María-Cruz Estada «Las invasiones bárbaras del pensamiento»

Septiembre 2018

Nada importa sino la calidad del cariño —al fin— que ha grabado la huella en la mente dove sta memoria.

Ezra Pound : Canto LXXVI

Hay un poema de León Felipe que dice:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
Y que el miedo del hombre…
Ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
Pero me han dormido con todos los cuentos…
Y sé todos los cuentos.

Reminiscencias, invasiones bárbaras que alteran el curso del pensamiento, se manifiestan en forma de malestares, sonidos o palabras sueltas. A veces restos de una historia familiar secreta que, al ser desconocida, no se ha podido olvidar pero de la que quedan flecos sin sentido que aparecen inquietantes.

Fuera de nuestro ámbito, quien mejor describe las reminiscencias es Patrick Modiano que en todos sus libros parece buscar la pieza clave que le permita entender los porqués de su historia, en concreto del reiterado abandono que sufrió de niño por parte de sus padres. Por ejemplo en su novela “Para que no te pierdas en el barrio”1, dice que en un momento aparecen ante él dos palabras escritas: Le Tremblay2 y dice que en ese momento saltó en él un muelle “como si poco a poco le volviese a la memoria un detalle que hubiera olvidado”. No dice que recuerda el detalle olvidado, sino que es como si lo hubiese olvidado y le viniera. Dice también: “Esas palabras se habían abierto paso. Una picadura de insecto, poca cosa al principio, y cada vez nos duele más y, pronto, una sensación de desgarro. El presente y el pasado se confunden y parece algo natural porque sólo los separaba un tabique de celofán. Bastaba con una picadura de insecto para agujerear el celofán”.

Nos interesa en particular ese celofán que separa el presente del pasado porque justamente en el comentario que hicimos en las Jornadas de AF de mayo, tras el vídeo en el que escuchamos a unos educadores de un centro de Lyon para adolescentes muy difíciles, hablar de su trabajo con adolescentes que no fueron mecidos con cuentos sino, en todo caso, con golpes o abandonos, señalamos que en sus discursos aparecía una alteración del tiempo y del espacio, dos categorías de lo simbólico. En particular uno de ellos decía estar siempre con esos jóvenes “en presente y saturado”; lo decía así. Pero ¿saturado de qué? De goce en tiempo presente, ya que estos jóvenes al tener difícil la represión, sólo tienen a mano el pasaje al acto para poner una distancia con el Otro invasor o abandonista, lo que no deja tampoco tiempo a los educadores para reprimirla o darle otra salida que suponga algún aplazamiento.

Esto ocurre también en el cine americano que, desde hace 15-20 años, en el montaje de las películas de acción, pegan los fotogramas de tal modo que no dejan tiempo para la producción de sujeto, lo que hace que se genere angustia. También lo hacen en la TV española en entrevistas en que cortan todos los momentos de vacilación, espera o reflexión de quien habla, montando todas las frases seguidas. Las reminiscencias rompen también el tiempo y el espacio, introduciendo un fragmento a veces del pasado, pero sobre todo fuera de tiempo.

Y ¿cómo escribir, inscribir, lo que no ha sido reprimido?

Una analizante enfrascada en la escritura de su libro varias horas diarias, ve súbitamente interrumpido su trabajo por fragmentos de escenas que le vienen al pensamiento en que su pareja se ha mostrado claramente violento con ella… en fin, claramente no, por eso queda confusa… ¿Fue violento o es que ella está loca? El análisis la ayudará a ligar estos fragmentos con su historia y a decidir su sentido, ya que al tirar del hilo aparece un padre extremadamente violento, de un sadismo atroz, del que la madre no permitía pensar que lo fuera: “No es violento, es que él es así”, decía a sus hijos. Desmentido con el que la madre la dejaba desolada, palabra que en su etimología quiere decir ‘sin suelo’, sin el suelo que da el consuelo del Otro.

