Anna Konrad -¿La escucha analítica implica acaso una nominación entre neurosis, psicosis o perversión?

Congreso de AF octubre de 2016

Las categorías de Neurosis-Psicosis–Perversión se han distinguido en psiquiatría por la descripción de síndromes: agrupamientos sintomáticos y evoluciones que se les asocian, acompañados o no de hipótesis etiológicas. Con Freud, se les asignaron contenidos psicopatológicos diferenciados que iban mucho más allá de las descripciones e hipótesis que las precedieron, dando paso en ciertos casos a una terapéutica razonada y coherente con dicha psicopatología. La neurosis, la psicosis y la perversión se convertían así en marcos a los que el pensamiento podía asociar muchas más cosas que los vapores de un salón burgués, el asilo o la degeneración: se escribían historias a partir de los fracasos del desarrollo individual que iban encajando en torno a las preguntas que la vida humana debe tratar de responder en cuanto al sexo y la muerte. La revolución freudiana introdujo lo que hoy podemos llamar la dimensión del sujeto mediante la universalidad de los nuevos mecanismos psicológicos en lo que hasta entonces solo afectaba a lo anormal. Freud pudo así describir esta novedad: « Allí donde parecía reinar la más singular arbitrariedad ha descubierto la labor psicoanalítica una norma, un orden y una coherencia. Las más diversas formas patológicas psíquicas han sido reconocidas como resultados de procesos idénticos en el fondo, susceptibles de ser aprehendidos y descritos por medio de conceptos psicológicos. […] En todas partes hallamos la actuación del conflicto psíquico descubierto en la elaboración de los sueños: la represión de determinados impulsos instintivos, rechazados a lo inconsciente por otras fuerzas psíquicas; los productos reactivos de las fuerzas represoras y los productos sustitutivos de las fuerzas reprimidas, pero no despojadas totalmente de su energía. Por todas partes también encontramos en estos procesos aquellos otros -la condensación y el desplazamiento- que nos fueron dados a conocer por el estudio de los sueños ».1

El sujeto del inconsciente entró difícil pero inevitablemente, gracias a los desciframientos que permitía el psicoanálisis, en una psiquiatría oficial que no quería saber nada de él, pero que tuvo que entreabrirse con el paso del tiempo ante el peso de la evidencia. Hoy en día, la psiquiatría se ha cerrado de nuevo a la revolución del inconsciente. La evidencia « de la norma, el orden y la coherencia » revelados por Freud ya no priman, la conexión entre la clínica psiquiátrica y el sujeto del inconsciente se ha diluido con el fracaso de dicha clínica ante el DSM. La consulta denominada psiquiátrica se orienta cada vez más exclusivamente hacia una serie de hechos falsificados por una pseudoobjetividad previamente certificada por preguntas que reflejan un mundo establecido de valores y de ideas en los que no existe el más mínimo espacio para la idea de un inconsciente que se le escapa. Ya no se observan los procesos, los propios significados derivados de las investigaciones freudianas sobre el inconsciente han ido ahogándose y se diría que ya no pueden traducirse en nuestros días. El sujeto del inconsciente que en un momento formó parte de la cultura parece haber desaparecido entre las olas.

La neurosis, la psicosis y la perversión son pues quizás los últimos bastiones en donde el sujeto del inconsciente vuelve a invocarse en la cultura psiquiátrica, pero en virtud de su historia y no de su « ciencia », palabra que no podemos dejar de poner entre comillas a día de hoy.

