«hay personas que no habrían estado nunca enamoradas
si no hubiesen oído nunca hablar del amor»
La Rochefoucauld

Resumen
Este ensayo es una síntesis de la estructura Real, Simbólica e Imaginaria de J. Lacan, explica como a partir de esta surge la “Hiancia” o abertura psíquica, la cual oculta fantasmas o contenidos reprimidos que son encarnados por relatos o mitos los cuales toman vida a través de la literatura u otra manifestación artística. Con el nexo o contrato del “Pacto de la Verosimilitud” un autor revive en su lector elementos conscientes, o rastros de su mismo inconsciente según la narrativa que esta experiencia vaya tomando.
Palabras Clave: Estructura R.S.I, Hiancia, Pacto de Verosimilitud.

Comienzo con una cita de Función y campo de la palabra muy cercano a su epílogo: Las símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo a aquellos que van a engendrarlo «por el hueso y por la carne», que aportan a su nacimiento con los dones de los astros, si no con los dones de las hadas, el dibujo de su destino, que dan las palabras que lo harán fiel o renegado, la ley de
los actos que lo seguirán incluso hasta donde no es todavía y más allá de su misma muerte, y que por ellos su fin encuentra su sentido en el juicio final en el que el verbo absuelve su ser o lo condena -salvo que se alcance la realización subjetiva del ser-para-la-muerte.

Hablando del Hombre de las Ratas; “En verdad, como sucede siempre en la vivencia real de los neuróticos, la realidad imperativa de lo real pasa muy por delante de todo lo que la atormenta infinitamente, incluso en el tren que lo lleva efectivamente en la dirección contraria a la que debería ir para cumplir con la ceremonia expiatoria frente a la dama del correo; se dirige hacia Viena pensando en cada estación que aún puede descender, cumplir todo el rito.”

El mito, en un obsesivo, es personal, su relato absorbe todas las dimensiones de su vida, anulando psíquicamente incluso aquello que racionalmente podría traerle una vida menos problemática.
Lacan, acusado de manera sensacionalista de ser el exegeta de Hegel, incluye en su obra el discurso de la dialéctica del amo y del esclavo, en donde a diferencia del primer autor, explica que quien goza en esta relación es el esclavo ya que puede entregarse libremente a los designios del deseo (alcanzando el goce) ya que hay un amo, un otro, que sostiene la relación, el sólo debe ocuparse de evitar la muerte, a la cual le debe temer. Sus cadenas suelen ser muy cómodas.

Bajo esta premisa, la dialéctica del amo y del esclavo es una red de símbolos total, donde la “falta” habla de un inconsciente que sólo puede manifestarse a través de la metáfora.
Se sigue: “A saber, a la oposición entre palabra vacía y palabra plena; palabra plena en tanto que realiza la verdad del sujeto, palabra vacía en relación a lo que él tiene que hacer hic et nunc (Aquí y ahora) con su analista, situación en la que el sujeto se extravía en las maquinaciones del sistema del lenguaje, en el laberinto de los sistemas de referencia que le ofrece el sistema cultural en el que participa en mayor o menor grado. Una amplia gama de realizaciones de la palabra se despliega entre estos dos extremos.
¿Incluso admitiendo que en efecto sea el ego —como suele decirse— el que dirige nuestras manifestaciones motrices y, en consecuencia, la emisión de esos vocablos que se llaman palabras, podemos decir que, en nuestro discurso actualmente el ego sea el amo de todo lo que entrañan las palabras?“
Entendiendo que la palabra -como realización- puede tomar significados en diversos sentidos, existe una verdad subjetiva a la que apela el autor, un contenido que encarna un relato personal. Al hablar de laberinto de los sistemas de referencia precisamente se apunta a esto, haciendo el primer guiño hacia los registros de este lenguaje: simbólico, imaginario, real.

La condición del inconsciente es la del lenguaje, este enunciado –constantemente proferido por los miembros de la escuela Lacaniana- refiere precisamente a que al existir símbolos que se transmiten en la multiplicidad de significantes que otorga una comunidad lingüística, lo que se transmite es la elocución de sonidos hacia otro, el cual representa otro significante –o connotado- en sí mismo. El infinito continúa.
Por ahí se dijo: El síntoma es aquí el significante de un significado reprimido de la conciencia del sujeto. Símbolo escrito sobre la arena de la carne y sobre el velo de Maya, participa del lenguaje por la ambigüedad semántica que hemos señalado ya en su constitución.

