Anna Konrad – La adolescencia: una experiencia que hay que (re-)vivir más allá de la edad

Jornadas de Clínica Psicoanalítica

Barcelona, 26-27 de noviembre de 2016

En sus trabajos sobre la adolescencia y, en especial, en un artículo publicado en 2001, Le sinthome adolescent (El sinthome adolescente), Jean-Jacques Rassial pone de manifiesto que si el psicoanalista no sitúa la adolescencia como un concepto metapsicológico, su discurso sobre lo que ocurre en ese momento de la vida se queda en un nivel imaginario y solo sirve para explicar las adaptaciones que se le exigen al futuro adulto a lo largo de dicho periodo.1 En un libro publicado unos años antes, en 1996, El pasaje adolescente, este mismo autor propone un concepto, la « operación adolescente », como momento lógico y estructural para pensar la adolescencia.2 El adolescente se ve confrontado a la decepción ante una promesa edípica que no se ha cumplido en lo que al goce se refiere. La experiencia genital le revela que la relación sexual no existe, que no contiene el goce del hombre y la mujer que haria una relación. No contiene así pues el goce fálico, ni el goce Otro, condensados en un « incesto mítico » -y añadiría: y en el fantasma-, subrayando así cuán decepcionantes suelen ser las experiencias sexuales a esa edad y hasta qué punto el desfase entre el acto sexual como tal y la escena del fantasma supone un encuentro con lo real que requiere nuevas simbolizaciones. Para Rassial, la adolescencia es una experiencia « simbolígena » que empuja al sujeto hacia un pasaje, hacia una nueva producción de Nombres-del-Padre –en plural- y de nuevas metáforas. Hasta ese momento, una metáfora paterna ha podido sostener al niño en el marco familiar; ahora, el adolescente se ve apremiado en una puesta a prueba incluso de su construcción, que requiere nuevas enunciaciones.

J.-J. Rassial va todavía más lejos relacionando la « operación adolescente » con un momento lógico de construcción del sinthome. Lo cito: « la operación adolescente no se reduce ni a su efecto simbólico de refundar del Nombre-del-padre, ni a su efecto imaginario de reconstruir la imagen del cuerpo sexuado, ni a sus efectos reales, […] de articular nuevamente realidad y real, sino que contiene estos tres efectos al mismo tiempo y los transciende ».3

La metapsicología que se debe construir para pensar la adolescencia se apoya, en este punto, en la topología lacaniana. El tiempo de la constitución del sinthome sería la adolescencia. Rassial nos recuerda que el anudamiento borromeo permite pensar estados del sujeto y no ya separaciones exclusivas entre neurosis, psicosis y perversión. Efectivamente, en los seminarios de Lacan a partir del 74-75 (RSI y el año siguiente: El sinthome), el sujeto se sostiene gracias a un anudamiento de las consistencias Real, Simbólico e Imaginario mediante un cuarto término que se convertirá en el sinthome. Dichas consistencias surgen en una relación no ya de fijación, sino de vinculación y desvinculación. El nudo entre los tres registros, siempre ligeramente « liados », prolongándose unos en otros, ese nudo, que es una cadena, no sería estable. Haría falta el sinthome para que se sostenga, para que se sostenga el sujeto: cada uno de nosotros. El sinthome no posee la estructura de una formación de compromiso que responda a un conflicto como el síntoma freudiano que el adolescente no produce obligatoriamente. El sinthome contrarresta la fragilidad constitutiva de la estructura: se trata del Nombre-del-Padre, como lo sugiere inicialmente Lacan, o bien de algo distinto según sus distintas propuestas: el psicoanalista, por ejemplo, para el analizante; el psicoanálisis para Jacques Lacan; el complejo de Edipo para Freud; o incluso el ego para Joyce; la mujer para el hombre; todas estas definiciones remiten al ámbito personal e incluso al de la invención y organizan ficciones. Para J.-J. Rassial, la adolescencia es un tiempo aun no estabilizado en la constitución del sinthome.

Con dicho autor, la adolescencia adquiere una dignidad metapsicológica que permite organizar una reflexión sobre la intervención del analista en las curas de los adolescentes. En otro artículo, Les transferts et le début de la cure psychanalytique de l’adolescent (Las transferencias y el inicio de la cura psicoanalítica del adolescente), Rassial subraya junto con Laetitia Petit que la « operación adolescente » puede responder a una descalificación de los ideales parentales en el transcurso de la adolescencia, construye metáfora y se organiza en torno a significantes amos que pueden entrar en una transferencia analítica si un encuentro lo permite.4 En otros casos, la consulta con el analista conducirá sencillamente a vislumbrar ese proceso y a abrir la puerta de la adolescencia. Las figuras de los padres surgen, en este punto, como elemento en juego en el trabajo con los adolescentes, su posible « resistencia » al tratamiento es un factor que los autores invitan a tener en cuenta en el marco de las entrevistas con los padres al inicio de la cura.

