María-Cruz Estada: EL CUERPO, ¿ÚLTIMO BASTIÓN?       

Hay analizantes que no llegan a nuestras consultas haciéndose representar por sus síntomas, haciendo pasar a través de la palabra sus problemas con el Otro y asociando según el modo clásico, sino que se hacen representar por sus acciones o por sus afecciones corporales,pero unas acciones y unas afecciones que harían pensar que han roto sus relaciones con ese Otro, o no, pero que presentan un síntoma, un dolor corporal por ejemplo, que se convierte en central en su discurso como si todo el logos de que son capaces estuviera concentrado en ese punto.

Muchas veces son pacientes que salen del marco de las neurosis clásicas sin que por ello podamos afirmar que sean perversos o psicóticos, al menos de creer a Lacan cuando dice que sin fenómenos elementales no podemos hablar de psicosis. A veces sí que podemos suponer una forclusión del Nombre del Padre aunque no se haya desencadenado una psicosis y quizá nunca lo haga, pero de otros suponemos una gran fragilidad simbólica sin que pensemos que hayan hecho una forclusión del Nombre del Padre ni podamos tampoco afirmar que están en la neurosis. ¿Qué estructura tienen?

Muchas veces son analizantes con quienes es difícil trabajar con el dispositivo clínico habitual porque les cuesta asociar, con quienes hay que inventar todo el tiempo estrategias para mantener un mínimo dispositivo terapéutico, ante quienes no podemos hacer muchos silencios y en presencia de los cuales, a veces, la sensación es de un puro sobresalto, al poder esperar casi cualquier cosa de ellos por su facilidad para pasar al acto. Al mismo tiempo, nos suele resultar apasionante trabajar con estos analizantes por el reto que supone intentar llevar al logos lo que aparece en el orden del factum.

Entre estos casos se encuentran algunos con perturbaciones narcisistas precoces, otros que iniciaron más o menos bien las operaciones estructurantes en la infancia pero a quienes les ocurrió un accidente en un momento del desarrollo que les produjo una efracción del fantasma, lo que va a configurar distintos modos psíquicos de arreglárselas con su problema. La cuestión es que el cuerpo se hace presente en todos ellos como lugar donde se hacen los síntomas, los delirios, las suplencias o se lo usa como escudo frente al Otro[1] y, en algunos casos, una afección corporal pareciera ser el último bastión en que resistir ante una crisis psicótica… de no ser ya una crisis psicótica vivida en el cuerpo.

Nos hicimos algunas preguntas en torno a la estructura, por ejemplo, cuando decimos que un paciente se neurotizó o se histerizó, ¿en qué estructura estaba antes? Eso nos obligaría a pensar que hay permeabilidad entre las estructuras, pero ¿nos sirve de algo pensarlo? Algunos de estos analizantes podrían hacer pensar incluso en una cuarta estructura. En el tema del año de la Asociación Análisis Freudiano, título también del congreso en que se presentó este trabajo, junto a la metáfora bélica aparecen las tres grandes estructuras: neurosis, psicosis, perversión, como último bastión de un TODO cerrado. Si bien estamos de acuerdo en rechazar los miles de trastornos que ofrecen los DSM, nos preguntamos si tenemos que defender las tres grandes estructuras como último bastión de la teoría de nuestros padres Freud y Lacan, o si podemos reconocer su incompletud, servirnos de ella, cuestionarla, re-trabajarla y, si fuera el caso, pasar de ella en el sentido de usarla para avanzar.

Hay otra razón en nuestro interés en el tema del cuerpo en la clínica y es que hace años que estamos trabajando sobre el lazo entre el cuerpo y la escritura (la escritura en lo psíquico, pero también en el papel). Hace años tratamos ya[2] acerca de ese momento en el aprendizaje de la lecto-escritura en que se produce un salto entre el cuerpo y lo mental pero sentimos que nos faltan algunas claves a la hora de hablar de ese pasaje, y también del que va de lo mental al cuerpo.

Por último, queríamos también poner el punto final a nuestro trabajo publicado en la revista del año pasado: «Sexual blues», porque dejamos fuera un blue que son los diagnósticos que se hace a las mujeres. Es un hecho que, en nuestra experiencia, estas personas difíciles de tratar y de diagnosticar son en su mayoría mujeres y hemos observado que los hombres analistas tienden a diagnosticar como psicóticas a las analizantes de este tipo. Sin embargo y por muy locas que estuvieran cuando empezaron a analizarse, muchas viran hacia la neurosis, chifladas, pero neuróticas. ¿Pero eran antes neuróticas o es un efecto del análisis (y en ese caso qué eran antes)? Tampoco en ese caso nos parecería bien hablar de permeabilidad entre estructuras, puesto que más que pasar de una a otra se trataría más bien de conseguir estructurarse en su relación con el Otro.

