Leandro de Lajonquière – ¿Y si lo inédito en esta historia, fuera el odio (religioso)?

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Congreso anual de Análisis Freudiano, Más allá del odio, violencias inéditas.
Paris, 28/09/19

La convocatoria a nuestro congreso da a entender que habría violencias que son
«inéditas». Pero si predicamos que algo es inédito, eso significa que tal cosa no existía hasta
que acabó apareciendo en algún momento. Sin embargo, en términos de violencia, la historia
de la humanidad es un muestrario de horrores los variados y más o menos violentos según la
sensibilidad de la época. Entonces, me parece que no tenemos nada nuevo del lado de la
violencia. ¿Pero y en lo que atañe al odio?
Los humanos, ¿siempre hemos sentido odio? En mi opinión, la respuesta es negativa. El
odio un día paso a ser inédito precisamente cuando él hizo su aparición. A partir de entonces,
se convirtió en un elemento constitutivo de nuestra condición humana actual.
Fui sorprendido por esta idea al cabo de una serie de asociaciones. Por un lado, había
retenido del seminario de Robert Levy, intitulado Lo invisible, lo visible, lo demasiado visible,
la idea de que no todos los odios son iguales. Aún más, recordaba que el odio a los judíos no
debería ser confundido con el desprecio racista. Desde el punto de vista de la metapsicología,
el judío y el negro no vendrían al mismo lugar. Más allá de lo imaginario – el negro como
representante del peligro sexual y el judío del intelectual – es éste último el que ocupa el lugar
del objeto pequeño a y, por lo tanto, del mas de gozar. En suma, el odio a los judíos sería, por
lo tanto, el odio por excelencia.
Por otro lado, me acordé una declaración que Freud hizo en El malestar en la cultura.
En la quinta parte de este texto de 1930, Freud recuerda la dificultad de renunciar a satisfacer
la agresión. Los grupos sociales se mantienen unidos gracias a que proyectan la agresión hacia
afuera, hacia los vecinos extranjeros. Freud recuerda aun que había llamado ese fenómeno de
narcisismo de las pequeñas diferencias, en el texto Psicología de las masas y análisis del ego
(1921). También afirma que, si bien el odio a los judíos había posibilitado la cohesión de la
comunidad, las masacres en la Edad Media en nada habían facilitado la vida de los cristianos.
Freud también dice que la intolerancia extrema del cristianismo hacia aquellos que habían2
quedado afuera de la nueva religión, es decir, los judíos, era una consecuencia inevitable del
llamado del apóstol Pablo al amor universal como fundamento del lazo social. Es en ese preciso
momento que Freud hace una afirmación sobre la que a mí me gustaría llamar vuestra atención:
la intolerancia religiosa era ajena al mundo romano.
Cuando recordé esta declaración freudiana, una imagen me vino a mi mente. Tratase de
la visión del Pilar de los Navegantes del rio Sena que tuve la oportunidad de ver durante una
visita al Museo Cluny en París. En este pilar de piedra, de dos milenios de antigüedad y ofrecido
por los barqueros del Sena al emperador Tiberio, podemos ver lado a lado los dioses celtas y
romanos. Ese pilar es una especie de traducción ecuménica perfecta. Es decir, en aquella época
era consensual que había una equivalencia entre dioses.
Entonces, en ese momento, se me impuso la idea de que el odio religioso, o simplemente
el odio, se convirtió en un componente de nuestra humanidad cuando finalmente se dieron
algunas condiciones de posibilidades en el campo de la palabra y del lenguaje, relacionadas con
el surgimiento del monoteísmo judío y, por lo tanto, con el desgarro de la antigua subjetividad
politeísta. En resumen, aunque siempre hubo agresiones, antagonismos y enemistades entre los
hombres, el odio no pudo ser sentido en la antigüedad politeísta pues él aún no había sido de
hecho inventado, más allá del carácter más o menos violento de eses humanos.