La contribución freudiana al conocimiento de las neurosis, las psicosis y las perversiones es pues una contribución científica. Con los avances lacanianos sobre la verdad y lo imposible de decir, sobre el pensamiento y el ser, el psicoanálisis se impuso como disciplina « orgánicamente » vinculada con la filosofía desde el advenimiento del descubrimiento del inconsciente. Se autorizó a desprenderse de la estela de la referencia a una ciencia experimental basada en la experiencia como reproductibilidad con obtención de resultados idénticos, independientemente del operador. M. Safouan formuló la relación del psicoanálisis con la ciencia de la forma siguiente: el psicoanálisis es una « ciencia del deseo ».2 « Comporta elaboraciones conceptuales que permiten evaluar fenómenos que, de lo contrario, serían siempre indescifrables .» Por ello, el psicoanálisis participa de un proyecto científico. Pero « su práctica y su modalidad de transmisión pertenecen al ámbito de lo individual » y comportan la dimensión del sujeto que introdujo en su campo específico.

Este campo es pues ese en el que un sujeto escucha al otro con un deseo de analista, producido por su relación con su propio inconsciente, eventualmente en el marco de una demanda de tratamiento. A partir de ahí puede surgir un psicoanálisis, introduciéndose así una dimensión perfectamente identificada por los interesados como original, en la medida en que modifica algo íntimo en la relación del sujeto con su existencia, con lo que llamamos su vida, pero también en la medida en que aporta « por añadidura » una resolución de los síntomas que han motivado la demanda terapéutica.

Ahora bien, si la contribución del psicoanálisis al campo de la psicopatología consiste en haber ampliado la percepción hacia nuevos fenómenos y constituir un tratamiento posible definido por la dimensión de curación « por añadidura », ¿qué significa para el psicoanálisis y qué le aporta a este la psicopatología, ese campo del conocimiento situado en algún punto entre psiquiatría, psicología y psicoanálisis?

El discurso analítico, esa dimensión enunciativa en la que lo real del inconsciente se manifiesta y moviliza significantes reprimidos, puede prescindir totalmente de los discursos constituidos en psicopatología o en otras áreas. Pero si desanuda la estructura de un saber constituido, el del yo por ejemplo, da lugar por ello a nuevas ficciones a partir de las antiguas. Existen muchos discursos sobre la neurosis, la psicosis o la perversión en el campo analítico, pero se trata más bien de ficciones. Afectan a la experiencia analítica y a la transferencia y remiten a lo intransmisible. Los significantes que cada uno retiene a efectos de tal o cual estructura o de la noción de estructura no son pues los mismos. Están atrapados en la relación transferencial con el psicoanálisis del que los retiene. Son productores de discursividad para aquel para el cual se inscriben y estas nuevas discursividades constituyen ficciones que pueden contribuir a nuevos desarrollos del discurso analítico. Que en tal página de los Escritos de Lacan, haya podido leer y retener que en lo que respecta a la histeria, la tarea del analista consiste en mostrarle a la analizante, que le está mostrando algo, « donde se sitúa la acción », es una fórmula de Lacan que me interesó cuando la leí y sobre la cual he transferido algo de mi inconsciente en la relación que se anudaba con el analista y, claro está, con mi analista.

Las estructuras tienen nombres, neurosis, psicosis, perversión. Dora es también uno de los nombres de la histeria, ya que a través de lo que Freud y luego Lacan produjeron estudiando la historia de su análisis, la histeria de Dora adquiere una nueva dimensión significante, funciona como metáfora y no como descripción de un objeto. Es la fuente de nuevas discursividades, pero solo gracias a la relación de transferencia que suscita en otros, en la conexión con sus significantes y su deseo cuyas nuevas ficciones derivadas llevarán su impronta.

El discurso analítico, ya sea el que surge en el transcurso de un análisis y produce un resultado en el après-coup, o el que interviene en la propia trasmisión del psicoanálisis, pasa siempre por una desarticulación o un desanudamiento de un discurso consistente y constituido. La psicopatología, el discurso sobre la estructura o las estructuras, sobre la vertiente de un saber consistente, da perfectamente cuerpo a lo que se debe primeramente desanudar y luego cuestionar. Puede también proporcionar un confort allí donde el analista no puede o no puede aún escuchar a su analizante.