Julien replica: “Veamos al Hombre de los Lobos (análisis detallado por Freud como caso emblemático de una incipiente psicosis, Lacan lo revisa en su seminario introductorio -1). No hubo para él Bejahung, realización del plano genital. No hay en el registro simbólico huella de este plano. La única huella que tenemos es la emergencia, no en su historia, sino realmente en el mundo exterior de una pequeña alucinación. La castración, que es precisamente lo que no ha existido para él, se manifiesta en la forma que él se imagina: haberse cortado el meñique, tan profundamente, que sólo se sostiene aún por un pedacito de piel. Le invade entonces el sentimiento de una catástrofe tan inexpresable que ni siquiera se atreve a hablar de ello a la persona que se encuentra a su lado. Aquello de lo cual no se atreve a hablar es lo siguiente: es como si esa persona a quien le relata enseguida todas sus emociones se hubiera anulado. Ya no hay otro. Existe algo así como un mundo exterior inmediato, manifestaciones percibidas en lo que llamaré un real primitivo, un real no simbolizado, a pesar de la forma simbólica, en el sentido corriente del término, que adquiere este fenómeno.”
Sentencia: “Hay pues allí, a nivel de una experiencia totalmente primitiva, en ese punto de origen donde la posibilidad del símbolo abre al sujeto a cierta relación con el mundo, una correlación, un movimiento, un balanceo que les ruego comprendan: lo no reconocido hace irrupción en la conciencia bajo la forma de lo visto.”
La conclusión de Freud luego de este caso, revisada por Lacan y Julien que llegan en mayor o menor medida al mismo término, es que la psicosis es una primera manifestación del ser de la incapacidad de simbolizar la realidad. Freud habla de un no – acceso al mundo simbólico debido a la renegación, mecanismo en el cual se sustituye la representación de la ley del padre por una estructura netamente imaginaria. Distinta a la represión, donde por presencia de la castración perpetrada por el Padre se genera una estructura neurótica. En ésta última estructura hay una vuelta a lo reprimido a través de la metáfora, en la psicosis –donde la tensión se genera entre el yo y el mundo- la represión ni siquiera ha sido admitida en lo simbólico, por lo tanto el retorno o el síntoma es una alucinación o una persecución. Todo esto bajo una estructura que cambia en cuanto a sus retornos pero sin permitir un salto o un cambio entre una estructura u otra.
Análisis fenomenológicos de estas estructuras, como es el caso de Kernberg, hablan de un continuo entre estructuras neuróticas, limítrofe y psicoticas, incluyendo el borderline, estadio intermedio entre la neurosis y la psicosis. La diferencia fundamental con Freud fue que Kernberg no habló de un mecanismo distintivo de cada estructura. Cada estructura se pondera según las defensas que primen en el individuo, habiendo una clasificación de los mecanismos en primarios y/o avanzados.

Las diferencias doctrinales entre una teoría u otra dependen de la posición epistémica que tengan los autores. La psicosis en sí misma es una representación (tomada en un sentido distinto al cogito cartesiano), en donde arbitrariamente se atribuye un contenido psíquico
a una situación que se repite mentalmente en el individuo que le impide hacer nuevas construcciones de la experiencia que avanza. Ya que no hay un acceso “fluido” al plano simbólico, mermando totalmente el acceso al plano real de la misma consciencia. La psicosis como pérdida de esta capacidad de simbolización es también una respuesta al trauma en donde el único registro posible es el real. El registro simbólico en el que se mueve el neurótico (el cual puede tomar un retorno obsesivo, histérico o fóbico), tiene puntos de fuga o espacios en el discurso los cuales representan pulsiones reprimidas que pueden conocerse a través del correcto uso del psicoanálisis, o bien se expresan de acuerdo a los mitos que rigen el inconsciente del ser. Comienza a hablarse de “hiancia”.
Hiancia traduce el término francés, anticuado y literario, “béance”, que significa “agujero o abertura grande”. También es un término técnico que se usa en medicina para mencionar la abertura de la laringe. En inglés, suele traducirse por “gap” (abertura, hueco, brecha).
Lacan usa la palabra “hiancia” para referirse a distintas nociones. Por ejemplo, en un principio, habla de una “hiancia interrogativa”, que se experimenta en la locura, cuando el sujeto queda perplejo por los fenómenos que sufre (como las alucinaciones).

