no se sorprenda, solo usted lo sabe.

Y, ¿qué debería escribir?

Que un hombre se vuelve hombre cuando ya no se le empina.

Ya no recuerdo quién de los dos sonrió primero; nuestros rostros, dibujando una alegría extraña, nos habían regalado esa última mirada. Nuestra conversación se quedó ahí, como un barco varado en la arena del enigma de las últimas palabras pronunciadas. Me parecía que, con mi silencio, había aceptado guardar el secreto, para un día tal vez, yo no diría desvelarlo, sino quizás un poco, descubrirlo. Porque en el fondo, ¿qué sabía yo del secreto contenido en esa fórmula pronunciada a modo de síntesis y que vendría a arrojar algo de verdad de todo un trayecto de análisis?

La práctica cotidiana del analista es la del análisis de la transferencia, pero este no tiene nada de ordinario, y cuando lo inaudito de la vida ofrece la posibilidad de escuchar la fuerza de lo que se trama en el espacio del entre-dos (entre-deux), entonces no queda más que amarlo.

El psicoanalista no tiene nada que hacer en la institución, me replicaba recientemente un colega italiano, al tiempo que expresaba su emoción por la invasión del comportamentalismo en su país. Es cierto que esa situación es un tanto desastrosa, pero cuando la vida nos da ocasión y nos lleva a algunos de esos lugares institucionales, ahora desertados de analistas, recordamos que son frecuentados por hombres, mujeres y niños, avatares de la vida que gritan, cada uno a su manera, su subjetividad lastimada y destruida.

¿De dónde les viene ese saber sobre la complejidad del sufrimiento que les impide conformarse con pastillas milagrosas y palabras terapéuticas compasivas?

Apelarán una y otra vez al análisis hasta que obliguen a sus psi a asumir la posición de analista. Reconozco que cierto optimismo persiste en mi esperanza por el futuro.

Lugares…

Le debo a una analizante haberme sacado de mi consultorio cuando me pidió que acudiera a su cuarto en el hospital, que no dejaría más, y poder así continuar nuestras sesiones, hasta el final… Había hablado de su trayecto de análisis a los más cercanos, entre ellos, su oncólogo.

Tras ella, otros han venido, el cuerpo adolorido y la palabra anudada. Para ellos, el tiempo ha dejado de ser eterno…

Esta clínica del cuerpo y alma quebrantada me condujo a otro lugar, médico esta vez, donde acuden pacientes de oncología urológica. Ahí, encuentro hombres con la voz turbada, sorprendidos de encontrarse, a pesar del pudor, impelidos por la imperiosa necesidad de hablar con alguien. Llegan arrastrando el cuerpo, a menos que sea el cuerpo el que los arrastre. Algunos son jóvenes… Pero, ¿qué importa la edad? El tiempo ya no es tiempo, es intemporal, el viejo se ve como un niño y el joven ha extrañamente envejecido.

¿La enfermedad? Nadie la quiere. Y sin embargo no alcanza más que a aquellos que hasta entonces habían gozado de buena salud. Un día todo va bien y por la tarde, la noche ha caído de repente; la vida se ha ido a parar a otro mundo, al de lo médico y sus instituciones por supuesto, pero también a ese otro mundo del lejano íntimo, lugar donde se cimienta la significancia subjetiva del cuerpo y del alma pulsional.

El organismo del cuerpo ha sido afectado en su realidad estructurada de carne y órganos, pero bien sabemos que el cuerpo no vive más que por la gracia de la lengua, preservando lo que le ha precedido y que permanece inscrito por siempre en su memoria viva.

El cuerpo es un extranjero

Nadie parece salir indemne de los daños que dejan huella en el cuerpo.

La primera pérdida, que será seguida de otras, es la despreocupación por el cuerpo y la ligereza que aportaba el hecho de poder ignorarlo. Mientras el cuerpo permanecía silencioso, era capaz de seguir bien que mal el paso del deseo, los proyectos y la vida. De repente, es él el amo y señor y la vida girará a su alrededor y a su antojo. El cuerpo se ha vuelto extraño, se le teme, se le rechaza, se le detesta con rabia.