En relación con esto último, nos preguntamos si la razón de que el DSM haya expulsado a la histeria es el que sea una patología eminentemente femenina, y también si la dificultad de algunos hombres en su escucha para dar un lugar amable a la diferencia, haría que tramitaran demasiado deprisa los diagnósticos hechos a las mujeres. En la medicina hay sin duda un encarnizamiento terapéutico con las mujeres (en España acaba de salir un libro sobre el tema[3]), pero nos preguntamos si, al igual que otros hombres, los varones psicoanalistas no tendrán una tendencia a situar del lado de la locura lo que escuchan de labios de una mujer[4].

Estas son las cuestiones previas con las que nos pusimos a trabajar y la literatura que encontramos fue algo pobre, salvo por un grupo de analistas de la Escuela Freudiana de Buenos Aires de cuyos trabajos esta exposición es absolutamente deudora. Sobre todo Silvia Amigo y Haydée Heinrich que llevan más de veinte años investigando sobre quienes antes eran llamados borderline por la incapacidad de situarlos en algún lado, y ahora «Trastornos de Personalidad» por la misma razón. Sus trabajos nos han ayudado tanto que, de hacer justicia con sus textos, más que citarlas a pie de página tendríamos que abrir comillas al empezar a escribir y cerrarlas al poner el punto final.

Empezamos este trabajo con la suposición de que podríamos decir algo sobre una cuarta estructura que mostrara una grieta en ese bastión que antes citábamos. Sin embargo al terminarlo, fue en nuestra suposición donde se había abierto una grieta.

Para introducir el tema, vamos a recordar los pasos necesarios para la construcción del fantasma, que es lo mismo que decir tres momentos de escritura de la falta:

  1. El tiempo de la Primera Identificación en que al sumergirse el niño en el campo del Otro, del lenguaje, lo real es Ausgestossen.

Para ello es necesario que el Otro haga el don de su falta, que se muestre castrado con respecto a ese niño en concreto, es decir, que lo desee. De esa manera, el niño podrá poner fuera lo real, operación que Freud llama Austossung, que deja el goce de la Cosa fuera del campo psíquico y también fuera del cuerpo. Esto será así si consigue ir anudando bien los tres registros en el tiempo del Estadío del Espejo, lo que es muy importante para el tema que nos ocupa. Después podrá recuperar una parte de ese goce a través de la palabra si, y sólo si, la función materna es eficaz a la hora de permitir ese trasvase del cuerpo al lenguaje. Este trasvase dependerá del modo en que se haya realizado, o no, la intrincación pulsional (modo que tiene el Otro de limitar su propio goce sobre el niño o niña), aunque profundizar en esto sería extendernos por fuera del propósito de este trabajo. Entonces, sólo cuando se consigue expulsar el goce de la Cosa, es posible gozar a través de la palabra y fuera del cuerpo.

T
enemos como ejemplo de este momento el Fort-da, la invención de ese juego que permite al nieto de Freud irse haciendo a la idea de la separación del objeto (y es importante este «irse haciendo» que nos habla de un tiempo subjetivo). Y hablar de separación del objeto es también hablar de la separación del objeto-cuerpo, momento que se ve muy bien en el trabajo de Freud[5] cuando su nieto, al tiempo que se agacha para dejar de verse en el espejo, dice «nene oooo», borrando el cuerpo para investir el significante. No es nada evidente que un niño que no haya podido ordenar sus goces corporales pueda permitirse renunciar al cuerpo, es decir, borrarlo en beneficio de la palabra. Claro que tampoco es evidente que un niño en este último caso pueda jugar en el sentido del gaming.

Pero hay ocasiones en las que el Otro no dona su falta, lo que es lo mismo que decir que el niño o la niña no es nada o casi nada para el deseo del Otro primordial, es decir que nadie ha podido dotar a ese niño de una dignidad fálica. Puede ser porque ya había otros hijos y a éste o ésta no se los pudo desear, o porque sobrevino un hecho traumático en la vida del Otro real que le cortó las alas a su deseo por este hijo o hija o, incluso, porque lo traumático fue ese embarazo que vino a arruinar los planes de la madre o de los padres. Sin ese deseo del Otro, habrá varias operaciones que no se podrán hacer, y mucho menos llegar a saber cual es el propio deseo, ya que quien está en este caso no ha podido responderse a la pregunta por lo que desea el Otro… porque el Otro no le puede mostrar su deseo. En estos casos no hay construcción posible del fantasma, sino del delirio… a veces en el cuerpo.