Más tarde, el término va a referirse a la ruptura primordial que hay entre el hombre y la naturaleza. Esta separación se hace evidente, por ejemplo, en el estadio del espejo: “El ser humano tiene una relación especial con su propia imagen —una relación de hiancia, de tensión alienante—.”
Precisamente, la función de lo imaginario es “rellenar” esta hiancia; así, se cubre la división del sujeto y se muestra un sentido (imaginario) de unidad, de completud. No olvidar que el autor describe el fenómeno de esta completud como un movimiento Gestáltico de la psiquis.
El término también fue usado por Lacan en el contexto de la relación entre los sexos: “En la relación entre el hombre y la mujer […] siempre subsiste abierta una hiancia”. Esto tiene que ver con posteriores elaboraciones lacanianas, las que famosamente proponen que “no existe relación sexual”.

Prosigo con otra cita, también de Lacan al referirse a Freud: “Si ustedes profundizan esta particular polarización, les resultará mucho más fácil abordar ese fenómeno ambigüo denominado «déja vu», que se sitúa entre esos dos modos de relación: lo reconocido y lo visto. En el caso del «déja vu» algo es llevado a su límite último en el mundo exterior y surge con una pre-significación especial. La ilusión retrospectiva remite ese precepto, dotado de una cualidad original, al dominio del «déja vu». Freud no nos habla de otra cosa cuando afirma que toda prueba del mundo externo se refiere implícitamente a algo que ya había sido percibido en el pasado. Esto se aplica al infinito: De cierto modo cualquier precepto implica necesariamente una referencia a un precepto anterior.

Somos así llevados al nivel de lo imaginario en tanto tal, al nivel de la imagen modelo de la forma originaria. No se trata de lo reconocido simbolizado y verbalizado, sino más bien de los problemas evocados por la teoría platónica, no de la rememoración sino de la reminiscencia.”

Hasta aquí podemos entender que lo simbólico es una posibilidad del ser cognosecente de abstraer un elemento primitivo del ambiente para transportarlo, reducirlo, o ampliarlo como entidad mental. De esta forma lo real se vuelve una cadena de significantes que se ordenan según las defensas primitivas o avanzadas que despliegue el aparato psíquico del sujeto. Las cuales tienen por función la protección del Yo el cual filtra la realidad según la fuerza yoica, o la efectividad o sofisticación de sus defensas.

Siguiente cita: “En el origen suponemos todos los ellos, objetos, instintos, deseos, tendencias, etc. Se trata pues de la realidad pura y simple, que en nada se delimita, que no puede ser aún objeto de definición alguna; que no es ni buena ni mala, sino a la vez caótica y absoluta, originaria. Freud se refiere a este nivel en Die Verneinung cuando habla de los juicios de existencia: o bien es o bien no es. Aquí es donde la imagen del cuerpo ofrece al sujeto la primera forma que le permite ubicar lo que es y lo que no es del yo. Pues bien, digamos que la imagen del cuerpo -si la situamos en nuestro esquema- es como el florero imaginario que contiene el ramillete de flores real. Así es como podemos representarnos, antes del nacimiento del yo y su surgimiento, al sujeto.”

Esto puede entenderse, de manera somera o -quizás en un sentido más burdo aunque más didáctico- como un compromiso ontológico o una posición “realista” dentro de la epistemología que se use. Entendiendo que se hace un juicio y se compromete con la existencia de una entidad que puede o no responder a las leyes (tradicionales) de la física.

Continúa el mismo seminario: “Para que la ilusión se produzca, para que se constituya, ante el ojo que mira, un mundo donde lo imaginario pueda incluir lo real y, a la vez, formularlo; donde lo real pueda incluir y, a la vez, situar lo imaginario, es preciso, ya lo he dicho, cumplir con una condición: el ojo debe ocupar cierta posición, debe estar en el interior del cono.”