Pero antes de adentrarnos en el texto Moisés y la religión monoteísta para desarrollar
esta hipótesis, observo que encontré una especie de confirmación al leer el texto del seminario
del 12/05/18 de nuestro colega Philippe Woloszko. Por supuesto que no se trata de una
confirmación llamada ordinariamente científica, pero, bueno, al menos, me dije que no era el
único que me enveredaba por esta dirección de pensamiento. Si entendí su razonamiento, tejido
a partir de una declaración de Freud en Pulsiones y destinos (1915), la oposición amor / odio
emerge en el corazón de la experiencia especular, responsable de operar cierta diferenciación y
anudamiento entre los registros Real, Simbólico e Imaginario. Así, antes de la institución del
nudo borromeo, solo habría este sentimiento indiferenciado, llamado por Lacan,
hainamoration.
Entonces, la producción de todo elemento psíquico está tomada en una temporalidad
discursiva. Esta tesis es tanto válida en lo que atañe a la historia de la humanidad, como al
surgimiento del sujeto del inconsciente en el niño, de acuerdo con el pensamiento analógico
freudiano entre las dimensiones «social» e «individual», más allá, por supuesto, del hecho de ser
falsa la tesis decimonónica sobre la reproducción ontogenética de la filogenia.
Ocupémonos ahora del Moisés de Freud para aclarar las condiciones de la aparición del
odio entre los hombres.3
Pero antes debo hacer tres señalamientos rápidos:
. El primero: no he revisado ni el seminario sobre La ética del psicoanálisis (59/60) ni
sobre El revés del psicoanálisis (69/70) donde Lacan regresa a Freud y a su Moisés, leídos hace
tiempo. ¿Falta de tiempo? Si, por supuesto. Pero también porque yo quería confrontarme con
el Moisés de Freud y no con el de Lacan, aunque esto hoy sea a final y al cabo imposible.
Dentro del vasto campo lacaniano, nadie ignora que la lectura del Moisés hecha gracias a la
clave Levi-Strauss, fue la que permitió a Lacan elucidar la teoría del padre y del significante
Nombre del padre.
. La segunda observación, íntimamente vinculada a la primera: no abordo tampoco las
razones epistemológicas internas al desarrollo del psicoanálisis más allá de aquello que el
propio Freud ya dijo en su texto. Sin embargo, no hay dudas que el texto una vez escrito por
Freud, cayó como un guante en el montaje del psicoanálisis.
. Finalmente, el tercer comentario se refiere al hecho de que para avanzar en esta
comunicación he tenido que dejar también de lado el debate sobre el interés íntimo del propio
Freud – un judío ateo, como él mismo se autodefinió -, sobre este hombre, Moisés. – inventor o
fabricante de judíos. Por supuesto, esta separación entre la llamada “psicología del autor” y su
obra es artificial, pero pretender avanzar en todas las direcciones es de hecho imposible. No
obstante, os recuerdo que en este debate participan tanto psicoanalistas cuanto algunos eruditos
religiosos. Destaco rápidamente dos tesis extremas. Por un lado, la de Marthe Robert que en su
libro D’Œdipe à Moïse: Freud et la conscience juive (1974) nos dirá que el ensayo sobre Moisés
representa la resolución del complejo de Edipo de Freud a través del rechazo de la identidad y
del pasado judíos. Según esta psicoanalista, Freud quería, así como el mismísimo Moisés, ser
el hijo de su propia obra. Por otro lado, tenemos el libro Le Moïse de Freud, Judaïsme
terminable et interminable (1991) del profesor estadounidense Yosef Yerushalmi. Este
especialista argumenta que Freud estaba más apegado a la religión y a la cultura judía de lo que
él mismo pensaba de si propio. Finalmente, sugerirá que el psicoanálisis es una especie de
judaísmo purificado y ateo.
Dicho esto, pasemos ahora al texto de Freud del que todos recordamos anecdóticamente
que Moisés hubo de ser un egipcio y no necesariamente un judío.
El texto Moisés y la religión monoteísta está compuesto por tres ensayos. Los dos
primeros fueron escritos y publicados por separado antes del exilio de Freud en Londres. Era el
tercero que Freud temía de hecho publicar, según confidencio a Lou-Andrea Salomé y a Arnold
Zweig. Pero ¿qué tiene de peligroso este tercer ensayo publicado poco antes de su4
fallecimiento? Una cosa es cierta, no se trata de la deconstrucción del personaje de Moisés, pues
esto ya había sido hecho en las dos primeras partes.
