Andrea Román – El amor en tiempos de maternidades contrariadas.

Texto presentado en el congreso de AF de octubre 2020

Septiembre 2020 Viña del Mar

“Madre, cuéntame todo lo que sabes por tus viejos dolores.
Cuéntame cómo nace y cómo viene su cuerpecillo,
entrabado con mis vísceras.
Enséñame madre, la canción de cuna con que me
meciste.
Esa lo hará dormir mejor que otras canciones”.

(Fragmento “Cuéntame, madre…” Gabriela Mistral)

El concepto de maternidad puede comprenderse como una función y un proceso, en el que
se junta la biología y la cultura, por lo tanto, lo real y lo simbólico. En el alumbramiento
queda bastante claro que la mujer es un cuerpo en el acto de parir, sin embargo, todo lo
que la rodea es del orden simbólico. En el parto, se juntan los misterios de la muerte y la
vida, donde aparecerá otro ser en escena que cambiará toda la existencia de esa mujer
para siempre. Desde ese momento la mujer deviene madre, (nace una madre) y por lo
tanto, comprendo la maternidad como un proceso que dura toda la vida, pues ella será la
encargada principal de convertir a ese ser, en sujeto de la palabra, y de ella el bebé,
aprenderá su lengua materna, convirtiéndose (la madre) en ese primer gran Otro.

La maternidad entendida como proceso vivido desde la perspectiva femenina, supone una
tensión entre la mujer y la madre y a su vez un desplazamiento dentro del linaje familiar,
donde esta nueva madre, podría llegar a tomar un lugar dentro del círculo de las otras
mujeres madres, tomando el rol que se le confiere culturalmente, y con esto hacerse cargo
de una infinidad de tareas, no solo domésticas sino también espirituales atribuidas a su
nuevo estatus. Como función la maternidad puede ser ejercida por otros que no son los
sujetos que paren a ese hijo, tomando este lugar desde la cultura, dejando los aspectos
biológicos de lado, e inscribirse en esta función materna. En este sentido, la maternidad es
una posición subjetiva, que implica y supone un cambio de estatus en la familia y un
quehacer sostenido en el tiempo que termina solo con la muerte del sujeto o con el
abandono de la función.

Se puede entender que la maternidad como posición subjetiva, está atravesada por el
discurso científico y las supuestas verdades inexpugnables que este discurso se esfuerza en
construir. Una de ellas es el “instinto materno” con una de sus consignas más difundidas:“El amor materno”, que se impone como una verdad absoluta, desde una sociedad centrada en un saber científico. Del cual, nosotras las mujeres, por obra de la naturaleza
tenemos un destino, un mandato que pesa sobre nuestros cuerpos, pues se espera que
seamos madres. Si llegamos a serlo, el discurso científico espera que la naturaleza se
encargue de dar curso a un saber ser madre, casi mágico, sobrenatural, para cumplir
nuestro destino y fin último, la reproducción de la especie.

Respecto a las construcciones discursivas en torno a la maternidad, el “ideal materno”,
como construcción social, se remonta a los filósofos naturalistas como Jean Jacques
Rousseau (1772), que hicieron del instinto materno una verdad inexpugnable. En este
sentido, la perspectiva naturalista no permite hacer visible el malestar de muchas madres
que pasan por enormes dificultades con respecto a la experiencia de la maternidad.
Freud nos muestra cómo los ideales maternos se pueden rastrear hasta los orígenes de
nuestra cultura. En el texto escrito en 1910 “Un recuerdo infantil en Leonardo da Vinci”,
busca en la mitología griega y egipcia para descifrar lo que podría significar el buitre en este
recuerdo que es una especie de reminiscencia. Cita de Freud:

“Nos gustaría conocer los caminos por los cuales los antiguos egipcios llegaron a escoger el
buitre como símbolo de la maternidad, ahora bien la religión y la cultura de los antiguos
egipcios…se creía que de esta variedad de pájaro solo existían hembras y ningún
macho…fecundadas por el viento… similar a la virgen y el niño…identificación con la virgen
María…”.(Freud ,1910 Amorrortu tomo XI. Pag. 88, 89,)