Voy a partir de nuevo de la relación con los padres durante la adolescencia para formular una incidencia más central de los padres como sujetos deseantes en la transferencia analítica del adolescente. Eludir su autoridad y sus consejos, diferenciarse de ellos de forma patente, son aspectos corrientes en lo que llamamos adolescencia. ¿Cuáles son las causas y la necesidad de dicho proceso? En un coloquio titulado « Traversées adolescentes, entre jouissance et désir » (Travesías adolescentes, entre goce y deseo) en Caen, en 2009, Robert Levy subrayaba que en el transcurso de la adolescencia, el sujeto debe desprenderse como objeto del fantasma de sus padres.5 De ahí proceden los conflictos que surgen a lo largo de esa edad, pero también la tensión de esas adolescencias « blancas » en las que parece no haber crisis. Los padres son parte implicada en la adolescencia que viven sus hijos. ¿Despliegan acaso estos padres una « resistencia » al verse atrapados, ellos también, en su propio fantasma, barrados como sujetos en el deseo del objeto que ha sido para ellos ese hijo, ese objeto a cuyo goce podría desaparecer? ¿Acaso pueden ellos sostener su fantasma si el hijo deja de ocupar ese lugar? ¿Su construcción acaso amenaza con derrumbarse, no autorizando así a su hijo a entrar en conflicto? ¿En términos borromeos, tienen acaso la capacidad, en función del punto en que se hallan dentro de su propio anudamiento y con su propio sinthome, de prescindir de ese « hijo » para que se sostenga RSI?

Una joven de 22 años, que cursa con mucha seriedad estudios universitarios, se derrumba en cada uno de nuestros encuentros, dejando que su desazón se exprese en toda su magnitud y manifestando, de entrada, un atisbo de reacción terapéutica negativa en ese espacio que se ofrece a sus asociaciones. Acude movida por su angustia y su insatisfacción en su trabajo. Percibo un vínculo en su discurso entre el derrumbe de su madre que parece siempre inminente y una prohibición del conflicto, es decir una prohibición impuesta a su hija de dejar de ocupar el lugar desde el que la sostiene. El éxito de su hija « es una enorme felicidad » para su madre, en un contexto en el que dicha felicidad es explícitamente lo que le permite sufrir menos de su marido, el padre de la paciente, que remite a su mujer a un dolor narcisista irreparable, ese mismísimo estrago que Lacan designó en el hombre para la mujer. La demanda de esa joven que se queja de no haber vivido su adolescencia consiste en investir su trabajo de estudiante y sus proyectos con un deseo menos devastador, menos destructivo y menos exclusivo, en no sufrir más días enteros sin poder tocar una tesina que debe entregar en la facultad. Nunca ha existido una diferenciación respecto de la estudiante ideal que se dedica a encarnar como sinthome en funciones para su madre. Entre sí misma y su valor como sinthome para su madre, no existe la más mínima distancia. Trabajar con un deseo de analista debe ayudar, en este punto, a evitar entrar en una rivalidad con la madre, una rivalidad peligrosa ya que se juega en ello algo vital. Escuchar sin entrar en un acompañamiento comprometido, en un diálogo vivo, llevaría a la ruptura a corto plazo. La joven es quien únicamente puede alejarse de esa identificación en el deseo de su madre que no le permite autorizarse a sí misma a vivir. Pero para lograrlo, debe tomar conciencia previamente de ese lugar que ocupa.

El papel de los padres me parece que ha de tomarse en cuenta como dato metapsicológico en el adolescente del lado de lo real. El pasaje adolescente conlleva un juego de vinculación-desvinculación de las consistencias RSI, un juego que impide una fijación de tipo: sostengo al Otro allí donde él mismo no se sostiene. El niño pequeño solo puede subjetivizarse y construir una actividad fantasmática propia si, de entrada, puede jugar a desocupar un lugar para sus padres. Se trata a partir de ahí para el adolescente de confrontarse a sí mismo como autor de esa castración infligida a sus padres, de hacerle frente al vacío del objeto que era para ellos. Ahí reside uno de los Nombres-del-Padre que debe producir. De ahí, en mi opinión, la rabia del superyó en efervescencia: no abandonarás el lugar que ocupas en el que gozas de lo que eres para el Otro. El adolescente solo puede desprenderse del lugar de objeto que constituye en el fantasma de sus padres rozando la pérdida total de su amor. Un « sujeto que pueda autorizarse por sí mismo », según la expresión de Charles Melman, describe muy bien lo que está en juego para el sujeto adolescente, obligatoriamente autor del vacío que deja en el Otro cuando se ausenta. El adolescente no puede recular ante el horror de ese acto necesario para su futuro subjetivo.