Es el consuelo del Otro lo que permite que lo percibido sea confirmado y genere un signo de percepción. Signo de percepción que da la posibilidad de hacer un juicio de atribución; juicio de atribución que nos parece tener una relación muy estrecha con la segunda operación de constitución del sujeto en Lacan: la separación que, de poder hacerla, esta analizante habría podido escoger sus propios significantes del tesoro ofrecido por el Otro para hacer un juicio subjetivo sobre el padre y, más adelante, sobre su pareja. Sabemos que desmentir la realidad a los niños los vuelve locos porque los deja entregados a la demanda de un Otro arbitrario frente al que sólo pueden responder con angustia y pasajes al acto —como los adolescentes del Centro de Lyon que mencionamos antes. Esta analizante cuando su pareja se ponía violento o manipulador, hacía una escisión saliendo mentalmente de la escena, lo que puede ocurrir cuando no se puede reprimir.

Pero una reminiscencia puede venir también en forma de sonido, como le ocurría a otra analizante que no podía viajar en metro y sufría de fobias de impulsión. “¿Y en qué momento le entra a Vd. el agobio?”, “cuando entra el metro en la estación y suena ese Buuumm y entra; entonces me dan ganas de tirarme a las vías”. “¿Buuumm, entra?” —le decimos. “Sí, esto me hace pensar en los fines de semana que pasábamos en casa de mi madre cuando era pequeña. Los hombres salían de golpe de la habitación de ésta y, buuumm, entraban en el salón. Me sobresaltaban. Cuando se iban, mi madre nos daba detalles obscenos de lo que había hecho con ellos”.

En este caso la reminiscencia es un sonido que es lo más real del significante, metonimia de algo que no puede llegar a la cadena y por lo tanto no puede ni olvidarlo, ni hacer síntoma o fantasma, esos trucos mágicos que conseguimos por el hecho de ser hablaseres. La metáfora con los significantes ‘entrar’ y ‘tirarse’ que en español tienen un sentido sexual, la analizante no la hizo.

Todo esto forma parte de lo que algunos han llamado « inconsciente real », es decir, un inconsciente que no estaría estructurado como un lenguaje, sino que quedaría fuera de él, lo que me parece producir un problema epistemológico. En el Seminario I, hablando del núcleo de la represión dice Lacan: Esta Prägung —“Freud lo explica claramente— se sitúa primero en un inconsciente no reprimido; precisaremos más adelante esta expresión que sólo es aproximativa”3. Pensamos que no es que exista un inconsciente real, sino que lo que no entra en la cadena significante o no del todo, no puede llegar a la conciencia salvo de ese modo invasivo, como consecuencia de un intento fracasado de escritura y es entonces inconsciente en el sentido de ser impensable, lo que no es lo mismo que plantear la existencia de un inconsciente real.

Hay reminiscencias que remiten a recuerdos preconscientes, algunos muy lejanos, pero lo que nos interesa no son estos, sino otros que parecen mantenerse en una especie de repetición fuera de sentido que deja al sujeto perplejo (Robert Lévy las llama reminihorsens4).

Desde luego, cuando se habla de repetición, se hace en el sentido de la repetición de acciones; los ejemplos de Freud: el juego de los niños, los sueños traumáticos o esas extrañas repeticiones como la de la mujer que enterró a sus tres maridos. Bueno, Freud no nos dice en qué consistía la repetición de la buena mujer, ¿quizá en la elección de hombres frágiles y enfermizos? ¿O bien por el contrario, los elegía fuertotes pero su manera de llevar adelante la vida amorosa los enviaba a la tumba? Nunca lo sabremos.

Las repeticiones que nos interesan son las que dejan al sujeto perplejo, incluso con una sensación de irrealidad. Se podría sostener que no se trata de repeticiones puesto que de la una a la otra no hay diferencia. Quizá se las debería llamar reediciones. Hemos citado ya algunos ejemplos que no pretendían ser exhaustivos: las escenas violentas con su compañero que invadían a una de las analizantes, o el Bummm de la otra, o las palabras que producían a Modiano la sensación de picadura de insecto que agujerea el celofán.

