Chile Octubre 2015

Al revisar las diferentes demandas de psicoanálisis de nuestros pacientes, una queja común recorre sus discursos que tiene relación con algo les falta. Algo les falta para su bienestar. Esta falta se expresa de diferentes formas: son relatos de dolores, penas, temores, sentimientos de fracaso y de injusticia. Es lo que Freud en su tiempo condensó en la triada: inhibición, angustia y síntoma. Les propongo adentrarnos en el campo clínico de la falta ubicada más precisamente en el ejercicio de la sexualidad humana.  

Figura del goce.

         Para comenzar, voy a reportar la sesión de una  mujer joven, de 25 años, que atendí en una consulta única. Ella se  presenta visiblemente muy angustiada. Padecía de esta angustia que atañe al ser, angustia profundamente existencial que yo percibo a primera vista como un malestar que se relaciona con su existencia en el mundo. La paciente me consulta respecto de su identidad de género, porque no sabe definirse como hombre o como mujer. Ella no puede definir su identidad sexual, agrega que no es homosexual ni heterosexual. ¿Qué puede ser entonces? Me contesta que puede ser ambos, es decir bisexual. Me comenta que siempre ha tenido parejas mujeres que tenían la característica de ser heterosexuales, mujeres que ejercen su sexualidad solo con hombres sin embargo, la eligieron a ella como pareja. La paciente deduce con un razonamiento impecable que, entonces, ella no es una mujer sino un hombre. Lógicamente, si una mujer heterosexual busca el otro sexo y la elige a ella, entonces ella es un hombre. Se recuerda que de chica quiso ser un hombre. Le hubiese gustado tener un nombre masculino, que le dijesen: él y no ella, que él es lindo o a lo menos linde o lindx o lind@ es decir que la lengua contemple esta posibilidad de borrar la diferencia sexual del género gramatical, modificar el sistema lingüístico de tal manera que la indeterminación de género esté codificada en la lengua.

 

Vemos como en su discurso la ley sexual se desarticula. Entiendo por ley sexual lo que Freud señala respecto de la identidad sexual y de la elección heterosexual del objeto que resultan de la sepultación del complejo de Edipo, a saber: que una mujer desea a un hombre y vice versa. Amar a un hombre para una mujer está inscrito en el inconsciente femenino y toda mujer debe reconocerlo. Esto es la ley. Y es sobre esta base que Freud verbaliza su interpretación a Dora: “Ud., una mujer, debe reconocer que está enamorada del Sr. K.”

La posición femenina parece no corresponder a la identificación sexual de nuestra paciente. Porque ser mujer es necesariamente para todas pasar por la prueba del goce fálico que requiere que a una mujer le falte el falo. Ellas no lo tienen. Pero nuestra paciente reclama al analista que le devuelvan el falo que le falta. ¿Qué hace el analista frente a tal desproporcionada demanda? ¿Esta paciente estaría poniendo en jaque al psicoanálisis? ¿El método analítico sería incapaz de analizarla? ¿Se trataría de uno de los casos de contra indicación para un psicoanálisis?

 

Lo que relata, es que es mujer y hombre porque es una mujer varonil, su rol de pareja es masculino: ella protege, contiene, resuelve respecto de sus parejas femeninas. Es la que toma las decisiones, ella es la dominante. En la relación sexual ella es activa y disfrazada de hombre penetra a las mujeres con un arnés que soporta un falo postizo. Solo así puede gozar sexualmente, porque con el semblante masculino dice que está completa. Finalmente, su anhelo último es tener ambos órganos genitales: un pene y una vagina. Me dice que ¡sería genial! Además, ella está convencida que  la tecnología lo podrá realizar en cincuenta años. Ella tiene la firme convicción que la ciencia podrá realizar su fantasma algún día. Mientras tanto, ella recurre a un analista para comunicarle su fantasma de ser una mujer andrógina condición para ser plena. Es decir colmar la falta hasta borrarla, hasta eliminar en la lengua los signos sintácticos de la diferencia de género.