En este último caso, hay analizantes cuyo discurso gira casi en exclusiva en torno a los dolores o la fatiga que sufren en el cuerpo. Dolores que no parecen tener remedio y que no siempre nos parece poder adscribir a una estructura histérica. En algunas ocasiones es evidente para ellos que la madre no los deseaba, si bien cumplió estrictamente con su función de madre. Algunos suponen incluso abusos sexuales de parte de los padres que muchas veces, avanzado el análisis, deciden que seguramente nunca tuvieron lugar, lo que nos hace pensar que cuando una madre no introduce del todo al hijo o la hija en la significación fálica —y no lo hace porque no los puede desear—, ellos quedarán detenidos en el exceso de goce, y de ahí a suponer un sujeto a ese goce sólo hay un paso. Es nuestra suposición acerca de tantos casos de analizantes de cualquier estructura que acusan a sus padres de haber cometido abusos sexuales con ellos, sin que a los analistas nos parezca muy posible que estos se hayan producido. Sin embargo pensamos que hay que creer en la realidad psíquica de estos abusos, realidad que proviene de esa atribución de un sujeto a un goce, a un exceso que no puede reconocerse como formando parte de la propia subjetividad. Dice Silvia Amigo: «Para el hijo, el embate del goce fálico de la madre, que en general toma la forma de una demanda pulsional des-intrincada, es vivido como goce del Otro»[6].

En cuanto a dichos dolores, incluso enfermedades (que muchas veces se desencadenan por los mismos motivos que una crisis psicótica: paternidad efectuada o frustrada, separaciones… ), Freud decía que aquello que fracasa en su representabilidad y no puede constituirse como sufrimiento psíquico, se convertirá en sufrimiento corporal; y Lacan que lo que es rechazado de lo simbólico aparecerá en lo real… en estos casos en lo real del cuerpo. También en el Manuscrito G[7], Freud pone en relación lo somático con el duelo y la melancolía. En las neurosis podemos pensar que, como suele decirse, el dolor físico protege de un dolor psíquico, pero con los analizantes de los que venimos hablando que han tenido problemas en el momento de la Primera Identificación, no estamos en el territorio de la metáfora sino de la vuelta de lo forcluido en lo real del cuerpo. En el momento fundante del ingreso en el campo del Otro, cuando el Otro ha de mostrarse deseante, y a través de la construcción del cuerpo pulsional introducir al niño en el lenguaje, no lo puede hacer y entonces esa Austossung de la Cosa no se efectúa del todo y ésta queda, por lo tanto, ligada al cuerpo que seguirá entonces siendo la sede del goce no evacuado.

Decíamos que hay tres tiempos de escritura de la falta. Si el fallo es en este primer tiempo, como es el caso de este tipo de analizantes, nunca se podrá construir un fantasma a través del cual civilizar el goce, por lo que estaremos ante una psicosis o ante un autismo.

  1. El segundo tiempo estructurante es el de la Identificación a lo Simbólico del Otro real, es decir, al rasgo unario.

Sólo será posible si se ha atravesado el primer tiempo lo bastante bien. Este es el tiempo en el que el niño se alienará a los significantes del Otro que le servirán para aportar un borde, un marco al hueco del deseo del Otro. Si éste desea al niño no va a intentar amalgamarlo con el significante de su goce propio, eso no sería deseo sino imposición del amor: ‘te amo aunque no lo quieras’, diría Lacan[8]. El amor es diferente del deseo que viene de un espacio vacío, desocupado, que tendrá que ocupar el niño eligiendo de entre los significantes que va encontrando en el campo del Otro con cuál identificarse. Entonces, si este segundo tiempo funciona, es porque el Otro deseante sabe que ese hijo o hija representa al falo, es decir, su falta, pero sin definir qué tipo de objeto es; es esta no definición lo que va a hacer aparecer al Otro como castrado, renunciando a hacer de ese niño o niña objeto de su goce y va a dejar un espacio de significación vacío[9]. Así, los niños podrán preguntarse qué especie de objeto son él o ella para el deseo del Otro, qué los quiere el Otro, e irán pudiendo poco a poco responderse a lo que significa el enigma de esa X del Deseo de la Madre que escribimos en la fórmula de la Metáfora Paterna.

Este es también el tiempo estructural de la creación de un yo-ideal, imagen perfecta con la que se pretende taponar la castración del Otro. El yo-ideal es un objeto para ser gozado por el Otro, y esto es también importante para lo que vamos a plantear.

Si el fallo es en el segundo o tercer tiempo por un accidente, por cualquier contingencia, se puede quebrar el fantasma que se estaba construyendo y, a consecuencia de ello, perder el marco previamente dado al deseo del Otro y de ese modo, aunque se haya podido configurar un objeto en ese marco, y a través del discurso de los analizantes tengamos noticia de su fantasma, éste no termina de ser eficaz para proteger por completo al niño o niña de la crudeza de lo real. Hay inscripción del Nombre del Padre, pero sigue habiendo fragilidad simbólica porque aquel resulta no operante, lo que produce esa fragilidad del fantasma a la hora de ser un buen airbag frente a lo real. Las personas que están en este caso, según Silvia Amigo, sufrirían de «fracasos estables del fantasma». No son psicóticos porque está inscrito el Nombre del Padre, no son neuróticos porque no se hacen representar por un síntoma ni terminan de inscribir eficazmente el menos fi, la castración, no son tampoco perversos porque no escenifican su fantasma. Es legítimo entonces preguntarnos si estaríamos frente a una cuarta estructura.

