Se trataba de intentar esclarecer la famosa frase de Lacan: “Amar es dar lo que no se tiene” para una reunión con profesionales de la filosofía y la sociología. Empecé por cuestionarme si es éste un don que está en la lógica sacrificial o está en otra lógica y en ese caso en cuál. Es decir: dar lo imposible de dar, ¿habría un tipo de amor que escapara a la lógica sacrificial o no? O, lo que es lo mismo, ¿existe algún amor incondicional?

Lacan es un hijo de su tiempo y, en su tiempo, a mi escaso entender, los filósofos estaban interesados en descompactar al Otro, en quitarle consistencia. Freud lo había hecho al crear lo que llamará inconsciente que descompleta al yo poderoso de la razón. No sólo eso, sino que dirá que muchos son los objetos con los que el ser humano intentará llenar su ser incompleto, pero que no son sino objetos parciales (pecho, heces, hijo…) pero que no serán sino pálidos reflejos del verdadero objeto que nos llenaría por completo, pero que está perdido.

Lacan entonces da varias vueltas en sus seminarios en torno a eso que falta. Por ejemplo cuando en 1956, en su Seminario sobre la Relación de Objeto habla del amor cortés, el de los juglares que cantaban a su dama cantos de lo más sublime a lo más erótico. Dice Lacan entonces que el amor cortés sujeta las riendas sexuales en presencia del objeto amado, para que pueda realizarse algo que estaría más allá y que sería “un más allá propiamente erótico” más allá de lo que él llama “corto-circuito fisiológico”. En ese buscar algo que está más allá sin saber qué es, vemos perfilarse algo de un vacío. En cualquier caso el amor y el deseo en este momento para él van juntos.

Sin embargo al mes siguiente, en el momento en que está revisando uno de los casos clínicos de Freud, el de la joven homosexual, dirá que el amor cortés es un amor que no sólo pasa de la satisfacción sexual, sino que lo que pretende es justamente la no satisfacción. Y dirá: “Es el orden mismo en el que un amor ideal puede desarrollarse —la institución de la falta en la relación con el objeto”. Institución de la falta que tendrá lugar en el objeto. Sin embargo, en otro momento hablará del amor de los místicos en su éxtasis y dirá que este amor implica anonadamiento o aniquilamiento del sujeto amante por sobrevaloración del amado, es decir que pone la falta del lado del sujeto amante. Y se preguntará también por lo que es amado en la mujer más allá de ella misma, a lo que terminará respondiendo: “Lo que se desea propiamente en la mujer amada es precisamente lo que le falta […] Lo que se busca más allá de ella misma, es el objeto central de toda la economía libidinal —el falo”[1], siendo el falo el símbolo de lo que falta a ambos sexos.

Tenemos entonces dos vacíos: uno el del sujeto amante que ama lo que no tiene, y por otro lado la mujer amada que lo es por no tener el falo. En este momento, Jean Allouch dirá que la frase de Lacan sería: “amar es dar al amado lo que no tiene, es dar lo que no se tiene a quien no lo tiene”[2]. Pero entonces aquí estaría el amor como don aunque, a diferencia de Marcel Mauss en su teoría sobre el Potlatch, en Lacan es un don de lo que no se tiene.

Lacan se preguntará entonces si lo que se da es un objeto, pero con su respuesta romperá la ley de reciprocidad (la que obliga al otro a dar a su vez algo equivalente), ya que dirá que lo donado no es un objeto sino un signo de amor, enunciando con ello la “pura gratuidad”: lo que se intercambia en el amor son puros signos, como los que antiguamente expresaban las jóvenes     con el abanico, o los amantes al regalar determinadas flores, o el olvido de unos pendientes en la mesilla de noche del amante, o un determinado etiquetado de una foto en Facebook. Y, por fin, dirá Lacan que “…no hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene.”[3]. Y por el lado de la persona amada dirá que lo que se ama en ella es algo que está más allá de lo que es, es decir, lo que le falta.

Pero aunque Lacan es fiel a Freud en su lectura de que el verdadero objeto es un objeto perdido, él no ha construido aún una teoría propia sobre el objeto, aunque vaya aproximándose en varios seminarios.

Allouch citará a Lacan en su Seminario sobre la Ética sobre otra forma que adopta el don, a la que Lacan llama “el don del rico”. Dice que el rico no puede dar y entonces lo que hace es encerrar a su amada, cubrirla de joyas y ahogarla hasta que ella le tira a la cara sus joyas y huye feliz a vivir con otro que no tiene un duro. Este sería el amor oblativo (en su origen, la oblación es la ofrenda que se hace a Dios) que ya desde Freud se considera un amor anal ya que las heces son lo primero que un bebé tiene para ofrecer como don al otro. En la etapa oral, la primera por la que pasa un bebé en la relación con el Otro, el tipo de contrato que hacen entre ellos es como si el Otro dijera “déjate alimentar por mí”, mientras que en la siguiente etapa que es la anal, el contrato sería que el bebé haría al Otro el don de lo que tiene como más preciado que son sus heces, es decir que le dona parte de su cuerpo. Es un amor narcisista, porque no se ama al otro sino a uno mismo, colocando al Otro como faltante y al propio sujeto como capaz de completarlo, y es un amor que niega el deseo porque no es lo mismo el objeto de amor (que pretende taponar la falta) que el objeto de deseo que siempre abre a un más allá. Aquí se vuelven a separar amor y deseo que antes había puesto juntos.

