Mª Cruz Estada: ¿Particularismos o ética del don?
Desde hace dos años vengo diciéndolo en todas las matinés en las que participo: estamos asistiendo a un profundo cambio en las mentalidades de nuestra sociedad europea, que se manifiesta en muchas cosas: desinterés de la juventud por los ideales y las utopías, pérdida de la fe en el poder del esfuerzo personal para alcanzar metas, devaluación de la palabra ligada a un compromiso y también de la palabra para hacer lazo, siendo sustituida por pictogramas, miedo al acto de pensar y profundizar en los temas a causa del horror vacui que producen el pensamiento y la palabra
(es decir, miedo a lo real como ruptura que aporta la asociación libre al principio del placer), prolongación de la infancia en el sentido de la demanda de que el Otro te sostenga cuando tienes edad de sostenerte por ti mismo, prevalencia del carpe diem como modo de subsistencia…
Todo esto no podía dejar al psicoanálisis indemne y, por supuesto, lo ha fragilizado. La ética psicoanalítica, que siempre produjo miedo —también a los psicoanalistas—, cada vez da más miedo.
Por otro lado la psicología positiva, heredera de la mentalidad calvinista, toma en cuenta el esfuerzo y la responsabilidad del fracaso de cada uno sin considerar lo real de las circunstancias. Margaret Thatcher lo tenía claro cuando decía: «el objetivo es el alma, la economía es el medio».
Son problemas para todos, tanto para los analistas, como para el resto de habitantes de la civilización occidental pero, como ya sabemos, en cada uno se discursivizan de un modo distinto dependiendo, no sólo de su realidad personal y social, sino también de sus fantasmas y su estructura en general.
En medio de todo esto, surge un problema entre el buró y los miembros españoles de AF y se cruzan escritos con apelaciones a la ética, suposiciones hirientes y malentendidos, todo ello mezclado. No voy a repetirlos. Sí voy a recordar que lo que se pide desde el buró nos afecta a los españoles de un modo muy especial en estos momentos en que nuestro país se halla en una economía maltrecha y en que —independientemente del número de pacientes que cada uno tenga— el problema es que no pueden pagarnos. Y es que, más allá de otras consideraciones, hay que tener en cuenta un real que es el de que la crisis económica no afecta por igual a todos los países. ¿Cómo hacer para que llegue a nuestros colegas nuestra situación y que puedan reconocer ese real de nuestra economía sin que se nos acuse de particularismos? Parece bien difícil.
Se apela a una ley para todos los miembros de AF, y se apela al punto de nuestros estatutos que habla de una sola categoría de miembros. Este principio desde siempre se refirió a que nuestra institución no daba títulos o etiquetas de analista como hacen otras instituciones, pero hace unos meses se empezó a interpretar en relación con la cuestión económica, como si el hecho de querer defendernos de la mala situación económica, fuera un atentado contra los principios estatutarios de AF. Esto, para mí, es una interpretación abusiva y torticera de ese principio de nuestros estatutos.
A la ley se la representa con la balanza en la mano y los ojos vendados. Que la ley se aplique por igual para todos es lo justo pero, como analistas que somos, sabemos que a veces la ceguera de la justicia arrastra tanto a los jueces como a los que son juzgados por el empedrado de la pulsión de muerte. Y al igual que se dice que el Dios del Nuevo Testamento vino a aliviar la dureza del Dios mosaico, los analistas tuvimos la suerte de que viniera Lacan para añadir algo que conecta con la vida, cuando habló de la articulación del deseo con la ley, con lo que sacó al padre del rígido uniforme y el cuello duro en que le habían metido hasta entonces los discípulos de Freud. Pues dijo que era la función del padre la que promovía esta articulación sin la cual las cosas no irían bien.
¿Tendría una asociación psicoanalítica que ser padre para sus asociados? No lo creo en absoluto, pero… tampoco juez. Sin embargo, algo de esta articulación del deseo con la ley debería a mi juicio presidir los intercambios simbólicos entre los miembros de Análisis Freudiano.
Quizá Lacan fuera sensible a dicha articulación por haber heredado la sabiduría antropológica de Marcel Mauss a quien cita en algún seminario. En efecto, dicho investigador toma la figura del Potlatch[1], como modo de intercambio, de reciprocidad entre tribus y también entre miembros de una misma tribu. Se trata de reglas de intercambio no fundadas en el comercio, es decir, que quedan fuera de la lógica capitalista que es la que tenemos todos nosotros metida dentro del tuétano, por dentro de las uñas y hasta en la hélice del ADN. Lógica capitalista que rompe la solidaridad. Por eso se nos acusó e insultó a los miembros españoles en lugar de promover un espacio para hablar como hemos hecho finalmente en estos grupos de trabajo, cuando la cosa empezó a ponerse difícil.