Desde la perspectiva latinoamericana, es posible vislumbrar el ideal mariano, acervo que
pesa sobre nuestra cultura de una manera muy particular. Es más, el sincretismo propio del
proceso de conquista, que deviene en una mezcla entre lo indio y lo europeo, es la base
sobre la cual se inscribe lo femenino. A ese respecto, la antropóloga Sonia Montecinos explica:
“La historia particular que signa a América Latina produjo esta predominancia de lo
materno y dibujó lo paterno como una autoridad fantasmática (por ausencia) que no se
expresa en la alegoría del Dios-Padre como el origen de todos y como el depositario de la
Ley, sino en un páter lejano, poco audible; pero no por ellos carente de poder.”
En esta idealización mariana, la idea que subyace es la ausencia de padre, y aunque este se
encuentre presente en la realidad de la mujer madre, podría producir síntomas que se
pueden escuchar en la clínica y se observa a las pacientes este vano intento de alcanzar
estos ideales y, por supuesto la frustración que conlleva junto con la reactivación de
fantasías primarias pues: Existir a imagen y semejanza de la “Virgen Madre” como divinidad absoluta,

poderosa, sin mancha, devota abnegada, sufriente y sola, una mujer completa,
con su hijo como falo.

Por otra parte, existimos en una sociedad que minimiza los costos que tiene para una
mujer la maternidad en relación con el cuerpo, la libertad, la carrera y también los costos
emocionales que conlleva amar a otro con una devoción antes desconocida, y por
consiguiente el temor a la pérdida. Lo anterior son restos que se escuchan en pacientes
que he tenido la oportunidad de atender y cuyo origen puede rastrearse en mitos y
leyendas de nuestra propia cultura latinoamericana.

Entre las figuras femeninas míticas de nuestros pueblos, se encuentra “la llorona”, una
mujer que vaga por las calles llorando la pérdida de sus hijos. Esta enigmática figura, se
asoma como una amenaza de pérdida. Dicha amenaza, es especialmente compleja en las
mujeres que tienen a un hijo solas, sin padre presente e incluso totalmente ausente como
en el caso de la fertilización asistida y también en madres con el padre presente, que queda
anulado en su función o excluido.
El temor a la pérdida no solo está presente en la mitología latinoamericana, sino que
también se escucha en la clínica. A continuación, una viñeta clínica:
“…cuando fui madre es como si se me abriera un portal, y entre en otro lugar donde
existe un amor que desconocía, y ahora pienso ¿cómo viví hasta ese momento antes
del portal?, y también pienso ¿qué haré si esta guagua se muere?, ¿qué haré si la
pierdo?.”(Extracto de Viñeta clínica)

En este sentido, lo que emerge es la reactivación de las relaciones primarias madre e hija,
base del fantasma materno y nos invita a escuchar entonces cómo cada analizante ha
construido ese fantasma y por supuesto el lugar que ocupa ese niño en la construcción del
Edipo.

Desde la práctica analítica, la dificultad que se nos plantea como analistas, es el escaso
material escrito y publicado sobre maternidades en el campo del psicoanálisis. Si bien, es
posible encontrar teorizaciones desde el ámbito científico, biológico o psicológico, están
circunscritas a una visión biologicista de la relación madre-hijo y no incorporan la
perspectiva de las madres como sujetos.

Por otra parte, desde la posición de la analizante, la demanda de nuestros pacientes que
consultan por atención con relación a la experiencia materna es cada mayor.

Se trata muchas veces de mujeres gestantes y también madres, que consultan con el diagnóstico de
depresión pre y/o post parto. Además, he podido observar que esta vivencia problemática
de las maternidades está presente en otras depresiones, que en un principio no parecen
asociadas a lo materno, y más adelante en el análisis ocurre que se abre este tema, que
tiene que ver con las siguientes interrogantes: el sentido que tiene para ellas ser madre; la
pérdida de sus vidas anteriores; arrepentimiento de haber tenido hijos y; otras que no
encuentran la felicidad prometida por una sociedad que niega la vivencia ambivalente y
conflictiva de la maternidad, entre otras.