Lacan se cuestionará también si en el origen del don de amor no se encontrará la dominación. Robert Lévy, suele comentar que decirle a alguien que lo amas es igual que, inconscientemente, decirle: te meto en mi fantasma, es decir, a partir de ahora tendrás que hacer y decir lo que a mí se me ocurre que tienes que hacer y decir.

Pero llega el año 63, Seminario de Lacan sobre la Angustia, en el que termina de construir su teoría sobre el objeto. Un objeto que a partir de ahora será el efecto del encuentro entre el Sujeto y el Otro y que es el vacío de todo objeto. Objeto que al ser un vacío, causa nuestro deseo y nos empuja ¿hacia qué? Pues hacia otros objetos que podemos nombrar, incluso comprar y serán epígonos de aquellos objetos parciales. Objetos que irán cambiando al no satisfacer del todo, y que harán las delicias del consumista, por ejemplo. Pero el verdadero objeto seguirá la estela dejada por Freud con su objeto perdido y será un vacío de objeto, al que Lacan llamará objeto “a”. Un vacío con bordes significantes que para cada uno serán diferentes y por eso deseamos diferentemente. Objeto “a”, entonces, que nos constituye a cada uno a nuestro modo pues es lo que nos hace desear. Ya podrá decir Lacan que es con lo que le falta con lo que uno ama.

Paso deprisa por dos cuestiones que me interesan mucho. Una es la vuelta a algo que Lacan ya había tocado en el Seminario sobre la Transferencia cuando analizó El Banquete de Platón que es las dos posiciones en el amor: el Erastés (amante) y el Eromenós (el amado). Si permanecieran fijados en su posición, eso no sería el verdadero amor, ya que éste se produce cuando se da la metáfora del amor, es decir, cuando el amado sustituye al amante y viceversa. Pone en aquel Seminario el ejemplo de Aquiles, el hermoso guerrero, el héroe amado por su amante Patroclo. Cuando Héctor hiere a éste, Aquiles se vuelve loco de dolor y se pone a acompañarlo en su muerte y ahí, al mostrar por fin lo que le falta, se produce la metáfora del amor porque Aquiles se convierte en amante (un inciso para decir que aquí para mí está la mejor distinción entre enseñanza y transmisión, donde no es lo mismo enseñar los conocimientos que tengo, que
abrir un deseo de aprender en el otro a partir de lo que me falta, es decir, de mi deseo).

Lo otro que me interesa mucho está en el Seminario sobre la Angustia y lo llama Lacan las dos estrategias para seducir al otro. Una diría: “Te amo aunque no lo quieras” que es lo que Lacan llama “el don del rico”. Sería esa persona que nos persigue con su amor y no consigue interesarnos sino hacernos huir desaforados, es decir que como estrategia de seducción está condenada al fracaso más estrepitoso puesto que pretende convertirnos en objeto para mayor brillo del amante. La otra es la que tiene éxito y que diría “te deseo aunque no lo sepa” y son signos que se le envían al otro inconscientemente porque son actos fallidos como el olvido de los pendientes que comenté antes que al otro le hacen pensar que es deseado sin por ello pretender utilizarlo. Y Lacan dice que eso se puede hacer inocentemente o no. Lo que es seguro es que, ya sea por inconsciencia, ya sea por simulada inocencia, llega como una flecha de Cupido que atraviesa al otro.

Pero Lacan murió en el año 80 y ahora se ha vuelto a complejizar la cuestión del amor, tomando las pistas que dejó el propio Lacan, ya que, como dice Allouch: “Amar, hacerse sujeto de la falta, es dar el objeto ‘a’, dar entonces lo que no se tiene sino lo que se es”[4], lo que supone una identificación con el objeto ‘a’. Entonces, convertirse en amante sería instrumentalizarse uno mismo, puesto que uno se propone como objeto para el otro.

¿Volveríamos entonces a estar en el dominio del bien? Recordemos lo que a propósito de esto dice Lacan: “El dominio del bien es el nacimiento del poder” y un poco más adelante: “La dimensión del bien levanta una muralla poderosa en la vía de nuestro deseo. Es incluso la primera con la que nos tenemos que enfrentar a cada instante”[5]

Entonces, por muy vacío que esté el lugar del objeto que nos constituye, a partir de que lo instrumentalizamos para dárselo al otro, se convierte en un don intencional que apunta a conseguir algo. Un ejemplo sería el de Cristo que se da buscando la redención de la humanidad, otro el del altruista que busca el brillo de su imagen. De nuevo nos encontramos, entonces, en la lógica sacrificial y el amor condicionado (no incondicional) de los que parece que no podemos escapar.

Qué desilusión entonces desde aquel enunciado “Amar es dar lo que no se tiene” del año 57 en el que nos las prometíamos muy felices con un amor que iba a ser distinto de los demás. Pareciera que en relación con el amor cuesta salir de las redes del narcisismo, si bien hay una clara distinción entre el amor oblativo que lo que hace al dar es taponar cualquier falta, del amor-deseo que pone como zanahoria el objeto agalmático que brilla siempre más allá para quien se reconoce faltante.

 


[1] Jacques Lacan : El Seminario IV, Paidós, Barcelona 1994, pág. 112.

[2] Jean Allouch: L’amour Lacan, EPEL, Paris 2009, Pag. 95

[3] Ibídem, pág. 142.

[4] Jean Allouch, Op.cit, pág. 210.

[5] Jean Lacan, El Seminario 7, Paidós, Barcelona 1988 págs. 276-277.

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