Las «prestaciones totales» que supone el Potlatch son
«…prestaciones y contraprestaciones que se realizan de modo voluntario a través de presentes o regalos, aunque en el fondo sean rigurosamente obligatorias, a riesgo de desatarse una guerra» ].
En efecto, en las etnias estudiadas por Mauss, una muestra del poder y de la categoría del jefe o de la tribu era regalar a otra tribu en cantidad desmedida el producto que fuera la base de su subsistencia. Pero también, a veces no se le daba a otra tribu, sino que se tiraba al mar, y ese modo de desprenderse del objeto, era lo que daba categoría al jefe. Se daba sin esperar recibir, aunque la tribu agasajada, tiempo después tendría que hacer lo mismo si quería mantener el lazo social con la primera.
Dice Mauss que existe una prestación total:
«…porque es todo el clan el que contrae un contrato para todos, por todo lo que posee y por todo lo que hace, por intermedio de su jefe» [3]
En el prólogo de la traducción al español de su «Ensayo sobre el don» se nos dice al respecto lo siguiente:
«Lo que de verdad importa es que, a diferencia de la mercancía, del objeto dotado de valor de cambio en el modo de producción capitalista, la cosa, en las ‘sociedades arcaicas’, cuando se la inserta en las relaciones sociales cobra vida, recibe un peso simbólico, un poder que refleja, reproduce y potencia el poder que todo sujeto social tiene frente a todo otro sujeto social con el que interactúa.
‘Poder’ debe ser entendido aquí como lo contrario a coacción unívoca, al Poder de los estados o de los protoestados; ‘poder’ aquí es libertad, reconocimiento mutuo«.[4]
Para mí este reconocimiento mutuo sería una interpretación posible del: ‘una sola categoría de miembros’, tal y como yo la entiendo. Categoría que vendría dada por lo que uno está dispuesto a perder para poder estar con algunos otros en una institución —desde luego—, tanto como por lo simbólico del reconocimiento entre quienes practican el intercambio en una ética psicoanalítica, más que por el ‘vil metal’[5]. Digo entre quienes practican dicho intercambio porque está claro que no todo el mundo en una asociación participa de él, hay quienes sólo quieren recibir y no dar nada a cambio. Es por lo que dice también Mauss que al avaro no le gusta recibir regalos.
Para vergüenza de los psicoanalistas imbuidos de la lógica capitalista, estas tribus primitivas muestran un profundo saber de la estructura[6].
Entonces, ética del don que tiene que ver con la ética psicoanalítica mucho más que con la ética capitalista. Pero el don no es un acto oblativo[7], sino que tiene que estar ligado a una ley de la búsqueda de la satisfacción, ya que el intercambio está en el equilibrio entre el perder y el ganar. Cuando en la «Subversión del sujeto», dice Lacan:
«La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo» [8]
la cuestión es saber cuál es la ley por la que obtener de forma saludable ese goce imprescindible para la vida, y esa ley tiene que ver con este perder para ganar, sin el cual se destruye la confianza que liga a los miembros de una sociedad o de una asociación entre ellos y destruye el lazo social mismo.
De todos modos, habría que hacer una distinción entre la ética del don y el esperar que la Asociación como tal, o sus miembros sean madres nutricias ante quienes quejarse de que no dan lo que se espera. No debería esperarse de una asociación que sea ni padre, ni madre, sino una sola categoría de miembros que están dispuestos a perder para ganar, a echarse una mano cuando las cosas no van bien y a poner en marcha dispositivos que ayuden a colocar el psicoanálisis, en cada país donde hay miembros de Análisis Freudiano, en el lugar que merece.
Entonces vamos a pensar en el intercambio entre los miembros de AF. Es habitual que en una asociación los maestros, los supervisores, hagan llegar pacientes a quienes supervisan y se forman con ellos. Si los españoles tenemos a nuestros maestros y supervisores en Francia… nos las tenemos que arreglar de otra manera para obtener pacientes; no fue ese interés el que nos hizo entrar en AF a varios de nosotros, aunque es cierto que algún fantasma se escucha en relación con esto. También es habitual que en una asociación exista una formación reglada que suele alimentar en los aprendices de analista la fantasía de que van a ser grandes analistas cuando terminen el 3º o el cuarto curso de psicoanálisis, ¿quién no lo pensó nunca en su juventud? Esos aprendices serán quienes ocupen los divanes de sus maestros.
