I. La drogadicción como respuesta al malestar en la cultura

Freud, en El malestar en la cultura1, concibe el uso de drogas como una forma de calmar los hartos dolores, desengaños y tareas insolubles de la vida, mediante la alteración de la química del cuerpo. Dice incluso que es quizás el método más eficaz, pues no sólo ofrece una ganancia inmediata de placer, sino también “una cuota de independencia, ardientemente anhelada, respecto del mundo exterior”2.

Habría entonces para Freud tres formas de consuelo frente al malestar de la vida: poderosas distracciones como la ciencia, satisfacciones sustitutivas como el arte, y drogas embriagadoras que hagan al sujeto insensible al dolor. Por supuesto, está también la religión, que sería una forma ilusoria de encontrar consuelo en la esperanza de una mejor vida después de la muerte.

¿Es la drogadicción una forma de hacer frente al malestar de la época igual que lo sería la religión, el arte o la ciencia? Parafraseando el poema de Goethe que cita Freud, ¿podríamos decir que quien no posee ciencia, ni arte, ni religión, entonces que halle consuelo en la ganancia de la intoxicación crónica? ¿Será acaso que la adicción a las drogas es una suerte de arte o de religión individual?

Freud llama la atención sobre el sentimiento oceánico de la religión, esa extraña sensación de eternidad, de ausencia de límites, o de ser uno con el Todo. Este sentimiento figura asemejarse al enamoramiento, donde parecen “desvanecerse los límites entre el yo y el objeto”3.

En cierta forma la castración es la operación mediante la cual el lenguaje introduce el objeto, generando así la escisión fundante del sujeto. El sentimiento oceánico de lo religioso, así como el enamoramiento en los amantes, otorga la ilusión de desvanecimiento de dicha división entre el yo y el objeto.

Freud considera que el sentimiento oceánico o de atadura con el Todo, son los correspondientes al narcicismo primario, que denomina como sentimiento yoico primario. Es decir, que el sentimiento oceánico correspondería al estado previo a la pérdida fundamental que divide al sujeto y posibilita la emergencia de un objeto de deseo.

Así entonces, da la impresión que Freud otorga al consumo de drogas un estatuto de religión personal, o cuando menos de calmante o remedio del malestar cultural que permitiría al sujeto regresar de manera ilusoria a un estado previo a la castración, un retorno al narcicismo primario.

No obstante, Freud no define al malestar en la cultura en relación con la castración sino como sentimiento de culpa. Aquello de lo que se defendería el sujeto con un intento ilusorio de retorno al narcicismo primario mediante el uso de drogas, no sería tanto la castración como sí el sentimiento de culpa generado por la emergencia de lo pulsional.

Freud recuerda que la cultura se fundamenta en la renuncia de lo pulsional, una “denegación” de la satisfacción pulsional que posibilita la vida en comunidad. Y es que para él, el objetivo último de la cultura no es la felicidad sino la integración de todos los individuos en la comunidad humana, para lo cual se debe renunciar al goce pulsional y además aceptar separarse de la familia mediante ritos de iniciación.

Que la adicción a las drogas pueda concebirse como un remedio para el sentimiento de culpa no deja de ser indicativo de algo importante, por cuanto Freud sitúa la culpa en el origen mismo de la cultura con el asesinato del padre de la horda primitiva4. El sentimiento de culpa surge, por una parte, en la humanidad cuando el hombre primitivo asesina al padre para así apoderarse de las mujeres, pero de otra parte, emerge en el sujeto como consecuencia de sus deseos infantiles de eliminar al padre para permanecer uno con la madre.

¿Estará entonces la adicción a las drogas determinada por el complejo edípico? ¿Se trata de un remedio que actualiza el conflicto edípico resolviéndolo, aunque sea ilusoriamente, a favor del incesto con la madre? ¿Es una suerte de mito personal en el que el padre es asesinado para consumar el incesto con la madre?

Ciertamente se aprecia esta cancelación tóxica de la que habla Le Poulichet, así como el rechazo al Otro que menciona Naparstek, una suerte de “denegación” a la interdicción del incesto o de contra-prohibición de la función paterna. Pero, ¿qué hay de los deseos incestuosos de ser uno con la madre?

II. Drogadicción y sexualidad

Sylvie Le Poulichet recuerda que para Freud la sexualidad opera como un tóxico5. En los comienzos del psicoanálisis Freud pensaba que las neurosis tenían su origen en una vivencia sexual traumática. El recuerdo de dicha experiencia era reprimido, constituyéndose así en un agente patógeno o en un cuerpo extraño que ocasionaba los síntomas neuróticos. Posteriormente comprendió que eran las fantasías sexuales infantiles las que operaban como trauma psíquico, explicando que muchas de estas fantasías eran intentos del sujeto por defenderse del recuerdo de la masturbación infantil6.

Dice Le Poulichet: “Freud afirma que la necesidad sexual se debe a la acción de sustancias químicas, semejante a la de los estupefacientes. Y en 1898, en particular, aconsejaba, para el tratamiento de la neurastenia, un «desacostumbramiento» de los hábitos masturbatorios. En diferentes textos Freud dio a identificar la sexualidad con una intoxicación. Y, paralelamente, afirma que una intoxicación sólo se puede generar cuando, a través de la absorción del tóxico, se satisface una necesidad sexual”7.