Para tratar de los fracasos estables del fantasma hablaremos de una analizante a la que hemos dado el nombre de Melisenda. Vino con una edad cercana a la treintena y desde sus ocho años había alternado entre terapias de distinto pelaje e ingresos, el último en una unidad de anorexia que la sometió al maltrato del protocolo al que se somete a quienes llegan con este diagnóstico, aun
que afirmaba que no lo era y era evidente al escucharla que no lo era en el sentido del «Trastorno de alimentación» (de no ser en sentido literal durante un par de meses). El problema fue que nadie la pudo escuchar a ella, sólo actuar en función de lo leído en el informe y de lo que dice el DSM. Cuando vino a vernos negó ser anoréxica y explicó cómo había llegado a tener ese peso, entonces la creímos y le tomamos la palabra.

Melisenda se hacía cortes y sufría de una inhibición total para estudiar, trabajar, relacionarse. Tenía un título universitario pero no podía buscar trabajo. Decían que era una niña normal, alegre… lo decían los padres en la primera entrevista porque ella casi no hablaba y mostraba el aspecto de una enferma mental grave. Dijeron que a los ocho años cambió su carácter, pensaban que por haber sido víctima de una profesora de matemáticas sádica. Nos dimos cuenta de que había dos o tres significantes en el relato que nos tocaban de modo personal, por lo que nos pusimos alerta para evitar que una excesiva ‘comprensión’ descafeinara nuestro deseo de analista.

Tuvimos que ir haciendo muchos cortes en el tiempo de las primeras entrevistas que fueron aceptando todos bien: si había que cambiar la hora de sesión por alguna razón de peso nos tenía que llamar ella, no los padres, tenía que venir a sesión aunque estando en la calle le entraran ganas de defecar; si finalmente decidiera no venir, pagaría ella la sesión con sus ahorros. Y otro corte que consistió en lo que Jean-Jacques Leconte llama ‘oferta transferencial’ (una expresión que nos gusta mucho), que en este caso consistía en que, al llegar a sesión, tenía cinco minutos para hablar de su fealdad (lo que le ocupaba el pensamiento todo el día y la noche), mientras yo permanecía en general en silencio y luego ya se acabó (al ir a terminar los cinco minutos hacíamos muchas gesticulaciones mostrando que no podíamos más, tal y como se hace con los niños a modo de marca para que capten algunas cosas y como modo de introducir la alteridad del otro) y entonces ya comenzábamos a hablar de otros asuntos en una aparente charleta desenfadada en la cual manteníamos muy firmes las riendas. Este discurso amo de las primeras entrevistas funcionó, dejó de cortarse y de que le vinieran ganas de defecar estando en la calle. También se normalizó bastante en su aspecto y su expresión.

Decía que nunca se había acercado a los chicos ni mantenido ningún tipo de relación con ellos. Su expresión era «a mí los chicos no me tocan ni con un palo«, frase maravillosa que resumía el problema de esta chica en su amalgama de sexo y muerte. Su padre no sabe cómo articular el deseo con la ley. Además, carga a su hija con un significante bastante feo al insistir en que Melisenda se parece mucho a su tía. El problema es que esta hermana del padre es psicótica y vive con su propio padre sin haber tenido nunca una vida normal. Eso es lo que Melisenda es para el padre: alguien que dependerá siempre de él. Nos pareció que el padre funcionaba como objeto contrafóbico de la madre y no era del todo falóforo.

En cuanto a la madre, es una gran agorafóbica. Es decir que de ambos padres le vienen a esta joven dificultades para inscribir la falta.

Melisenda pasa el día mirándose al espejo, donde se ve muy fea a pesar de haberse hecho ya dos operaciones estéticas, o mirando en su tableta caras de mujeres bellas o qué operaciones se hará cuando tenga dinero. También pregunta a todo el mundo durante horas y sin poder parar si la ve fea. Si caen en la trampa de responderle, vienen las comparaciones: si es más fea que Fulanita o que Menganita que son actrices españolas muy feas. En realidad es muy linda aunque le falten las burbujas con las que anima el deseo. Amélie[10] es su yo ideal y su película preferida. A nosotros también nos pregunta si es fea, claro, y le decimos que a otro perro con ese hueso. Ella ve todo el tiempo la falta, el menos fi en su imagen especular, pero no puede inscribirlo porque el Otro tiene graves problemas con su propia castración.