Veamos rápidamente de que tratan estas dos primeras. En estos ensayos Freud no afirma
nada que no hubiese sido ya dicho por otros antes de él como, por ejemplo, Heródoto, J. Goethe
(1749-1832), Friedrich Schiller (17759 -1805), Ernest Sellin (1867-1946) y Eduard Meyer
(1855-1930). En realidad, el mérito freudiano fue el de reunir y sintetizar una serie de
informaciones y tesis sobre la existencia de un primer y breve monoteísmo egipcio, sobre la
identidad egipcia de Moisés, sobre el hecho de que éste fuera asesinado por las tribus judías
después del Éxodo, sobre la existencia de un segundo Moisés – sacerdote de un dios volcánico
de la región de Cadès llamado YAHVE – sobre la mezcla de diferentes tribus no necesariamente
todas semitas antes la conquista de Palestina y, finalmente, la continuidad de la práctica egipcia
de la circuncisión entre los judíos.
En resumen, Freud nos dice que Moisés no es el que pensábamos que era, aquél que la
narrativa judía terminó de establecer alrededor del siglo 5° A-C. después de siglos de tejido y
retejido discursivo. En cierto modo, el viejo Freud repite el gesto juvenil cuando dijera que el
Moisés de Miguel Ángel (1914) no era el Moisés enojado con sus elegidos que todos creían. Es
como si Freud siempre nos dijera: ¡Moisés nunca está allí, donde nosotros pensamos!
En suma, en mi opinión, lo que se destaca de estas dos primeras partes es lo siguiente:
Moisés no pasa de un personaje de ficción, pieza clave de la narrativa judía que tardó 8 siglos
en tomar su forma actual, siendo el elemento decisivo de su construcción discursiva el rechazo
judío en admitir haber matado a Moisés – el hombre del éxodo. Por otro lado, creo que si Freud
se dio todo este trabajo fue porque quería purificar el judaísmo actual para volver a la forma
deseada por su Moisés, es decir, el primero, aquél egipcio que despreciaba los sacrificios, los
ceremoniales y que negaba ferozmente la inmortalidad del alma, así como la posibilidad de
representar a este dios radicalmente nuevo que solo exige de sus elegidos fe y una vida de
verdad y justicia.
Llegados a este punto, pasemos ahora a la tercera y última parte del texto de Freud
escrito en Londres. Esta es precisamente la parte maldita. ¿Y por qué tanto odio por estas
páginas? Por la simple razón de que es allí donde Freud esclarece cómo el odio, inventado al
mismo tiempo que el monoteísmo judío, nos invade a todos, más allá del hecho de uno ser judío,
cristiano, musulmán, budista o ateo. En resumen, el odio se convierte en patrimonio de nuestra
humanidad, no pudiendo ninguna religión exterminarlo ni anestesiar su naturaleza destructiva.
Por otro lado, este ensayo es también odiado porque pone en evidencia el pensamiento5
freudiano en todo su esplendor. En realidad, este texto termina acaparando el odio destinado a
Freud y a su propia criatura: el psicoanálisis.
En este último y tan odiado ensayo, Freud retoma explícitamente su tesis sobre el
asesinato del padre primitivo anunciado en Tótem y Tabú (1912). Esta operación intelectual le
permitirá encajar de una manera inusitada todos los elementos historiográficos y arqueológicos
recopilados anteriormente.
Así es como Freud establecerá una continuidad entre algunos personajes:
. El padre primitivo, que fuera asesinado por un “bando de huérfanos” que después de
su muerte pasaron a ser “hijos”, dedicados al tótem de aquél;
. El faraón Akhenaton que, aunque muerto y olvidado por su pueblo, acabo siendo
recordado por uno de sus seguidores – Moisés
. Moisés el egipcio, asesinado a su vez por aquellos que él mismo había elegido como
siendo los “elegidos” – los judíos – y que al negar este horrible acto acabaron por inventar ese
personaje de ficción que nunca existió en carne y huesos, es decir, Moisés – el único profeta
hecho retrospectivamente judío que se atrevió a hacer a Dios la única pregunta que cuenta:
¿quién eres tú?
. Y finalmente, este otro judío, Jesucristo, quien, si bien afirmó ser el Mesías tan
esperado, fue enviado por los sujos a la cruz.
En suma, según Freud, esta serie de personajes, todos muertos trágicamente, y muy
especialmente la negación del asesinato del primer Moisés por parte de los que se auto-
fabricaron judíos, está en causa en el largo proceso de invención del odio.
