Jacques Sédat -La perlaboración (Durcharbeitung)

29 de septiembre de 2018

A lo largo del año 1914, Freud escribe este texto bajo el título (que, ciertas veces, se olvida mencionar en su totalidad): « Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis: recordar, repetir y perlaborar »1.

Subraya así que dicho texto se inscribe en el campo de sus escritos técnicos y no ya en el de los escritos metapsicológicos o clínicos –que constituyen los tres géneros de escritura que Freud estima exigibles para pensar la práctica analítica.

Ya, el 18 de julio de 1914, en una carta a Ferenczi, Freud alude a la redacción que está llevando a cabo: « Estoy escribiendo un artículo técnico importante ».2

Y en la carta a Abraham del 29 de julio de 1914, concreta:

« Estoy satisfecho de haber podido concluir dos artículos técnicos durante los días de tranquilidad, uno sobre el amor de transferencia y el otro titulado « Recordar, repetir, perlaborar ». Creo que mi modo de presentar ha cambiado; desde el ajuste de cuentas, me he vuelto más sincero, más osado y menos preocupado por contemporizar. A día de hoy, aún no puedo concebir empezar algo nuevo ».3

Dejando pues de lado las polémicas con sus colegas, Freud opina que ese texto es una culminación: por ello, no puede ir más allá en su reflexión sobre la técnica. Con esto uno puede hacerse una idea de la importancia que reviste para él este escrito técnico, el cual, efectivamente, será el último.

De hecho, planea, en esa época, titular su intervención en el próximo congreso de la forma siguiente: « Puntos de vista sobre la técnica analítica », llegando incluso a indicarle a Abraham: « Le ruego me coloque en algún lugar en el que la gente ya esté encendida »4. Lo cual da fe de su afán por que se escuche lo que tiene que decir sobre la técnica.

En este « último » escrito técnico, Freud examina con detenimiento las tres etapas decisivas en el proceso del paciente: recordar, repetir, con el fin de poder perlaborar. No se trata en modo alguno de introducir un nuevo concepto. Este término designa para Freud un proceso activo en la cura, indica una posición psíquica determinante para llevar a cabo con éxito el proceso analítico emprendido por el paciente.

Esta aclaración resulta importante, ya que con frecuencia los términos empleados por Freud se perciben como conceptos en un sentido puramente terminológico, cuando, en realidad, remiten, las más veces, a posiciones psíquicas o bien del analista o bien del analizante.

El interés que muestra Freud por el proceso de perlaboración caracteriza, en este punto, el final de veinte años de investigación y de titubeos. Esta etapa es, en cierto sentido, la culminación de la cura, dentro del concepto que Freud tiene de la práctica psicoanalítica. Ve en ella, un proceso final que el propio paciente ha de llevar a cabo y no ya una intervención de un deus ex machina encarnado por el psicoanalista.

Así pues, se puede sostener que el concepto que Freud tiene de la práctica psicoanalítica culmina con el descubrimiento del papel de la perlaboración en el análisis.

Ahora bien, si Freud alcanza este descubrimiento decisivo, se debe a que ha pasado anteriormente, a partir de su formación, por dos grandes etapas de práctica, observación de sus pacientes y de titubeos, los cuales le han permitido ir perfilando el proceso que constituye el proceso analítico, para el paciente y para el psicoanalista.

1a etapa: « Imagen del cuerpo » y « Todo está en la relación »

Inicialmente, Freud, que cursó una formación de neurólogo, se aleja rápidamente de su profesor de psiquiatría, Theodor Meynert, por parecerle demasiado organicista. Decide entonces dirigirse al pediatra Max Kassovitz. Durante diez años (de 1886 a 1896), y a razón de tres días por semana, Freud se encargará de los niños enfermos en el Instituto público para niños enfermos, dirigido por Max Kassovitz, en Viena. Será en el transcurso de dicho amplio periodo, muy frecuentemente desconocido, cuando Freud elaborará su enfoque de la sexualidad infantil.

Esta importante experiencia hospitalaria lo llevará a escribir los Tres Ensayos5 en 1905, y, a continuación, en 1908, un texto sobre las « teorías sexuales infantiles », nombre con el que Freud designa las representaciones sucesivas que el niño idea sobre la imagen del cuerpo y la construcción gradual de su imagen del cuerpo. Lo cual puede relacionarse con la tesis de Françoise Dolto sobre la imagen inconsciente del cuerpo.

No obstante, sin este trabajo con niños, no habría podido pensar el cuerpo psíquico del adulto. Esta elaboración de la imagen del cuerpo por parte de los niños es la que lo orientará hacia el trabajo de las representaciones que informan el cuerpo.

Además, en 1889, Freud se reunirá, en Nancy, con Hippolyte Bernheim, del que ha traducido la obra De la sugestión y de sus aplicaciones a la terapéutica.