Para Le Poulichet la adicción a las drogas viene a ser una especie de fantasma suplementario para lo real sexual, un montaje fantasmático provisional para abordar la sexualidad en tanto tóxico del cuerpo.

Ahora bien, ¿se produce efectivamente en el consumo de drogas esa experiencia fantástica de retorno incestuoso con la madre? ¿Es ciertamente comparable con la masturbación infantil y su fantasía incestuosa? ¿O se tratará acaso de otro tipo de goce sexual?

Naparstek señala que desde la instalación de la castración el destete es sancionado como pérdida del falo, pero de forma retroactiva. Señala que “a partir de la castración toda pérdida sancionada hacia atrás es vivida como castración”8. En este sentido, la fantasía es importante porque en ella entra en juego un objeto, aunque éste mismo sea fantaseado. Se establece en ella una relación de complemento con un objeto que falta.

¿Así que entonces el retorno al narcicismo primario, en cuanto intento ilusorio de regreso a un estado previo a la castración, podría considerarse también como una estrategia fantasmática de recuperación del objeto-madre perdido? No obstante, lo que Freud señalaba en “El malestar en la cultura” era que más bien se trataba no de recuperar el objeto perdido en la castración, sino de borrar los límites que separan al sujeto del objeto, al modo de una denegación de la castración. En últimas, se trataría de un esfuerzo del sujeto por eliminar la diferencia sexual instalada por el orden fálico.

En efecto, Naparstek, citando a Miller, dice que “el goce de la toxicomanía es el que rompe con lo fálico (…), una insubordinación al servicio sexual”9. Se trata de un no querer saber nada con lo sexual. ¿Quiere esto decir que en la adicción a las drogas hay un silenciamiento o una insensibilización de lo sexual que resulta traumático y doloroso?

La experiencia clínica muestra que justamente muchos sujetos neuróticos que presentan adicción a drogas o a alcohol, cuando inician un proceso analítico muestran una radical inhibición sexual y, muchos hombres especialmente, experimentan constantes episodios de impotencia sexual.

III. El tóxico suple la ausencia de relación sexual

Para el profesor Eric Moreau10, en las adicciones se produce una inhibición de la relación objetal que induce un
a regresión del yo al narcisismo primario y que da cuenta de la desexualización del deseo y de las pulsiones, que de ahí en adelante quedarán puestas al servicio de la pulsión de muerte. Se produce entonces una anestesia del goce fálico y en consecuencia una narcosis del deseo. Así se evita la repetición de la castración y la reminiscencia de la división del sujeto.

Siguiendo a Moreau, la operación psíquica adictiva funciona como un remedio frente a un trauma y a la angustia de castración que genera un sufrimiento insoportable. Es un trauma vivo no reprimido. Ese trauma precoz, infantil, primario, que corresponde al momento estructural de perdida, en el que el niño deja de ser el falo incestuoso de la madre.

De este modo, la adicción a las drogas y al alcohol vendría a constituirse en una defensa narcisista en la que el sujeto intenta ilusoriamente borrar la división instalada por la castración, mediante el montaje de un fantasma suplementario en el cual se recupera imaginariamente no el objeto madre perdido, sino el objeto faltante por excelencia: el falo de la madre.

El sujeto entonces no recupera el objeto perdido en la castración, sino que se recupera a sí mismo como objeto-falo de la madre. Se trata de un borramiento ilusorio de los límites de la castración, logrado gracias al sacrificio que hace el sujeto de sí para ofrendarse como objeto perdido del Otro primordial.

La sexualidad resulta así tóxica para el sujeto, pues ésta devela no sólo la imposibilidad de la relación sexual y del complemento imaginario de los sexos, sino que también revela lo real insoportable de la diferencia sexual y de la separación constante de los cuerpos que nunca volverán a ser uno con la madre.

1 Freud, Sigmund. El malestar en la cultura (1930 [1929]); En: Obras completas de Sigmund Freud, Vol. 21, p. 57-140. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1992.

2 Ibídem, p. 78.

3 Ibídem, p. 67.

4 Freud, Sigmund. Tótem y tabú (1913 [1912-13]); En: Obras completas de Sigmund Freud, Vol. 13, p. 1-162. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1991.

5 Le Poulichet, Sylvie. Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo. Op. Cit., p. 97-104.

6 Cáceres, José Luis. Elucidación del concepto de trauma en la obra de Freud. Tesis de grado de psicología. Bucaramanga: Universidad Autónoma de Bucaramanga, 2007.

7 Le Poulichet, Sylvie. Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo. Op. Cit., p. 101.

8 Naparstek, Fabián. Introducción a la clínica con toxicomanías y alcoholismo. Op. Cit., p. 56.

9 Ibídem, p. 60.

10 Moreau, Eric. Curso de acreditación clínica y especialización en psicoterapia psicoanalítica de orientación, clase del 15 de Agosto de 2015. Inédito.

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