El espejo que proyectaba la imagen algo idealizada se resquebraja y resulta difícil reconocerse en ese espantado que hace temblar al ser del cuerpo por entero. El yo desorganizado amenaza con caer en migajas.

Las fisuras abren brechas a lo que pulsa, es necesario encontrar un lugar fiable para descansar el cuerpo y quizás reencontrarlo.

El hombre está afectado en la médula de su genitalidad, en el lugar simbólico y significante de su virilidad. Es preciso escoger: la ablación o el tratamiento químico que salva, pero que mantiene vivo el riesgo de invasión de la enfermedad. En ambos casos, las secuelas, de las cuales el espectro principal es la impotencia, forman parte del destino tal vez inevitable. ¿Qué escoger entonces? ¿La castración química temporaria o la castración definitiva? Elección imposible que se asemeja, en mucho, a la mortífera impuesta por la doble coerción (double mind): “¿los cojones o la muerte?”

De vida y de muerte…

La travesía del sufrimiento parece inalcanzable y sin embargo, cada uno hará lo posible para abrirse un camino en el análisis con fuerza y casi sin dudas. El tiempo para preliminares y para apariencias parece obsoleto, el habla viva vierte las palabras con ferocidad. La rabia, la culpabilidad, la vergüenza corroen hasta lo más profundo el cuerpo y lo que lo anima. El cuerpo se ha vuelto enigma. Es cuestión de vida y muerte, ¿del cuerpo? ¿Del goce carnal?

¿De lo que hace del hombre un hombre?

El riesgo mayor es el de morir sin vida.

Después de la ablación « seré un hombre con algo menos », dice el protagonista de la novela de Tahar Ben Jelloun 1 , un hombre castrado al que se habrá extirpado la próstata, pero solo eso, nada más, lo que debería tranquilizarle. Sin embargo «el algo menos» que se pierde en la castradura (para diferenciarla de la castración) va más allá de la pérdida del órgano, y esto sostiene como una brújula el trayecto de cada analizante.

Desde el diván, una voz interpela al pensamiento:

“¿Sabía usted que en nuestra época moderna todavía existen eunucos? Es cierto que ya no son poderosos ni deseados como lo fueron en los tiempos de los emires, pero la cuestión está en saber si el eunuco de hoy en día es un hombre muerto o vivo en medio del harem».

Yo no sabría formular mejor su pregunta y la respuesta que ella contiene, sobre todo porque da un sentido nuevo a la palabra harem. Ese lugar reservado a las mujeres y concubinas del Señor estaba prohibido a los hombres, excepto al eunuco, guardián del harem considerado, por el hecho de estar castrado, sin posibilidad de practicar el coito y carente de deseo sexual.

Pero Voltaire notó la impostura, allá donde se esconde el deseo. “El kizlar-aga, el eunuco perfecto, a quien se le había cortado todo y quien tenía, no obstante, un serrallo en Constantinopla: se le habían dejado los ojos y las manos, y la naturaleza no perdió en absoluto sus derechos en su corazón.” 2

El deseo y el goce van más allá de la pérdida del órgano, aunque esto no sea siempre posible. El eunuco deseante hace figurar aquí, a pesar de la muertificación del cuerpo, la insistencia del deseo por el Otro, representado aquí por lo femenino.

Se desprende así del sentido clásico que se confiere al término «harem» como lugar asociado al placer sexual, el de ser un lugar representativo del deseo, aquel que insufla vitalidad y ardor a la existencia.

Sin la búsqueda del deseo subjetivo, el psicoanálisis no existiría.

Del Secreto

“Hágame un hombre”, con estas palabras y ante esta mujer desconocida que lo escuchaba,
se había comprometido a no fallarse más a sí mismo. No era la primera vez además, que hacía semejante petición a una mujer. De repente, una escena de juventud surgió, la imagen desesperante de su pene inerte ante la mujer que deseaba. “Hazme hombre”, le había dicho, como si solo ella hubiera tenido la fórmula, el poder de despertar al muerto.