Para Bernheim, así como para su antiguo mentor, Auguste Liébault –un simple médico rural que curó a Bernheim–, todo está en la sugestión. A Freud le apasiona ver cómo Liébault cuida de sus pacientes procedentes de la clase obrera y la práctica de Bernheim en su trabajo en el entorno hospitalario. Para ellos, todo está en la sugestión, es decir todo está en la relación, en la relación entre un sujeto y otro. Recurren a la hipnosis que emplea una sugestión verbal. La palabra halla su eficacia en la sugestión que consiste en poner a un paciente en una determinada posición física y psíquica, para recordar un recuerdo, una escena del pasado.

Esto representa el final de la primera etapa de Freud que practicará primero la hipnosis antes de renunciar a ella con las histéricas. Pero conservará en su clínica la convicción de que todo se juega en la relación entre el médico y su paciente.

2a etapa: el papel de las representaciones y la dritte Person

La estancia de Freud con Charcot en la Salpêtrière, de octubre de 1885 a mayo de 1886 lo había llevado ya a reflexionar sobre la forma en que trataba los casos de histeria, recurriendo también él a la hipnosis en ciertos casos, para así identificar si se trataba de casos de histeria que no eran fisiológicos, sino de carácter neurológico.

Pero Freud se va alejando de Charcot por parecerle demasiado preocupado por hallar una explicación fisiológica a los fenómenos histéricos.

Asimismo, en las presentaciones de los enfermos, Freud observa que Charcot no le hace prácticamente nunca preguntas al paciente en cuestión, se limita a preguntarle a la familia de éste, a dialogar con sus estudiantes, sin dirigirse al enfermo y hablando sin cesar en lugar del paciente.

Cuando Freud trate por sí mismo a pacientes histéricas, se inspirará inicialmente, en mayor o menor medida, en la práctica de Charcot. Pero descubrirá rápidamente los límites de dicha práctica y sus contradicciones. En especial, con la baronesa Fanny Moser 6a la que Freud trataba hasta entonces en su clínica mediante hipnosis y masajes. El uno de mayo de 1889, la baronesa le dice: « Estese quito, no diga nada, no me toque »7. La orden de la baronesa Fanny Moser contribuye a que Freud se aleje de la hipnosis, renunciando posteriormente a ella totalmente, en la medida en que la hipnosis constituye una injerencia del terapeuta, una sumisión a la palabra del otro, una forma de arrancarle al paciente sin su conocimiento informaciones y emociones con las que ni uno ni otro saben qué hacer luego.

Freud advierte que al pedirle que se calle, la baronesa se niega a escuchar a alguien que cree saber en su lugar y que habla en su lugar. A partir de allí, en su futuro trabajo con las histéricas, empezará a reflexionar sobre el lugar que debe dársele a la palabra del paciente.

De Charcot, Freud, no obstante, conservó con interés la importancia de las representaciones (Vorstellungen) en las patologías, representaciones que intuye organizan y elaboran el cuerpo psíquico. Y en su trabajo con las histéricas, se va a ir interesando más y más por las reminiscencias de las que éstas padecen. Dichas reminiscencias no equivalen al retorno de recuerdos actuales, sino que constituyen « representaciones » de emociones o de situaciones que afloran desde el pasado y que se vivencian como si fuesen actuales.

Y poco a poco Freud va intuyendo el papel que desempeña la transferencia en el análisis. La transferencia no atañe al médico como persona, sino como dritte person, es decir como mero representante de los personajes que forman parte de la historia de su pasado, para el paciente.

En ese sentido, el artículo que concluye los Estudios sobre la histeria, titulado « Sobre la psicoterapia de la histeria »8 es un texto constitutivo del descubrimiento fundamental de Freud: todo lo que se mueve y evoluciona en el análisis procede del paciente y no del analista.

Otro descubrimiento de Freud en este periodo atañe a la importancia del origen de los pensamientos, cuando se le ocurre preguntarle a Elisabeth von R. acerca del origen de sus dolores. « De dónde proceden sus dolores, al andar, al estar de pie, al tumbarse »9 en esta pregunta del Woher, Freud se preocupa por la cuestión del origen de los estados de la paciente, y no de su estado actual. El responder a esta pregunta le permite al cuerpo hablar, el cuerpo psíquico que se organiza mediante las representaciones y los pensamientos de la paciente. La abasia de Elisabeth von R. está relacionada con la unión entre su pierna y la de su padre del que cuidaba, dentro de un vínculo silencioso que le impedía separarse de él.