Al intentar ocupar un modelo explicativo de las dimensiones de la psiquis, Freud utiliza la metáfora de un microscopio, donde la capacidad de un ojo cóncavo absorbe ases de luz de manera invertida que luego procesa dentro de su interioridad como una imagen real. Al mismo tiempo toca el punto de la belleza de la verdad, concepto más ligado a Nietzche en la Gaya Ciencia, donde explica que la belleza así como la verdad necesita una distancia para ser apreciada.

A la vez se entiende que, como buen modelo explicativo, posee los sesgos propios del tiempo en el cual cada uno es hijo de una circunstancia; así Lacan dice:
“Como sucede con frecuencia, el ojo es aquí el símbolo del sujeto. Toda la ciencia se basa en la reducción del sujeto a un ojo, por eso está proyectada ante ustedes, es decir objetivada; les explicaré en otra oportunidad este punto. Hubo un año en que alguien había traído una construcción muy buena de la teoría de los instintos, la más paradójica que yo jamás haya oído, en la cual se entificaban los instintos. Al final, ni uno quedaba en pie; en ese sentido era una demostración útil. Sería preciso, para relucirnos por un instante a no ser sino un ojo, que nos situásemos en la posición del sabio que puede decretar que él sólo es un ojo, y colocar un letrero en la puerta: No molestar al experimentador. No ocurren así las cosas en la vida pues no somos un ojo. ¿Qué significa entonces este ojo que está aquí?”

A la vez podemos agregar otra pregunta: ¿Quién establece el correcto uso del ojo? Si es que existe una vanguardia en la percepción, un discurso mesiánico de acceso privilegiado a la verdad que conozca profundamente el ojo del panóptico Foucaultiano, o bien los próximos pasos del gran hermano. Lacan abre la misma interrogante y la cierra haciendo las veces de aforismo, explicando que el discurso del analista puede tomar un valor de verdad, una supra verdad, un conocimiento de la metaconsciencia, ingenuamente apelando a un saber absoluto. Julien recuerda parte de esta crítica proveniente del mismo Foucault que imposibilita la existencia de un dispositivo de psicoterapia al tornarlo en un dispositivo de poder (o un saber absoluto, como puede tornarse en la praxis, en la medida que se vuelva saber-poder), un instrumento de dominación que cosifica al “analizante” (denominación que se hace del “paciente”). El devenir de este argumento para Lacan es finalmente la imposibilidad de la Libertad como estado de consciencia, para Julien -hombre consciente de su contexto- es el primer paso al impulso creador, aquella potencial sublimación de la experiencia en la
obra artística, la salida creativa, la tercera vía.

Freud en el Malestar de la Cultura, intuye un final parecido, aunque lejos de elaborarlo en la lucidez de autores ya abiertamente posmodernos.

Siguiendo con el seminario ahora de Julien: “También el histérico o el neurótico obsesivo al igual que el psicótico, en tanto la influencia de la enfermedad los domina, pierden su relación con la realidad y, sin embargo, el análisis nos demuestra que no han roto su relación erótica con las personas y las cosas. La conservan en su fantasma, esto es, han sustituido los objetos reales por otros imaginarios basados en recuerdos o han mezclado ambos – recuerden nuestro esquema de la vez pasada – y, por otro lado, han renunciado a realizar los actos motores necesarios para la consecución de sus fines con tales objetos.

Sólo a este estado podemos denominar con propiedad «introversión» de la libido, concepto utilizado indiscriminadamente por Jung. El parafrénico se conduce muy diferentemente. Parece haber retirado realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, sin haberlas sustituido por otras en sus fantasmas. Ello significa que, en efecto, recrea ese mundo imaginativo. Cuando en algún caso hallamos tal sustitución, es siempre de carácter secundario y corresponde a una tentativa de curación que quiere volver a llevar la libido a su objeto.”

Luego: “(…) Les hablé del velo; la verdad se sitúa en el decir a medias, nunca se dice completamente, no miente, no dice toda la verdad, ella da señales de lo que decía Heráclito a propósito del oráculo de Delfos. Las formaciones del inconsciente constituyen los lugares en los que la verdad habla: el síntoma, el sueño, el acto fallido, el chiste, es decir que tiene una estructura de ficción según Lacan, y la ficción no es lo mismo que la mentira, la ficción es el arte y la poesía. Condensación metafórica, desplazamiento metonímico, es así como la verdad habla. Evidentemente ni claro ni oscuro sino más bien claroscuro”.