Es posible evidenciar una tensión en el abordaje clínico entre la psicología y el psicoanálisis,
pues lo que obtienen estas mujeres al buscar ayuda desde la psicología es más de lo
mismo, una especie de imposibilidad de cuestionar el ideal materno y una invitación a la
aceptación y la sobre adaptación, a través del amor materno como un ideal a alcanzar,
negando las pulsiones agresivas presentes en la relación madre e hijo como en cualquier
relación humana. En tanto que, lo que les podemos entregar como analistas es una ética de
la escucha diferente, no es una ortopedia o algo parecido a la pedagogía como dice Lacan
en el seminario 7.
El convertirse en madre supone muchas pérdidas, queda claro en la teoría, pues supone
una castración. De ahí que, un hijo no es solo un falo que completa a la madre, sino que es
castratorio, toca muchos puntos de división subjetiva: uno de ellos el cambio en la imagen
corporal –más allá de lo simplemente estético relacionado con la pérdida de la belleza–
puesto que la imagen del cuerpo es una forma fundamental de identificación para la
constitución del yo, esto lo podemos estudiar desde Lacan en la teoría del espejo.
Según lo que he podido observar en las madres gestantes, lo primero en verse alterado es
la relación con su propio cuerpo. Esta transformación corporal es constante, aparecen
dolores y malestares, pues no solo su útero se agranda para dar cabida a otro ser, sino
también los pies crecen, la cintura se ensancha, en fin, toda una mutación que ocurre
rápidamente (solo en aproximadamente 9 meses) y no termina con el nacimiento, sino que
continúa posterior al alumbramiento.

La teoría del espejo de Lacan resulta fundamental para comprender el origen del “sujeto”,
en el sentido lacaniano del término, pues el niño o niña, antes de pasar por este estadio,
piensa que está unido a su madre. Entonces, el “Estadio del espejo” (Lacan, 1970) es un
momento fundante del sujeto en el que se percibe a sí mismo como una unidad completa,
pero separada de la madre. Esta pérdida del otro materno supone una castración;
entendido como un corte, por el que todo ser debe pasar para convertirse en un sujeto de

lenguaje, permitiendo con esto el advenimiento del deseo y la aparición del Otro como un
imaginario que se anhela, pues se ha perdido irremediablemente y se busca en la
representación especular. Por ejemplo, esto juega un importante papel en las artes, pues
se supone que los artistas están eternamente en esta búsqueda del objeto perdido, que es
la madre, a propósito del sueño de Leonardo da Vinci y el buitre.

Estas proposiciones son contrastantes. Se puede observar que la función fálica es la
operación simbólica de la castración, a la que las mujeres no estamos completamente
sometidas a diferencia de los hombres. El falo viene a significar el goce perdido; su
sacrificio, una pérdida (objeto a) por la entrada del lenguaje en el mundo de lo simbólico.
Por esta situación pasamos todos los seres humanos poniendo límite al goce.
La fórmula femenina nos muestra la imposibilidad de decir que la mujer existe como un
todo, pues ésta no se organiza como una función universal única y total. Esa es la razón por
la que Lacan dirá que LA Mujer no existe. Por tanto, diremos que así como La Mujer no
existe, por consiguiente LA Maternidad no existe, debido a las múltiples formas de vivenciar
y experimentar la maternidad, pues no estamos sometidas a la función fálica en su totalidad.
A la luz de la teoría del espejo y las experiencias clínicas asociadas a las maternidades, creo
primordial volver a pensar en qué ocurre en las mujeres cuando advienen madres, ¿Existiría un
segundo momento identificatorio y fundante de los sujetos mujeres, donde la imagen
especular lograda ya no basta? ¿Aparecería una nueva formación del yo materno que se
estructurará a partir de los tres registros real simbólico e imaginario?
El advenimiento de una madre y el desarrollo de su narcicismo –en tanto núcleo
constituyente de su yo– ya no dependerá solo de la imagen corporal lograda a partir de la
teoría del espejo, la relación con los otros, la sociedad, la relación con sus padres, la historia
de su familia dependerá también de ese niño o niña que aparecerá en su vida para alterarlo
todo y tapar la falta. ¿Mi pregunta ese niño solo tapa la falta? Porque si la tapa no habría
conflicto, por lo que creo necesario revisar estas teorías; una posibilidad es pensarlas desde
el cuerpo.