En estos descubrimientos graduales de Freud, cabe apuntar que cada uno de los términos, de las expresiones que mencionamos en la presente, no son nunca conceptos abstractos. Lo que describe Freud son posturas psíquicas, posiciones psíquicas (psyschische Einstellung) que remiten a la relación con personas, a la interrelación. Posiciones psíquicas que oscilan en función de las necesidades del paciente. Freud descarta entonces lo que denomina una « posición intelectualista de saber » (intellektualisticher Denkeinstellung) tras la cual confiesa haberse amparado durante largo tiempo, en su texto de 1913 « Sobre la iniciación del tratamiento »10.

Freud admite entonces que el único que sabe es el paciente y sólo él.

Así, pone punto final a la neurofisiología.

El psicoanálisis (Psychoanalyse), cuya apelación acuña Freud en mayo de 1896, no es una ciencia. Todo se sitúa del lado del psiquismo. No es una ciencia, sino una práctica de la relación, una práctica de la escucha cuyo objetivo es permitirle al paciente avanzar en su búsqueda y sus resistencias.

Además, en una carta capital a Fliess, del 6 de diciembre de 1896, (en la que aparece por vez primera, bajo la pluma de Freud, la noción de aparato psíquico (psychischen Apparat), con tres inscripciones: cs, pcs, ics), Freud apunta una aclaración esencial que, a partir del modelo histérico, determina claramente la posición del analista: « Los accesos de vértigo y de llanto están todos dirigidos a ese «Otro», pero sobre todo a ese «Otro» prehistórico e inolvidable que nunca pudo llegar a ser igualado ».11

Freud sale entonces, definitivamente, de la lógica de implicación que caracterizaba la relación entre médico y paciente en la hipnosis. Pone de manifiesto el hecho de que la lógica de imputación caracteriza el proceso inicial del paciente: todo lo que le ocurre le es imputado al otro, incluido al analista, en la medida en que se halla allí como dritte Person, soporte de las representaciones del paciente.

« Perlaborar » (durcharbeiten): « abrirse camino »… hasta uno mismo

En 1914 es cuando Freud establece claramente la relación entre esa lógica de imputación que le impide al paciente avanzar en la transferencia y que constituye una resistencia a la rememoración.

Freud ya había utilizado el verbo durcharbeiten en los Estudios sobre la histeria », sin estudiar en profundidad ni desarrollar esta noción12. Habrá que esperar a 1914 para que exponga lo que constituye el descubrimiento de ese proceso que condiciona el fin del análisis.

La primera traducción del texto de 1914, en La Técnica psicoanalítica, propone sencillamente el verbo « elaborar » que sólo expresa parte del sentido de este proceso, a falta de un verbo francés que se corresponda exactamente con el sentido de durcharbeiten.

Efectivamente, el verbo durcharbeiten, muy corriente en alemán, significa « trabajar sin descanso », trabajar bien. Pero también se entiende en un sentido metafórico como: « abrirse paso, camino ».

El proceso de perlaboración es efectivamente un proceso durante el cual el paciente va a tener que abrirse camino, rompiendo las resistencias que lo mantienen en una lógica de imputación y que le impiden avanzar.

Este proceso de perlaboración es el que va a permitir dejar de pasar por el otro para atreverse a pensar y a pensarse, para reconocer los pensamientos de uno y apropiárselos como propios.

En este texto muy corto y a la par muy denso13, Freud constata lo siguiente en cuanto al olvido y a la rememoración:

« Aquí sucede, con particular frecuencia, que se «recuerde» algo que nunca pudo ser «olvidado» (vergessen) porque en ningún tiempo se lo advirtió, nunca fue consciente […] El convencimiento que el enfermo adquiere en el curso del análisis es por completo independiente de cualquier recuerdo de esa índole ».

Son experiencias en las que el paciente no estaba presente en su historia, no estaba presente en aquel presente. La rememoración remite, en su caso, a la sensación de algo « conocido ».

La ausencia de rememoración es lo que encontramos en el inicio de cualquier cura.

« El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción (als Tat); lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. »

Es lo que le permite a Freud sostener a propósito de la transferencia:

« La trasferencia misma es sólo una pieza de repetición, y la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo sobre el médico: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente. ».

Freud nunca sostuvo tanto, como en este texto, que la transferencia no es sino la repetición del pasado y de un pasado olvidado que, al principio, el paciente no logra rememorarse. Freud introduce aquí, por vez primera, el término « compulsión de repetición » (Zwang zur Wiederholoung): el análisis repite en vez de rememorarse.

Freud subraya a continuación: « En este punto podemos advertir que poniendo de relieve la compulsión de repetición no hemos obtenido ningún hecho nuevo, sino sólo una concepción más unificadora » del psicoanálisis y de la sesión.