Primero “introversión” de la Libido, luego “introyección” del Yo, ambas dinámicas hablan de incorporar a la estructura psíquica discursos y contenidos provenientes del otro. El otro (con minúscula) en el sentido lacaniano implica un sujeto – objeto externo al individuo que a través de la dialéctica (del espíritu) llevan a cabo la ley del padre, y acentúan el miedo a la castración. La posición psicoanalítica de Lacan es la posición frente al otro y el alcance del goce. De manera que dependiendo del rol que éste tome; padre, madre, compañera, amigo, ciudadano, delincuente, etc, adquiere también una carga simbólica que permanece estable dependiendo si es que una nueva experiencia no incorpora otra variante. Es por eso que se habla de la “otredad” lacaniana.

 

La verdad habla de manera histérica es una de las conclusiones que salen del seminario de Julien, refiriéndose a que para expresar toda la verdad y tapar la hiancia, es necesario teatralizar el contenido antes reprimido. Una obra de teatro, una película, un libro, un mero relato pueden lograr este efecto, emocionar hasta las lágrimas al decir lo que la propia mente experimentó pero no tuvo los elementos necesarios para expresar, convertirlo en experiencia psíquica. Aquí también se ve una de las funciones de la ficción como elemento constructor de imaginarios.

Al abrirse a la posibilidad de un velo entendemos que puede haber una verdad dicha bajo un filtro que permite condensarla en la elaboración de un relato, casi nunca dicha en su totalidad, lo que invita siempre a la curiosidad del investigador. En el caso del analista, se invita a trabajar desde la transferencia (que Freud invita a su vez a evitar su exceso, Lacan se suma a esta moción), a intentar que el espacio terapéutico sea una expresión de verdad, un lugar de confianza y desarrollo de aquello que no se dijo en su momento, por el motivo que precisamente obligó a reprimir siendo – claro está- la dialéctica que otorga el elemento faltante para completar la Gestalt. De aquí pueden surgir todos los debates en cuanto a la postura ética y el deber que se tiene en lo profesional. No me explayaré en cuanto a esa discusión en este texto.

En cuanto a la ficción, como elemento concatenador y sublimador de experiencias, sabemos que va otorgando las piezas desde los registros imaginarios y simbólicos hacia la realidad del lector ideal. A través del “pacto de la verosimilitud”, contrato literario en donde el lector entiende que se le habla de un mundo posible, no necesariamente real, en donde los personajes adquieren características mágicas muchas veces, con la capacidad que un ser humano dentro de las leyes (tradicionales) de la física que le gustaría tener, por poner uno de los ejemplos de esta función.

Al captar esta estructura, el lector baja su barrera intelectual, su escepticismo de la verosimilitud de los hechos ahí contados.

Es por eso que dice Jean-Claude Carrière: “Necesito que me cuenten un relato –palabras más, palabras menos- que el arte de la imagen es la fotografía y no el cine. Que el cine es un arte dramático, que requiere de elementos que constituyan una puesta en escena creíble y comprensible que nos permitan alcanzar esa “suspensión de la incredulidad” que borre las fronteras entre la ficción y lo real, haciéndonos olvidar que estamos viendo cosas que solo tienen lógica dentro de la pantalla y que no son reflejo exacto del mundo en que vivimos.”

Aquí volvemos a la distinción entre los registros pero a la vez tomamos la posibilidad de la mentira, del relato que se superpone por una intención ignominiosa, defendiendo un interés por parte el emisor, una intención de a veces profitar con la realidad.

Es por eso que Lacan casi al final del primer seminario se explaya en esta línea: La palabra es la que instaura la mentira en la realidad. Precisamente porque introduce lo que no es, puede también introducir lo que es. Antes de la palabra, nada es ni no es. Sin duda, todo está siempre allí, pero sólo con la palabra hay cosas que son- que son verdaderas o falsas, es decir que son- y cosas que no son. Sólo con la dimensión de la palabra se cava el surco de la verdad en lo real. Antes de la palabra no hay verdadero ni falso. Con ella, se introduce la verdad y también la mentira, y muchos otros registros más.