“Que se le levante” no había sido lo más sencillo, y eso desde el principio, pero la cosa había funcionado más bien que mal. Durante toda su vida había tenido que caminar derecho, como un «hombre que tiene lo que hay que tener» y que seduce justamente por eso. No debía sobre todo detenerse en pequeñeces sobre las que, muy a menudo, se detienen las mujeres. Estaba más bien orgulloso de lo que la vida le había concedido: esposa, amante, hijo. Pero, ¿qué más esperaba de esta vida? Se sentía tan culpable. Hubiera deseado que la vida no hubiera tocado su cuerpo, ahí, en ese lugar en el que había puesto tan a menudo sus ilusiones y su esperanza.

“Lo viril es frágil”, decía, “si uno no lo tiene, nadie se lo puede cortar. Y si uno no existe, no hay nada que arriesgar».

Este era el reto de la elección, arriesgar la vida en un cuerpo castrado o bien dejarse morir. La primera opción parecía más difícil.

Era imperativo reencontrar un poco de ligereza, todo parecía tan pesado y aplastante, sobre todo ese cuerpo que le caía encima. Pero si hay algo que no se puede controlar, es la vitalidad que envuelve al deseo. No es posible decirse: “venga, vamos, despiértate y desea”. Eso viene de aquel lugar donde la falta primaria relanza y renueva la invocación que pulsa y vibra hacia el Otro.

La erotika pulsional participa en la constitución de la transferencia. Erotika con k, para diferenciarla de la palabra “erótico”, e investirla del sentido dado por la fuerza libidinal del verbo encarnado que surge en el lugar de la transferencia.

Su trayecto en el análisis, el hombre del Secreto lo caminó con rigor y sin falsa complacencia ni para él ni para mí.

Su cuerpo no había dejado de sorprendernos. No se había sentido antes tan fuerte y potente como durante el tiempo de la castración química. ¿Tal vez se habría equivocado el Gran Jefe y le habría recetado una fórmula de efecto contrario? En cualquier caso la erección de la vieja, apodo que había dado a su pene, era mucho mejor que en la época despreciable de la duda adolescente. Era el desenfreno, debía aprovechar y gozarlo mientras fuera posible.

Así fue hasta la ablación.

La vida lo confrontaba extrañamente a sí mismo. La ablación se había convertido en su boca en la mutilación de su esencia masculina. No solo lo había castrado, sino que lo había despojado de todos sus rasgos de macho simpático.

Tuvo que desplegar hasta el más mínimo rincón las representaciones asociadas a su masculinidad tan querida, con la cual había terminado por confundirse. « Decir adiós a la esencia de macho… » 3 , no porque de hecho hubiese una, sino más bien porque varias significaciones le hacían percibir al menos algo de su olor.

Era necesario matar lo masculino, enterrarlo, exiliarlo y, tal vez entonces, sobrevivirlo.

¿Llegaría a olvidar su cuerpo de antes? ¿Lograría borrar la sensación de semen fluyendo a lo largo de su pene? ¿Cómo sostener en ese estado despreciable la mirada de una mujer?

Estaba desvitalizado…»Presión y depresión. La savia sube y se retira (como fluye y refluye la marea)”. 4 Salía solo para dirigirse a su sesión y hablarnos, a nosotros. Este nosotros era el único lugar al que podía dirigirse, el tercero intemporal que se conjuga siempre en presente en el meollo vivo de la transferencia. Ahí, distintas figuras y varios cuerpos se invitaron. Una vez, se escuchó la voz de una niña pequeña que hablaba a su madre quien arrastraba un cuerpo bien vestido pero esquelético. Antes que la vocecita brotara del diván, él ignoraba que hubiera podido desear ser una niña quien habría podido, ella, dar a su madre el deseo de comer y vivir.

Pero su madre le había hablado como a un niño y eso le había gustado. Y su sexo y su pene le gustaban también. ¿Y las mujeres? Las deseaba aún, quizás más que nunca. Su cuerpo de antes encajaba bien con todo eso, y, ahora que tenía otro cuerpo, ese que habían cortado, ¿qué sería de él?