Es lo que va a modificar la posición del analista con respecto al paciente: « No debemos tratar su enfermedad como un episodio histórico, sino como un poder actual. »

Freud ya no puede poner fin a la compulsión de repetición mediante lo que tendría que ver con una interpretación:

« Mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y actual, tenemos nosotros que realizar el trabajo terapéutico, que en buena parte consiste en la reconducción al pasado (zurückführung auf die Vergangenheit) »

Se trata pues de lograr que el paciente se despegue de la persona del médico para integrarlo en la realidad de la historia del paciente, cuando, en el desconocimiento de su historia, el paciente persiste en vivir su historia en presente, en la persona del analista.

Freud subraya asimismo los obstáculos con los que uno puede acaso toparse:

« El hacer repetir en el curso del tratamiento analítico, según esta técnica más nueva, equivale a convocar un fragmento de la vida real y por eso no en todos los casos puede ser inofensivo y carente de peligro. »

La enfermedad cobra entonces otro significado, se trata de una nueva relación con la enfermedad: el paciente « ya no tiene permitido considerarla algo despreciable […], sino un fragmento de su ser (ein Stück seines Wesen).

En vez de estar tentado de liquidar sus impulsos mediante la acción, mediante pasos al acto, el paciente se libera de ellos con un trabajo de rememoración. Este trabajo psíquico del paciente sólo puede llevarse a cabo en este nuevo dispositivo que otorga a la enfermedad un nuevo significado transferencial: la neurosis ordinaria se ve remplazada por la « neurosis de transferencia », que constituye de alguna manera una enfermedad artificial. Freud designa la transferencia que se genera así como « un reino intermedio entre la enfermedad y la vida ».

Esta neurosis de transferencia es la que hará posible el trabajo de perlaboración. Se trata de un proceso intrapsíquico en el que el analizante puede reapropiarse su propia historia, pensarla y elaborarla por último, sin tener que atribuirle sus pensamientos al analista.

El paciente sale entonces de la lógica de imputación para ingresar en una lógica de implicación. El analista es tan sólo un soporte que le permite al paciente otorgarle valor a su propia palabra, lo que supone por parte del analista cierta pasividad:

« El médico no tiene más que esperar y consentir un decurso que no puede ser evitado, pero tampoco apurado. »

Esto ilustra y confirma la preconización enunciada por Freud, dos años atrás: renunciar a la posición intelectualista de saber (en la que el analista sabe en lugar del paciente) y adoptar una « posición psíquica », « oscilando según las necesidades del paciente ».

La perlaboración marca pues el fin de la posición interpretativa del analista. Se trata de un proceso intrapsíquico en el que el paciente puede por fin atribuirse sus pensamientos y el origen de éstos.

Se trata asimismo de un proceso indispensable de separación entre psiques. Y, en este sentido, como proceso, como práctica, el psicoanálisis se halla en el centro del « malestar en la cultura, ese malestar que Freud define como el deseo de permanecer « indiviso con un objeto exterior ».

Y la perlaboración podría marcar la superación, el fin de nuestras sumisiones. En este sentido, el psicoanálisis es un laboratorio privado en el que un sujeto puede desalienarse de todas las órdenes y las limitaciones procedentes de su historia y su entorno social.

Esta explicitación que Freud propone de la fase que representa la perlaboración contiene asimismo otra evidencia: marca el fin del proceso psicoanalítico en el transcurso del cual he podido construir mi propia historia y apropiármela, he podido « abrirme camino » (durcharbeiten) hasta mí mismo.

La perlaboración permite salir de la problemática análisis finito-análisis infinito. Se puede efectivamente sostener que el análisis sí tiene un fin, que es el fin de la adicción al otro, a los otros, para el analizante hacia su analista, y para el analista hacia su analizante.

1 « Erinnern, wiederholen und durcharbeiten ». En francés, los verbos alemanes del título han sido reemplazados por sus sustantivos: « Remémoration, répétition et perlaboration, OCPF XII, PUF, 2005, p. 186-196.

2 S.Freud-S. Ferenczi, Correspondance 1914-1919, Calmann-Lévy, 1996

3 S. Freud-F. Abraham, Correspondance complète, 1907-1925, Gallimard, 2006, p. 331-332

4 Ibid, carta del 26-7-14, p. 330

5 S. Freud, Trois Essais, 1905, Champs classiques Flammarion,2011.S. Freud « Les théories sexuelles infantiles », 1908, OCPF VIII, P ; 227-242

6 S. Freud, Études sur l’hystérie (1895), OCPF II, PUF, 2009, p. 74

7

8 Ibid. p.279 ss

9 Ibid. p. 171

10 S. Freud, « Sur l’engagement du traitement » (1913), OCPF
XII ? PUF, 2005, p. 182

11 S. Freud, Lettres à Fliess (1887-1904), PUF, 2006, Lettre 270 -271 (traduction revue)

12 S. Freud, Études sur l’hystérie, op.cit. p. 318

13 S. Freud, « Remémoration, répétition et perlaboration, OCPF XII, PUF, 2005, p. 189-196

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