Antes de separarnos hoy, coloquemos todo esto en una especie de triángulo de tres vértices. Aquí la mentira. Allí la equivocación, no el error, ya volveré sobre este punto. Y luego, ¿qué más?: la ambigüedad. Ambigüedad a la que está condenada la palabra por su propia naturaleza. Pues el acto mismo de la palabra, que funda la dimensión de la verdad, queda siempre, por esto mismo, detrás, más allá. La palabra es por esencia ambigua.

Simétricamente, se cava en lo real el agujero, la hiancia del ser como tal. Apenas intentamos aprehender la noción de ser, ésta se revela tan intangible como la palabra. Pues el ser, el verbo mismo, sólo existe en el registro de la palabra. La palabra introduce el hueco del ser en la textura de lo real; ambos se sostienen y se balancean mutuamente, son exactamente correlativos.

La noción del signo en Saussare -el cual une un significado a un significante- otorga un contenido a través de esta unión a la cadena de significantes en Lacan, es en esta unión que apela a una comunidad de hablantes, la cual tiene la posibilidad y la dirección que tome un discurso. Un discurso se construye hacia otros hablantes, los cuales se verán influenciados sólo en la medida que este discurso toque parte de su estructura psíquica. Es por eso que una mentira no es lo mismo que una ficción ya que cumplen funciones distintas, además de apelar a estructuras de esta misma psiquis distintas. Una busca la conveniencia, la otra, representar y dar significado (carne) a diversos fantasmas que ya existían en la misma comunidad lingüística.

Ya en el
epílogo del seminario, Lacan es interpelado por la posibilidad que existiera una correspondencia casi homóloga de un significado para cada significante, es aquí donde el autor se remite a un clásico para rebatir este punto:
Se trata exactamente de lo que aquí llamamos símbolo. El nomen (uso dado por San Agustín en su Disputatio de locutionis significatione) es la totalidad significante-significado, particularmente en tanto que sirve para reconocer, ya que es en base a ella que el pacto y el acuerdo se establecen. Es el símbolo en el sentido de pacto.
El nomen se ejerce en el plano del reconocimiento. Esta traducción está de acuerdo con el genio lingüístico del latín, en el que existen múltiples usos jurídicos de la palabra nomen, que puede emplearse, por ejemplo, con el sentido de título de crédito.

En otro lugar, establece una etimología fantástica de verbum y nomen: verbum es la palabra en tanto impacta al oído, lo que corresponde a nuestra noción de materialidad verbal; nomen es la palabra en tanto hace conocer. Pero, lo que no se encuentra en San
Agustín- porque no había leído a Hegel- es la distinción entre el conocimiento, agnoscere, y el reconocimiento. La dialéctica del reconocimiento es esencialmente humana y, como
San Agustín se sitúa en una dialéctica que no es atea, se puede llegar incluso a la epifanía.

En esta línea, concluyendo, podemos decir que los significantes adquieren sentido no solo por su contenido sino por sus diversas combinaciones, es por eso que se generan en el estudio del lenguaje, o el estudio del inconsciente, ejemplos que cambian incluso en sentido totalmente antagónico una frase con solo cambiar el orden de sus palabras. Por ejemplo Ideal del Yo, el yo ideal.

También concluir que la línea Lacaniana del Psicoanálisis, así como la teoría en su conjunto es una propuesta que aviva el diálogo entre la Filosofía, la literatura, la política (más de lo que se cree), la psicología, la sociología, entre otras. Lacan mismo lo propone como una escuela que debería condensar todas las disciplinas antes descritas, también recordar que el psicoanálisis como técnica en si misma es una postura crítica de la psicología y que su lectura estricta invita a abandonar la disputa de un espacio dentro de la misma. Lacan fue expulsado de escuelas de psicoanálisis por representar quizás que tipo de peligro. De alguna forma la hiancia completada adormece otros relatos.

Referencias
Lacan, Jaques, Escritos 1, Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, Símbolo y lenguaje como estructura y límite del lenguaje psicoanalítico. 1953-1956.

Lacan, Jaques, Escritos 2, Subversión del Sujeto y la dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, 1979.

Lacan, Jaques, Seminario 0, El mito individual del neurótico (El Hombre de las Ratas), 1953.

Lacan, Jaques, Seminario 1, Los Escritos Técnicos de Freud, 1953.

Julien, Philippe, Seminario “La histeria cien años después”, 1996.

 

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