 

¿Cómo entender analíticamente este caso clínico? La paciente utiliza un procedimiento discursivo que  tiende a negar la falta simbólica de la castración femenina. Para ser más preciso, ella usa del mecanismo de la renegación utilizado frente a la diferencia sexual. En la renegación de la falta de falo, el sujeto cree que todo es posible es decir que cree primero en el todo de la unidad de un único género capaz de hacer fusionar el antagonismo masculino y femenino y segundo, lo hace posible mediante el recurso de ciencia ficción de un implante de pene susceptible de realizar el fantasma andrógino. En su estructura, el lugar del “no todo” y de “lo imposible” está anulado, ocultando lo real de la brecha de la sexuación.  

 

En el ejercicio de su sexualidad, ella recurre a lo que llama un juguete, un falo postizo,  lo que es un fetiche. En su posición subjetiva, el fetichista constata la falta de falo respecto de la diferencia sexual, pero a su vez la niega. El falo lo hace aparecer por arte de magia en su práctica sexual. Por esto cualquier objeto material puede cumplir la función de tapón del agujero genital femenino (ropa interior, zapato, etc.). O sea, el fetichista, reconoce y no reconoce la castración. También, el travestismo masculino que ella pone en la escena sexual es la confirmación de la renegación de su femineidad. Solo así puede gozar su sexualidad. Y la fórmula de la renegación siendo: “a pesar de tener una vagina me gustaría tener un pene” es un modo de repetir aquel primer tiempo infantil de la lógica fálica, persiguiendo la nostalgia del tiempo de antaño, de cuando los niños y niñas creían en la premisa universal: “Hay falo para todos”. Nuestra paciente nos presenta una interpretación subjetiva de la identificación al falo, ilustración clínica de la mujer fálica o del hombre con mamas. Es decir un ser que combina los atributos femeninos y el atributo masculino. Un ser que superpone el cuerpo de la madre con el cuerpo del padre. Esto corresponde al tiempo primario infantil de indiferenciación de los sexos.  ¡Qué hay más obvio en ella que la reivindicación insistente de la envidia del pene! En el campo del deseo, ella reniega la castración, lo que  me permite hacer la hipótesis de una estructura subjetiva perversa. Así se define la perversión, por su modalidad de reconocer y de desconocer a la vez la castración simbólica que está en la raíz de la identidad sexual.   

 

La sustitución del objeto sexual por el objeto homosexual señala una homosexualidad respecto de la cual es necesario ubicarla en relación con una estructura clínica. Ella desea el falo viril en tanto pene en erección permanente.  Solo el padre imaginario, por ser el “Al menos uno”,  no castrado, podría ser, la excepción del goce fálico, si existiese sería  absolutamente potente. De tal modo que verificamos que ella se identifica con el padre imaginario, el padre originario, el orangután, macho alfa, nuestro primer ancestro paterno. Por supuesto, se trata de un mito, el mito freudiano de “Totem y Tabú” y clínicamente se trata de un fantasma reprimido en lo profundo del inconsciente. Es este padre del goce absoluto que fue asesinado por sus hijos para instituir la primera familia humana  regida por la prohibición del incesto. En su fantasma edípico, coloca en superposición la imagen del padre sobre la imagen de madre. El resultado es una madre que tiene un falo. La paciente es una mujer fálica homosexual que necesita para su goce sexual la puesta en escena del travestismo masculino, identificada a un hombre viril. Su homosexualidad es perversa porque en tanto sujeto sexuado reniega su castración sexual.