Habla con circunloquios de cualquier cosa que se pueda aproximar a lo sexual. Por ejemplo, nunca dice «desnudo», sino «sin ropa» mientras baja el tono de voz. A cambio, grita todas las noches no dejando dormir a la familia, con pesadillas aterradoras en las que, por ejemplo, hombres malos la prostituyen y le rompen la mandíbula para poder usar mejor su boca.

Un día soñó con un infierno en el que los hombres de su familia formaban parte de los malos y le pregunté por qué todos los hombres de la familia. Entonces recordó un momento de sus ocho años que yo llamo «la revelación». Discutía con su amiguita que hablaba de la menstruación y Melisenda le decía que era «menstrualización». Se tensaron y su amiga le dijo con rabia: «¡No sabes nada, ni siquiera sabes lo que hacen los hombres y las mujeres!». Y ¡paf!, se lo contó; no recordaba las palabras exactas pero estamos seguros de que en el relato no aparecía la tarta de bodas ni las abejas que liban en las flores. Sí recuerda dos pensamientos: «cómo es posible que los hombres de mi familia que son tan buenos hagan esas cosas» y, sobre todo: «¿cómo ellas lo consienten?». Es una pregunta que se hacen muchas niñas, pero tienen a mano sus herramientas simbólicas para hacerse a la idea de la diferencia sexual en el sentido de la posición diferente de hombres y mujeres frente al falo y, a partir de ahí, se van planteando hipótesis interesantes a la espera de la pubertad, para inscribir por su cuenta dicha diferencia y después hacer frente a su deseo sexual y al de su partenaire, desde su posición sexuada.

Si recordamos la pesadilla que trabaja Freud: «Padre, ¿no ves que ardo?»[11], su genialidad es decirnos que el padre como símbolo nunca podrá cubrir del todo lo real de la muerte. Pero tampoco podrá hacerlo con lo real del sexo, el otro gran tema de la vida. Lo real de sexo y lo real de la muerte van a necesitar mucho trabajo psíquico para elaborarlo y los que tenemos ya una cierta edad, sabemos lo que nos cuesta integrar en este momento la cuestión del declinar de nuestra vida… por hablar suavemente. Por eso se tapona ambos temas con la religión. El sexo, además, se lo suaviza con el amor.

Sus terribles pesadillas. Se supone que el sueño, al igual que el fantasma, nos proporcionan la ventaja de amortiguar lo real. El cifrado de las imágenes del sueño sirve para que no nos encontremos de golpe con un goce inadmisible. Pero las pesadillas de Melisenda están muy poco cifradas, son muy cercanas a la revelación: violaciones en masa, hombres que la usan para prostituirla…, ¿podríamos considerarlas no del todo metafóricas, incluso metonímicas por su contigüidad con la revelación?

Al final de la «Interpretación de los sueños» y en «Más allá del principio del placer», Freud nos habla del escollo que tras la primera guerra mundial había encontrado para su hipótesis de que el sueño es una realización de deseos, al escuchar que los soldados que volvían del frente de batalla repetían en sus pesadillas las escenas atroces de la guerra difíciles de inscribir en un pis-pas. Si el sueño es una realización de deseos, las pesadillas serían entonces para Freud la realización del exceso de goce, la insistencia, la repetición de lo que no puede civilizarse y se resiste a inscribirse. Dice: «La teoría del sueño de angustia pertenece, como ya hemos indicado repetidamente, a la psicología de las neurosis. Nos atreveríamos incluso a afirmar que el problema de la angustia en el sueño se refiere exclusivamente a la angustia y no al sueño»[12]. Pero ¿puede ayudar a inscribir la falta una ligazón de imágenes que provoca esta angustia tan feroz? Esa fue la hipótesis de Freud y, de todos modos, ya nos advirtió que «… la elaboración oníric
a necesita muchas veces más de un día y una noche para producir su resultado»[13]
.

En los niños encontramos ligados con mucha frecuencia pesadillas y fobias, como en este caso. En el Seminario de las Relaciones de Objeto, Lacan habla del caso de una niña que hace una fobia después de una pesadilla[14]. En el Seminario de la Angustia, hablando del Hombre de los Lobos, dirá Lacan: «la angustia de la pesadilla es vivida como la del goce del Otro»[15].

Evidentemente, la revelación tocó un punto débil de la estructura (ya vimos la pobreza de la transmisión simbólica de sus padres) y tuvo como consecuencia que se le derrumbara el imaginario del amor. Era un imaginario angélico, en el sentido de lo que Lacan llamaba «geometría angélica» que borra la diferencia sexual[16]. En el nudo borromeo, ese imaginario angélico invadiría el espacio de cruce real-simbólico donde se ubica menos fi y, cuando se derrumba como en este caso, al no estar inscrita la castración dejaría una fantasía de Otro completo. Hay un agujero en lo real, un agujero en lo imaginario que acaba de caer, pero en Melisenda se produce un trastabillón a la hora inscribir una falta en lo simbólico. Cito a Silvia Amigo: «El goce fálico del Otro, el niño lo vive como goce del Otro, inductor de fijaciones del objeto fuera de la palabra. Fijaciones de ‘a’ en i'(a) que producen inconvenientes con la propia imagen. Estas fijaciones son la raíz de lo que denomino «imágenes martirizadas» por la no caída de un objeto. Imágenes que han de carecer de eso tan difícil de definir y que se puede llamar belleza o ‘agalma’ «[17].