En ese caso, la estructura ya no tiene que ver con la metáfora, deja de ser uno de los nombres del psicoanálisis freudiano, pero interviene en la transferencia por el lado de la resistencia del analista. Como solo existe una resistencia singular, voy a hablar de un momento en el que la estructura pudo hallarse en posición de resistencia, así como de ficción para mí. Encargarme de un « diagnóstico de estructura » me sirvió en varias ocasiones para mantener lejos lo que estaba en juego en la transferencia e incluso la idea de que me hallaba presa de la resistencia. Pensar que él o ella eran psicóticos, por ejemplo, me permitía soportar escucharlos cuando sus discursos suscitaban en aquel momento en mí un eco narcisista pesado e inaccesible a un análisis. Para protegerme y no agredir al paciente de una forma o de otra, acababa creyendo en una psicosis, posponiendo así teóricamente la cuestión del sujeto. La idea de psicosis me permitía así escuchar al analizante como si estuviese asaltado por discursos que pueden producir efectos sujeto, desprendiéndome un poco al mismo tiempo de los afectos que la transferencia había suscitado en mí. Volvía a encontrar un semblante tranquilizador dentro de la suposición –psicosis- de una carencia narcisista que la transferencia soporta con benevolencia y compensa en cierta medida, sin considerarla la puerta de entrada o de salida de una represión, en otra palabras un síntoma. Solo entonces podía no esperar nada y « estar allí sin razón de ser » retomando la fórmula de R. Levy sobre la posición del analista, pero se trataba en este punto más bien de estar allí en un semblante instalado en la idea de reparación narcisista.

Voy a hacer una incursión en el odio y el deseo de analista, antes de volver a la psicosis presunta o real de aquella ocasión.

La benevolencia que acabo de mencionar es una dimensión fundamental de la escucha psicoanalítica. En el psicoanálisis freudiano, no es un semblante que se le ofrece al otro que se considera faltante. Tiene que ver con las condiciones estructurales del deseo de analista, es decir, ya que hablamos de deseo, con la relación con el objeto de pulsión en el analista y, en definitiva, con su fantasma. El fantasma es el lugar donde puede aparecer ese objeto primitivamente ajeno, el de la pulsión. Lacan nos permitió pensar que el fantasma es el lugar donde el sujeto se desvanece radicalmente, o incluso: allí donde el sujeto se desvanece radicalmente es donde nos hallamos sumidos en el fantasma. Freud subraya la extrañeza radical y la coloración hostil como características de lo que se reconoce originalmente que está « fuera ». La relación con el prójimo, empezando por el caritativo Nebenmensch, el primer prójimo, el primer gran Otro, se construye negociando con esa hostilidad primera. La neurosis consiste en lidiar con el reconocimiento de la alteridad, de la existencia de lo que ha sido rechazado y odiado, convirtiéndolo en la base de su identificación, de sus ideales, integrándolo como falta simbólica en su construcción. Lo que se ama se sostiene por medio de esa alteridad originalmente hostil. Lacan nos recuerda que Afrodita es una divinidad aterradora. No obstante, el reconocimiento en la transferencia del odio del analizante, de la transferencia negativa esencialmente suscitada por lo real de la pulsión, por el objeto parcial que es el objeto (a) lacaniano, es un desafío insoslayable en el camino del deseo y de la consecución de la cura. El acompañamiento por parte del analista en este trayecto exige que este no crea en ese objeto, ni en esa hostilidad, como no cree en el amor, ni en sí mismo que lo encarna en la transferencia, sino que manifieste una compasión, una benevolencia que solo puede manifestar por haber pasado ya por todas las epifanías, por todos los avatares del objeto en la trasferencia.

Por el contrario, cuando el analista participa en la transferencia como sujeto barrado en el deseo del objeto, lo que puede suceder sencillamente porque una de sus identificaciones se vea movilizada y el objeto recobre así consistencia en su fantasma, el deseo de analista desaparece. El amor y el odio pueden lograr directamente que el analista actúe frente al analizante; ¡adiós al deseo de saber, se acabó la temporalidad otorgada al inconsciente y al tiempo para comprender, ¡el objeto incomoda y exige que se trate de reprimirlo!