Pero todas estas reminiscencias ¿por qué producen tanta inquietud, incluso angustia? Nuestra hipótesis es que en un caso el odio del padre y al padre era por un lado recusado por la analizante desde lo simbólico y por otro lado era desmentido por el discurso de la madre, por lo que las situaciones de violencia no podían escribirse y por lo tanto reprimirse. En el caso del Buuuumm, lo real de la sexualidad desbordada de la madre y la ausencia de un imaginario donde tuviera cabida el mito amoroso, los velos de algo enigmático, los cuentos, un imaginario que pudiera ayudar a reprimir, le impiden la escritura y, por lo tanto, el olvido. En ambos casos se trata de inscripciones de algo que dejó un buen monto de goce, pero de lo que no se puede hacer escritura por el hecho de que falte un Imaginario para poder ligar Simbólico y Real. En cuanto a Modiano, —del que no se puede decir gran cosa porque no es un caso clínico— parece que sí ha podido hacer algo con sus reminiscencias: escribe. Para entenderlo nos ayuda Georges Perec cuando dice:

«Escribo porque ellos dejaron en mí su marca indeleble, y la huella es su escritura; su recuerdo está muerto a la escritura; la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida»5.

Las reminiscencias, palabras congeladas, “cortadas sin boca ni sujeto” —dirá Françoise Davoine6 parafraseando a Rabelais son entonces un borde con lo real de algo que sólo ha sido simbolizado a medias. Cuando Lacan dice que lo simbólico toma un pellizco de lo real, en este caso la operación parece haberse hecho de modo insuficiente, por un lado por el exceso de goce de un bombardeo de real; por el otro, a causa de la falta de amparo y consuelo del Otro que no meció con sus cuentos ni siquiera hizo un relato verdadero sobre ese momento de goce excesivo, sino que, incluso a veces, ha desmentido el sentido de lo percibido. No hubo signo de percepción, lo que hizo que las representaciones de cosa no tuvieran sino una conversión imperfecta en representaciones de palabra y que, entonces, el goce no pudiera ser modificado por el lenguaje.

Ese significante congelado que atormenta —si es que es un significante— no es nada tranquilizador pues hace pensar en aquel superyó materno arcaico, feroz e insaciable que convoca al sujeto a una posición de desecho. De ese superyó que podríamos llamar “amenaza del goce del Otro”, dirá Lacan: …el superyó acaba por identificarse sólo a lo más devastador, a lo más fascinante de las primitivas exigencias del sujeto. Acaba por identificarse a lo que llamo la figura feroz, a las figuras que podemos vincular con los traumatismos primitivos7 . Y cuando alguien es llamado a una posición de desecho y no tiene los medios para fabricar un fantasma ni un síntoma por la falta de represión, podemos imaginar el desamparo, la angustia y el peligro psíquico en que se encuentran estas personas.

Se puede entonces pensar que la angustia producida por las reminiscencias se debe al hecho de que el rasgo unario no hace desaparecer por completo la Cosa, y que a causa de esto, la amenaza del goce del Otro permanece. Que haya reminiscencias prueba que hay rasgo unario, pero ¿podemos decir que hay un S1 que inaugura una cadena que da sentido a esta inscripción primera? Por un lado diríamos que sí, ya que la reminiscencia es lenguaje y no está descapitonada con respecto a la primera inscripción, al menos en los ejemplos que hemos dado. Pero por otro lado, siendo S1 un significante, debería cumplir con la regla fundamental del significante: la de desaparecer para dejar lugar a otro.

Por otro lado, S1 es significante sólo en la medida en que haya un efecto de sentido en tanto S de ellos (S d’eux), tal como lo escribe Lacan, con producción de sujeto y de objeto ‘a’. Para ello, debería producirse la caída de S2, Unterdrükung, caído al fondo del fondo. Entonces, a este “S1 perplejo” de estos casos, no estamos seguros de que se lo pueda llamar significante.

Habría que facilitar entonces la represión no sólo a los niños, como venimos diciendo hace tiempo, sino también a los adultos que tienen estos problemas. Es muy interesante la clínica de la no represión abierta por estas cuestiones, sin necesidad de crear una nueva estructura, incluso tampoco un ser de borde como se hace con los llamados borderline. Para la analizante del Buuumm se empezó a abrir una puerta a la represión un día en que habló de una conversación con un hermano suyo mucho más joven que ella que le contaba que tras su divorcio se había enrollado con una prostituta con la que tenía una relación muy buena y sexualmente le hacía esto y lo otro. Le dijimos: “¿Y le parece que eso es una conversación propia entre un hermano y una hermana?” Y esto tan simple inauguró una nueva etapa para ella.

