Michel Ferrazzi – EL ODIO DESCALIFICADO

París, 28 septiembre 2019

Me lanzo ante ustedes en una operación peligrosa y en absoluto políticamente correcta en estos momentos en que nuestro parlamento va a votar una ley contra la de incitación al odio en la RED. Voy a intentar demostrar que sin la presencia del odio en su estructura, un sujeto incurre en una reducción patológica de sus capacidades psíquicas. Es lo que podemos observar en una tendencia en la cual el origen es ciertamente el Nacismo y las exterminaciones a las que ha podido dar lugar, y que hoy en día parece, el núcleo escondido, la referencia ignorada por la consciencia (los que no lo han vivido podrían fácilmente resistirse a su recuerdo, como si la banalización de todo esto nos fuera bien). La conciencia puede prescindir de eso y podemos oír en filigrana en discursos cada vez más divulgados por personas que se creen portadoras de la verdad absoluta y que entonces sistemáticamente se sienten víctimas, que su verdad que ellos consideran como la verdad, es pisoteada. Al menos lo viven así cuando esta no es simplemente negada.
Aquí pienso efectivamente en los atentados pasados y por venir pero también en las personas que la toman con los carniceros porque consideran el sacrificio de los animales como un crimen. ¿ Dicen lo mismo del Holocausto ?
Podríamos encontrar muchos otros duplicados de este tipo de conducta, en los que se lleva un mensaje de destrucción en nombre de la vida.

Estos ejemplos son ciertamente extremos y para intentar comprender mejor lo que se pone en juego a partir de ellos, me apoyo en la idea de un movimiento más profundo que la forma ‘’socializada’’ que puede tomar, más general también y que impregna nuestra organización psíquica y nuestra organización social actual. Freud escribía en septiembre de 1927 en « El futuro de una ilusión » (Edición PUF página 79 y 80 ) ‘’La ciencia nos ha aportado la prueba a través de numerosos e importantes éxitos, de que ella no es una ilusión … »
No, nuestra ciencia no es una ilusión pero sería una ilusión creer que podamos encontrar fuera lo que ella no puede darnos. Qué desilusión, pero sobre todo qué atrincheramiento, en nombre de querer hacer una ciencia, de aquello que el psicoanálisis podría aportar. Aquí entramos ciertamente en la perspectiva de lo que Lacan exigía que aportara el psicoanálisis (¿ y los psicoanalistas?)

En este texto, Freud avanza la idea de que la ciencia podría reemplazar a la religión y permitir liberarse al hombre , quien podría aportar la sabiduría y prudencia que la religión no ha conseguido instaurar. Si esto puede entenderse como lo concerniente a los excesos y perjuicios que la religión ha justificado y que sigue justificando aún. No se puede decir lo mismo en cuanto a un acceso a la sabiduría tal como Freud la presenta, es decir que vendría con el conocimiento y la inteligencia.
La asimilación optimista de estas dos cualidades que son la sabiduría y la inteligencia estará en el
centro de mis palabras.

La sabiduría implica una cierta renuncia a los intereses de mi yo, que desde luego, puede abrirse entonces a la sublimación, pero también fallar este futuro para abrirse a la idealización que bien pareciendo cercana, es fundamentalmente diferente. Esta es básicamente la cuestión del lugar de la sabiduría y de la ética que podría acompañar la una o la otra. La sublimación hace que un ser humano débil y defectuoso pudiera acceder a un estado superior en nombre de una ética, mientras que la idealización proyecta directamente al sujeto hacia la gloria sin que él haya tenido que verse débil y defectuoso. La idealización se abre al fanatismo y no solamente al fanatismo religioso sino también vegano, científico y desde luego, estadístico. Así, la sublimación se abre a la humildad y a la renuncia. La idealización, se abre al orgullo del yo-ideal y por lo tanto al fanatismo.
Podemos pensar que esto no es nuevo y que desde hace mucho tiempo la idealización destrona a la sublimación. Hemos visto en Francia una revolución que ha terminado así, otras en la Unión Soviética tienen otra versión. Es un punto importante identificarlo porque si el odio no fuera originario, tendría ahí su papel que jugar para hacerse un sitio sobre la marcha, pues el odio no puede existir sin la idea de una pérdida a nivel del yo-ideal, pérdida debida a la presencia del otro(a) y que se acompaña siempre de una pulsión destructora.