Pero AF no tiene una formación reglada, en lo que veo muchas ventajas pero también hay que tener en cuenta que eso nos está dejando solos porque los jóvenes quieren una formación reglada, con o sin razón. Está muy bien sostener una ética, pero… ¿a quien transmitírsela? ¿No sería eso signo, de nuevo, de la pulsión de muerte insidiosa de aquellos que tan puros se quieren, tanto se frotan al lavarse, que se quedan sin piel?
La iniciativa de nuestros colegas chilenos de dar una formación en la Universidad nos ha supuesto un soplo de aire fresco. Se puede entonces hacer una enseñanza reglada. Sólo tendríamos que ponernos de acuerdo en el cómo.
Propongo que se deje ya de hablar de comunitarismos o particularismos cuando algunos queremos una reflexión y un cambio para nuestra Asociación en estos tiempos que son tan difíciles para el psicoanálisis y también para cada uno de nosotros. Tenemos una gran responsabilidad como analistas a la hora de hacer frente a la fragilidad social y cultural del psicoanálisis en estos tiempos que son los que nos ha tocado vivir. Y tenemos también la responsabilidad de sostenernos, de mantenernos económicamente y de gozar legalmente de lo que producimos.
Cito para terminar una frase de C. Millot hablando de Lacan:
«Entre sus intervenciones más esclarecedoras, retengo esta: ‘Lo único que vale, dijo, no es lo particular, es lo singular. La regla fundamental quiere decir: vale la pena tirar de ella a través de toda una serie de particulares para que algo singular no sea omitido… «[9].
Propongo entonces que intentemos recoger los ramilletes que, de lo singular, crecen entre las hierbas de los particularismos, y que intentemos una reflexión los miembros de AF sobre qué cambios podríamos concebir en la formación que ofrecemos, para no hacer huir a los jóvenes. Quiero confiar en que los miembros de AF sabremos construir una narrativa del intercambio entre nosotros que quede fuera de la lógica capitalista por difícil que resulte.
[1] El potlatch, vigente hasta el siglo XX, toma la forma de festín ceremonial para el que se utiliza carne de foca o salmón. En este festín se observan las relaciones jerárquicas entre los grupos, que se refuerzan mediante el intercambio de regalos y otras ceremonias. El anfitrión muestra su riqueza e importancia regalando sus posesiones, queriendo dar a entender que tiene tantas que puede permitirse hacer tantos regalos. Por tanto, se puede decir que el potlatch consistía en cambiar regalos por prestigio, que se incrementaba con el valor de los bienes distribuidos. (…)Sin embargo, otras interpretaciones consideran el potlatch no como un simple derroche, sino como un mecanismo de adaptación cultural ante períodos alternantes de abundancia y escasez en el plano local. En efecto, los recursos fluctúan en la zona, por lo que un poblado puede tener un buen año mientras que otro lo tiene malo. Un poblado que disfrute de un año especialmente bueno disfruta de unos excedentes que pueden, como hemos visto, transformarse en prestigio. Sus potlatches distribuían alimentos y riqueza a otras comunidades que los necesitaban. Sin embargo, cuando un poblado anteriormente próspero tenía un mal año, sus gentes empezaban a aceptar invitaciones a potlatches de otros lugares donde iban mejor las cosas, aunque ello supusiera despojarse de parte del prestigio acumulado. De esta forma, la práctica del potlatch unía a los grupos locales a lo largo de la costa noroeste del Pacífico en una red de intercambio. (De Wikipedia).
[2] M. Mauss: Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Ed. Katz, Madrid 2009, p. 75.
[3] Ídem, p. 77.
[4] Ídem, p. 50-51.
[5] Que sólo sería vil si no se articula con el deseo.
[6] Idea, al igual que la referencia al Potlatch, extraída del libro de S. Amigo: «Clínica de los fracasos del fantasma», Letra Viva, Buenos Aires 2012.
[7] Ideas extraídas del comentario al Potlatch de Silvia Amigo en: «Clínica de los fracasos del fantasma», Letra Viva, Buenos Aires 2012.
[8] J.Lacan: Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. Escritos I. Siglo XXI, Madrid 1978, p. 338.
[9] C. Millot: La vie avec Lacan, Gallimard, Paris 2016, p. 81.