Aprovechando el título que hemos puesto a este trabajo, vamos a hablar de otros dos tipos de invasiones bárbaras que comparten con las reminiscencias esta cualidad de ser invasivas.

El primero es un tipo de alucinación que se produce en los neuróticos que de pronto escuchan que alguien los llama por su nombre o por su alias. A veces desaparece tras un análisis. Nunca hemos encontrado que sea por el apellido ni en los hombres, sólo en mujeres. Por un momento se quedan sorprendidas por el nivel de realidad que tienen esas llamadas aunque, al mismo tiempo, algo les dice que están dentro de su cabeza. Son éxtimas. Nos preguntamos por qué algunas neuróticas necesitarían escuchar esa voz que dice su nombre. Buscamos bibliografía y no encontramos nada; sólo que Google dice de las alucinaciones auditivas que “los fallos en la inhibición de recuerdos traumáticos podrían generar pensamientos intrusivos que se interpretasen como procedentes de otras personas”.

Sabemos que la cuestión del nombre está en relación con la escritura, ya que tiene una afinidad con la marca hasta el punto de que Lacan dice que incluso si no se comprende su sentido, las inscripciones paleolíticas tienen una función significante. Stuart Mill decía que a diferencia del nombre común, el nombre propio es una marca superpuesta aplicada sobre el objeto. En efecto, el nombre tiene una función simbólica ya que cuando nace un bebé es alguien entregado a las pulsiones del Otro materno, así que algo tendrá que marcarlo para que, en un despiste, el Otro no se lo coma o lo tire a la basura. Dice la Biblia que Adán y Eva recibieron sus nombres después de perder el paraíso. El nombre, entonces, es una marca que aleja del goce incestuoso.

Si en el caso de las reminiscencias, esas palabras o sonidos insisten en invadir el pensamiento buscando la escritura de lo traumático, en el caso de la alucinación del nombre propio, nos preguntamos si aparece en momentos en los que se manifiesta alguna fragilidad frente a la amenaza del goce del Otro. O bien, puesto que el nombre del bebé dicho en labios de su madre lo calma, quizá aparezca en momentos de desamparo. No lo sabemos. En todo caso, si esta hipótesis se comprobara sabríamos que, al recibir un nombre, el bebé podría ya resistir a las demandas del Otro que lo instrumentalizan.

La última cuestión que nos parece emparentada con las invasiones (en este caso no tan bárbaras) es las impresiones locas que asaltan a algunas psicoanalistas (sí, también mujeres) al entrar el analizante o en un momento de la sesión, sin relación aparente con su discurso. Sólo hemos encontrado una referencia escrita en Françoise Davoine. El modo de aparecer nos hace pensar en un transitivismo no psicótico más propio de las mujeres que le es útil para la relación con su bebé, pero también puede tratarse de restos de operaciones de represión fracasadas, incompletas, en los analizantes y/o en las analistas. Quizá tenga que ver con esa relación que según Lacan tienen las mujeres con el inconsciente. ¿Perciben las mujeres gracias a su transitivismo algo que empuja a ser inscrito? No podemos decir por el momento mucho más, así que citaremos a Davoine8 y con ella terminamos:

« La locura, pequeña o grande, se analiza a través de las distancias en que el interlocutor se encuentra necesariamente situado, por ejemplo, a través de la relación imprevisible entre analista y paciente […] Singularidades, impresiones furtivas, fugitivamente percibidas por el analista, sin duda forman parte del campo y el proceso de investigación, con la condición de que el analista sea capaz, en un segundo momento, de elaborarlos; y en un tercer momento, de dar cuenta de ellos a su paciente ».

 

1 P. Modiano: Para que no te pierdas en el barrio. Anagrama, Barcelona 2015, pp. 30 y 32.

2 Que no es cualquier significante, ya que trembler en francés significa temblar.

3 Ibid. Nota 1, p. 281.

4 Juego de palabras entre “reminiscencia” y “fuera de sentido” (N.T.)

5 G.Perec : W ou le souvenir d’enfance, Paris, Denoël 1975, p. 79. Citado en Clinique psychanalytique de l’exclusion, Paris, Dunod, 2014, p 21.

6 Ibid nota 7.

7 J. Lacan: Seminario I Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Barcelona 1981, p 161.

8 Ibid nota 8.

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