La actualidad de la ciencia moderna y sus progresos podrían aportar la sabiduría debida al conocimiento y no la ceguera debida a la verdad. Pero ¿ la capacidad de inventar y de crear no sobrepasa la capacidad imaginaria y de representación del sujeto ?
Parecería que en situaciones cada vez más frecuentes, el sujeto no puede identificarse con lo que es capaz de producir y para ser más preciso, no puede identificarse sin peligro a lo que produce pues esto podría llevarlo más allá del yo-ideal y de todo el poder que ha soñado o del que sigue soñando aún. Así, no tiene pues muchas opciones : o acepta lo que va a organizar una parte de su vida y se hunde en un movimiento que lo lleva entonces a una situación de gran dependencia frente a una instancia tutelar vivida como implacable, o domina este producto con riesgo de percibir un sentimiento de poder. (Pero ¿a qué precio ? ¿ Cuántos ingenieros y científicos terminan en nuestras consultas porque han asumido esta opción?)
Quizás hay algunos que abusen de ello como utilizaríamos una llave inglesa, sin compromiso de una moción identificadora que la reduciría a un producto nuevo creado con esa intención. Esto sería el aspecto más neutro y el más tranquilizador relativo a este punto, a condición de postular que esta gente es una forma nueva o evolucionada de adaptación y comprensión de los medios de los que disponen, pero entonces hay poco margen con un poder que puede confinar en la omnipotencia.
Yo pienso más bien que lo que el hombre puede producir actualmente gracias a la modernidad de la ciencia, no puede identificarse con lo que él es y que esto crea un desfase dramático entre lo que es y lo que hace. Entre su ‘’vida interior’’ y las consecuencias exteriores de sus actos.
Quizás es ahí dónde el odio es descalificado, donde el afecto está desconectado del acto. Ya no hay necesidad del odio para destruir. Entonces nos enfrentamos con el nacimiento de un yo ideal, de un superyó sobrecargado de una energía psíquica que no puede simbolizarse ni imaginarse y que se traduce por una presión destructora que reactiva la pulsión de muerte, que podemos preguntarnos si no es proyectada sobre el otro para proteger al sujeto.

Esta muerte vamos a poder verla organizarse según dos movimientos cuantitativamente diferentes pero que están unidos cualitativamente. Por una parte una forma bruta, en el sentido de pura, sin preparación alguna de la pulsión y de su destino que va a revelarse a través de actos extremos, siendo el extremismo quien va a salir ganando.
Por otra parte una forma más suave, más insidiosa de limitaciones impuestas al sujeto en nombre de la verdad adquirida y que le impide pensar, imaginar, asociar y actuar como lo haría según sus propios datos. Esto es un poco como frente a la ley, pero es la ciencia (y los que la explotan técnicamente) los que imponen al sujeto un modelo que le es extraño. Por ejemplo : no, a la gente que toma un complemento para la tiroides no le ha molestado la nueva formula (130.000 personas nada menos). Esto genera otra experiencia de la muerte que es la modificación, no con relación al significante sino de la existencia y de la función del significante en sí mismo. El sujeto se ve en la obligación de hablar un idioma que no es el suyo.

Nuestra compañera del seminario de Grenoble, Rachel Saccomani, nos recordaba en su intervención la declaración de Roland Barthes en 1977 en su lección inaugural de semiología literaria en el colegio de Francia que declaraba : « El fascismo no es impedir hablar a la gente, sino obligar a decir ».
Pero, decir ¿en qué idioma ?

Sobre el odio en sí mismo, podemos pensar que hay dos tipos de odio o dos destinos del odio. No sé cómo decirlo, así que vamos a conservar esta referencia. Estaría el odio ‘’ordinario’’ que participaría en la asunción del sujeto y que lo haría estar de pie y ahí me refiero a la colega Anne-Marie Anchisi que intervino en el seminario de Grenoble.
Este odio que podríamos calificar de primario o primero (evito el término de primordial pues es dificil y seguramente poco interesante para nosotros saber si está presente en el patrimonio natural del individuo o si es adquirido).
Este odio primario permitiría una apertura en el campo psíquico del recién nacido, pues si solo hubiera amor, estaría encerrado en un marco psíquico que lo llevaría a la omnipotencia del amor al Otro. Permitiría una primera negación, que desde luego no está pensada pero que puede proyectarse en el entorno del recién nacido permitiendo así ‘’colorear’’ y calificar el amor y el apego, haciéndolo alternar con otro organismo.

Por otra parte la práctica psicoanalista nos enseña, cuando escuchamos decir a madres hasta qué punto se sienten incómodas al reconocer que ellas mismas habían tenido movimientos de odio y de rechazo hacia sus bebés. Cierto, breves y poco argumentados, fugitivos pero bien presentes, como si ellas mismas necesitaran volver a ese odio primario para librarse de la trampa del amor.
Siendo el tema de trabajo de Análisis Freudiano para el año próximo sobre el amor, ‘’La trampa del amor » sería un tema interesante.

Este odio, y este es el problema, está totalmente unido a la carencia. Podríamos escribir que odio falta, o si preferimos, el odio estaría unido al riesgo de falta allí dónde el amor debería producirse de lleno. De esto se trata, del riesgo de la amenaza de una falta. Tanto para el bebé como para la madre.

Entonces el odio primario permitiría un acceso futuro a la inteligencia, sacando al sujeto de la burbuja que produce la ilusión de plenitud. La que se busca desesperadamente en el disfrute y en el consumo.