Así pues, sin darme cuenta, llegué a un acuerdo con mi inconsciente en lo que se refiere a la « estructura » de aquella mujer que llevaba escuchando desde hacía algunas semanas. Para soportar escucharla y no acabar con la cura antes de que empezase, creí en una psicosis. Acto de represión. ¿Qué lugar ocupaban para mí aquella chica que vino a verme y su discurso antes de considerarla una psicótica durante muchos meses? Había venido a hablarme de su relación con los hombres: relaciones escasas, inexistentes, no del todo pero casi, en lo real al menos… ¿Qué oí en su discurso centrado en la cuestión de no contar, de no ser amada? Me pareció que la ausencia, la hiancia, un esfuerzo por ajustarse al enigmático deseo del Otro ocupaban su relación con las figuras más cercanas, y cuando una de ellas se idealizaba, se desarrollaban una sumisión llena de angustia y el miedo al abandono.

La escuché con la idea de que ella estaba allí plantada ante la hiancia y el enigma del Otro, apenas un poco apartada gracias a su aislamiento social, englutida, descompuesta, ligeramente perseguida en cuanto se presentaba la más mínima ocasión. Y de repente un día, me di cuenta de que estaba tomando una decisión que pondría fin a su análisis. Esa decisión le iba a acarrear importantes consecuencias en las que la cuestión de amar y de ser amada por un hombre iba a quedar soterrada por mucho tiempo. Iba a aceptar un trabajo en un país lejano, situado a mucha altitud, sin poder ver prácticamente a nadie la mayor parte del año. Desempeñaría un trabajo sin ambiciones. Tendría a su alcance una naturaleza inmensa y salvaje. Sencillamente, me di cuenta de que en dos ocasiones, una sesión que se había saltado le había ofrecido la ocasión de progresar en los hechos hacia esa decisión, mientras que durante las sesiones evocaba más bien el placer vislumbrado de los encuentros amorosos que podría vivir. Mi convicción sobre su estructura se derrumbó como un castillo de naipes. Oí, hablándolo en una supervisión, que estaba dejándola interrumpir su análisis y permitiéndole en la transferencia renunciar a su deseo de tener una relación con un hombre.

He aquí lo que se ocultaba bajo el diagnóstico de psicosis que vino a tranquilizar una agitación en mí, suscitada por aquella chica que despertaba mis identificaciones. Me hizo falta oír que yo estaba de alguna manera aceptando que se protegiese de su deseo. ¿La función analista es acaso compatible con la idea de una protección contra el deseo? ¿La protección no es acaso entonces una protección contra la vida misma?

Percibí otro fenómeno de estructura. Me quedé perpleja, aferrada aún a la idea de que el goce Otro que me parecía intervenir en su caso, era una opción posible en el marco que ella había escogido para sí, una elección equivalente a las luchas quizás demasiado violentas de la vida ordinaria. Pero ella ya había entendido lo que a mí me costaba reconocer: ese alejamiento sería para ella un encierro, una privación de la vida. Lejos de una protección, la devoraría la frustración. En cuanto mi resistencia empezó a ceder, se apropio de ella con presteza y se sustrajo hábilmente al proyecto que la había ocupado tan seriamente.

Acaso tuve miedo del odio que apunta en ella a ese gran Otro que no la desea suficientemente, no la ama suficientemente, un odio audible en su confesión, cuando por fin el amor de un hombre volvió a ser posible en la realidad: si alguno de ellos expresa el más mínimo amago de deseo hacia ella, lo « castra » sin piedad, inmediatamente. ¿La protección contra el deseo era acaso una protección contra el odio?

1 S. Freud, Intérêt de la Psychanalyse, 1913

2 M. Safouan, La psychanalyse, science, thérapie et cause, 2013, p.385

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