Como dije, Freud retoma Tótem y Tabú. Pero esta vez, curiosamente, agrega un
elemento con respecto al texto de 1912. Freud recuerda que este sentimiento mixto de amor y
odio hacia el padre de la horda primitiva será el objeto de una primera transformación a partir
del asesinato, dando lugar así en el nacimiento de la culpa. Ésta da su fuerza al tabú del incesto
y al tabú del parricidio que de cierta forma continúan la voluntad del jefe primitivo. Entonces
la novedad aportada en 1938 es otra. Esta es precisamente la tesis sobre el surgimiento radical
de «la alianza de los hermanos» o el contrato social de igual derechos para todos gracias al cual
todos reconocen la necesidad de renunciar al ideal de obtener para si el puesto de aquel padre
inventado a posteriori. Esta creación psicosocial, si se puede decir, no tiene precedentes: es
inédita. A esta alianza de igualdad de derechos, las mujeres no pertenecen de inmediato. De
este modo, ellas heredan el «poder perfecto» del padre primitivo, traducido parcialmente en los
albores de la humanidad por la institución social del matriarcado.6
Entonces, desde el principio de los tiempos, la humanidad siempre ha sentido una
mezcla de amor y odio a la que llamamos con Lacan hainamoration así como también culpa
inconsciente derivada del asesinato del jefe primitivo convertido retrospectivamente en padre.
Sin embargo, para sentir odio la humanidad tuvo que esperar pacientemente hasta la
consolidación de la narrativa judía, el asesinato de Jesús, la promulgación de es falsa solución
encontrada por ese judío también ciudadano romano – Saulo de Tarso – para calmar la culpa
(“amáis al prójimo como a ti mismo”) y, por último, la inexplicable negativa judía en participar
del progreso era la confesión paulina de haber asesinado Dios.
Entonces, el odio a los judíos no es el odio a aquellos que mataron Dios, así como
también sus representantes en la tierra, Moisés y Jesucristo. En realidad, el odio a los judíos es
el odio mismo a la idea de Dios. De un Dios, inventado universal, único e indescriptible. Esta
invención, dijo Freud, es parte del progreso de la espiritualidad. Gracias a este paso dado por la
humanidad, el pensamiento del científico moderno fue posible mucho más tarde. Por lo demás,
el psicoanálisis surgirá de un pliegue del pensamiento científico moderno diferenciado del
religioso.
Esta tesis freudiana sobre el progreso de la espiritualidad me permite volver a este dios
inventado por Moisés, que a su vez fuera inventado por judíos que afirmaban ser sus
descendientes, todos elegidos de un único y mismo dios universal. Esta nueva idea de Dios hará
que las religiones sean en adelante imposibles de ser traducidas. En cierto modo, el pilar de los
navegantes del rio Sena paso a ser algo impensable hoy en día debido al dios de Moisés. Es este
que al imposibilitar la traducción ecuménica imaginaria instala definitivamente en la historia
de los hombres un verdadero agujero en lo simbólico.
Los humanos confrontados con este agujero real quedan condenados a vivir lo que yo
llamaría la paradoja de Moisés o del mandato mosaico: la necesidad de recordar, al mismo
tiempo que el futuro debe siempre ser dejado abierto o en suspenso sin ningún Mesías lo pueda
venir a cerrar.
Pero éste Moisés es el Moisés de Freud y no necesariamente el de la religión judía,
estructurado precisamente a partir del rechazo de su asesinato como cualquier narrativa
psicótica y a partir del cual todos los demás monoteísmos solo pueden también fallar en el
intento de erradicar el odio, sentimiento ahora distinto del amor.
Entonces, según Freud, la única forma posible de tratar la culpa inconsciente que anima
tanto el odio como el amor sigue siendo la práctica del psicoanálisis, es decir, su invención que,
como el pensamiento científico, inscribe una diferencia en el progreso de la espiritualidad.7
Al llegar al final de esta comunicación, yo diría que el psicoanálisis no es el único
dispositivo discursivo capaz de permitir este trabajo de derivación del odio ya que también está
la democracia, este otro dispositivo discursivo inventado por «la alianza de hermanos», de los
hermanos condenados a recordar la propia orfandad de origen, al tiempo que se auto-imponen
la obligación de mantener abierto en el horizonte un tiempo futuro aun por venir.

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