Se sorprendía de no desear morir. El espectro de la muerte nos ofrece el destello del deseo desesperado.

No deseaba tampoco ser la sombra del que había sido. Era imposible, una sombra no existe.

Tal vez podría convertirse en otra persona, en una especie de avatar metamorfoseado a partir de su esencia vital. ¿Por qué no convertirse en el hombre que no había sido hasta entonces?

¿Podría llegar a ocurrir eso, así simplemente? ¿Y qué hacer de ese cuerpo extranjero?

¿Adoptarlo? ¿Podría entonces llegar a amarlo?

El hombre del Secreto había encontrado su aliento vital que no dependía de su potencia viril.

Murió reconociéndose como un hombre incompleto, al igual que todo hombre entre los hombres que mueren. Es decir, reconciliado con la castración fundadora de saberse limitado y mortal entre los mortales.

El secreto del secreto sería que murió viviente.

Y la analista, ¿qué hace ella con el Secreto?

En primer lugar, el Secreto permanece preservado en la memoria de lo que se olvida y se reencuentra solo cuando resuena. En esto, la clínica de la que se habla es una ficción que se hace y se rehace cuando uno la piensa y todavía más cuando la escribe.

Y a veces, en la soledad después de la sesión, hablo a mi cuerpo y le pregunto «¿con qué te quedaste hoy?»

Puedo añadir que el pensar continúa.

Los secretos perlaborados sesión tras sesión por estos hombres que me hablan de ese lugar donde viven lastimados y heridos me dan a pensar que el goce fálico otorgado al hombre del pene ha quedado un tanto limitado, en teoría, a la buena voluntad de la erección y su pequeña muerte. Y sin embargo, parece ser un continente tan grande como aquel que Freud calificó de negro. Su topografía es rica en colores y matices. Y solo, cada voz aferrada a la lengua, deja oír el tono único de su creación y su misterio.

En cuanto al intento de localizar lo que sería lo masculino frente a lo femenino, aquí también la clínica psicoanalítica nos advierte sobre la imposibilidad de pronunciarse. Quignard encuentra una bella manera de expresarlo: “Uno y una. Distintos pero no opuestos. La identificación no designa más que esto, un “ni totalmente uno” ni, “no totalmente otro”…el sexus es uno: un « uno » que no es nunca el mismo para cada uno. » 5

Me parece importante también recordar el lugar que ocupa lo social como espejo de lo colectivo ante el cual se miden y valoran hombres y mujeres. Las prácticas sexuales de hoy se interesan a los órganos sexuales en exceso y los tratan como repuestos de garaje; de hecho el comercio de objetos y juguetes sustitutos funciona bastante bien. Me parece que esto contribuye a una cierta fascinación tanto por el pene como por la vagina y los senos.

Entonces, cuando el cáncer, enfermedad de nuestra época, impone la mutilación de los órganos sexuales, la construcción identitaria, en el fondo siempre vulnerable, amenaza con derrumbarse.

Para terminar, quisiera leerles las líneas más hermosas que he encontrado evocando el camino simbólico de la castración.

“…me senté al borde de la cama, clavé la mirada en los dibujos un tanto eróticos de una alfombra persa, y le hablé, como si mi libido fuera un personaje vivo, una pareja esencial. Le dije mi decisión: ya no soy capaz de darte más nada. Lo siento, la mecánica ha dejado de funcionar definitivamente. Ahora soy un ser incompleto. No es culpa de mi cerebro, él hace lo que puede, es el resto que ya no sigue más. Es como en esas pesadillas en las que uno grita pero la garg
anta no logra emitir ningún sonido. Así pues, querida libido, si bien te parece, nos separamos… y te olvido. » 6

 

 

Notas:

1 1« L’ablation », Folio, p27.

2 Dictionnaire philosophique, en « Joseph », Folio classique, 1994

3 J. Lacan, Radiophonie, en Autres Ecrits, p.438

4 Pascal Quignard, Vie Sécrète, Gallimard, p. 169

5 Pascal Quignard, Mourir de penser, Grasset, p 197

6 L’ablation, Ibid, p. 128-29

 

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