Pensamos que, hasta el momento de la revelación, Melisenda iba inscribiendo la falta a pesar de la dificultad de los padres para transmitírsela; quizá incluso se la podían transmitir, pero sin ese componente de alegría con el que lo hacen unos padres que se llevan bien con su propio deseo. Pudo incluso fabricar un fantasma de violación que, sin embargo, no consiguió ser un buen air-bag frente a lo real. La revelación ocurrida antes de la pubertad, le presentó el encuentro con la diferencia sexual (no en el sentido de la anatomía, sino en el de la diferente posición en relación con el falo) en todo su real sin bálsamo. A esta joven le ocurrió lo mismo que al Hombre de los Lobos cuando abrió los ojos en la siesta y encontró la escena primaria. La diferencia es que él era un bebé y Melisenda tenía ocho años y por lo tanto más mimbres que aquél, y lo parecido es que ninguno de los dos tenía herramientas suficientes —aunque por distinto motivo— para comprender lo que veía o escuchaba. Por eso a ella se le produjo una efracción del fantasma como sucede a otros niños y es en ese momento cuando cambió de carácter y empezó a hacer problemas psicosomáticos y pesadillas en que los malos entraban y mataban a toda la familia, siendo el significante ‘entrar’ el que ligaría sexo y muerte. La ventaja que le dieron sus ocho años con respecto al Hombre de los Lobos es que ella pudo hacer una fobia que, a pesar de todo, la salva de la locura al permitirle mantener ligados mejor o peor los tres registros.

Después, en el momento de la pubertad, en la segunda vuelta edípica, cuando se hace necesario reacomodar la imagen corporal, no pudo reescribir la falta, el menos fi, en lo imaginario por cuenta propia. Tampoco sus padres legitimaron su nuevo ser sexuado y un día que a los 14 años un chico la llamó fea, volvió a derrumbarse. El Otro cerró la vía de la sexuación devolviéndole desde su espejo plano una imagen de niña buena o de querubín asexuado, por lo que el empuje de lo Real sexual no tuvo otra salida que las pesadillas.

No le quedó más recurso que su propia imagen en el espejo, pero una imagen en la que el objeto ‘a’ no había podido terminar de separarse de la imagen i'(a) lo que desde entonces le impide que dicha imagen de sí misma brille bañada por la agalma. La imagen que ella verá en el espejo será la de un yo desidealizado, humillado, obsceno, con ese toque de objeto-desecho que aparece también en su fantasma y sus pesadillas. No ha podido armar lo que Freud llamaba Echte-ich, un yo real que ya no necesita de lo especular para sostenerse; por eso pasa todo el día prendida del espejo. Ha pasado del imaginario angélico al imaginario martirizado. Cito a Silvia Amigo: «La única posibilidad clínica de que el ‘yo ideal’ pase a ser incorporado como un yo no especular, es que haya una superficie donde el trazo unario se apoye en la imago, agujereándola, para permitir la reversión libidinal de uno a otro»[18].

Cualquier cosa despierta en Melisenda la amenaza del goce del Otro del que se defiende gracias a su fobia. Su angustia no nos parece que proceda de que falte la falta tal como Lacan lo conceptualiza en su Seminario sobre la Angustia, sino justamente de que se abra la posibilidad de la falta (deseo del Otro) y con ella de su castración y asunción de su posición sexuada, cuando tiene tantas dificultades para inscribir dicha falta. En algunos momentos pensamos que un yo que es puro objeto de goce para el Otro podría estar hablándonos de melancolía. Y así ocurre en muchos casos parecidos. A ella es muy posible que sea la fobia lo que la libre de la melancolía.

Pero ¿es neurótica? A pesar de su posible identificación al deseo de su padre que la quiere igualar a su tía (lo que nos haría pensar en una histeria), no estamos seguros, porque su fobia por el momento no produce un Nombre del Padre suficiente para permitirle operar, o no del todo o, al menos, no cuando vino a vernos por primera vez.

Por otro lado, no nos gusta hablar de estructura fóbica puesto que sería definir la estructura por la manera de sintomatizar. Tanto la fobia como el fantasma son ineficaces, o al menos lo han sido durante muchos años, para que pueda andar mejor por la vida, a pesar de que, en este momento, su vida se haya normalizado bastante.