El goce aquí en juego es muy peculiar, se
trata de un goce arcaico que “ek-siste” en lo real y respecto del cual Freud dice que es la resistencia la más difícil de vencer.  Freud lo ilustra en un texto cuyo título es: “Una neurosis demoniaca en el siglo XII”. En este artículo Freud interpreta psicoanalíticamente un caso de exorcismo de posesión diabólica. Se trata de un pintor de la Baviera, Christophe Haitzmann, quien había realizado un pacto con el diablo para ser su hijo y ser poseído por Satán. Lo curioso es la descripción que hace el pintor del demonio: “El diablo está desnudo, tiene dos mamas de mujer y lleva además un pene enorme terminado en serpiente.” Tuvo la aparición de un diablo andrógino. Freud interpreta la figura del diablo como un sustituto del padre. En efecto, el pintor quiere ser su hijo. Los símbolos fálicos del diablo no nos escapan. Tiene cola, cuernos, garras y es el Amo más potente del Infierno. Freud prosigue su análisis desvelando un fantasma inconsciente fuertemente reprimido que consiste en estar embarazado por el padre. Es decir ser, la mujer del padre. Freud nos recuerda el caso Schreber quien acepto ser la mujer de Dios, Dios padre, y concebir extraños seres con él. La posición femenina respecto del padre surge como un deseo reprimido en el primer tiempo de la constitución del sujeto, durante la niñez. El niño quiere obtener el amor del padre rivalizando con su madre pero para conseguirlo debe  renunciar al pene. Frente al horror de la castración, el niño retrocede y reprime este deseo. El rechazo de la posición femenina en el hombre es el rechazo de la castración. Pero, Freud se pregunta: ¿Porque el diablo tiene senos? ¿Para qué feminizar al demonio? Precisamente porque los senos del diablo corresponden a la femineidad del sujeto proyectada sobre la figura sustituta del padre. Pero también porque la figura de un padre-madre fusionado desplaza hacia el padre el amor por la madre primordial, este gran Otro materno no tachado aún en este primer tiempo de la constitución de la estructura. Luego, con Lacan, podemos responder al segundo deseo del pintor: ser poseído por el diablo. El fantasma de embarazo revela su significado sexual: es ser poseído sexualmente por el padre. Freud precisa que es el fantasma inconsciente el más abyecto y repugnante. Podemos contestar con Lacan a la pregunta del pobre pintor: ¿En intercambio de su alma que le ofrece el diablo? El diablo le ordena gozar, un goce extraño, homosexual y transexual, goce prohibido, goce del gran Otro no castrado simbólicamente, anterior a la simbolización de la falta (el pintor no quiere ni dinero, ni poder, ni bellas mujeres). Así es la figura obscena del padre originario, fuente del superyó arcaico que grita “¡Goza!”

 

Al localizar la homosexualidad de esta paciente en la estructura clínica de la perversión, espero que no se me mal entienda, porque es cierto que en psicoanálisis, no hace mucho tiempo que la homosexualidad se ubica también  en otras estructuras clínicas tales como la neurosis o la psicosis. De tal modo que hoy, el psicoanálisis puede considerar a los homosexuales como neuróticos, como perversos o como psicóticos, es decir, como cualquier sujeto deseante.

Ningún homosexual es, en el fondo igual a otro, como ningún heterosexual es semejante a otro porque el inconsciente es radicalmente singular. Los significantes son del sujeto y si bien son extraídos de discursos sociosimbólicos universales su uso por parte de cada sujeto no es sino particular. Por lo mismo, el psicoanálisis no usa categorías sociológicas. En efecto, la categoría del concepto de significante en Lacan es que el sujeto se hace representar por significantes que provienen necesariamente del sistema lingüístico universal de las lenguas pero cuyo uso es estrictamente particular en su función de representar al sujeto. El efecto de falta estructural del significante descansa sobre un significante que falta en el inconsciente, a saber el falo simbólico, Ф. Esto le da a la estructura del inconsciente la condición de castración simbólica. La función de Ф, el falo, es doble: generar un deseo imposible y producir un goce más allá. El sujeto es sexuado, por supuesto, porque su constitución depende de la estructura de su Edipo, tener el falo e identificarse al padre para un varón y no tenerlo e identificarse a su madre para una mujer, pero más allá del Edipo hay una lógica de los goces que impide que los significantes hombre y mujer puedan complementarse en la relación entre los sexos. Hay un real que obstaculiza la armonía soñada y que la hace fallar. La prueba de esto está dada en las prácticas sexuales donde lo que se experimenta es el goce sexual. Y precisamente, es en el encuentro de los cuerpos que cada sexo está confrontado a su castración porque el goce de la pareja heterosexual contempla el goce femenino suplementario que no es organizado por la alternativa de tener o de no tener falo. Finalmente, ¿qué es ser una mujer? Y ¿qué es ser un hombre? La respuesta a estas preguntas del sujeto sexuado es imposible, porque más allá de estos significantes, está el goce del cuerpo. Lo que ocurre es que en el acto sexual estamos experimentando en el cuerpo la castración que el goce del otro sexo nos devuelve. Por esto, Lacan insiste en afirmar que no hay relación sexual entre la categoría lógica del hombre y la de la mujer.

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