A ese respecto, Doltó explica: “…no es sino en la imagen del cuerpo, soporte del narcicismo, que
el tiempo se cruza con el espacio y el pasado inconsciente resuena en la relación del
presente…” (Dolto, 1984. Pg. 19).

Puedo decir que las mujeres, en tanto creadoras de vida; se encuentran en un transito, en
un momento inaugural de su nueva identidad. Su yo ideal estará puesto a prueba, la
imagen del cuerpo que proviene del amor que le ha dado la mirada de su propia madre(que se convertirá en abuela),

sus palabras, amorosas y fundantes del sujeto reactivarán este
proceso (ideal del yo/yo ideal) y según mi practica clínica marcarán la posibilidad de que las
madres puedan transitar con mayor facilidad hacia una maternidad menos conflictiva. Sin
embargo, están las mujeres cuyas madres en palabras de Winnicott no han sido
“suficientemente buenas” y por lo tanto la crisis de identidad e identificación se hace más
fuerte. ¿Podría haber en las mujeres que advienen madres un paso más en su constitución
subjetiva donde el punto inicial es un ideal, el ideal materno? Y ¿dónde buscarlo? tal vez
está en las maternidades contrariadas, en el error, en lo que ha fallado para un tránsito
armonioso entre la mujer y la madre.

Las mujeres que han tenido maternidades contrariadas toman muchas formas de
manifestación sintomática y se observa en la practica clínica un especial conflicto en
identificación con su propia la madre y las que la precedieron abuelas, bisabuelas, tías, etc.
También he podido comprender que la escasa información que las pacientes traen de las
mujeres de su familia, sus logros, penas, sacrificios, oficios, intereses e incluso lugares de
origen es también un síntoma, pues esta “falta de historización” produce una merma en el
discurso, las historias de las madres no entran en la cadena de significantes, no son
historias importantes para nuestra cultura.

Entre Medea y la Virgen madre existe un abismo de posibilidades, y nosotros los analistas
somos los llamados a escuchar, a escarbar en lo poco que queda de esa historia misteriosa
de las mujeres de cada familia, para desentrañar entre otras cosas, el malestar, el odio y el
amor. Un niño adviene de dos linajes, de dos historias: madre y padre más 4 abuelos. Las
historias de los hombres de la familia son fácilmente rastreables, profesiones, oficios,
aficiones, su legado; en cambio de las mujeres de la familia se sabe muy poco, aparece
como suturado, reprimido, silenciado, dejando a nuestras pacientes en conflicto con su
maternidad, sin posibilidad de identificarse, sin una parte importante de la novela familiar.

Nuevos modelos totalizantes se nos están proponiendo, los que probablemente
aceptaremos, porque este sigue siendo un mundo de hombres, y también porque
desconocemos las maternidadades en su complejidad, una relación donde las pulsiones
amorosas y agresivas están presentes y son incluso necesarias para la constitución del
sujeto haciendo aparecer la diferencia. Actualmente, en tiempos de Covid 19 y de estallidos
sociales que ocurren en el mundo entero producidos por las desigualdades, las violencias,
el hambre, hacinamiento, entre otras. La historia de las mujeres da nuevamente un vuelco
en relación con el amor materno. Las consecuencias de la simbiosis de una madre con sus
hijos en el confinamiento actual será material de análisis en un futuro no muy lejano, pues la

madre se convierte en todo para sus hijos: madre, profesora, amiga, tutora, y muchas
veces sostenedora del hogar en términos económicos.

Frente a la irrupción de lo real que es la pandemia, existe la posibilidad de que cada uno
responda a los imperativos que se nos presentan con sus propios recursos: Las madres
responderemos bajo nuestros propios imperativos (descritos anteriormente), los que serán
en algunos casos hasta el estrago, el ahogo del otro con cuidados excesivos y el control o el
abandono de la función. En medio de estos dos extremos estamos las mujeres puestas a
prueba y los analistas estamos llamados, a observar, dar cuenta en la escritura, en la teoría
y en la transmisión las nuevas y viejas lógicas que reactivaron las crisis sociales, la
pandemia, así como lo que nos depara el incierto del futuro.

SHARE IT:

Related Posts

Comments are closed.