J.-J. Rassial pone de manifiesto una convergencia entre la adolescencia y la cura analítica como tales. No obstante, el discurso del analizante es el del histérico o tiende hacia el del histérico. A partir de este último discurso es cómo el discurso del analizante puede pasar al del analista. Lacan idea en su seminario del 69-70, El envés del psicoanálisis, cómo una simple rotación en el sentido correcto opera el paso del discurso del histérico al del analista. El discurso del adolescente, del pasaje adolescente y del abandono de la identificación como hijo-objeto del fantasma de los padres, pasa asimismo por el del histérico. Tan solo ese discurso, si se producen transiciones hacia el discurso del analista, permite rodear, vertiginosamente, ese vacío central en el Otro, cuyo objeto sería el que habríamos querido seguir siendo para que no nos dejen de amar nunca. En el discurso del histérico, el sujeto interroga el supuesto saber del analista. Pero la verdad del objeto a se oculta. Para conocer su naturaleza, cuestionar la creencia en su verdad inaccesible, debe surgir en el lugar del agente del discurso en el discurso del analista. Este cambio de lugar deja entrever por fin que el objeto a no es sino nada sino semblante. El adolescente debe lograr entreverlo en su experimentación con el Otro. Lo logra autorizándose como sujeto que se desplaza del lugar del objeto que ha constituido para el Otro, lo que implica tener que pasar por el discurso del histérico y por el discurso del analista como formas de discurso. La identificación en todo tipo de experimentaciones con figuras e ideales, así como los fracasos resultantes, permiten, al movilizar esas formas de discurso, reconocer la ficción en el lugar del objeto.

Discurso del histérico:

$   ==>  S1

a     //    S2

Discurso del analista:

a   ==>  $

S2   //   S1

El adolescente, dice R. Levy, es un sujeto en busca de autor, su búsqueda se desarrolla a través de las identificaciones de las que debe desprenderse para hallar otras. La pérdida total y definitiva del amor del Otro es un peligro a veces insoportable. La capacidad de metáfora, la eficiencia del fantasma ya instaurado en los albores de la adolescencia, permiten seguir adelante, una producción de metáfora, en el momento en que toda imagen se oscurece, cuando el sujeto experimenta el dejar de ser amado. El Otro no es real o más bien es real en el sentido de RSI, una estructura de ficción cuyo sujeto deberá asumir convertirse en su autor. ¿Pero acaso ese proceso no es el de todo análisis? Tan solo la oscuridad de la pérdida de la imagen en la que el yo le gustaba verse reflejado le ofrece al sujeto la oportunidad de reconocerse en lo reprimido, abriéndose así a nuevas identificaciones en el marco de nuevas asociaciones, en el marco de los ideales relacionados con la cultura. Así pues un sujeto va cambiando y se convierte en otra persona a lo largo de su adolescencia, como ocurre en el desarrollo de un análisis. No hay una edad determinada para encontrarse con el Otro con su hiancia, y no ya con la gratificante imagen de uno en él, pasando por la nada, el desecho o un resto cualquiera en el que entrevemos entonces su pérdida. El adolescente, al igual que el analizante, (re)-vive esa experiencia cuyo término no es el final de la adolescencia, ni el del análisis. Desde el momento en que un deseo pueda inspirar al sujeto y lograr que giren los discursos, movilizar la cadena borromea reanudada gracias a nuevas invenciones en la construcción de sinthome que dura toda la vida, seguirá pudiendo emanar un nuevo saber inconsciente de la experiencia adolescente.

1 Jean-Jacques Rassial, « Le sinthome adolescent », in Roland Gori et al., Pourquoi la

violence des adolescents ?, ERES « Hors collection », 2001, p. 43-51

2 Jean-Jacques Rassial, Le passage adolescent, Eres 1996, 2010.

3 Jean-Jacques Rassial, « Le sinthome adolescent » op. cité, p.44

4 Laetitia Petit, Jean-Jacques Rassial, « Les transferts et le début de la cure

psychanalytique de l’adolescent », Adolescence 2011/1 (n° 75), p. 79-86.

5 http://www.analysefreudienne.net/fr/articles/interventions-aux-colloques/61-colloques-sur-le-theme-de-lannee/lidentification/57-caen-28-mars-2009

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