El segundo tipo o la segunda parte del odio, es cuando encuentra su objeto que podríamos calificar de libidinoso y que puede producir entonces en algunos sujetos, una fijación más o menos aislada en su funcionamiento psíquico. El odio encuentra así el objetivo sobre el que no había conseguido centrarse precedentemente por razones que podríamos calificar de protectoras. Como si algunos niños pequeños necesitaran protegerse, no de un retorno negativo que podrían sufrir encontrando una carencia, sino de un mensaje. Un primer envío que les ordenaría neutralizar la proyección odiosa que pueden enviar pero también la que podrían recibir.
Una u otra de estas proyecciones se vuelven entonces peligrosas y van a dirigirse hacia el otro(a).
Es una hipótesis y no voy a desarrollarla más adelante. Lo que parece importante es la configuración que entra en juego cuando el odio se fija sobre un objeto y que entonces, podríamos tener fácilmente la impresión de que tratamos con individuos con falta de inteligencia. De hecho pueden ser muy instruidos (incluso dirigir países), ser expertos en su campo, pero les falta algo esencial que Lacan roza con la pertinencia que lo caracteriza en este tipo de observaciones, que puede hacer ‘’de paso’’ sin profundizarlas pero que abren un campo hasta entonces cerrado. Él dice en « Otros escritos » en las ediciones Seuil (p.516) : « Conocer se presta a la metáfora ».
Prestar a , está bien dicho y esto permite detectar lo que está en juego cuando un bebé no puede vivir, sentir y proyectar su odio sobre el organismo exterior del que depende, pero también cuando una madre no puede permitirse odiar a este bebé que le da tanta satisfacción pero que amenaza con invadirla. Algo en la mente se cierra entonces y la inteligencia tal y como podemos entenderla cuando se trata de leer entre líneas, se aparta, relega y no se abre sobre el campo psíquico que permite una jugada, en modo metafórico. Es quizás cuando el odio se fija sobre un objeto y produce un pensamiento paranoide incluso paranoico, produce el racismo en diferentes formas, pero también produce gente muy instruida, muy técnica y completamente integrada en el movimiento científico del momento, del que podemos entonces decir que si permite ocultar una forma de locura deshumanizante, también puede participar en la deshumanización de los individuos que sufren este movimiento. Se trataría entonces de una locura ordinaria incluso necesaria que justificaría las decisiones más locas (poner nanopartículas en el dentífrico sabiendo que pueden penetrar en las células y que no conocemos aún sus consecuencias).
Aquí vemos como medios de conocimiento y producción pueden rebasar el estatus actual del sujeto.

Tomemos de nuevo el ejemplo del famoso complemento para la tiroides modificado por razones puramente económicas que tiene por objetivo la apertura de un nuevo mercado. En Francia, 130.000 personas han tenido efectos secundarios más o menos marcados. ¿Qué les responden ? Que la nueva fórmula ne puede ser la causa de sus trastornos. Dejemos la polémica médica a quien corresponda. El problema que nos incumbe es el siguiente ; ¿ estas personas tienen el sentimiento de ser amadas o de ser odiadas por aquellos que se supone han de cuidarlos (osea negarlos!) ?
No saben si los quieren bien o mal, como si el amor y el odio se hubieran aglomerado en una única entidad.

A partir de ahí dos soluciones se abren al sujeto que sufre esto :
-Adoptar el idioma que preside este movimiento y esto incluso si ese idioma no es el suyo, y no permitirse hablar otro.
– O bien perder su latín y no comprender nada.

Es aquí, o al menos es lo que yo pienso, dónde el odio es descalificado. Lo que tenemos aquí no es un ejemplo sino un esquema. Muchas decisiones tomadas por padres o por organismos de estado responden a este esquema. Sería más simple si el odio pudiera reconocerse y jugar su papel desde el principio.

Perder su latín, quiere decir perder el ‘’significado’’ de su propio discurso, como si el odio pudiera volverse contra el significante. Pero yo no creo en una tal hipótesis que haría confundir la causa con el efecto.
Yo decía, en un momento de este trabajo que no hay odio sin carencia y es ahí quizás donde se cuestiona el significante. Es la prueba que hay una carencia en el Otro, carencia que puede asimilarse a veces a un vacío, un hueco, y se transforma en inaceptable. Como respuesta encontramos la tentativa de instaurar un Todo sin carencia que vendría a recubrir al sujeto aún a riesgo de ignorarlo. Es desde luego un efecto del discurso capitalista y el alineamiento de la ciencia sobre él. Entonces se dibuja un Otro sin hueco, es polifacético, es un amo absoluto, que no se equivoca nunca, que está en posesión de la verdad y del que podemos pensar que nos ama, si bien puede del mismo modo odiarnos.

Esto es de una violencia inédita.

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