En la escena aparecida en la revelación de su amiga, las mujeres no son objetos de deseo sino de goce obsceno, un pedazo de carne. Cuando la significación fálica está más o menos impedida, queda el goce fálico. Y el goce fálico de esos ‘hombres malos’, a ella se le convertía en amenaza del goce del Otro cada vez que se le acercaba un hombre con deseo y en otros momentos en que hay que poder sostenerse en la vida. Falta un trazo que ligue el ideal amoroso y lo real sexual. Este trazo que le permitiría re-escribir la falta para que, una vez funcionando el nudo de manera borromea, apareciera el objeto «a» causa del deseo, pero como producido en el hueco entre los tres registros, no pegado a la imagen.

Finalmente, si se ha conseguido poner un marco al hueco del deseo del Otro, podrá llevarse a cabo el tercer tiempo de la construcción del fantasma:

  1. La tercera identificación es a lo imaginario del Otro real, a la que Freud llama identificación histérica.

Se trata aquí de imaginarizar un objeto dentro del marco abierto en la Segunda Identificación, a partir de los significantes despejados del Otro. El niño compone su propia versión acerca de cuál es el objeto que desea el Otro en un cierto relato, lo que supone ya una creación personal — una poiesis—, y ya sólo queda que él encarne imaginariamente ese objeto en el fantasma.

Hay muchos niños y adolescentes que vienen a las consultas con problemas ‘menores’ que nos hablan sólo de algunas dificultades para ese tercer tiempo al que, con un poco de tratamiento pueden terminar por acceder. Un ejemplo es una niña que se arranca los pelos de la cabeza hasta el punto de tener una zona de calva importante. Es el ún
ico disgusto que da a los padres. A ella le gustaría empezar a formarse en una profesión artística, pero el padre le dice que «le va a quitar los pájaros de la cabeza» porque él quiere que sea sensata, no artista. Hay alienación a los significantes del Otro (por ser el arte uno de sus significantes), pero no se le facilita la separación del significante de goce que le propone el Otro y que tiene que ver con otras dedicaciones no artísticas que harían brillar más a su padre.

El síntoma de la niña es una metáfora obediente (arrancarse los cabellos por quitarse los pájaros de la cabeza) porque el Otro, al no reconocerse castrado, no deja libre el espacio de su goce para que ella pueda desear, y la agobia al imponerle el significante que lo hace gozar a él; la niña, identificada con el deseo de su padre, no puede por menos que hacer ese síntoma. Ahí hay poiesis subjetiva pero impedida. Es un caso clásico en que alguien se hace representar por un síntoma.

Escribimos más arriba que al empezar a trabajar en este tema buscábamos algo parecido a una cuarta estructura. No la hemos podido conceptualizar, ni tampoco hemos visto el interés de aumentar el número de estructuras. Por otro lado, nos resulta difícil pensar que las estructuras no sean estancas, así como la idea de Freud de que entre lo normal y lo patológico no habría diferencia de naturaleza sino de grado, porque las dos observaciones supondrían obviar las operaciones de rechazo que están en juego en cada estructura: castración, forclusión, repudio. Nos resulta mucho más interesante lo que plantea Lacan en el Seminario RSI: la posibilidad de una clínica de los nudos y no de las enfermedades, una clínica que considere cómo cada uno puede ir generando su modo de sinthomatizar su malestar.

Sin embargo, algo que nos ha venido a la cabeza varias veces, no sólo a la hora de abordar este último caso clínico, sino también otros con dificultades parecidas es que nos da la impresión de que, en realidad, estas mujeres no son aún psicóticas, neuróticas o perversas (lo decimos en femenino porque nunca hemos tratado hombres así o, mejor dicho, aunque hemos tratado a algunos tan difíciles como ellas, podía adscribírselos a una de las tres estructuras). Nuestra hipótesis es que son niñas que encontraron truncado su camino hacia la vida adulta y por su fragilidad simbólica, mayor de lo que es habitual en cualquier ser humano, no han podido terminar de estructurarse suficientemente. Quizá el hecho de que sean mayores de edad, incluso bastante mayores en edad, nos haga verlas a través del prejuicio de lo que «deberían ser según su edad», y no de lo que son en realidad: niñas a la búsqueda de estructura. Silvia Amigo lo llama «Clínica de los fracasos del fantasma», y nuestra humilde aportación es que cuando el fantasma fracasa y no estamos ante una psicosis, más allá de la vida que tengan con una apariencia adulta a veces, son en realidad niñas por estructurar[19]. Eso hace de ellas personas raras, diferentes, que seguirán siéndolo por mucho que el tratamiento las pueda beneficiar y llegar incluso a poder considerarlas con una estructura determinada, porque cuando las operaciones no se han hecho en el momento en que deben efectuarse, siempre dejan lastre.

Nosotros encontramos a estas mujeres en un punto de su recorrido y podremos acompañarlas si no les truncamos el camino encerrándolas en una estructura o un diagnóstico fijados, lo que les haría más que nunca aferrarse a su síntoma o su diagnóstico[20], y mucho menos si, como el DSM, se las aplasta bajo ochocientos trastornos. Hace años, planteamos en otro trabajo que titulamos «Elogio de la imprecisión», cómo las manifestaciones de saber del analista, si en cualquier caso dañan más que beneficiar, en estos casos lo hacen más que en ninguno, ya que muchas de estas mujeres se pegan a los enunciados del otro en una forma curiosa de transitivismo no psicótico.

Hay muchas de estas mujeres que son psicóticas sin que nunca se haya desencadenado su enfermedad, pero hay otras que no lo son —como es el caso de Melisenda— a pesar de su fragilidad, de sus dificultades con lo simbólico. Son niñas con el fantasma roto o no lo bastante eficaz, que pueden beneficiarse mucho de un análisis a condición de que las acompañemos en un trecho del camino sin someterlas —al menos al principio— al dispositivo habitual, a condición de flexibilizar las reglas (salvo la de la asociación libre) sin por ello ceder ante el deseo de analista.

En efecto, las ofertas transferenciales, la apariencia de charla que pueden adoptar las sesiones, tienen que ir encuadradas en una relación que pase por la ética del analista, tomando, cumpliendo y haciendo cumplir siempre la palabra, como siempre y antes que ninguna, por supuesto, la regla fundamental.

Y puesto que la cuestión de la cura, de qué es curar, es el tema que Análisis Freudiano trabajará durante el curso 2016-2017, queremos aclarar que para nosotros es esto lo que cura en éste y en todos los casos: la relación transferencial comandada por el deseo de analista. El trabajo con el significante es fundamental, por supuesto, pero no es eso lo que cambia verdaderamente la vida.

Sólo así es posible que en algún momento este tipo de analizantes pueda quizá escribir esa marca que no han podido inscribir antes. Si no llegan a escribir la imposibilidad, la diferencia, la falta, la amenaza del goce del Otro seguirá siendo terrible aunque no sean psicóticas.

 


[1] Pensamos en una analizante que cada vez que se encontraba con alguien agresivo, por ejemplo su jefa, metía el vientre para hacer un vacío que le permitía tomar distancia con la situación para no quedarse pegada a los argumentos del otro.

[2] M.C.Estada: Écriture, lettre. Interprétation, fétiche…?, Analyse Freudienne Presse nº 20, Érès, 2013.

[3] J.Gervás y M.Pérez-Fdez.: El encarnizamiento médico con las mujeres, Ed. Los libros del lince 2016.

[4] Casos como el de Eleonora Carrington, Camille Claudel y tantas otras menos alejadas en el tiempo, abonarían esta hipótesis.

[5] S.Freud: Más allá del principio del placer, in O.C., T. VII, Biblioteca Nueva, Madrid 1972.

[6] S. Amigo: Clínica de los fracasos del fantasma, Letra Viva, Buenos Aires 2012, p. 34.

[7] S. Freud: Manuscrito G, Punto VI, in O.C., T. IX, Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p. 3507.

[8] J. Lacan, Seminario X: La Angustia, inédito.

[9] Este punto nos parece primordial en relación también con la ética del analista que a veces muestra que ‘comprende’ demasiado.

[10] Amélie es un film francés dirigido por Jean-Pierre Jeunet en 2001. Lo protagoniza Audrey Tatou quien representa a una joven muy ingenua y, para algunos, ligeramente inquietante.

[11] S. Freud. La interpretación de los sueños, in O.C., T. II, Cap. V: “Material y fuentes de los sueños”. «Sueños típicos: Sueño de muerte de personas queridas», Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p. 498.

[12] S. Freud, Idem, Cap. VII «Psicología de los procesos oníricos», p. 699.

[13] S. Freud, Idem,  Cap. VII Punto D, p. 695.

[14] J. Lacan, Seminario 4: Las relaciones de objeto, Paidós, Barcelona 1994, p. 73 y ss.

[15] Cita tomada de: M. Menès: Les cauchemars, érès, Toulouse 2016, p. 73.

[16] Idea encontrada en S. Amigo: Clínica de los fracasos del fantasma, Letra Viva, Buenos Aires 2012.

[17] S. Amigo: Op. cit., p. 148.

[18] S. Amigo: Ídem, p. 133.

[19] Y según comentó Robert Lévy en el debate que siguió a la presentación de este trabajo, se plantea para el sujeto la cuestión de una elección de estructura, y también la de no estar en una estructura.

[20] Caso de tantas mujeres diagnosticadas de fibromialgia y de fatiga crónica que, a partir de estos diagnósticos quedarán identificadas para siempre con su síntoma y tendrán dificilísimo salir de ese encierro.

 

 

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